Capítulo 4: Voy a casarme con ella.

Así que de la admiración paso en un pestañeo a estar alerta, peor que eso: Estoy cabreado.

Se ha expuesto a un peligro innecesario, el jodido vejestorio la ha engañado y ella, tan ingenua como una colegiala a la que le ofrecen dulces a la salida del colegio, simplemente le ha seguido hasta aquí.

La llevo hasta mi vestuario y me pisa los talones de forma ágil, sin protestas ni cuestiones, echo un par de veces la mirada hacia atrás, pero está tan alucinada de todo lo que la rodea que ni siquiera se da cuenta que la estoy mirando. No puedo permitir que la seduzca este lugar, con su lujo impostado y su dinero fácil, bien sé que es el principio del fin.

¿Cómo no me di cuenta de que era una maldita artista marcial? O quizás una parte de mí lo supo de manera instintiva y por eso me llamó la atención: por la manera en la que se movía, por la agilidad innata, por la firmeza de su postura. ¿Quizás soy una especie de genio, también a nivel liminal?

El pasillo está atestado de esas pesadas, les ladro un par de advertencias y parecen darse por enteradas, ya que miran a Akane con desdén antes de largarse. Bien.

Necesita hielo y antiinflamatorios, un buen vendaje en las articulaciones y antiséptico para las heridas. Me muevo rápidamente mientras ella se derrumba, agotada, y verla así, rendida en ese mugriento sofá dispara un instinto que no sabía que habitaba dentro de mí.

Quiero cuidarla, tengo que protegerla.

Efectivamente, es un problema. Es mi maldito problema, y de nadie más.

Ryu me obliga a ir a ver al matasanos de las agujas, y resoplo fastidiado mientras corro por el pasillo, aprieto los dientes mientras saca una jodida grapadora, supongo que es como las que usan en los hospitales, espero que al menos esté esterilizada. Cuando termina conmigo regreso al vestuario, no es que Ryu me preocupe, confiaría a mi hermano mi vida, pero es un maldito bocazas metomentodo, seguro que le está haciendo un montón de preguntas incómodas.

Mierda, seguro que a estas alturas ya ha atado cabos.

Camino a paso vivo y encuentro a mi hermano en la puerta, agarrando al viejo del pescuezo, es el mejor regalo que podría hacerme en estos momentos.

La discusión no se hace esperar, porque él mejor que nadie sabe lo que se cuece en este sitio, y no es la primera chica que trae y que termina malograda. Pero de nuevo descubro que todo lo que he supuesto sobre ella estaba basado en suposiciones.

Porque supuse que era terca, orgullosa y cabezota, pero jamás imaginé que lo fuera hasta el extremo de la completa estupidez.

Y ahora estoy metido en otro nuevo lío, porque me he comprometido a entrenarla para que no le rompan ese bonito cuello cuando lo único que quiero es que no vuelva a acercarse ni remotamente por el local. 

Me digo que estoy ganando tiempo, no es tarde, aún puedo convencerla para que no siga ese camino. Para que no termine siendo alguien tan patético como yo.

.

..

El sábado me levanto renqueante, dolorido mental y físicamente. Cuando finalmente pude dormir caí como una roca, y ahora creo que son casi las doce. Tengo hambre, tengo sueño, me duele todo. 

¿Akane habrá podido levantarse de la cama? Es más, ¿acaso la muy bruta habrá ido a trabajar? Me tiro de la cama y me arrastro hacia la cocina, abro uno de los cajones y encuentro la caja de analgésicos medio vacía, me tocará ir a comprar más tarde.

Me meto dos en la boca con un trago de agua, Ryu no está por ninguna parte, supongo que habrá ido a entrenar.

Me pongo unos pantalones cómodos, una camiseta limpia y una chaqueta ancha, cojo las llaves, el teléfono y salgo por la puerta.

Tengo hambre, y bien podría dejarme caer por allí, ya que la última vez me quedé sin mi ramen.

—¿Una noche dura? —dice una voz a mi espalda, nada más salir por la puerta de mi casa.

Ah sí, casi me había olvidado de él. Suspiro agotado.

—¿También trabajas los sábados, Hibiki?

—El crimen nunca descansa, y yo tampoco —responde hinchando el pecho.

El muy imbécil se cree los cuentos que le contaron en la academia de policía sobre perseguir el crimen de día y de noche, y lo reconfortante que es a nivel personal echar horas extras en el trabajo. Cuando era un policía de barrio era inaguantable, pero ahora que le han ascendido a inspector es básicamente mi peor pesadilla.

—Déjame en paz, solo quiero ir a comer tranquilo —Paso de largo intentando ignorarlo, pero es jodidamente obstinado. En dos zancadas está a mi altura y camina con un desdén que no le pega nada.

—¿Estás metido en algo ilegal?

—Si lo estuviera no se lo diría a la policía —replico como si fuera estúpido, Hibiki asiente y replantea la pregunta.

—Cierto, entonces podrías darme alguna pista, ya sabes, un chivatazo.

—Eres un pesado.

—Me debes una —dice alzando una ceja, el muy estúpido se piensa que el código de buen comportamiento ciudadano puede aplicarse a todo el mundo por igual. Ya debería estar escarmentado.

