Capítulo 6: NO estoy celosa.

NO estoy celosa.

El matasanos de la poza dice que no está rota, pero a efectos prácticos lo mismo da. Los tapones en la nariz me impiden respirar, y eso sumado a todos los golpes que he recibido hacen que me sienta mareado. 

Camino con la cabeza en las nubes, con los pies casi flotando, ¿en qué momento permití que ese tipo me golpeara tan fuerte? Menos mal que tengo la cabeza dura, si no a estas alturas estaría en el hospital. 

Recorro el aprendido camino hacia el vestuario, ella me espera, solo que al llegar encuentro una escena muy diferente de la que había inventado en mi cabeza. Akane no está preocupada y con los ojos llorosos, lista para atender mis heridas tiernamente mientras me echa una reprimenda.

En su lugar pasa a mi lado como una maldita exhalación, y es condenadamente rápida cuando se lo propone. No me cuesta adivinar el origen de su actitud, conozco su modus operandi. 

Shampoo me mira desde el fondo del pasillo con un reto en los ojos y con pedazos de hielo en lugar de corazón. Bien, creo que a lo largo de los años he sido educado y tolerante, aquí todos saben que odiaría golpear a una mujer, pero estoy más que dispuesto a hacer una excepción.

—¿¡Qué mierda le has dicho!? —grito en chino para que me entienda bien, a la par que avanzo hacia ella a grandes zancadas. La turba de mujeres que suelen acosarme en la entrada del vestuario huyen como ratas, saben reconocer los problemas cuando los ven, pero esta vez no tienen ni idea del que se acaban de buscar.

—Hola Ranma —saluda ablandando su expresión, como si no supiera que a mí no puede engañarme. Sé de sobra que es una zorra con piel de conejo.

—¡Déjate de tonterías, te he hecho una pregunta! —estallo, no puedo respirar, apenas veo bien con los ojos hinchados y futuramente amoratados, pero aún me sobran fuerzas para echarla a patadas.

—No le he dicho nada, te lo prometo. Es una chica muy sensible —responde en su idioma, de forma extremadamente calmada e intentando parecer afectada y sincera.

—Shampoo… —gruño, pero ella se acerca coqueta y me pasa un dedo sobre la camiseta llena de sangre con cuidado de esquivar los grandes y húmedos manchurrones.

—Me alegra volver a verte, sigues empleándote a fondo. 

—Desaparece —jadeo mirándola fijamente, como ya he hecho más de una docena de veces, pero esa condenada loca tiene otras cosas en la cabeza. 

—Voy a quedarme en Tokyo una temporada, mi abuela tiene un restaurante y necesita camarera —Me guiña un ojo y estoy apunto de agarrar su fino cuello y apretar hasta que se borre de su cara esa expresión satisfactoria, y suplique piedad —. Te veré por aquí.

—Si le has dicho una de tus mentiras a Akane…

—Akane —paladea su nombre y arruga la nariz, como si le desagradara hasta el extremo —. ¿Es tu novia?

No contesto, solo la observo con el rostro pétreo. Shampoo se encoge de hombros, como si de todas formas no le importara demasiado. Claro que no, tiene un ego tan grande que se cree mejor que cualquier otra mujer, y al parecer mucho más merecedora de mis afectos.

—Solo le he dicho que no se crea tan especial porque tu… Ya sabes —Se aparta el pelo con un ademán de la mano, fingiendo una indiferencia que estoy bastante seguro que no siente. 

—No, no lo sé. Vas a tener que explicármelo —continúo mientras termino de perder el poco autocontrol que me queda y la agarro de un brazo de forma violenta, lo cual parece encantarle. Ronronea ante el contacto y forcejea un poco para que apriete más fuerte. Bien pensado, si la estrangulara seguro que lo disfrutaría. 

La suelto de golpe por lo incómodo que me hace sentir ese pensamiento, pero Shampoo parece más que dispuesta a explotar el infinito mundo de posibilidades que es atacarme en mi recién descubierto punto débil.

—Le dije que de vez en cuando te follas a una cualquiera en el vestuario.

Una grieta se abre dentro de mí ante el rencor malintencionado de sus palabras, entiendo la reacción de Akane, llena de dolor. Ella le ha escupido semejante asquerosidad sin culpa ni pena. Aprieto los dientes en mi machacada mandíbula y la miro con los ojos dilatados y la respiración entrecortada. Shampoo pestañea inocente, orgullosa, retándome a negarlo. 

Cierro los puños sintiéndome capaz de cualquier cosa, y justo en ese momento aparece Ryu a mi rescate, el cual parece adivinar mis propios pensamientos.

