La reina de la poza.
A veces los vecinos resultan demasiado ruidosos, pero eso tiene mucho que ver con la ínfima densidad de las paredes de este lugar.

Mi habitación es estrecha, de tres tatamis y medio de ancho por otros cinco de largo. No soy una persona que tenga demasiadas cosas, pero desde luego tampoco podría permitirme acaparar nada.
Las casas de huéspedes pasaron de moda en los años setenta, cuando eran usadas mayormente por mangakas mal pagados que convivían en una suerte de comuna con puertas de papel, mientras apuraban las pagas semanales y se las gastaban íntegramente en tabaco, alcohol y plumillas.
El lugar es viejo y huele a humedad. Los baños son compartidos, y no hay duchas ni agua caliente. La encargada es una anciana de cabello ralo y totalmente blanco, como si estuviera empolvado, y extremadamente tacaña con las reparaciones. Da la impresión de que toda la casa se derrumbará el mismo día que ella muera, todo el polvo que se acumula en los tatamis se irá con ella a la tumba, convirtiéndose en más polvo aún.
De hecho una vez vi a los técnicos del ayuntamiento discutiendo con ella, de pasada escuché palabras como “riesgo de derrumbe” y “condiciones deplorables”, nada que no sepamos de sobra los que vivimos aquí. Y es que no hay alojamiento más barato en todo el barrio, ni siquiera dormir en un manga café sale mejor.
Me gusta pensar en este hábitat como una pequeña familia de desarraigados, carentes de un hogar familiar. La mayoría con los que cohabito sobrepasan los cuarenta, casi todos desempleados que beben demasiado.
Aún así no me siento una intrusa entre ellos, al menos ya no. Me tratan como si fuera una rareza, una flor entre la podredumbre, la hija a la que nunca ven después de sus divorcios.
Algún día saldré de este lugar y regresaré a casa, ese pensamiento es el que me hace obviar el moho y el olor a polvo.
Hoy también será un día duro.
Ranma es un profesor exigente, pero la rutina me sienta bien. Estudié karate con mi padre y llegué a cinturón negro, segundo dan. Es una buena base, pero en las peleas callejeras no importa tanto saber hacer katas como que no te maten.
Entrenamos todos los días antes de abrir el restaurante, de momento rapidez y resistencia, dice que es importante que sepa recibir golpes pero él no me golpea, solo me bloquea y me deja caer una y otra vez, lo cual resulta frustrante.
Cuando salgo a trotar no tardo en notar su presencia a mi espalda, me alcanza de apenas tres zancadas y se pone a mi altura, pero hoy hay algo diferente en él, su característico buen humor no está por ninguna parte.
—Buenos días —saluda serio, como si el esfuerzo de la carrera no le supusiera nada. Ni se le entrecorta el aliento.
Mañana es viernes, y me pregunto si quizás se encuentra tan nervioso como yo.
Después de la carrera nos dirigimos hacia uno de los gimnasios de Tarô, casi siempre usamos el mismo, un pequeño local a tres calles de la avenida principal. Pasa por completo desapercibido porque su puerta se confunde con la entrada de servicio de un restaurante.
Ranma tiene llaves, pero hoy no las usa. Entra sin más, como si supiera que estaba abierto y que había alguien esperándonos dentro.
Me sorprendo al volver a ver a ese chico, el que dijo ser su hermano. Viste de forma deportiva y está calentando pegándole de lo lindo a un saco de arena. Cuando nos ve se detiene.
—Ya estáis aquí —dice ajustándose los guantes de boxeo y caminando hacia el tatami, definitivamente nos estaba esperando.
—Hoy entrenarás con Ryu —declara Ranma, yo pego un respingo como si acabara de pincharme con una aguja.
—¿Por qué? —cuestiono mirando al tipo que tengo delante, es igual de alto que mi maestro y no parece tener tanta paciencia como él.
—Ponte unos guantes —Me indica Ryu señalando una de las cajas de material del fondo. Yo vuelvo a mirar a Ranma sin entender por qué no quiere entrenar conmigo.
No lo digo, pero estoy un poquito decepcionada. Hago lo que me ha pedido, me ajusto los guantes mientras él observa severo.
—Golpéame —ordena Ryu, y no puedo más que volver a mirar al chico de la trenza, quien se ha quedado a un lado y nos examina con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Entiendo que quiere comprobar algo-
Hago lo que me dice, le golpeo con fuerza mientras él me bloquea, primero un par de golpes altos dirigidos a su cabeza, después a su torso, esquiva y se sacude la tensión. Yo vuelvo a la carga con puñetazos rápidos, y es entonces cuando aprovecha un hueco y me encaja un brutal puñetazo en el estómago.
Es el primer día de mi vida que me alegra tener el estómago vacío. Intento sostenerme en pie pero apenas y puedo evitar que mis ojos bizqueen. Caigo de rodillas y aprieto los dientes.
—Es verdad, no está acostumbrada a encajar golpes —Le escucho decir, y yo lucho por volver a recuperar la verticalidad.
Ranma se ha retirado hasta el fondo de la sala y parece a punto de fundirse con las sombras.
—Debe aprender —gruñe, apenas distingo sus ojos que se han tornado acechantes y afilados, su rostro ha mudado a una máscara pétrea que no reconozco.
—Hoy haremos sesión doble, tranquilo, no la golpearé muy fuerte —concede mi nuevo instructor, y Ranma responde con un suspiro contenido.
—Bien. Me marcho.
—¿Qué? ¿Me vas a dejar aquí con él? —pregunto estirándome, superando el latente dolor que aún siento por el golpe inesperado. Ranma se gira de soslayo y me observa un instante antes de salir por la puerta.
Justo en ese momento siento otra cosa muy diferente, no sé si es la bilis de la traición lo que saboreo en el fondo de la garganta, o quizás el amargo hecho de que se haya desentendido de mí, dejándome en manos de un desconocido.
Quizás en mi ingenuidad creí que iba a estar pendiente de mi entrenamiento todo el tiempo, y eso me llena de desazón.
—Disculpa —susurra sin embargo mi nuevo maestro, y parece decirlo en serio—. Es necesario. Vamos, en guardia, voy a golpearte otra vez.
Y tengo la completa certeza de que va a hacerlo.
Alzo los puños y muevo las piernas, atenta y vigilante, pero Ryu no tiene compasión. Los puñetazos que lanza son demoledores, apenas los bloqueo antes de que rompa mi guardia y me encaje un fortísimo golpe cerca de la barbilla, me tambaleo y caigo, él chasquea la lengua.