—No te debo nada.

—Te dejé ir en esa redada.

—No fue una redada, solo me registraste en un parque.

—Y te dejé ir.

—¡Porque no estaba haciendo nada malo!

Hibiki se cruza de brazos muy serio mientras yo hago todo lo posible por perderle de vista. El motivo por el que tengo a un poli pegado a mis faldas es tan estúpido que casi da vergüenza hablar sobre ello. Hibiki era un simple cadete cuando detuvo a mi padre robando en un domicilio. El hijo de un ladrón nunca es demasiado bien recibido en una comisaría, y mucho menos si aparece lleno de golpes y con la fianza en billetes arrugados y manchados de sangre dentro de una bolsa de papel. El incidente fue tristemente célebre durante bastantes meses en los que Hibiki comenzó a sospechar, y no sin motivos, que estaba relacionado con la mafia, y a él nada le gustaría más que tirar de ese hilo.

—Podría detenerte en cualquier momento —dice caminando de espaldas, su sonrisa luce con un par de colmillos prominentes debajo de su labio superior.

—¿Y de qué se me acusa? 

—Colaboración con banda criminal, lavado de dinero negro, participar en peleas ilegales y encubrir al cabecilla de la mafia que opera en la zona, ese al que llaman Tarô.

—Si lo dices por los golpes solo soy torpe, me caí por las escaleras —sonrío de regreso—. Y no sé de quién me hablas.

—Voy a pillarte, Saotome, y cuando eso pase te acordarás de mi oferta.

—No he oído ninguna oferta, solo amenazas.

Hibiki se detiene mientras yo continúo caminando.

—¿Fue ayer? ¿Los viernes? ¿O también hay peleas los sábados?

—En serio Hibiki, búscate una novia y olvídame. —El inspector refunfuña.

Avivo el paso y giro a la izquierda, después tomo una callejuela y salgo de nuevo a la calle por la que había venido, hago un giro brusco hacia la derecha y ya está. Ya debe de haberse perdido. Sonrío y sacudo la cabeza. El peor defecto del idiota de Hibiki es que carece de sentido de la orientación. Ni aunque le diera un mapa con la ubicación exacta del local de Tarô sería capaz de llegar, aún no entiendo cómo aprobó el examen de la policía, deben de estar tan desesperados que aceptan a cualquiera.

Hibiki lleva unas semanas de lo más insistente, aún no ha entendido que encontrar aTarô es complicado, pero intentar acusarle de alguno de sus muchos negocios sucios es casi imposible. Como buen mafioso sabe usar subterfugios, albaceas, contables y sitios para lavar todo el dinero negro que gana con las apuestas.

Supongo que es el ímpetu juvenil lo que le lleva a pensar que va a triunfar allá donde todos sus predecesores fracasaron. Que siga soñando.

Camino durante otros diez minutos, hasta que a la vuelta de una esquina capto el delicioso olor a caldo y frituras. Me asomo al restaurante que ya está bastante lleno y tomo sitio en el taburete junto a la barra. Desde aquí tengo una visión total de todo el establecimiento.

Espero unos segundos que se me hacen eternos, hasta que la veo salir de la cocina con dos bandejas inmensas llenas de cuencos. Mi corazón da un respingo al comprobar que, efectivamente, la muy burra ha venido a trabajar.

Sirve las mesas de forma diligente, y cuando todas sus bandejas están vacías alza la mirada y me ve en la barra. Sonríe y se acerca directamente a mí. Esto no debería ponerme nervioso, no soy un adolescente.

—¿Qué quieres tomar? —dice mientras vuelve a dirigirme esa sonrisa que me oprime y deshace.

Y yo intento que no me embruje, porque quiero mostrarme firme y ligeramente enfadado con el hecho de que esté sirviendo mesas después de la paliza que se llevó ayer.

Se ha puesto tiritas en la cara para disimular los golpes, pero lo ha conseguido a duras penas. 

—Deberías estar descansando —gruño cruzándome de brazos, el fastidio no se hace esperar en su expresión.

—Los sábados son el peor día, y ya falté ayer —Se justifica—. No podía dejar sola a la señora O.

—¿Y el inútil de tu compañero?

La pregunta le hace moverse en el sitio, visiblemente incómoda.

—A veces se le pegan las sábanas —murmura mirando hacia la puerta y frunciendo el ceño.

—Deberías quejarte a tu jefa, es un vago —digo tomando unos palillos y comenzando a jugar con ellos por tener algo en lo que ocupar mis manos, Akane suspira y niega.

—Tiene que estudiar mucho.

—Seguro que se fue de fiesta.

—¡Eso no es verdad! —La sonrisa se apaga en su rostro y me dirige una mirada crispada. Adiós a la amabilidad. 

Estoy a punto de decir que está tristemente ciega cuando el tipo en cuestión hace acto de presencia, fresco y sonriente. Miro el reloj, pasa de la una de la tarde.

—Buenos días —dice entrando en el restaurante, la algarabía hace que nadie le preste demasiada atención, pero yo me giro en el taburete, huraño. Después de la cálida acogida de ayer quizás pensó que no iba a regresar, no sabe cuán equivocado está.

El imbécil se da cuenta de mi presencia y frunce ceño, después sus ojos se posan en Akane y palidece.