—¿Es que has perdido la cabeza? —dice mientras me agarra, lleno de tensión—. No caigas en sus provocaciones.

Sé que mi hermano tiene razón, pero aún así me zafo de él. Me contengo como puedo, ahogando la rabia mientras la miro como si pudiera fulminarla y convertirla en un montoncito de cenizas. Shampoo sin embargo no aparta la mirada, ni siquiera parece un poquito avergonzada. 

Aún así no es tan tonta como para seguir tentando su suerte, sonríe y se marcha con una promesa vívida en sus labios, dejando piedras en mi estómago y la amarga sensación de que va a convertirse en mi peor pesadilla.

.

..

Hace horas que le envié ese mensaje y ella simplemente no responde. O ha decidido no hacerlo. 

Esta mañana al fin he conseguido quitarme los tapones de la nariz, y después de mucho hielo, cremas y antiinflamatorios me siento un poco más cerca de un ser humano que de un hematoma andante. Aún me cuesta respirar con normalidad así que me he quedado tirado en la cama, sufriendo mi desgracia en silencio. 

Antes de irse a entrenar Ryu ha puesto música, y ha seleccionado un disco de canciones de Taylor Swift, después se ha despedido con un: “¡Para dar ambiente a tu desengaño amoroso!” y ha cerrado la puerta tras él. Voy a matarlo, y lo haré lentamente.

Me preparo un bote de ramen instantáneo mientras suena esa voz de fondo, rebuscando en mi miseria. 

What if he’s written ‘mine’ on my upper thigh

Only in my mind?

One slip and falling back into the hedge maze

Oh what a way to die

I keep recalling things we never did

Messy top lip kiss

How I long for our trysts

Without ever touching his skin

How can I be guilty as sin?

Cuando llega al estribillo ya se me han ido las ganas de comer, quizás también las de vivir. Tiro el ramen entero a la basura y apago la jodida música antes de dejarme caer en el sofá. Ryu llega al rato y le miro lleno de rencor. 

—Oh, es más grave de lo que suponía —dice frunciendo el ceño y cruzándose de brazos—. Dime que NO llevas todo el día ahí tirado.

No se lo digo, pero él menea la cabeza incrédulo.

—Espabila y vístete, vamos a salir.

—A dónde —gruño en respuesta.

—Me vas a llevar a ese restaurante.

.

..

Me he resistido con todas mis fuerzas, pero al final no he podido más que claudicar mientras mi hermano me daba capones en la cabeza y patadas en el culo para que caminara. Lo peor es que ni siquiera estoy de humor para responderle. Me siento un perdedor de la peor calaña.

—Sabes que no es como si ella te hubiera dejado, ¿verdad? —pregunta Ryu pasando una mano por mis hombros y atrayéndome hacia él, supongo que después intentar animarme con golpes ahora prueba una nueva táctica que se llama “ser comprensivo”.

—No quiere verme —respondo con la boca pequeña y mirando hacia el suelo, seguimos avanzando inexorablemente hacia su restaurante, y eso comienza a ponerme de los nervios.

—Yo creo que eso es una buena señal.

—¿En qué universo? —alzo una ceja, pero mi hermano sonríe confiado.

—Es obvio que se siente en desventaja frente a Shampoo, eso significa que se ha medido con ella.

—Supongo… —digo afilando la mirada sobre él.

—Es una luchadora orgullosa, y ahora no sabe cómo manejarlo. Eso es bueno.

—No entiendo nada de lo que estás diciendo —niego, porque empieza a hacer que me duela la cabeza, o quizás son los golpes de ayer. En todo caso, no me vendría mal otro analgésico. —Y te recuerdo que eres una mierda en cuanto a mujeres.

—Soy una mierda manteniendo una relación, pero con las mujeres soy un genio.

—No te aguanto.

—Me quieres.

—Porque no me queda más remedio. 

Sorprendentemente llegamos frente al restaurante, Ryu me suelta y se pone las manos en la cintura.

—Así que es aquí… Entremos.

—Entra tú —frunzo el ceño y doy dos pasos hacia atrás—. Yo voy a dar una vuelta.

—Ranma no seas ridículo, entra ahí y compórtate como un hombre.

—Oh, perfecto. Ahora empiezas a hablar como el viejo. 

—Eso es ofensivo —contesta empujándome hacia la puerta, vuelvo a fulminarle con la mirada, pero entiendo que no me va a servir de nada. Tomo aire y hago de tripas corazón esperando con toda mi alma que esto salga bien y que ella no me tire un bol de ramen por la cabeza. 