—Debes aguantar en pie —dice agachándose a mi lado y extendiéndome una mano. Pese al mareo la acepto y vuelvo a estar con los pies en el tatami, intentando bailar a su son. Yo también consigo golpearle, pero me da la impresión de que en comparación mis puñetazos solo le hacen cosquillas.
Ryu es rápido y fuerte, no sé si incluso más que Ranma, con la diferencia de que él sí que me golpea sin contemplaciones. Vuelvo a encajar un golpe en el costado y esta vez me tambaleo pero no caigo. Me mantengo jadeante, ligeramente encorvada, mientras vuelvo a alzar los puños.
—Bien —sonríe imitándome y alzando los puños hasta sus sienes—. Veamos cuánto aguantas.
Una hora después estoy jadeando sobre el tatami, me duele todo y tengo ganas de echarme a llorar de pura frustración. Ryu se sienta en el suelo a mi lado, él también parece cansado.
—No ha estado mal del todo —concede, y creo que se está pasando de indulgente. No he logrado devolverle ni un cinco por ciento de los golpes que me ha dado.
—No… No lo entiendo —consigo articular, y al tomar aire toda mi caja torácica se encoge en un chillido—. ¿Por qué te lo ha pedido a ti?
Ryu se sopla el flequillo que le cae sobre la frente y se lo aparta apenas unos centímetros. Después le echa un disimulado vistazo a la puerta.
—Como sensei tiene la obligación de enseñarte ciertas cosas, pero como hombre… —Se encoge de hombros, como si con el gesto quedara claro todo, solo que yo no entiendo nada.
Cierro los ojos intentando concentrarme en el amortiguado dolor, en el cansancio, en las extrañas palabras de Ryu. Yo ya sabía que Ranma no quería golpearme, pero me ofende un poco que se haya buscado otra persona para ahorrarse el trabajo.
Algo me dice que si yo fuera un hombre jamás habría andado con tantos remilgos.
—No quiere golpear a una mujer —recapacito.
—Golpear a una luchadora le trae sin cuidado —escucho decir a Ryu, con un tono que roza la ofensa.
Apoyo las manos en el suelo y me alzo por enésima vez, le miro con los ojos entrecerrados, con el cabello alborotado y pegado a mis mejillas. Ahora más que nunca echo en falta los brazos de Ranma, que me sostienen después de una sesión especialmente dura. Esa mano que siempre me ofrece para que me apoye tras una caída. Sus ojos y su sonrisa confiada, dándome ánimos.
En su lugar solo tengo a su hermano, quien se rasca la nuca de manera incómoda, y desde luego que no me ofrece ningún tipo de ayuda. Descubro que tampoco es como si la quisiera, al menos no de él.
—Buen entreno, nos vemos otro día. Intenta descansar.
Claro, como si fuera tan fácil. Solo tengo un turno de ocho horas que cubrir en el restaurante.
Termino de estirarme entre jadeos, apretando los dientes. La puerta se abre y aparece mi sensei como si le hubiera invocado de pensamiento, por algún motivo que desconozco parece desquiciado.
Me mira un segundo, y después al hombre que acaba de darme una paliza.
—¡Te has pasado! —exclama encarando a su hermano.
—¡Apenas le he dado fuerte! No tiene nada roto.
—¡Ahora el que te va a golpear soy yo! —rechina los dientes mientras se acerca de forma peligrosa y yo observo la escena llena de estupor.
—¡Tú me lo pediste! Si te vas a poner así cada vez que te haga un favor…
—Akane —dice mi nombre con una seriedad tal que no puedo hacer más que ponerme firme, en completa tensión—. Vete.
Es una orden directa, no me mira, está demasiado concentrado en su hermano. Arrugo las cejas porque no entiendo nada.
—¿Os vais a pelear?
—V-E-T-E —deletrea tensando los labios en una línea y señalándome la puerta.
No puedo hacer más que sentirme expulsada y ninguneada por ese hombre, que hoy no parece de humor para entrenar conmigo y tampoco para darme explicaciones.
Recojo mis cosas, pero me aseguro de hacerlo con un ímpetu que deja en claro el cabreo que tengo encima. Les miro desde la puerta, frunzo el ceño lo más profundo que soy capaz pero ninguno de los dos me presta la más mínima atención. Salgo dando un portazo.
El frío aire vespertino me recibe como un bálsamo, el sol ya se alza lo suficiente en el cielo como para calentar de forma agradable. Camino hacia la casa de baños, después tendré que vendarme las rodillas, los hombros y las costillas si quiero aguantar en pie hasta la noche.
.
..
…
Shinnosuke está raro.
Lo sé desde el primer momento en el que entro en el restaurante y me dedica un saludo ausente mientras toma nota a los clientes.
No me siento ni un poco culpable por el trabajo extra que tiene que afrontar desde que entreno por las mañanas. Supongo que me lo debe después de todo, es por eso que no entiendo sus ojos dañinos, su expresión indiferente.
Comprendo que está enfadado conmigo cuando deja las mesas desatendidas y se esconde en la barra, ocupándose de los platos sucios sin dirigirme la palabra, como si yo tuviera que adivinar lo que pretende.
Suspiro, aún siento el dolor amortiguado de los golpes de Ryu. Creo que no me merezco este trato, no después de todos los favores que le he hecho a lo largo de los últimos dos años.
Regresan a mí las afiladas palabras de Ranma sobre cómo se está aprovechando de mí, y que soy incapaz de verlo. Y eso me molesta aún más. Yo siempre he sido buena compañera, y de repente en cuanto le pido hacer SU trabajo responde con frialdad.
Eso me duele.
La actitud cortante de Ranma en la mañana se une a la indiferencia de Shinnosuke para terminar de arruinar mi humor. Quienes lo sufren son los pobres clientes, que hoy disfrutan de platos servidos sin contemplaciones, vasos que golpean las mesas en vez de posarse de forma amigable, y mi peor cara de enfado. No hay atisbo de sonrisas, y el comedor se hunde en un silencio asustado, en el que todo el mundo quiere acabar su comida cuanto antes y salir huyendo.
Siento como si una densa y oscura niebla me envolviera mientras recojo las mesas. Mi cansancio queda olvidado mientras me afano en el trabajo y en la incesante molestia que me producen mis propios pensamientos.
Estoy enfadada, lo descubro con estupor mudo porque hasta el momento solo me había sentido así con personas que realmente se merecían mi enemistad. Esto lo ha empezado Ranma y lo ha terminado mi compañero de trabajo. Ellos dos son los culpables, y nadie más.