—¿Qué demonios te ha pasado? —dice llegando hasta ella de dos zancadas y tomando su barbilla, mirándola atento, cerca, demasiado cerca. 

Chasco los palillos que se rompen por la mitad, y Akane se queda quieta, dócil y sonrojada. Balbucea una mentira y se disculpa, yendo a atender los reclamos de una mesa.

Y ese estúpido se queda como un pasmarote, con las manos alzadas como si aún estuviera sujetando su rostro, me observa iracundo, yo también estoy lleno de golpes. Supongo que no le cuesta mucho sumar dos y dos. Le sonrío displicente, aunque en realidad solo tengo ganas de partirle el cuello.

—Tú… —empieza  incrédulo—, ¿tienes algo que ver?

Alzo una ceja y me giro en el taburete, el infierno se helará antes de que le dé explicaciones. Le escucho resoplar y acto seguido se mete en la salita de personal dando un portazo que crea un silencio incómodo en la sala.

No sé si esto cuenta como una victoria, pero por algún motivo me hace sentir bien.

Akane aparece al rato y me pone delante el especial del día, y eso que creo que ni siquiera he llegado a pedirle nada. Lleva extra de carne y además hay arroz y un bol lleno de guiso de ternera con berenjenas. 

—Es para agradecerte… bueno, todo —farfulla, aún parece alterada después de la llegada del imbécil, y ver sus mejillas arreboladas detrás de las tiritas me causa un vacío en el estómago. Escondo los palillos rotos y cojo otros—. Hoy invito yo.

—No tienes por qué —intento sonar indiferente, pero no estoy seguro de haberlo conseguido.

—Lo de mañana sigue en pie, ¿no? —cuchichea mientras yo remuevo el ramen.

—Hoy deberías acabar temprano, será un día duro.

Asiente como una buena alumna, recta, firme. ¿Cómo no me di cuenta antes?, está claro que tiene un dominio portentoso sobre todo su cuerpo. Continúa trabajando de forma diligente, la noto cojear un poco, debe estar dolorida hasta en lo más profundo de su ser. 

Yo termino mi comida, agradecido. Sé que ha dicho que invitaba ella, pero igualmente dejo el dinero sobre la barra y cabeceo en gesto de saludo cuando me marcho, ella me despide con la mano y una pequeña sonrisa, que parece estar de regreso después del breve enfado. 

Me pregunto si quizás se debe a que su compañero le ha vuelto a regalar unas migajas de atención. 

.

..

La herida del costado escuece, regreso a casa y me cambio el vendaje. Hago la compra y la colada, repongo el cajón de medicación y me dedico a hacer la cena.

También invierto un rato en contar las ganancias de la noche anterior. No está nada mal, mucho más que en los últimos seis meses. Está claro que el enfrentamiento con Mousse despertó mucho interés. Con esto tendremos de sobra para el alquiler de un par de meses y para ahorrar. Termino de ordenar los billetes cuando llaman a la puerta.

Ryu tiene llaves, y no se me ocurre quién puede querer hacer una visita a estas horas. ¿Quizás alguna de sus despechadas ex-novias? Espero que no, lo cierto es que no estoy de humor para aguantar las lágrimas de cocodrilo de nadie.

Abro la puerta y sorpresivamente me encuentro a mi madre. Pestañeo incrédulo y ella me sonríe eufórica.

—¡Ranma! ¡Estás en casa! —exclama, como si la sorprendida por mi presencia fuese ella y no al revés.

—¡Mamá! ¿Dónde te habías metido?

—Oh, ahora te lo cuento —dice entrando en el apartamento y husmeando sin vergüenza alguna, olisquea dentro de la arrocera y pasa un dedo por los muebles. Me mira satisfecha—. Te eduqué bien —comenta ufana, y yo frunzo las cejas y me quedo callado, porque mejor eso que empezar una discusión que no nos lleve a ninguna parte.

—Qué pasa —digo, y no lo pregunto, sé con seguridad que pasa algo. Está demasiado feliz y amistosa, la conozco bien. Por más que quiera dárselas de mujer caval se casó con mi padre, ambos están hechos de la misma pasta.

—¿Dónde está Ryu? Me hubiera gustado verlo.

—No lo sé, supongo que entrenando o de fiesta, es sábado —contesto encogiéndose de hombros, ella hace un mohín pero la aparente contrariedad no le dura más de un segundo antes de  poner sus dos manos juntas, con delicadeza, y sonreír sabiendo que puede obtener de mí prácticamente lo que ella quiera.

—Ranma, verás, necesito cuatrocientos mil yens.

Y ahí está. Me lo veía venir pero aún así duele igual.

—¿Tanto? —escupo incrédulo.

—Ya sabes que si no fuera importante no te lo pediría —continúa con ojos suplicantes—. Te lo devolveré. Esta vez irá bien, te lo prometo, es una oportunidad única de negocio.

Oportunidad única, esas son las palabras favoritas de mi madre. Creció en un hogar acomodado, con un padre cuya fortuna (de dudosa procedencia tras la guerra) fue menguando debido a una serie de malas decisiones empresariales. Supongo que pensó que le venía de familia, que lo suyo más que trabajar, era invertir. 