El restaurante está tan lleno como todos los sábados, pero tenemos la suerte de que dos personas acaban de levantarse dejando una mesa libre. Ryu sonríe y me arrastra hasta allí, tomamos asiento mientras mis ojos recorren el establecimiento. Akane está atendiendo en la barra, y cuando se gira pega un respingo al vernos, yo bajo la vista, Ryu saluda efusivo.

—¡Hola Akane! —dice meneando la mano como un niño pequeño encontrándose con su mejor amigo después de la escuela. Esto es ridículo. 

La siento aproximarse y comenzar a recoger los platos de la mesa, toda ella es rectitud y frialdad, pero mi hermano ignora su indiferencia y sonríe como si nada.

—Huele delicioso, ¿qué nos recomiendas? —pregunta mirando alrededor y poniéndose cómodo en su silla. 

—El especial del día —responde limpiando con un trapo la mesa mientras en la otra mano hace equilibrio con los boles. 

—Pues dos especiales del día, por favor.

Akane se marcha por donde ha venido, y verla desaparecer por la puerta que da a las cocinas me hace sentir aún más miserable.

—¿Ves? Ha ido genial —concluye Ryu.

No por primera vez en el día me planteo el fratricidio.

—¿Tú crees? —contesto cadavérico intentando que note la hipocresía. Akane regresa con dos vasos de agua, los sacude en medio de la mesa dando fuertes golpes y haciendo que salpiquen por todos lados. Después se da la vuelta como si no acabara de empaparnos. 

Esa chica es todo sutileza. Mi hermano me sonríe mientras ella se marcha a atender otra mesa.

—Está colada por ti —dice entre dientes secándose la barbilla. 

Yo me paso la manga por delante de los ojos y me sacudo la chaqueta.

—Me gustaría saber qué mierda tienes en la cabeza para llegar a esa conclusión —respondo, y me paso los siguientes minutos moviendo una rodilla de forma nerviosa, viéndola ir y venir sin dignarse a mirarme ni una sola vez.

Y al rato aparece ese

Tarde, como no. Chasqueo la lengua con fastidio y Ryu le observa con un interés nuevo. El vago estúpido pide perdón y comienza a atender las mesas. Cuando me ve sonríe como si tuviera planeado escupir en mi plato.

—¿Un rival amoroso? —Le señala Ryu sin ningún pudor.

—¡Baja la voz, estúpido!

Ryu observa y se cruza de brazos, al rato aparece mi pequeña perdición con una bandeja y deja delante nuestra dos platos de ramen con tempura de gambas, un bol de arroz y empanadillas. Mi hermano vuelve a sonreírle pero ella no le responde el gesto, yo ni siquiera me atrevo a levantar la vista.

—Creo que ya lo entiendo —-dice al rato mientras sorbe sus fideos. 

Yo tengo las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta, no me apetece tocar el plato.

—¿Qué es lo que entiendes? —pregunto con aburrimiento. 

—El misterio, ¿cómo encontraste a una chica guapa, soltera y sin pretendientes que trabaja en un restaurante? Es casi imposible, créeme. Así que ese es el motivo —dice apuntando hacia el vago estúpido con sus palillos—. Él los ahuyenta, solo que contigo ha encontrado un hueso que no puede roer.

—¿Dices que ese imbécil espanta a los hombres que se le acercan?

Ryu asiente.

—A todos, excepto a ti.

Alzo una ceja, eso tiene sentido, nunca se ha mostrado exactamente amigable con mi presencia. 

—No va en serio con ella —digo huraño, mi hermano se encoge de hombros. Supongo que eso se parece mucho a lo que hace él. 

—Más motivo para que tomes ventaja, ¿no vas a comer?

Miro el plato de ramen y suspiro con un nudo en el estómago, no es tan fácil. Al menos para mí no lo es. Akane regresa a la mesa para recoger, observa mi plato intacto y por primera vez desde que he entrado por esa puerta me mira a la cara.

Yo intento no hacer un puchero como un cachorro regañado, pero supongo que es inevitable. ¿Qué dijo Ryu? ¿Que me comportara como un hombre? En momentos como estos me gustaría que alguien me explicara qué es ser un hombre, y qué demonios tiene de bueno.

Akane rueda los ojos y se lleva los platos.

—Bien —Ryu se levanta y se estira—. Supongo que a partir de aquí puedes seguir tú solo.