Bueno, hay otro culpable, el hermano de mi sensei, el cual me ha machacado en la lona y después con sus palabras.
Recuerdo bien lo que ha dicho, que Ranma no tendría problema en golpear a otra luchadora, de lo cual solo puedo sacar una conclusión: él aún no me considera digna de tal nombre. La rabia que me produce eso me lleva a agarrar un bol con tanta fuerza que termino por partirlo.
Miro el estropicio desconcertada y dejo caer los pedazos al suelo mientras me examino las manos, revisando que no me haya rebanado un dedo con la afilada loza.
—¿Te has herido? —Shinnosuke aparece a mi espalda, mirando hacia mis manos con preocupación, yo alzo la barbilla desafiante. Que se preocupe a estas alturas por mi bienestar me enerva aún más.
—Estoy bien —respondo evitándolo y agachándome a recoger los restos, posándolos con cuidado en un paño de cocina.
Le escucho suspirar, se agacha a mi lado. Me ayuda a recoger los pedazos del bol en silencio y cuando hago amago de levantarme me agarra inesperadamente del brazo, obligándome a permanecer en el suelo, arrodillada a su lado.
Trago saliva repentinamente tensa, sin saber qué es lo que pretende con ese gesto. Su mano aún no se desprende de mi piel.
—Desde que apareció ese chico has cambiado —dice mirándome directo, y después apartando sus ojos a la par que su mano, como si las palabras llevaran reconcomiéndolo demasiado tiempo y, ahora que las ha dicho se arrepintiera profundamente—. Faltas al trabajo y siempre estás golpeada.
Agarro el trapo con los fragmentos y esta vez sí consigo levantarme, siento en el cielo de la boca la amargura de la discusión. Lo tiro todo al cubo de la basura y me giro para enfrentarlo, alegrándome de que el último cliente se haya marchado hace un buen rato y también lo haya hecho la señora O.
—No falto al trabajo, simplemente ya no puedo cubrir tus turnos —puntualizo para que quede claro, y yo misma me sorprendo por tener la entereza de decírselo. Shinnosuke parece dolido y tensa la mandíbula con amargura.
—¿Estais saliendo?
—¿Qué?
—¿Te gusta?
Mi corazón salta un latido y enrojezco mientras mi compañero avanza hacia mí con sus ojos aguamarina compungidos y sus gestos llenos de ímpetu. No estoy preparada para lo que está ocurriendo, no tengo ningún tipo de experiencia romántica por lo que todo lo que hace Shinnosuke me parece digno de una película de la que jamás me creí protagonista.
Me acorrala contra la barra y su mano derecha toca el nuevo golpe que tengo en la mandíbula, cortesía del entrenamiento de Ryu y que he intentado disimular de forma muy precaria con una tirita.

—En qué demonios andas metida —jadea mientras yo siento el estómago en la garganta, aparto el rostro de forma brusca pero él vuelve a tomarlo, esta vez con más terquedad—. No te conviene, Akane. Es peligroso.
Sonrío, porque lo que Shinnosuke no sabe es que yo también lo soy. Me encantaría poder gritarlo, que ahora soy un arma que Ranma se está esforzando en afilar.
—Soy mayorcita para…
—¡Eres una ingenua! —Me interrumpe cada vez más alterado—. Se está aprovechando de ti.
Casi me dan ganas de reír por lo absurdo que me parece escuchar exactamente las mismas palabras que empleó mi sensei, pero lanzadas en dirección contraria.
—¿Cómo? —pregunto burlona, porque no existe absolutamente nada que Ranma pueda obtener de mí, a excepción de un extra de carne en su próximo ramen. Entre nosotros todo funciona de forma absolutamente unidireccional, y soy consciente de que no es justo.
—Él no se preocupa de verdad por ti, solo quiere…
—Qué —Le reto a decirlo, porque adivino la ponzoña envenenada que esconden sus palabras. Seré ingenua, pero no imbécil. Soy una mujer que vive sola en un mundo de mierda, y por desgracia no soy ajena a las proposiciones sexuales.
—Él quiere… —veo su nuez subir y bajar cuando traga saliva, con duda y un ligero temblor se inclina más hacia mí—. Akane…
Esto no me está ocurriendo, no puede ser real. Shinnosuke mira mis labios y se humedece los suyos. Creo que he soñado un millón de veces con algo parecido, pero hasta el momento no me parecía más que eso: Un estúpido sueño.
Y descubro para mi propio estupor que tengo miedo, y algo más.


No me da tiempo a quitármelo de encima cuando la puerta se abre a nuestras espaldas y Shinnosuke se aleja de mí, solo para dejarme ver la imponente figura de Ranma, que parece aún más perturbado que esta mañana.


Siento las mejillas encendidas mientras miro confundida alrededor, buscando lo que quiera que estuviera haciendo antes de que Shinnosuke se volviera un demente y mi sensei decidiera ponerle fin al absurdo momento de idilio con su oportuna aparición.
—¡Estaba cerrado! —gruñe mi compañero, pero el rictus del chico de la trenza parece responder lo poco que le importa.
Cruzan sus miradas en un reto que se prolonga mucho más de lo debido, y estoy a punto de intervenir cuando Shinnosuke se disculpa y se mete en el vestuario, sale apenas unos segundos después, ya sin delantal y con su abrigo. Ranma y él prácticamente chocan en la entrada antes de que Shinnosuke consiga salir por la puerta.
—Te veo mañana —dice mientras huye de mí, o quizás lo hace de Ranma. Tampoco es como si pudiera pensar mucho en ello porque me doy cuenta de que me acaba de dejar sola para recoger el restaurante. Resoplo intentando recuperarme de la incómoda escena, pero mi sensei tiene otros planes.
—¿He interrumpido algo? —pregunta contenido, como si no lo supiera.
Yo me aliso el delantal y sigo recogiendo las mesas, esto me va a llevar al menos otra hora.
—No —niego lo evidente, pero las manos me tiemblan.
Ranma deja sus cosas sobre una de las banquetas y me observa callado, con las manos en los bolsillos.
—¿Soléis besaros después del trabajo? —pregunta con un tono helado, aún peor que el que ha usado esta mañana para echarme del gimnasio.
—¡Nunca nos hemos besado! —protesto con las mejillas rojas, dando un golpe sobre la mesa—. ¡Hoy estás inaguantable!
