Primavera.
A la mañana siguiente encuentro una caja frente a mi puerta.
A veces la casera olvida algunos trastos por los pasillos, pero este no parece ser el caso.
En la caja de cartón hay estampada una famosa marca deportiva. La tomo con curiosidad y contengo el aliento para descubrir unas zapatillas nuevas, de color negro y con detalles en dorado, por supuesto de mi talla.
Sé perfectamente quién es el culpable, aún así no evito probarlas y prácticamente gemir de gusto cuando mis pies se sienten caminar entre nubes.
Ese metomentodo… Doy una vuelta completa sobre mí misma. Quiero correr con ellas ahora mismo. Pego un par de brincos en el sitio y sonrío, no solo son cómodas, también son preciosas.
Puedo imaginarlo saliendo a hacer compras el domingo, justo después de abandonarlo agonizando en el gimnasio. No me guardó rencor y siguió pensando en mis necesidades.
Y yo… Yo me enfadé.
No quiero perder el tiempo en algo tan banal como analizar mis sentimientos, porque pensar demasiado en ello me confunde.
Ato mi cabello en una trenza apretada (pero no tanto como la que suele llevar él), y salgo a probar mi regalo. Supongo que le debo otro gran favor, ya son tantos que no sé cómo empezar a devolverlos. Troto unas cuantas calles y por primera vez en muchos días mis pasos se detienen en mi hogar.
Hace tanto que no entro, y lo echo tanto en falta… La necesidad se traduce en tentación, sería fácil saltar el muro, pero no me apetece tener que lidiar con Kuno y otra de sus visitas. Es entonces cuando veo el cartel.
“En venta” y debajo un número de teléfono y el logotipo de una inmobiliaria.
Siento un peso sobre mi pecho y la gravedad tira de mí hasta que me quedo sentada en el suelo, sin poder desprender los ojos de semejante anomalía.
No, la casa es mía. Será mía cuando le entregue el dinero. Él me lo prometió.
Kuno Tatewaki tiene el dinero por castigo, ¿que le importa una propiedad vieja y abandonada? ¿Por qué de repente tiene prisa por vender?
Lo entiendo demasiado deprisa, se ha cansado de perseguirme, ahora quiere que yo lo persiga a él.
Aprieto los dientes, tengo ganas de gritar. Tengo ganas de llorar. Quiero pelear.
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..
…
El gimnasio está abierto, y Ranma y Ryu están practicando dentro. Ambos se detienen cuando me ven aparecer, agitada, con la mirada espídica. Dejo mis nuevas zapatillas en la entrada y sin decir una palabra me dirijo al saco de arena, y comienzo a golpearlo con todas mis fuerzas, patadas y puñetazos lanzados uno detrás de otro, sin protecciones ni guantes.
Siento el movimiento tras de mí, pero sinceramente me da igual. Solo quiero golpear, quiero hacer daño y que me lo hagan, quiero romperme las manos mientras grito de impotencia.
Ranma agarra el saco y echa un vistazo nervioso hacia la entrada.
—No te han gustado —susurra con el ceño fruncido, y por un momento no sé de qué está hablando.
Parece culpable, siento un nudo en el estómago y pesadez en el corazón.
—Me encantan —respondo dejando de golpear el saco y dedicándole una sonrisa triste, el muy tonto ni siquiera debería haberse molestado, y piensa que me ha enfadado, ¿cómo puede ser así? —. De veras que me encantan.
—¿Sí?
—No es por ti.
Guarda silencio unos instantes, sopesando si creerme o no.
—Al menos ponte unos guantes —dice sin soltar el saco, haciendo un gesto hacia la caja de material.
Y me deja, regresa a su entrenamiento con su hermano. Les veo intercambiar palabras y miradas esquivas, sé que están hablando de mí.
Voy a por unos guantes, me encajo los más pequeños que encuentro y vuelvo a golpear con todas mis fuerzas. Cuando llevo veinte minutos estoy exhausta, a mi espalda se desarrolla una pelea y por primera vez les presto atención.
Son arrolladores, dos fuerzas de la naturaleza. Sus cuerpos enormes ocupan todo el espacio mientras se golpean y esquivan, lo peor de todo es que esto les divierte. Terminan cayendo al suelo, y para mi sorpresa, Ryu atrapa a Ranma en un lazo de manos y piernas que hace que mi sensei se rinda. Yo no sería capaz de hacer eso ni en un millón de años.
Me quito los guantes, aún tengo tiempo de sobra de llegar al restaurante, pero como hoy por cuadrante no me toca abrir no tengo intención de hacerlo. Shinnosuke ha seguido comportándose raro conmigo, pero no es algo que me moleste especialmente, pienso permanecer firme respecto a él.
Y con Ranma… Algo se retuerce dentro de mí, algo punzante.
Alza la vista cuando se levanta de la colchoneta pero yo esquivo sus ojos. No tengo derecho a estar enfadada, él siempre se ha comportado bien conmigo, más que bien, parece empeñado en convertir mi caótica vida en algo mucho mejor.
Es algo infantil estar dolida porque sea popular, obvio es un hombre adulto, un luchador enorme. Es ilógico que no tenga a alguien: Pero no lo tiene o no lo quiere, y me dijo claramente que no debía estar celosa.