—¿Qué dices? —frunzo el ceño profundamente, pero mi hermano se marcha sin tener intención de esperarme. Me levanto para seguirlo pero entonces la puerta de la cocina se abre de golpe y una mujer que no he visto nunca sale como una exhalación y me apunta con un cucharón.

—¿Qué tiene de malo mi comida? —pregunta, todo el mundo en la sala guarda un sepulcral silencio. Veo a Akane asomándose tímidamente desde la puerta de servicio, y ese vago también está a su lado con una sonrisa enorme.

El capullo de Ryu ha huído.

—¿La… comida? —trago saliva alzando las manos, como si de verdad me diera miedo que me golpeara con esa cosa—. Nada, aquí la comida está buenísima.

—No has probado la comida —continúa mirándome llena de sospecha. Supongo que esta es la mentada señora O. 

—E-es que… no tengo mucha… hambre —trago saliva, la tensión puede cortarse con un cuchillo. La señora O. baja el cucharón y exhala por la nariz.

—A la cocina.

—¿Eh?

—Que entres en la cocina —ordena, y por un instante creo que no la he escuchado bien. Aún así arrastro los pies tras ella y entro allá donde los clientes no tienen acceso. Akane se aparta un poco de la puerta, pero es un lugar estrecho y nos rozamos levemente.

La señora O. me lanza un delantal, señala hacia una sartén y después hacia una bandeja.

—Hoy fríes empanadillas —dice. Y después continúa removiendo caldos y poniendo a hervir fideos. Yo parpadeo sin entender, pero lo cierto es que tampoco tengo valor para negarme, así que me pongo el delantal, me lavo las manos en la pila y comienzo a hacer exactamente lo que me ha dicho. —Pon ocho en cada plato, que no se quemen.

—Vale —contesto haciendo gala de mis habilidades en la cocina y dando la vuelta con soltura a toda una ración de gyozas. La señora O. asiente y me dedica algo parecido a una sonrisa. Al menos ya no parece apunto de golpearme con su cazo.

Akane entra en la cocina y pestañea varias veces cuando me ve girar los palillos en las manos y servir dos platos enteros, justo en su punto. Ella los toma, los mira y su vista regresa a mí. Enrojezco un poco ante su escrutinio.

—En casa soy yo quien se encarga de cocinar —explico, centrando toda mi atención en una nueva tanda.

Ella sale de la cocina con los hombros menos tensos, o al menos eso me gustaría creer.

—Es buena chica, pero le cuesta abrirse a los demás —dice la señora O., y yo me giro sorprendido. Que me hable de ella como parte de una charla aparentemente casual significa que al menos sabe quien soy—. Debes ser paciente. 

¿Esto es un consejo amoroso? Parpadeo de pura incredulidad y no puedo evitar sonreír un poco, asiento dándome por enterado. La señora O. no vuelve a abrir la boca y yo trabajo de forma diligente todo el turno. Cuando comienza a caer la tarde estoy hambriento y agotado. 

Akane ha continuado sirviendo los platos que yo cocinaba y a las horas ha dejado de mirarme con desdén, no puedo decir lo mismo del aprovechado que tiene por compañero, el cual no ha perdido oportunidad de quejarse de mi presencia, o de que la comida está especialmente grasienta, pero yo me he dedicado a sonreír y a cocinar, y al final ha terminado por cansarse.

La señora O. me entrega tres mil yenes, “por las molestias”. Si esto es lo que paga el turno no me extraña que Akane necesite otro trabajo. Le agradezco con un cabeceo, ella sonríe y me sirve un nuevo bol de ramen, que deja a mi alcance con una mirada severa.

—La comida no se tira —Me advierte.

—Entendido —respondo, tomo unos palillos y me lo como todo de pie, en la cocina. 

Recoge y friega las sartenes, los cazos y las ollas, yo también me remango. El trabajo físico es reconfortante, me ayuda a no darle demasiadas vueltas a las cosas, como al hecho de que ya no se escuchan las voces de nadie más en el local. Hasta el vago se ha marchado hace unos minutos tras echarme una mirada de odio, pero sabe que nada de eso funciona conmigo.

Finalmente la señora O. se marcha y Akane y yo nos quedamos a solas,  el corazón se me va a salir por la boca. Ella limpia las mesas de forma efusiva, más efusiva que nunca, y yo agarro una escoba y comienzo a barrer. 

No quiere hablar conmigo, me ha quedado claro, pero supongo que tengo algo que decir en todo este asunto. Me apoyo sobre la escoba y la miro afanarse durante un minuto entero hasta que reuno el valor para hablar.

—¿No vas a contestar mis mensajes?