—Ah, estoy inaguantable… —repite con tono meditabundo, y yo recojo todos los platos en una inmensa montaña que equilibro hasta la pila.
Estoy molida física y mentalmente, no estoy de humor para aguantar otra charla sobre Shinnosuke y sus mil y una maneras de escurrir el bulto. Tampoco quiero hablar de besos, sobre todo porque es un tema que me pone nerviosa, y también porque me siento sobrepasada por la vergüenza de que me haya sorprendido en una situación así.
Me remango y comienzo a fregar los boles con movimientos violentos, con la tensión en los dedos y en los hombros. Le dirijo rápidas miradas a Ranma, quien parece perdido en pensamientos sombríos.
—Estaba apunto de quitármelo de encima cuando has entrado —digo enterrando aún más las manos en el montón de platos y sintiendo cómo el corazón bombea sangre hasta mis mejillas—. No sé qué mosca le habrá picado hoy.
La sombra de su imponente figura me cubre por completo, pero aún así no alzo la mirada, termino de fregar los boles y me seco las manos.
—¿Eso ibas a hacer? —cuestiona con voz cavernaria, y yo tomo aire con el ceño fruncido, harta de esta conversación.
—Sí —Le enfrento y doy gracias porque se encuentre al otro lado de la barra, se ha apoyado sobre ella y su rostro es granítico.
—Pensaba que te gustaba.
—Eso no implica que pueda acorralarme cuando le venga en gana.
—Tienes tus términos —sonríe sólo con la boca, pero no con los ojos.
—Como todo el mundo —contesto poniéndome en marcha y tomando un trapo para terminar de limpiar las mesas, él me observa desde su lugar en la barra, como si estuviera sopesando mis palabras —. ¿Por qué no me has entrenado hoy? —pregunto de forma sorpresiva, esperando que el cambio de tema me permita de una vez dejar de temblar.
Ranma bosteza y se estira, como un gato después de una siesta.
—¿Ryu ha sido muy duro contigo? —pregunta sin embargo.
—Sí, mucho más que tú, pero no te he preguntado eso —Me giro y le lanzo una mirada suspicaz—. ¿Vas a dejar de entrenarme?
Sus labios se arrugan en un gesto de enfado, gruñe como si aquello le diera dolor de cabeza, ahora el que parece incómodo con la conversación es él.
—No es eso, es solo…
—No quieres golpearme —termino por él, y le veo tomar aire y asentir, rendido —. Mi padre me golpeaba en los entrenos, no entiendo por qué es tan difícil.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque no soy tu padre —responde con un deje de impaciencia.
—No me consideras una luchadora, es eso —susurro dolida, él tensa la mandíbula.
—¡Por supuesto que no!
—¡Entonces no entiendo por qué te cuesta tanto golpearme!
—Puedo golpearte y marcar los golpes —masculla lentamente, como si se estuviese arrancando las palabras del fondo de la garganta, una a una —, pero nunca podría hacerlo con la fuerza que tú necesitas. Para esto está Ryu.
No lo entiendo, estoy a punto de volver a discutírselo cuando agarra sus cosas y comienza a ponerse el abrigo.
—No vamos a seguir hablando de esto. Te espero fuera.
—¡Voy a tardar al menos media hora! —protesto, pero a él le da igual. Sale del restaurante y veo su sombra a través de los densos cristales de la entrada, merodeando enfurruñado.
Inspiro fuerte, miro a mi alrededor y comienzo a trabajar. El silencio y la soledad me sirven para aclarar un poco mis ideas. ¿Acaso me considera delicada? ¿O cree que no aguantaría sus golpes? Me fastidia que sea considerado y que envíe a su hermano a hacer el trabajo que él no quiere.
Cuando termino de fregar el suelo el enfado ha pasado a un segundo plano y ya es algo muy residual, al fondo de mi cabeza. También he superado la vergüenza, aunque el rostro de Shinnosuke acercándose al mío aún es un recuerdo demasiado vívido.
Apago las luces y me pongo mi abrigo, cuando salgo veo a Ranma sentado en cuclillas junto a la puerta. Mira al frente con cara de pocos amigos, debe de estar helado.
—Deberías haberte quedado dentro —Le digo mientras echo la llave.
—No quería discutir —responde alzándose, aún me siento un poco intimidada por su altura, por mucho que me esté acostumbrando a su cercanía.
Y esa sinceridad acompañada de su mal humor hacen que me sienta reconfortada a pesar de todo el cansancio y las emociones del día. Sonrío a mi pesar, porque me resulta un bruto encantador.
—No vas a golpearme —concluyo.
—No.
—Porque no quieres hacerme daño —digo en un tono bajito, confidencial, avanzando un paso hacia él y la sombra que proyecta. Sus ojos me esquivan tímidos, y yo vuelvo a sonreír, esta vez con toda la boca.
Ranma me observa por el rabillo del ojo, después se balancea ligeramente con las manos en los bolsillos. Se aclara la garganta.
—Vamos, te acompaño a casa.
Comienza a caminar, y en este silencio, en esta tenue paz descubro que me siento feliz.
.
..
…
Es viernes de pelea. Hoy el entrenamiento con Ranma ha sido escueto, ya que tenía que prepararse para el combate. Se ha quedado conmigo un par de horas estirando y haciendo musculación y después me ha ordenado practicar con el muk yan cho mientras él ejecutaba una serie de katas de kung fu, lo cual no ha hecho más que distraerme.

Supongo que no lo hace de forma premeditada, pero es muy complicado no mirarlo cuando ejecuta movimientos con semejante habilidad y precisión. Él mismo es un espectáculo completo, con una potencia que quita el aliento, impetuoso, metódico, perfecto.
Me pilla mirándolo y apenas puedo disimular que estoy concentrada en mi propio ejercicio, porque de hecho hace rato que no doy ni un golpe.
Cuando termina pasa a mi lado, sudoroso y ligeramente sonriente.

—Concéntrate en lo tuyo —dice a modo de burla, complacido. Es un presumido y le gusta que lo mire. La vergüenza inunda mis mejillas, estoy a punto de responder una mentira, como que no lo estaba mirando, o que no resulta interesante en lo más mínimo, pero se mete en el baño antes de que mi cerebro alcance a articular una sílaba.

Comienzo con los movimientos repetitivos de wing chun, y de pronto me encuentro preguntándome si Ranma tendrá novia o acaso una chica que le interese. Él me acompaña a casa todas las noches, eso sin duda molestaría a cualquier mujer.