Y lo de las malas decisiones también debe ser de forma incuestionable algo implícito en su ADN. Eso no me deja en buen lugar.

Suspiro incrédulo.

—¿Y los doscientos mil de la última vez? —pregunto con la amargura de la bilis reptando por mi pecho.

—Oh, bueno. He tenido algunos problemas, cosas sin importancia. Eso también te lo devolveré cuando este negocio empiece a ir bien.

Tengo la sospecha de que no existe tal negocio, solo viajes, amigas, copas y amantes. Aún así no me atrevo a ponerlo en palabras. No quiero ver tristeza en su rostro, y tampoco es como si yo me hubiera ganado todo ese dinero de forma honrada.

Mi madre nunca ha sido un ejemplo para nadie, pero al menos estuvo con nosotros, y eso es más de lo que puedo decir de mi padre.

Voy hacia la bolsa que tengo abierta en el dormitorio, cojo casi la totalidad de lo ganado ayer excepto unos cuantos miles para gastos básicos. Vuelvo a la entrada, donde ella está en pie, esperando, y le doy todo mi dinero.

—Muchísimas gracias, sin duda te lo devolveré —dice dándose una prisa inusitada en echarse la bolsa de deporte al hombro, cosa que no le queda para nada bien con ese lujoso kimono tradicional con hilos de oro.

—Ya, vale. Gracias por la visita, mamá —respondo con una sonrisa que no se refleja en mis ojos.

La mujer que me trajo al mundo me abraza de forma sentida, después pasa sus suavísimas manos por mi rostro, unas manos que jamás han visto un día de trabajo. Me sonríe plena.

—Te has hecho todo un hombre, estoy muy orgullosa —concluye, y después se marcha sin volver la vista atrás.

.

..

Se supone que tengo una vida más o menos cómoda, y más o menos feliz. Hago lo que me gusta, entreno y peleo contra los mejores de todo Asia. Soy una pequeña celebridad en las sombras, y he conseguido tener algo de dinero ahorrado en el banco.

Y sin embargo nada de todo eso me hace sentir orgulloso, no realmente. 

Cuando Ryu y yo terminamos de devolver la gran deuda que tenía mi padre con Tarô pensé que sería libre, que al fin podría comenzar mi vida; Una honesta y alejada de todo el barro y la ponzoña, pero me encontré más preso que nunca de mis propias circunstancias, y regresé a la poza, al dinero fácil. Al lugar donde sangro y golpeo.

Corro cuando aún no ha salido el sol, de camino a su encuentro. Sé que no puedo convencerla, pero al menos puedo intentar protegerla. De eso podría sentirme orgulloso.

Según la carrera me acerca hasta su puerta siento que se me acelera el pulso, se me encoge el estómago ante la idea de volverla a ver. La antelación me consume, borra todos los problemas.

Borra la discusión con Ryu de la noche anterior, cuando le expliqué que nos habíamos quedado sin dinero y que tendríamos que volver a combatir antes de lo planeado. También se lleva la rabia, la sensación de caída que siento cada vez que pienso en el futuro.

Su presencia brillante arrasa con todo mi mundo, y me aferro a ella con toda mi alma.

Akane me espera puntual, junto al muro de su pensión. Me detengo en plena carrera y me seco el sudor con la pequeña toalla que llevo sobre los hombros.

—¿Lista? —pregunto, ella asiente de forma seria, se inclina como haría un alumno ante un respetado maestro. 

—Sí, sensei —declara, y eso eleva por las nubes mi buen humor.

Creo que nunca me han llamado con tanta educación. Con mi ego revigorizado le indico que me siga al trote. Es rápida y tiene buena zancada, fuerzo un poco para ver hasta qué punto es capaz de seguirme el paso, y aguanta con bastante más entereza de la que imaginaba. Continúo forzando hasta que pasamos de la media hora de trote, y entonces me detengo. Ella me alcanza a los pocos segundos y se detiene mientras apoya las manos sobre sus rodillas, intentando recuperar el resuello.

—No está mal. —Le sonrío satisfecho, pero ella parece a punto de tirarse al suelo, se mantiene erguida por puro orgullo.

El lugar donde nos hemos detenido es uno de esos locales de los que tengo llaves, un gimnasio bien equipado y absolutamente vacío. Me sigue al interior, enciendo las luces mientras termino de secarme el sudor, ella da una vuelta completa sobre sí misma.

—¿Qué es este lugar? —pregunta mirando hacia los bancos de ejercicio, las pesas, las cintas de correr, el robusto y amplio tatami.

—Una tapadera —respondo con la verdad—. Tarô tiene varios de estos locales por toda la ciudad. Se supone que son un negocio, pero en realidad solo los usamos unos pocos luchadores de su entera confianza.

—¿Entrenas aquí? —dice acercándose a uno de los sacos de boxeo, yo me desabrocho la chaqueta que dejo tirada de cualquier manera por el suelo.

—A veces.

—Es increíble… —repite ella, probando a golpear el saco y riendo al ver que apenas se mueve.

—Si vas a golpear, véndate las manos. —Le indico sujetando el saco en su lugar.

—¿Es así como empezamos? ¿Golpeando un saco? 