Ella se detiene un instante, como si no esperara la interrupción, después continúa sin mirarme.

—Sólo me has mandado uno.

—Ah, lo viste —digo intentando no sonar dolido.

—He estado ocupada —continúa limpiando también las sillas. Si sigue así le sacará brillo hasta a la pared.

—Quizás… quizás debí hablarte más de ese lugar —susurro conteniendo la respiración, deseando que se gire y me mire con sus ojos atentos y brillantes, como siempre hace. Pero Akane sigue con su tarea como si no me escuchara—. No es como si quisiera ocultarlo.

Veo sus hombros tensarse, tira el trapo y al fin se gira. No han pasado ni veinticuatro horas y ya he caído hasta el fondo de un abismo de desesperación al pensar que me odia, tan absurdo como real. Su rostro limpio sin signos de heridas, con la boca torcida y el ceño fruncido me enfrenta, y estoy a punto de suspirar de puro alivio.

—No me hablaste de ella. No sabes las cosas crueles que dijo —Su ceño se frunce aún más, y pestañea rápido. Por un instante parece a punto de echarse a llorar. Toma aire y retuerce las manos, como si echara de menos el maldito trapo. 

—No pensé que fuera a volver, y menos tan pronto —contesto sincero, dejando la escoba y caminando un tímido paso hacia ella. 

—¿Es tu… chica, o algo así?

—No.

—¿Lo fue?

—¡No!

—¿Y las demás?

—¿En serio quieres saber eso?

—No, creo que no. 

Siento su tensión, la incomodidad que recorre mi piel y se instala en mi pecho como un peso. Se ha cruzado de brazos, y de nuevo aparta la mirada. El silencio nos envuelve ominoso y aterrador.

—Quiero luchar contra ella —dice de repente, haciendo que pegue un respingo y la observe como si acabara de perder la cabeza.

—Ni de broma.

—¿Por qué? ¿Crees que no puedo ganar?

—¿A Shampoo? Por supuesto que no.

Me observa callada y entiendo que se siente traicionada por mí y humillada por ella. Akane es orgullosa, es una de las cosas que más me gustan de ella, pero de alguna forma también es frágil. 

—¿No me has estado entrenando para eso? —insiste tozuda, y no podría estar más equivocada.

—Hablas chino —dice bajito, yo alzo una ceja, eso me ha pillado desprevenido.

—¿Sí? Por si no te has fijado, casi todos los luchadores son chinos. Sé un montón de insultos —sonrío de medio lado, sintiendo como todo se aligera, el ambiente se vuelve más limpio, casi respirable. 

—Dijo que me mataría si regresaba —continúa mirándome con esos orbes enormes, castaños y llenos de pestañas, y yo siento la gravedad tirar de mi estómago y después una bola de fuego instalarse dentro. No quiero soltarla, no ahora que por fin la tengo tan cerca.

—Si se atreve a tocarte… —gruño sintiéndome furioso de nuevo. Akane se aparta, se libra de mis manos y me observa llena de determinación. Un agujero profundo se abre en mi pecho.

—Debes entrenarme.

—Akane…

—Para que pueda enfrentarla.

—…por favor…

—Yo también soy una luchadora, y voy a hacerle tragar sus palabras.

Me sale un gemido de pura frustración. No es algo negociable, ni siquiera es posible a corto plazo, y no sé cómo explicárselo. Que tiene las mismas posibilidades contra Shampoo que un karateka de primer año contra mí. 

—Entrenaremos, pero prométeme que no aceptarás su reto hasta que yo lo diga.

Y espero que eso sea nunca. Ella no responde, maldita sea. Apoyo las manos en mi cintura y miro al techo dando un hondísimo suspiro. No puedo disuadirla, no puedo apartarla de ese maldito lugar, solo puedo quedarme mirando mientras se destroza a sí misma.

¿Será este mi castigo, después de todo?

El reto hierve en sus ojos, el orgullo herido puja entre sus dedos que se aprietan en fuertes puños. Ya no es sólo por dinero, y eso es un problema. 

Terminamos de recoger y cerramos el restaurante. Seguimos el aprendido camino de siempre, con la obligatoria parada en la casa de baños, hoy entiendo más que nunca la necesidad de librarse de la sensación pegajosa de la cocina, del profundo olor a frituras y sopa. 

Akane sale por la puerta secándose el cabello con una toalla rosada, toda ella huele dulce, como vainilla.

—Tu jefa tiene mucho carácter —digo mientras caminamos hacia su casa, ella asiente.