No creo que tenga novia, pero si la tuviera no debería suponer un problema, ¿verdad?
Acelero los golpes, sería una hipocresía que eso me molestara. No lo hace, por supuesto que no. Golpeo al centro, bloqueo a la derecha, golpe con la palma izquierda, bloqueo a la izquierda, golpe con la derecha, codo, rodilla, patada alta. Repito. Lo hago hasta que siento que mis pensamientos regresan a su orden normal, lejos de cuestiones perturbadoras.
Mi sensei sale del baño con el pelo húmedo, recién duchado. Se acerca y yo me detengo, echando hacia atrás mi cabello largo atado en una trenza baja.
Huele bien, profundo, masculino, a cedro y menta. Trago saliva mientras él se disculpa.
—Tengo que irme, hoy no puedo entrenarte más.
Y lo entiendo, debe prepararse para el combate.
—Entonces nos vemos esta noche —respondo, sintiéndome sucia en comparación con él. Huelo a sudor.
—No tienes que venir —dice molesto, como si no hubiéramos tenido esa conversación mil veces.
—No puedes impedirlo.
Aprieta los dientes, lo peor es que ya lo sabe. Niega con la cabeza pero sé que ya se ha rendido conmigo.
—Vale, pero ten cuidado. Ve directa al vestuario y no hables con nadie.
—Sé cuidarme solita. Mejor preocúpate por tu combate.
—Ryu no para de decir lo mismo —sonríe de lado y toma su bolsa de deporte, yo también tomo la mía. Salimos al exterior y cierra la puerta con doble vuelta de llave.
—Ranma Saotome, ¿dónde te metes desde tan temprano? —escucho una voz a mi espalda, me giro y veo a un hombre alto, enfundado en un perfectamente planchado uniforme de policía.
—Oh, no —resopla el chico de la trenza, les observo con curiosidad alternando la mirada de uno a otro, temiendo estar metida en un lío—. Hoy no tengo tiempo para ti, Hibiki.
—Es viernes. Y si no me equivoco los viernes hay pelea.
—Yo no peleo, debes estar confundiéndome con otra persona —dice rascándose la nuca y dándome un pequeño empujón para que me aleje. Entiendo que no quiere que me involucre en lo que quiera que esté pasando con el policía.
—Pienso pegarme a ti todo el día, así que no creas que…
—Uy, ¿qué es eso? —dice apuntando hacia la dirección a la espalda del policía. No puedo creer que nadie caiga en un truco tan viejo, pero Hibiki se gira, y Ranma aprovecha para agarrarme de la mano y salir huyendo a la carrera.
—¡Saooooootoooooomeeeeeeeeeeeeee! —grita echando a correr tras nuestra.
—En el cruce gira a la izquierda y no te detengas, me quiere a mí —dice mientras tira de mi mano, yo estoy a punto de protestar cuando me suelta de forma abrupta y continúa corriendo directo hacia una calle comercial mientras el policía le pisa los talones.
Me detengo porque ya nadie me presta la más mínima atención. Frunzo el ceño con el corazón aún acelerado, sin entender nada de lo que acaba de ocurrir.
—¿Pero qué demonios…?
.
..
…
El ambiente está igual de cargado que la primera vez que vine.
Las voces forman una jauría de gritos, una cacofonía sorda e ininteligible. El portero me deja pasar después de intercambiar un par de frases, reconoce mis rostro de la pelea de hace unas semanas, y me dedica un asentimiento satisfecho. La primera vez que vine lo hice con Happosai y estaba tan alucinada que apenas y me fijé por dónde me llevaba. En esta ocasión es diferente, hoy no vengo como luchadora, y por algún motivo eso hace que me sienta un poco intimidada.
Me quito el abrigo, me he sujetado el pelo con algunas pinzas de colores y un semirecogido. No por nada, no por nadie. Tampoco los jeans ajustados, ni la camiseta con un ligero escote responden a ninguna intención en especial.
Tal y como me dijo Ranma, intento llegar hasta el vestuario, pero el camino me resulta confuso y me percato de que me he perdido en un nudo de pasillos y puertas atestadas con gente bebiendo y fumando de forma grosera.
—¡Akane-chan! —Y a mi rescate acude el hombre más vetusto de todo este agujero. A Happosai no le cuesta abrirse camino hasta mí entre las piernas de la gente. —Volviste —dice sonriendo libidinoso, recorriendo mis piernas y llegando hasta donde le dan los ojos. Me cruzo de brazos intentando que sirva de escudo a su mirada penetrante.
—Hoy no peleo —Le aclaro, él saca su larga pipa de fumar y me mira lleno de inquina.
—¿Has venido a ver a Ranma? ¿O quizás a la reina?
—¿La reina?
—La poza tiene un rey… Y también una reina.
El estómago me da un vuelco y pestañeo rápido intentando procesar la información. Hay muchísimas cosas que desconozco de este lugar, y esta es sin duda una que hubiese agradecido que alguien me contara.
—Va a combatir ya, deberías ir a echar un ojo. Quizás debas enfrentarte a ella pronto.
La curiosidad se hace patente en mi rostro, observo al abuelo, quien parece más que encantado de acompañarme un rato más. Asiento, él sonríe con su boca desdentada y comienza a serpentear por los pasillos hasta desembocar en la parte alta de la poza.
No quedan asientos, pero Happosai se mueve como pez en el agua y aparta a un par de tipos para hacernos hueco a media altura. Estamos a tres metros del suelo, es una perspectiva bastante buena.
Contengo el aliento mientras la voz de Tarô inunda todos los rincones y presenta a una luchadora experta en taekwondo. A la poza entra una mujer de aspecto rudo y cara seria, viste guantes reforzados, rodilleras y coderas. Me quedo mirando embelesada hasta que la multitud guarda un espectral silencio cuando anuncian el siguiente nombre.
“Shampoo”.
Lo pronuncia como un susurro, como una palabra lasciva gimoteada al oído de su amante. El público enloquece, el aire se vuelve pesado, ella atrae todas las miradas con la fuerza de la gravedad.

En la poza entra una mujer de pelo largo, maquillaje impecable y sonrisa lobuna. Su cintura de avispa bien marcada por unos pantalones amplios y cómodos que cuelgan de sus caderas. Sus pechos altos y voluminosos se delinean sobre una camisa sin mangas de inspiración china que corta por debajo de la línea de sus abdominales, y sus brazos, muñecas y pelo brillan llenos de brazaletes y adornos dorados. Es pura sensualidad, es agua para los ojos sedientos de los apostadores. Entiendo muy bien el apodo de “reina”. Su belleza es tan salvaje que corta el aliento, yo misma me obligo a tragar saliva absolutamente obnubilada por su presencia.