Yo niego y apunto hacia el tatami.

—Quiero verlo todo, muéstrame el estilo de la escuela que estudiaste y los katas básicos. 

Ella traga saliva y asiente. La veo retirarse la sudadera que ha usado para correr, y paso saliva mientras su ligera camiseta deja expuestos sus brazos delgados pero fuertes, su espalda arqueada. Lleva unos leggins que le marcan a la perfección las piernas. Tomo asiento en uno de los laterales con mi mejor cara de profesional, y entonces empieza.

La veo fluir absorto. Serena, contenida, ejecuta sus katas uno tras otro, tal y como le he pedido. Deja resbalar un pie, sostiene la rodilla, rota y da un golpe de codo seguido de una patada encadenada y un puñetazo. Retrae la mano, la gira, vuelve a soltarla.

Es una exhibición privada, solo para mis ojos. Ella danza para mí en un espectáculo único. Continúa concentrada, mientras las gotas de sudor resbalan por sus sienes y su camiseta, su pelo gira al compás amarrado en una trenza baja con un coletero brillante.

Gira, golpea, mantiene, posición básica. Así una y otra vez mientras marca los golpes con gritos fuertes, sin duda resultado de estudio y disciplina desde la cuna.

Termina y no puedo más que asentir y ponerme en pie. 

—¿Practicas todos los días?

—Cada vez que puedo.

—¿Dónde lo haces?

—En mi habitación, en el parque antes de que amanezca o cuando se va el sol. 

Eso tiene mérito, doy una vuelta completa a su alrededor, pensativo.

—¿Quién te enseñó?

—Fue mi padre. 

La historia me suena demasiado familiar.

—¿Escuela?

—-Musabetsu kakuto-ryu —responde firme, su postura es como la de un buen soldado. 

El nombre de ese estilo me es conocido, lo degusto en el paladar como un caramelo blando. Dejo que alcance los rincones de mi conciencia. Sí, juraría que lo he escuchado antes en otro lugar.

Mientras la evalúo le lanzo un golpe traidor, barro uno de sus pies y ella cae sobre el tatami de culo. Me río pero intento que no se me note, y mucho menos cuando se gira a mirarme llena de indignación.

—Los pies estaban mal colocados —digo ufano.

—No, de eso nada. Es que me has pillado desprevenida.

—Si hubieras tenido bien puestos los pies no habría conseguido tirarte —respondo con un aire de prepotencia que sé que conseguirá sacarla de sus casillas, y eso es justo lo que necesita.

Enfadarse lo suficiente para perder el control y golpearme de verdad.

—Sé muy bien mantener la posición de espera —protesta poniéndose en pie y demostrándolo, yo sonrío descreído. 

—Te llevaste muchos golpes gratuitos en la poza, te falta entrenamiento y combate real.

—No puedo pelearme con los boles de fideos… —responde sarcástica, y adivino la tensión reptando poco a poco por sus puños, en ascenso.

—Ese primer combate lo ganaste por puro orgullo, pero tu técnica, tu memoria muscular… —sacudo la cabeza—, como te dije, eres débil.

La reacción que tanto buscaba no se hace esperar más, sin previo aviso Akane se tensa y me lanza un puñetazo directo al pecho, lo esquivo con dos pasos ágiles y sonrío mientras ella no me decepciona y continúa atacando. Intenta acertar con una concatenación de patadas altas y bajas, yo brinco mientras me divierto lo indecible ante su expresión cada vez más y más frustrada. Intenta darme un codazo, y después un nuevo golpe de rodilla seguido de otro puñetazo. Jadea y yo silbo. Cuanta pasión. 

—Vas a tener que ganar velocidad si quieres alcanzarme, ¿es que solo haces pesas?

Y eso parece ofenderla porque vuelve a la carga, salta e intenta agarrame, yo me dejo queriendo saber hasta dónde podrá llevar su golpe. Es pequeña, y se aprovecha de su altura para desestabilizar a un rival alto como yo, maneja el equilibrio a pesar de la diferencia de pesos y me tira al suelo. Rio mientras recibo el golpe y ella me agarra de la camiseta, agotada y cargando un puñetazo, supongo que intentando parecer amenazante.

—¡No soy débil! —estalla con las mejillas encendidas y las pupilas dilatadas.

—Bien, bien —alzo las manos en son de paz, disfrutando esto más de lo que debería—. Sabes algunos trucos, pero…

Agarro rápidamente su puño cargado, mi otra mano ladea su cabeza y alzando una rodilla giro en el suelo hasta tenerla debajo, a mi completa merced. Se revuelve y la dejo ir, es una fierecilla cuando se enfada, y me acabo de dar cuenta que eso me encanta.

—Vas a luchar con otras mujeres, ellas son ligeras y rápidas. Tienes que adaptarte —digo sentándome en el tatami, ella me observa respirando rápida y suspicaz. —Empezaremos por ahí.

Más de dos horas después Akane sigue golpeando una y otra vez el wing chun de forma obsesiva, le he insinuado que haga un descanso, pero después de echarme una mirada amenazante he decidido que es mejor dejarlo estar. Creo que aún está resentida por la derrota… O quizás por las palabras hirientes. 