—Odia que se desperdicie comida, y le gustan los clientes que terminan su plato. Casi enloquece cuando regresé a la cocina con tu ramen intacto —ríe un poquito, y ese sonido me alegra el corazón.

—He aprendido la lección, y me ha pagado… algo.

—¿Te ha pagado?

—Espero que tu salario sea mejor —me saco del bolsillo los tres mil yenes y se los muestro, eso hace que ría más fuerte.

—Oh, la ofendiste muchísimo.

Llegamos hasta la misma puerta de la casa de huéspedes en la que se aloja, por primera vez me entretengo en mirar la madera carcomida de la puerta, el suelo descascarillado de la entrada. Un tipo sale dando tumbos, ronda los cincuenta y está claramente borracho.

—Akane, guapa… ¿ya vuelves a casa? Salgo a comprar, ¿quieres una cerveza?

Apesta, y no solo a alcohol. Le lanzo la peor mirada de amenaza de mi repertorio, y retrocede, nos esquiva dando un rodeo de varios metros y se marcha caminando deprisa. Qué demonios…

—Seguro que han vuelto a montar una reunión de divorciados tristes —dice ella encogiéndose de hombros, como si estuviera acostumbrada a lidiar con semejantes especímenes a diario.

—¿Vives cerca de ese? —pregunto frunciendo el ceño, aún con la vista pegada al lugar por el que se ha marchado.

—Claro.

—¿Y tu puerta tiene seguro?

Ella alza una ceja.

—No me haría daño.

—¿Eso es un no?

Nos miramos en la oscuridad de la noche, ambos con el ceño fruncido.

—Buenas noches —dice entrando por la puerta, pero yo la agarro antes de que pueda cerrarla y darme con ella en las narices.

—Deberías buscar otro apartamento.

—Claro, avísame si encuentras algo en Tokyo por menos de treinta mil al mes. 

Y no puedo evitar pensar que en mi piso hay una habitación llena de cajas y trastos, un lugar seguro para ella, con un baño y un armario que podría llenar de ese embriagador olor a vainilla. 

Aún no me he vuelto tan loco para eso, ¿verdad? Las palabras se quedan atoradas en mi boca, y esta vez sí, me cierra la puerta sin despedidas ni buenas noches. 

.

..

Me presento allí a las siete de la mañana con intención de llamar a la puerta, pero está abierta. ¿Olvidan cerrarla tan fácilmente? Entro por primera vez en la casa de huéspedes y esquivo unas cuantas cajas apiladas en el pasillo, todo el maldito lugar huele a moho y parece que se vaya a derrumbar en cualquier instante.

Sé que al menos hay doce habitaciones, ayer me entretuve en contar las ventanas. Me quedé un rato dando vueltas y me percaté de que la luz de la segunda planta a la izquierda se encendió al rato de que llegara Akane, así que supuse que esa era su habitación. El maldito edificio no tiene nada donde agarrarse, así que descarté rápidamente la idea de trepar hasta allí para comprobarlo. 

Sin embargo ahora no tengo por qué parecer un ladrón, puedo moverme con comodidad por el edificio y evaluar los peligros potenciales.

El principal problema lo encuentro en la primera planta. Hay una reunión de borrachos en el pasillo desperdigados por los laterales, durmiendo la mona entre latas de cerveza. Me asomo a la habitación de donde parece emerger el groso de cadáveres y me aparto con disgusto. Allí dentro hay al menos otros cuatro hombres inconscientes.

Si ya lo sospechaba, ahora más que nunca se me mete en la cabeza que este no es un buen lugar para nadie, menos para una chica, aunque sea una bruta como Akane. 

Un tipo que parece un poco más normal sale de una habitación de la segunda planta, me mira con extrañeza, pero no hace preguntas. Continuo husmeando hasta que me detengo en la que estoy bastante seguro que es su habitación. No sé si considerará una gran invasión a su privacidad que la espere junto a su puerta, pero sinceramente, me importa una mierda. 

Escucho ruidos adentro, saco mi teléfono solo para asegurarme.

Espero unos segundos y escucho el sonido del mensaje entrante. Akane maldice, las puertas son correderas, prácticamente de papel. 

—Ese engreído, se cree que puede acosarme desde tan temprano… —masculla, y yo me aguanto una risotada—. No sé qué le ven, con esa estúpida trenza y siempre lleno de golpes.

—Ey, eso duele —susurro para el cuello de mi sudadera. Ahí dentro sigue el escándalo y ella continúa relatando en voz alta. 

—Tampoco es tan guapo, y se lo tiene demasiado creído. Que se vaya con esa, ¡me da igual!