—Es un espectáculo, ¿verdad? Yo pagaría solo por verla caminar —dice Happosai chupando de forma obscena la boquilla de su pipa
Permanezco con la espalda recta, atenta al combate. La campana suena y da comienzo el enfrentamiento. La diferencia de nivel se nota apenas a los veinte segundos. La taekwondoka es potente y mortal, pero la reina es mucho más rápida y hábil. Las patadas de la mujer no tienen nada que hacer con el tipo de artes marciales que practica su oponente. Shampoo es grácil y mortal, todos los golpes nacen desde su torso, que se inclina, esquiva y aprovecha el impulso para reconducir sus propios golpes.
Baila como quiere, golpeando aquí y allá, hasta que su oponente apenas se tiene en pie de puro agotamiento.
—¡Re-mátala! —grita un hombre que está a mi derecha.
—¡Hazlo!
—¡Hazlooooo!
Otros se unen al reclamo y en seguida son una vibración de golpes desde los bancos, una ola de violencia.
—¿Qué va a hacer? —pregunto preocupada, el abuelo sonríe desdeñoso.
—Shampoo tiene un sello personal —dice haciéndome un gesto con la barbilla, convidándome a que atienda hasta el final de la pelea.
Y yo observo a la mujer rodeada de toda esa beligerancia, esa energía poderosa y dañina que se acumula en su figura seductora. Agarra a su rival cuando la desesperación la conduce a intentar dar un nuevo golpe, gira el antebrazo de la taekwondoka hasta que cae a la lona, y sin soltarle la muñeca la retuerce hasta que se escucha el crujido de los huesos al romperse, el alarido agudo y funesto de su rival.
—¡Le ha roto el brazo! —exclamo levantándome, porque incluso desde aquí puedo apreciar el ángulo amorfo, la extremidad torcida en lo que debe ser una fractura terrible. Se me hiela la sangre.
—Brazo derecho, cúbito y radio con articulación del húmero. Rara vez vuelven a pelear, es su especialidad.
Lo dice como si en lugar de haber lisiado a una persona esa mujer acabara de cocinar un plato de arroz frito. Siento el sudor condensarse en mi espalda mientras los gritos de dolor se mezclan con los vítores del público.
—Ha sido completamente innecesario, ya la tenía —jadeo sin poder apartar los ojos de la escena, de la mujer victoriosa, de su inquina, de cómo sus ojos fríos como el hielo ni siquiera parecen reparar en su exigua rival.
—A la reina no le gusta la competencia —aclara Happosai sacudiendo la ceniza de su pipa y trabándola en el cinto —. Ahora ya lo sabes.
Trago saliva. Ranma debería haberme hablado de ella, debería habérmelo dicho.
—¿Estoy aquí por ella? ¿Yo soy su nueva rival a batir?
El anciano alza una ceja con interés.
—Tienes potencial, pero aún no estás preparada. ¿Ranma te está entrenando bien?
No ha contestado a mi pregunta, pero sé leer entre líneas. Esa mujer es la reina de la poza y yo una advenediza, una principiante ingenua.
Salgo dando codazos, avanzando a zancadas por la escalera del público que es un poco más grata que la que usan los luchadores. El corazón me late fuerte, me palpitan las sienes, siento que debo hablar con él ahora mismo.
Pero no tengo tiempo de volver a la búsqueda del camerino cuando me lo topo de frente, caminando por la parte alta de la poza. Ryu le secunda, igual que la primera vez que le vi. Me abro paso entre la gente mientras él se queda quieto, aguardándome. Consigo alcanzarlo a duras penas, Ranma me sonríe, pero hay cierta fatiga en su expresión.
—Tenía la esperanza de que no vinieras —dice, y yo tomo aire mientras señalo hacia el fondo, a la lona de donde acaban de retirar a la agónica taekwondoka.
—No me hablaste de ella —protesto entre las voces altas, los gritos de las apuestas.
Él frunce el ceño.
—De quién.
¿Acaso se está haciendo el tonto?
—Shampoo —siseo.
—¿Ha vuelto? —Ryu suelta un resoplido incrédulo.
—No me jodas… —Ranma se lleva una mano al rostro mientras veo cómo su pecho se hincha sobre esa camiseta ancha, que deja expuestos sus serratos superiores perfectamente esculpidos.
—No es casualidad —dice su hermano, muy serio.
—¡Ya, ya sé que no lo es, estoy pensando!
—¿Qué tienes que pensar? —inquiero sin entender nada.
Pero la voz de Tarô anunciando el siguiente combate interrumpe nuestra conversación, ¿discusión? La noche no hace más que traer una sorpresa tras otra. Ranma gruñe y me mira, se aparta el flequillo de la cara, echándolo hacia atrás.
—Hablamos luego, pero sobre todo NO te acerques a ella, ¿entendido?
Asiento reticente ante su semblante súbitamente grave. Parece frustrado, y de repente me percato que está a punto de bajar a la poza. Algo se revuelve en mi estómago, el vértigo del advenimiento, el saber que le voy a ver golpear y ser golpeado.
Me dirige un último vistazo antes de inspirar y volver a apartarse el pelo de la frente, entiendo que no puedo dejarle ir sin más. No en ese estado.
—Espera —Le detengo en un impulso, y sin saber muy bien qué estoy haciendo me quito las pequeñas pinzas de colores que tenía amarradas a mi cabello y se las coloco de forma que el flequillo ya no le moleste. Enhebro los mechones de su pelo negro, espeso e hirsuto.
Ranma me deja hacer, ligeramente inquieto.

—Mejor así —asiento cuando termino, satisfecha de mi trabajo. Él se lleva una mano hacia el arreglo y después sonríe.
—¿En serio? —pregunta, pero no hace el menor intento de retirar las pequeñas y brillantes horquillas.
—Te queda bien —Se burla Ryu a su espalda, empujándolo hacia la escalera.
—Tú cállate —gruñe, pero el gesto de preocupación ha desaparecido de su cara y ahora solo queda esa sonrisa tímida y confiada. Sí, así está mucho mejor.
Le observo bajar con el corazón en un puño, yo también desciendo, pero intento mantenerme en una posición discreta, oculta entre la marabunta de personas. Por un instante deseo que el abuelo vuelva a mi lado ya que con él es mucho más fácil ver los enfrentamientos, me libra de los babosos, porque él es el mayor de todos.