Me encargo de mi propio entrenamiento. Inicio con ejercicios de fuerza con pesas y después una serie de flexiones. Estiro, vuelvo a mirarla, está sudando y se retira el pelo con fuertes sacudidas del cuello.

—Ya déjalo, haz diez minutos de estiramientos.

—Estoy bien —responde la muy cabezota.

—Es una orden de tu sensei, no vas a ganar velocidad en un solo día —Me gruñe pero obedece, se deja caer pesadamente al suelo, agotada—. Racionar la fuerza en un combate también es parte de la estrategia, no puedes darlo todo de forma explosiva.

Akane intenta recuperar el resuello, y en ese instante me asaltan más y más preguntas sobre ella, necesito saciar mi curiosidad.

—En todo caso, ¿para qué necesitas tanto dinero? Tres millones es muchísimo, debería bastarte para cubrir gastos —digo agachándome y tendiéndole una botella de agua fría, un obsequio de paz. Akane la toma, le da un trago inmenso hasta vaciarla a la mitad.

—Estoy ahorrando —dice secándose los restos de agua de la barbilla en un gesto que observo y atesoro con deleite.

—¿Para qué? —vuelvo a inquirir.

—Para una casa.

Alzo las cejas, eso es mucho dinero.

—¿No puedes pedir un préstamo?

—Ningún banco le da un préstamo a una chica como yo.

—¿Una chica como tú?

—Camarera, joven, soltera, sin estudios superiores —enumera como si se supiera la cantinela de memoria, como si esos atributos la definieran como persona de no interés en el mundo en que vivimos. El problema es que lo entiendo bien.

—¿Y no te puede ayudar tu familia? —vuelvo a preguntar, ella niega.

—Mis hermanas no quieren saber nada de ese asunto, ellas pasaron página y esperaban que yo también me rindiera.

Arrugo el entrecejo sin entender la respuesta. Ella suspira y vuelve a dar un trago largo a la botella antes de continuar.

—Mi madre murió y mi padre se volvió adicto al juego. Perdía todo el dinero que ganaba dando clases a los alumnos en el dojô, después comenzó a vender todo lo que teníamos: sus cosas, nuestras cosas, las cosas de mamá… La deuda no paraba de crecer y él nunca paraba de jugar.

Me acerco a ella hipnotizado por sus duras palabras, por la naturalidad con la que sale de su boca un infierno. 

—Finalmente nos embargaron la casa —dice comenzando a jugar con la botella medio vacía, con sus ojos en sus propias manos, como si la confesión le estuviera drenando parte de su ferocidad—. Un tipo compró la deuda y yo… Yo fui a hablar con él. Me prometió que no la vendería y que sería mía si podía pagarle lo que le debía mi padre.

—Y… ¿cuánto dinero es? —pregunto sintiendo un nudo en la garganta, ella deja caer los hombros casi hasta el suelo.

—Ciento cincuenta y siete millones de yens.  

Debo haberlo escuchado mal.

—¿Ciento…?

—Ciento cincuenta y siete millones —repite de forma mecánica, como si la cifra estuviera grabada en su cabeza—. Con tres millones no tengo ni para empezar.

Me quedo callado, pensando, pero estoy tan impresionado que no sé ni qué decir. Si pensaba que lograría hacerla desistir de su empeño antes del siguiente combate, ahora me doy cuenta de que no podía estar más equivocado.

—Llevo ahorrando desde los diecisiete y vivo sola desde entonces.

—¿Y tus hermanas? ¿Por qué no te quedaste con ellas?

—Mi hermana mayor se casó y yo no quise ser un incordio. La mediana se fue a estudiar a Hokkaido, a la escuela de negocios. Consiguió una beca y un trabajo. Aún está terminando la universidad, suficientes problemas tiene por sí misma. Ellas no quieren saber nada del dojô ni de papá, yo soy la única que sigue aquí.

Siento que si sigue hablando en cualquier momento se echará a llorar. No puedo decir que no la comprenda, incluso que no compartamos una similitud portentosa, arrastrados a un futuro incierto por padres irresponsables. Los problemas nos vienen de serie, y ella se aferra tercamente a su pasado.

—El dojô… es ese viejo dojô que está junto al canal, ¿no es así? —pregunto, y ella deja de mirarse las manos y pega un respingo, veo sus ojos cuajados en preciosas lágrimas sin derramar.

—El dojô Tendô —asiente, obviamente se trata de la gigantesca casa que miraba con tristeza aquel día. Todas las piezas encajan en su lugar.

—¿Tiene que ser al contado? Quizás ese tipo es razonable y puede ofrecerte un plan de pago —intento mediar, pero ella niega violentamente.

—No, Kuno no negocia, sabe bien lo que quiere  —dice con amargura y algo más. Algo espinoso.

Dejo de lado la conversación, al menos Akane ya no respira tan rápido. Le pido que estire y después que inicie con ejercicios de fuerza explosiva. Cuando salimos del gimnasio pasa del medio día y me muero de hambre.

Ella camina como si cargara sobre sus hombros el peso del mundo entero. En estos instantes más que dinero, creo que necesita un amigo. La acompaño hasta la casa de baños, donde la señora ya comienza a conocerme, a la salida ella se ve más relajada, con el cabello ligeramente húmedo y brillante adornado con esas dos graciosas pinzas de pelo de colores y el coletero brillante.