Parpadeo, no sé cómo tomarme eso, pero no puedo evitar sonrojarme. ¿Será que Ryu tiene algo de razón? ¿Será que ella está… celosa?

Una pequeña luz se enciende dentro de mí, tenue y cálida. 

—¡AAAAHHH! Noooo —grita de pronto, y de nuevo escucho golpes y objetos cayendo. Después el teléfono vibra en mi mano.

Bueno, eso es cuestionable. Espero unos minutos más con la curiosidad naciendo dentro de mí, ¿quizás debería entrar? De pronto Akane emerge como un torbellino vibrante y acalorado. Lleva las deportivas en una mano y se echa la ligera bolsa de deporte al hombro. Se detiene de un frenazo al verme allí parado, yo le enseño mi teléfono.

—¿Qué imprevisto? —reitero, y ella frunce el ceño, si sigue haciendo eso le van a salir arrugas.

—¿Cómo has entrado?

—Vives con un montón de borrachos que dejan la puerta principal abierta, ¿qué imprevisto?

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunta con voz aguda, sus pupilas están dilatadas, respira agitada.

—Acabo de llegar —miento—. ¿Qué imprevisto?

Akane suspira aliviada.

—Se me han roto los cordones de las zapatillas. No puedo correr así. 

Miro las zapatillas que cuelgan de sus dedos, las suelas están gastadas y los cordones de la derecha se han partido. 

—No sé ni cómo has estado corriendo con eso —señalo, ella alza el mentón, retándome decir una palabra más de sus viejas deportivas.

—Solo necesito cordones nuevos. Espérame en el gimnasio, llegaré en menos de media hora —concluye, y echa a andar por el pasillo, yo la sigo. Bajamos las escaleras hasta la planta principal y allí se pone las zapatillas sueltas y camina hacia nuestro combini de confianza, por suerte siempre abierto y con casi todo lo necesario para una emergencia. Sale al poco con unos cordones de color naranja que comienza a anudarse. Yo me agacho a su lado, vuelve a ignorarme a propósito. Hasta que no tiene los cordones bien atados no se alza y me mira.

—Lista —dice cruzándose la bolsa deportiva sobre el pecho.

Corremos menos de media hora, hasta llegar al conocido gimnasio. Abro la puerta y enciendo las luces. Lo cierto es que de tanto usarlo siento que al sitio le hace falta un poco de limpieza, quizás después del entrenamiento me dedique a ello.

Akane se descalza y deja su bolsa en la entrada, inmediatamente comienza a estirar sentándose en las colchonetas. Abre las piernas y dobla la columna hacia delante, manteniendo esa posición varios segundos. 

Es muy flexible… No debería tener este tipo de pensamientos.

Le indico que practique velocidad durante quince minutos practicando wing chun, lo hace sorprendentemente rápido para llevar apenas unas semanas. Es buena alumna, atenta y observadora.

Cuando termina se encuentra acalorada, se seca el sudor con una toalla y después se anuda el pelo en una coleta apretada. 

—¿Hoy no va a venir Ryu a machacarme? —pregunta mirando hacia la puerta.

—No, hoy te voy a machacar yo —repongo señalándole hacia la zona de lucha—. Vamos a practicar llaves. 

—Eso se me da bien —sonríe bastante segura de sí misma.

—Demuéstralo —La reto, y comenzamos a acecharnos, aunque a decir verdad ella se lo toma mucho más en serio. Yo solo observo, intentando averiguar cuál será su ataque.

Sabe que soy mucho más grande que ella, pero esa es una de las mejores cosas de Akane, no le teme a un buen reto.

Se echa sobre mí e intenta agarrarme de la camiseta, girándose para provocar la zancadilla. No me cuesta nada dar un paso atrás y agarrarla por la cintura, alzándola en volandas sobre mi hombro y provocando que contenga la respiración. Vuelvo a soltarla en la colchoneta con una sonrisa.

—Inténtalo otra vez.

Ella aprieta los dientes y esta vez avanza tirándome un golpe, espera a que alce el brazo para bloquearla y entonces lo agarra, intenta provocar de nuevo una inestabilidad, pero no puede moverme. La agarro de la cintura, como si no pesara nada, y la alzo al vuelo, ella sigue tirando y doy un ligero traspiés intentando que no caigamos. 

Akane enreda las piernas en mi cintura y aprieta los talones sobre mi espalda. Se tensa entre mis brazos en un forcejeo inútil, no puede arrastrarme en esta posición y lo sabe. 