Ni siquiera he prestado atención, no sé contra quién va a luchar, y eso hace que mi pulso se acelere. Tiemblo aún con la seguridad de que Ranma es el mejor. Es el rey de la poza… Y ella es la reina.
Meneo la cabeza intentando alejarla de mis pensamientos cuando un hombre grande y corpulento entra en la enrejada lona. No estaba atenta, así que no he entendido bien su nombre, pero desde esta distancia puedo ver cómo Ranma intercambia un par de palabras ásperas con él antes de ponerse en guardia.
Su rival se retira la camiseta, dando un espectáculo de músculos gruesos y bien formados. Lleva el pelo corto y tiene una expresión salvaje, como si fuera una bestia humanoide sedienta de sangre.
Se me seca la boca cuando comienzan a acecharse mutuamente. Reconozco las poses de Ranma en la serie de katas que ha realizado esta mañana, la forma en la que entrecruza los pies de forma parsimoniosa mientras no pierde ojo a su enemigo, sus hombros hacia adelante, sus manos, la izquierda en un puño, la derecha más atrás, suave y preparada.
Entonces el tipo enorme se le echa encima y todo se vuelve borroso y confuso. La multitud comienza a gritar, y yo me alzo e intento ver por encima de las cabezas. Ranma esquiva y empuja, sus músculos se tensan mientras bloquea los poderosísimos golpes. Siento su potencia hasta aquí, como mazas cayendo de forma brutal. Resuenan desde la lona y por todo el enrejado, Ranma aprieta los dientes y le propina una portentosa patada en la sien, lo cual le desestabiliza, y de nuevo el chico de la trenza le ataca.
El intercambio de golpes levanta ráfagas de aire denso y caliente, su enorme rival le bloquea y en una finta consigue encajarle un brutal puñetazo en la mandíbula. Ranma se tambalea y se estampa contra la verja, yo me llevo las manos a la boca, intentando no gritar.
Sacude la cabeza, se recompone y se limpia la barbilla. Veo la sangre brillar en el reverso de su mano, sonríe y vuelve a adoptar la pose de defensa. Yo aprieto los puños atendiendo a un nuevo intercambio de golpes, cada cual peor. Ranma le golpea en la cara, y en la propia inercia de la caída le remata con un potente rodillazo en las costillas, su rival rueda, se recupera y detiene su puño retorciendo su brazo hacia atrás, haciendo que el guerrero se encorve lo suficiente para recibir un codazo en la cara.
Chillo su nombre, creo que le ha roto la nariz, pero ojalá y me equivoque. Ranma sangra y siento la angustia que me produce, la desazón debajo de la piel.
El guerrero salta por la verja, se encarama tan arriba que su rival, mucho más pesado, no puede seguirle. La tensión agarrota todas y cada una de las fibras de mi ser. Le veo esquivar los golpes que da el contrario contra la valla, una y otra vez esquiva sus patadas pegando brincos. Finalmente Ranma salta y atrapa el cuello de su rival entre sus rodillas, y después se retuerce y cae, llevando con él el gigantesco cuerpo que queda inerte como una piedra.
Deseo con toda mi alma que no se levante, pero por supuesto que lo hace. En este lugar todos los malditos luchadores parecen sobrehumanos. La masa de músculos se yergue y se tambalea antes de comenzar a soltar golpetazos, Ranma esquiva y bloquea, pero algunos le alcanzan aunque sea levemente, en el hombro, en la rodilla.
—Acábalo de una vez —mascullo uniéndome al rugido general que desea un fin, retuerzo las manos en algo así como un rezo, un ruego. Solo quiero que Ranma deje de sangrar, que se quede quieto para poder atender sus heridas.
Eso puedo hacerlo, ese puede ser mi papel. Yo puedo cuidarlo igual que él cuida de mí.
Lo entiendo en un instante, y siento un rayo de iluminación apoderarse de todo mi ser. Yo también puedo serle útil, por supuesto que sí.
El chico de la trenza grita en pleno ataque, y su voz de trueno me eriza la piel.
Ejecuta una pirueta de forma ágil, es etéreo. Cae sobre su aturdido rival con la misma fuerza de los elementos, sus puños se vuelven tan rápidos que engañan a la vista, y la montaña de músculos al fin cae, y gracias a los cielos no se mueve.
Suspiro de pura dicha cuando se alza ganador, y sin poder evitarlo corro hacia él, intentando abrirme paso entre el apabullante gentío. Alcanzo la pequeña y estrecha escalerilla de los luchadores y comienzo a saltar los escalones, dejándome resbalar en algunos y dando pasos pequeños en tantos otros.
Para cuando llego a la altura de la poza Ranma acaba de salir, y Ryu le grita mientras le agarra de la cara y examina su nariz.
—¿¡Está rota!? —pregunto metiendo la cabeza entre ambos hombres y apartando las manos del bruto de su hermano para inspeccionarlo en su lugar. Ranma está hecho mierda, con la cara machacada, la nariz y los labios hinchados y con un marcado reguero de sangre fresca que baja por su cuello hasta empapar su camiseta.
Ni siquiera me contesta, solo gruñe con los ojos medio cerrados.
—A la enfermería YA —dice su hermano autoritario mientras le tiende una toalla para que frene la hemorragia nasal.
—Yo también voy —Me apresuro tras ellos, Ryu se detiene y me mira severo.
—Solo luchadores, tú espera en el vestuario.
—¡Pero… !
—Y prepara bolsas con hielo.
No llevo demasiado bien acatar órdenes, pero soy nueva en este lugar y no quiero enfadar a Ryu ni tampoco molestar a Ranma.
—Bien —asiento, les sigo por la escalera hasta que toman un túnel de vestuarios y yo me quedo en la parte alta de la jaula.
Deambulo por el pasillo que seguí la última vez, intentando dar con el maldito vestuario. Finalmente llego a un punto que me es vagamente familiar, un largo corredor que termina en una puerta donde varias mujeres se apelmazan.
Camino hasta allí, ignorando por completo el atento escrutinio de todos sus ojos. Intento abrir la puerta y escucho una risa ahogada a mi espalda cuando no lo consigo, me giro, todas ellas me estudian como si me acabara de salir una segunda cabeza.
No se me escapan los detalles: los pendientes largos, los cabellos suaves, los vestidos ajustados, los zapatos de tacón. Yo con mis jeans desgastados y mi camiseta debo parecer una estudiante de instituto que se está saltando las clases.