—¿Quieres comer algo? —pregunto, aunque estoy seguro de saber la respuesta. Parece tan desanimada que si se marcha sola creo es capaz de pasar la tarde deprimida, metida en su futón.

—No es necesario que me vuelvas a alimentar —dice con una pequeña sonrisa amistosa, acordándose de la otra noche.

—Es la recompensa por haber entrenado bien. Estoy cansado de ramen, vamos a comer un buen plato de carne.

.

..

Quince minutos después veo como la pequeña y escuálida chica que tengo frente a mí comienza a comer, primero con ligera aprehensión, pero después con un apetito voraz. Me ha parecido que estaba muy delgada, pero ahora empiezo a pensar que lo que ocurre es que está famélica.

Si debe semejante barbaridad de dinero está claro que se debe contener mucho a la hora de gastar, pero no comer es demasiado. Frunzo el ceño mientras indico a la camarera que traiga un nuevo plato de carne.

—Más despacio, o te atragantarás —Le indico, y ella alza la mirada y traga lo que tiene en la boca, se sonroja de forma adorable. Creo que en el fondo es una señorita, pero una muy bruta.

—Hacía mucho tiempo que no comía carne —dice a modo de excusa, comenzando a dar cuenta de su tazón de arroz.

—Yo empiezo a pensar que no comes… —confieso sin tapujos, y ella no lo niega, ¡no lo niega! —. ¿No comes? ¿Sabes que necesitas PROTEÍNAS? —indico poniendo más carne en la parrilla, perplejo. Esta maldita chica no deja de darme sustos.

—Sí como —responde ligeramente indignada—. La señora O. me da comida.

—Pues como parte de tu nuevo entrenamiento tienes la obligación de comer bien. ¡Es supervivencia básica!

—¡Eso ya lo sé, no soy una niña! —protesta con los carrillos llenos. 

Suspiro mientras la carne chisporrotea en la parrilla. Definitivamente me he metido en este lío yo solito.

—¿Cuándo pretendes volver a luchar? 

—En cuanto pueda, el próximo viernes —dice robando un nuevo pedazo de carne de los que acabo de poner en la parrilla. 

—No, demasiado pronto —niego. 

Akane me mira enfurruñada.

—Aún faltan cinco días.

—En cinco días no se te habrán borrado los moratones, y aún te duele la rodilla. Debes estar al cien por ciento de tus capacidades si quieres enfrentar a luchadoras más experimentadas.

—Ya te he dicho que necesito el dinero —masculla, y creo que está a punto de volver a decirme que no decido por ella, o que me meta en mis propios asuntos. Pero en este punto no estoy dispuesto a dar mi brazo a torcer.

—Si te dan una paliza en tu segunda semana vas a tardar aún más en volver a la poza.

—Parece que lo sabes todo.

—Llevo allí diez años —respondo con rabia, y eso consigue captar por completo su interés, la veo inclinarse hacia mí con los ojos muy abiertos, ansiosa de escucharme, de saber aún más.

Supongo que si ella me ha contado sus problemas yo debería también hacerla partícipe de alguno de los míos.

—Mi padre trabajaba de vez en cuando para el padre de Tarô, que como te habrás imaginado pertenece a una de las ramas de la yakuza. Es dueño de la mitad de los negocios de la zona oeste, y a saber de qué más. Al parecer mi padre abusando de la confianza que tenía robó un buen puñado de millones y huyó del país. Mi madre no tenía forma de pagar, así que Ryu y yo heredamos su deuda. Nos obligó a luchar en la poza hasta devolverlo todo con intereses, y cuando saldamos la deuda simplemente no nos fuimos. A veces es complicado dejar las viejas costumbres, y a nosotros nos encanta pelear, así que… —Se me seca la boca, porque no sé bien cómo terminar semejante excusa. 

La veo procesar mi historia entendiendo nuestros paralelismos, y veo pena en sus ojos, auténtica compasión por mí. 

—¿Cuántos años tenías? —pregunta con el corazón en un puño, yo aprieto los dientes al recordar el terror de aquella primera vez.

—Quince.

Entre nosotros vuelve a abrirse un silencio ominoso, sólo interrumpido por el chisporroteo de la carne y las voces del resto de comensales. Akane se aclara la garganta, coge varios pedazos de carne con los palillos y los pone en mi plato, como si quisiera de alguna forma aligerar los malos recuerdos.

—Vale, no pelearé el viernes —razona mucho más conciliadora, casi sumisa, sus mejillas se encienden de forma adorable y eso hace que yo mismo me sienta cohibido—. ¿Y tú, cuándo volverás a pelear?

No es como si pudiera esconderlo, ni tampoco quiero hacerlo.

—El viernes —respondo resignado, ella frunce el ceño confundida.

—Pero dijiste…

—Ya sé lo que dije, pero he tenido un imprevisto.

—¡Entonces yo también…!

—No, sólo mira y aprende. Esta semana entrenaremos duro, no seas impaciente.

Está semi levantada en el asiento, vuelve a su postura original con reticencia. 

—Mañana tengo que abrir el restaurante —dice jugando con algunos granos de su bol, yo tuerzo el gesto.