Debería soltarme, o quizás soy yo quien debería soltarla. No puedo evitar que mis manos agarren sus piernas, no puedo contener este impulso que me arrasa y desconcierta.

—Van por Ryu —alzo la mirada y encuentro en sus ojos marrones una expresión desconcertada—. Ellas saben que no me interesan en absoluto.

—¡Eso me da igual! —exclama, pero sus mejillas se ponen rojas y forcejea más fuerte. Se escabulle de mis brazos y me mira terca, furiosa. 

Ataca.

Sus golpes son potentes y veloces, es la recompensa del entrenamiento, sus reflejos también parecen mucho más despiertos que hace días, la bloqueo y la esquivo, porque ahora sé dónde debo golpear.

—No me buscan a mí, están ahí porque están muertas por dentro e intentan que alguien las haga sentir vivas, aunque sea por un instante. Creen que somos peligrosos, y eso, por algún motivo que desconozco, excita a algunas mujeres. 

—¿¡Crees que quiero escuchar explicaciones sobre tu vida amorosa!? —grita pegándome una patada en el costado, no me cuesta nada atrapar su pierna y clavar los dedos en ella. Doy un paso adelante y se desequilibra. Intenta agarrarme y yo la dejo hacer, caemos y rodamos por la lona hasta que doy con la espalda en el suelo y ella jadea amenazante armando un puño, directo a mi cara. La esquivo moviendo el cuello, sin dejar de mirarla.

—Shampoo es la peor de todas, está obsesionada y lo pagó contigo.

—¡Que te calles!

Agarro su brazo y la giro con una facilidad absurda. Ella se queja y se retuerce, pero no puede evitar que apoye el peso de mis caderas entre sus muslos. Jadea impotente, porque sabe que no puede escapar y yo la miro más expuesto que en toda mi vida. No entiende que soy vulnerable a sus palabras, a su cara de enfado, a esa sonrisa que tanto echo en falta.

—No tienes motivos para estar celosa —digo lentamente para que lo entienda, ella me observa como si acabara de perder la cabeza.

—¡No estoy celosa por ti, idiota! —grita a la vez que me golpea en los hombros intentando que me aparte, pero sus manos tiemblan y está roja. Toda ella se ve adorable.

—Vale, no estás celosa —concedo alzando una ceja, con una mínima sonrisa.

—Por supuesto que no —alza el mentón como siempre, llena de orgullo y desafío.

—Porque mi trenza es estúpida, siempre estoy lleno de golpes, tampoco soy tan guapo y me lo tengo demasiado creído, ¿era así? —repito de memoria, esta vez sin ocultar una sonrisa de absoluto triunfo.

—¿¡Estabas escuchando!? —Me empuja y se retuerce. Oh dios, cómo se retuerce. Me aparto de ella por mi propia estabilidad mental y en el proceso me llevo un codazo en mi maltratada nariz.

Grito de dolor hecho un ovillo en el suelo, con las manos en la cara intentando recuperarme del golpe. Ahora sí puede que esté rota. Pero ella ni siquiera se interesa por mi estado, o por si vuelvo a sangrar. Akane masculla algo ininteligible, agarra su bolsa y me abandona a mi suerte en el gimnasio.

Sí, pura sutileza. 

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..

….

NOTA DE AUTORA:

Me resultó muy fácil escribir este capítulo. Siempre disfruto de la naturalidad del personaje de Ranma en esta historia, y de su forma de hablar, carente de cualquier tipo de respeto por nadie. Resulta muy refrescante darle voz, y eso hace que escribir este fic me esté resultando una experiencia super divertida y estimulante. No puedo agradecer lo suficiente a Isabel por haber creado el arte y concepto de este fic, y que me animara a entrar en él. 

Hay muchas personas que hacen que este proyecto salga adelante, y quiero mencionar especialmente a nuestra lindísima y trabajadora traductora Danisita, quien se luce con todos esos insultos en español (Esfuerzo X1000) y sus resultados son simplemente impecables. 

También a SakuraSaotome y Lucita-chan, porque las estoy desquiciando con tantos capítulos para corregir, jajaja. 

Y a ti por leer.

Lum

NOTA DE ILUSTRADORA:

Uno de mis capítulos favoritos, me ha encantando toda la interacción de ellos y la cercanía que van teniendo.

Espero les hayan gustado las ilustraciones, hice todo mi esfuerzo para publicarlo antes de que acabe el mes. No quería atrasarme tanto pero pues… vida adulta.

Nos vemos en el próximo capítulo.

Besitos, bye bye.

Isa