Cuchichean, vuelven a reír. Aquí está pasando algo, pero aún no entiendo el qué.
Y es entonces cuando ella se abre paso, gloriosa y mortal. Todas las demás mujeres guardan un silencio aterrado mientras Shampoo se contonea hasta donde me encuentro.
—Ni shì shéi? —dice cruzándose de brazos, imponente, peligrosa.
Creo que acaba de hacerme una pregunta, sería estupendo saber chino.
—L-lo siento, no te entiendo.
—Nǐ shì shazi ma? Ni zài zhèli zuò shén me?
No, ni una palabra, pero por el tono y los gestos adivino que estoy metida en un lío. Sus labios se fruncen y aún con esa expresión amenazante es una auténtica belleza.
—Un momento, ¿no es la que peleó hace dos semanas? ¿La que ganó a las gemelas? —dice una de las mujeres apuntándome con una uña de colores iridiscentes, decorada con pequeñas perlas blancas.
Trago saliva sin apartar la mirada de Shampoo, sus ojos cambian a un franco interés. Me examina acercándose aún más, invadiendo sin pudor mi espacio personal.
—¿Tú ganar Pink y Link? —dice con un acento fuerte que contrasta con su voz dulce y aniñada.
Asiento irguiendo la espalda. Soy más alta que ella, aunque sea por un par de centímetros.
—Tú tardar veinte minutos, yo solo cinco —sonríe presumida, mostrándome los dedos de una mano para ilustrar su hazaña.
—Bien por ti, supongo —digo recordando cómo le ha partido el brazo a esa luchadora, de forma cruel y premeditada.
—¿Qué querer de Ranma? —pregunta, y esta vez su voz se vuelve dos tonos más grave, la sonrisa se ha borrado de su rostro tan rápido como ha aparecido.
Ranma solo me ha pedido una cosa: que no me acerque a ella, y al parecer es lo primero que he corrido a hacer.
Ella es la reina, y Ranma el rey.
Frunzo el ceño, aprieto los puños.
—No te importa —La respuesta sale de mis labios rápida e irreflexiva, llena de desprecio.
Entiendo demasiado tarde que acabo de sembrar la semilla de una futura enemistad, y ni siquiera me atrevo a imaginar sus consecuencias.
—La metió en el camerino —dice otra de las mujeres, supongo que intentando caerle en gracia a Shampoo—. Se la llevó de la mano.
El rostro de porcelana de la luchadora se vuelve blanco, casi verde. Toda ella tiembla de ira contenida mientras me repasa de arriba a abajo, incrédula.
—¡No creer! —dice en un insulto directo hacia mí. Empiezo a desear con todas mis fuerzas que a Ryu se le hubiera ocurrido la brillante idea de darme la maldita llave de la puerta.
Todas ellas me acechan deseando hacerme trizas. Sin embargo Shampoo se recompone, sacude los hombros como si los tuviera cargados y vuelve a mirarme con una dulzura tan impostada que me dan ganas de vomitar.
—Ranma no repetir —dice, y yo no puedo más que pestañear mientras el sentido de sus palabras calan en mi cerebro. Abro los ojos, las examino con la boca ligeramente abierta, vuelvo a mirar a Shampoo.
—¿Ranma…?
—No repetir —insiste—. No volver, o Shampoo matar.
Lo dice con una sonrisa, una promesa, y no me cabe duda de que va completamente en serio. Mis ojos están abiertos y secos, algo se pudre y retuerce dentro de mí. Las risas vuelven a inundar mis oídos.
—¡Oh pobrecilla, va a cagarse encima! —jalea una de ellas, mientras las demás también se unen al escarnio colectivo.
—¿Va a llorar?
—¿Te crees mejor que nosotras por saber luchar?
—Deberías enseñarle buenos modales ahora, Shampoo.
El pasillo da vueltas, todo gira sin control. Las empujo y salgo de allí humillada, con la vista en el suelo y la respiración entrecortada. Para mi propia sorpresa me dejan marchar.
Escucho sus risas resonando al fondo del pasillo, o quizás al fondo de mi cabeza. No lo sé, solo entiendo que no debería sentirme así tan… tan… pequeña.
Alzo la vista y me encuentro de bruces con el hombre ensangrentado del que hace apenas una hora me había propuesto cuidar. Tiene una gruesa banda sobre la nariz y varios tapones de algodón metidos en las fosas nasales. El pelo enmarañado, apenas sujeto por mis dos horquillas.
Francamente, esta horrible. Ninguna mujer en su sano juicio se acercaría a dos metros de él, mucho menos con intenciones románticas porque lo más probable es que terminara con un molar ajeno bailando en su boca. Imaginar eso me hace sentir un poco mejor.
Apenas abre un ojo y me mira inquisitivo. Yo bajo la cabeza y paso a su lado, esquivándolo. No me detiene, tampoco creo que pueda en su estado.
A mi espalda escucho un súbito silencio, y después Ranma estalla en improperios, aunque no estoy muy segura porque está gritando en perfecto mandarín.
Hay muchas cosas que desconozco de Ranma, y acabo de descubrir que algunas me duelen demasiado.
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NOTA DE AUTORA:
Este capítulo tiene un marcado tinte romántico y da inicio a una nueva dinámica entre los protagonistas, o más bien la acelera. Que aparezca Shampoo siempre es un revulsivo, es un personaje que produce cambio en muchos aspectos, y esa entrada como reina de la poza es la mejor que le he escrito jamás, así que no dudéis que va a dar guerra.
Agradecer el grandioso trabajo de traducción de Danisita, gracias al cual podemos llegar hasta tantísimos lectores. También a mis betas Sakura y Lucita, por enmendar mis desastres.
Y por supuesto a Isa, por sus hermosísimas ilustraciones que tanto me inspiran.
NOTA DE ILUSTRADORA:
UUFF, Shampoo, la reina, me encanta. Nos dará un extra de drama con nuestros niños.
Estoy hundida en trabajo, así que tocó hacer ilustraciones más sencillas y no pude dibujar todo lo que quería, (Ryoga policía te dibujaré a penas tenga tiempo bb) sino me iba a demorar mucho más en publicarlo.
(Y sí, Ranma está usando la Adidas Chinese New Year Jacket jajajá imagínenselo caminando por Shibuya y viéndola en un escaparte… no pudo resistirse)
Espero hayan disfrutado este capítulo tanto como yo.
Como siempre, esperamos sus comentarios que nos alimentan como artistas.


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