—Dile al vago que tienes de compañero que lo haga por ti. Podemos ocupar las primeras horas de la mañana. 

—Shinnosuke no va a poder…

—Pues quéjate a tu jefa —concluyo metiéndome los pedazos que me ha ofrecido en la boca, todos a la vez. Descubro que estoy masticando airado mientras ella vuelve a observarme con el ceño fruncido. 

—Jamás haría eso a un compañero —asevera la muy tonta. 

—Se está aprovechando.

—¡No es verdad! 

—¡Claro que sí! ¡Pero no puedes verlo porque estás colgada de ese imbécil! —Y ahí va, me pierde mi bocaza, la frustración que siento desborda hasta golpearla. Sus mejillas se encienden mientras tartamudea y esquiva mi mirada.

—Él no… —empieza, pero se detiene. Se muerde el labio inferior y adivino que está luchando contra la obviedad.

—No importa —digo huraño.

Sin nada mejor que hacer vuelvo a meterme un pedazo de carne en la boca, me sabe a cartón. 

Akane continúa comiendo en un mutismo de lo más incómodo, sigue sonrojada y entiendo que yo tampoco soy ahora mismo la mejor de las compañías.

—No tengo tu número —dice al cabo de un rato, y yo pestañeo sin entender el paso en falso que acaba de pegar mi corazón. —Lo necesitaré si vamos a entrenar.

—Sí, es cierto —asiento intentando sonar natural, buscando el maldito teléfono en uno de mis bolsillos. Akane mira con interés el desastrado cacharro, con la pantalla rajada y los bordes machacados de innumerables caídas.

El suyo no es nuevo, pero está mucho mejor cuidado, incluso lleva un par de llaveros: un oso panda y un gracioso cerdito negro.

Veo la sonrisa regresar a su rostro poco a poco a la vez que la pregunta baila en sus ojos.

—Solo lo uso para que Ryu me apunte la lista de la compra —digo, y es cierto. El pobre trasto ha visto días mejores. Y yo no soy el alma de la  fiesta, mi vida social se reduce bastante si salgo del círculo de luchadores callejeros.

—Bueno, pues ahora tendrás que mirarlo de vez en cuando —comenta como quien no quiere la cosa, lo toma de entre mis manos y teclea su número. Me lo tiende de vuelta y yo observo el nuevo contacto en la agenda.

“Akane”

Supongo que esto es una autorización para llamarla por su nombre sin formalidades, y también para molestarla con mensajes. No es una victoria, pero es un pequeño paso. No me corto en empezar en este mismo instante.

[Ranma:

Mañana el entrenamiento empieza a las 7h]

Sonrío mientras ella mira su teléfono y alza una ceja.

—¡Pero ya te he dicho que…!

—No discutas con tu sensei —niego poniendo más carne en la parrilla—. Y come, te falta músculo.

Resopla por la nariz, y no puedo evitar pensar que a pesar de todo me estoy divirtiendo. Y no quiero parecer demasiado presuntuoso, pero por la media sonrisa que veo cuando se mete un nuevo pedazo de carne en la boca juraría que ella también.

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NOTA DE AUTORA:

¡Hola de nuevo! Este capítulo me gusta por varios motivos. El primero es que, como siempre, disfruto mucho del POV de Ranma, y en este capítulo nos asomamos un poco más a quién es en realidad. Un personaje arrastrado por las decisiones de sus padres, un niño sin infancia, una persona que ha vivido desprovista de muchísimas cosas, a veces de hasta las más básicas. La escena donde Nodoka le visita me provocó mucha lástima y ternura porque a pesar de todo, él sigue queriendo a su madre. En este fic es un personaje mucho más maduro emocionalmente. 

Como contrapunto está la escena con Ryoga, ¡siempre me lo paso demasiado bien con esos dos! Y estoy deseando escribir muchas más escenas divertidas protagonizadas por el torpe inspector de policía. 

Tengo muchísima gente a la que agradecer por este capítulo, las primeras a mis betas a las que les estoy dando DEMASIADO trabajo, y aún así aún no me han mandado a la mierda (porque creo que en el fondo me quieren). A Danny, por su espectacular trabajo de traducción que nos acerca a todos los lectores del mundo. ¡Me hace especial ilusión saludar a todo el fandom anglohablante! Por favor continuad leyendo y dejadnos vuestros comentarios.

Y por supuesto a Isa, cuyo arte ilumina y embellece mis palabras.

Lum

NOTA DE ILUSTRADORA:

Uno de mis capítulos favoritos. Él sabe lo que quiere, lo amo. Y aquí vamos conociendo más de la vida de Ranma, Nodoka… aaah esa mujer, que dolor. Pero para casarse con Genma no podría estar muy cuerda, ¿no?

Lamentablemente, por trabajo, ya no podré dibujar tanto en los capítulos. Pero al menos espero resaltar una parte importante de cada capítulo, como en este el inicio. ¡¡Mis respetos a los que dibujan y editan WEBTOON!! No estoy ni cerca de que sea un webtoon y me ha costado. Espero que les haya gustado 🙂

No olviden dejarnos sus comentarios, opiniones, es nuestra única paga y nos motiva a seguir creando.

Isa