Qué atrevido.
Se piensa que lo celo, y eso hace que mis mejillas se enciendan y me tiemblen las rodillas. Él y yo no tenemos esa clase de relación. Él no me… Bueno, un poco sí. Pero solo un poco.
Es algo pequeño e incipiente, una molestia que puedo controlar.
Me escondo detrás del saco pensando que quizás hoy también me toque recibir golpes con Ryu, o peor aún, sesión de llaves con Ranma.
En las dos acabo besando la lona, pero una de ellas es muchísimo más peligrosa para mis nervios. Si vuelve a atraparme de esa forma absurdamente sexy creo que gritaré.
Escucho a Ryu reírse y hablar entre jadeos.
—Por hoy mejor lo dejamos, sé cuando sobro.
—¿Lo sabes? —Le contesta mi sensei con humor, ambos se despiden chocando las manos, entiendo que son hermanos, pero también son mejores amigos. Ryu me saluda antes de salir por la puerta, y de nuevo nos quedamos a solas.
No es como si fuera la primera vez, pero por algún motivo siento que hay algo diferente en este silencio. Una tensión incierta.
Ranma se rasca la nuca, ahora parece tímido. No parecía tímido cuando me tumbó de espaldas ayer. Sacudo la cabeza intentando alejar ese momento de mis pensamientos.
—¿Quieres que entrenemos? —pregunta dubitativo, y siento que en realidad me está preguntando otra cosa, pero no adivino el qué.
—Quiero pelear el viernes —declaro alejándome del saco, y veo sus ojos azules abrirse de súbito, todo él se altera aunque trate de ocultarlo.
—Aún no es el momento.
—Tú solo arréglalo, dile a Tarô que quiero probarme —protesto orgullosa.
—Puedes luchar, pero no contra ella.
No sabe cómo me ofende la simple mención de su existencia. Le observo desdeñosa antes de cruzarme de brazos.
—Hay más luchadoras contra las que puedo pelear —declaro firme.
Ranma gruñe pero asiente. Eso me reconforta, como si su beneplácito de alguna manera reafirmara mis intenciones. Sabe que puedo ganar, y eso me llena de seguridad. El duro entrenamiento está sirviendo de algo, y hoy más que nunca tengo la urgencia de desquitarme, necesito un montón de dinero.
—Esta semana entrenaremos más horas, debes prepararte.
Yo asiento, y paso la mañana perfeccionando mi velocidad. Después entrenamos golpes directos, pero Ranma tiene buen cuidado de no proponer agarres, y eso me alivia bastante.
Me despido al rato cuando suena la alarma de mi teléfono, debo empezar mi turno en el restaurante. Tengo prisa así que tomo una ducha rápida en los baños del gimnasio, no están demasiado limpios pero el agua caliente me reconforta y consigue quitarme el sudor.
Cuando salgo él me mira con el ceño fruncido, suspira y cierra fuerte los ojos antes de volver a avasallarme con ellos. Su azul es tan hermoso que debería ser ilegal.
—¿Te veo luego? —dice suave con una sonrisa igual de triste que la mía.
—Hoy… Hoy tengo planes —confieso esquiva, porque no quiero que forme parte de lo que tengo planeado. Voy a enfrentar a Kuno y no quiero meterlo en más líos de los que ya tiene. Ranma baja la mirada, parece contrariado, casi dolido.
—Vale —responde sin más, y después se va al fondo del gimnasio, a darle una segunda paliza al saco de arena.
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..
…
El turno en el restaurante se hace ligero en comparación con el del sábado. Shinnosuke ha abierto hoy, y me mira resentido, pero le fulmino con ojos fieros y decide no decir una palabra. No ha vuelto a acercarse con intenciones más allá de las profesionales hacia mí.
Eso me alivia, porque he descubierto que ya no quiero que lo haga. No es que no me parezca guapo y admirable, pero con el paso de los días es como si su presencia en mi cabeza se fuera difuminando, y todo acercamiento se me antoja invasivo.
Cuando llegan las seis me quito el delantal e informo a la señora O. de que hoy saldré temprano, mi compañero me hace un mohín desde la barra.
—¿Te vas con ese? —dice de forma sorpresiva, con ojos tristes.
—No, tengo que hacer unas gestiones.
—Menos mal —sacude los hombros, no tengo ganas de discutir con él, pero últimamente está comportándose como un cretino.
—Pero si hubiera quedado con Ranma tampoco sería asunto tuyo —Le informo agarrando mi abrigo, por suerte en este momento solo hay dos comensales al fondo de la sala, y no parecen prestarnos atención.
—No es una buena influencia para ti.
—¿Otra vez vamos a hablar sobre lo que me conviene?
Shinnosuke suspira.
—¿Tienes un instante?
Alzo una ceja, porque hasta el momento ese tipo de proposiciones era impensable. El señor “Demasiado Ocupado” jamás me ha pedido ni un instante que no sea para cubrir un turno.
—No creo que tenga tiempo —digo orgullosa.
—Por favor —ruega, y no puedo evitarlo, soy débil a su súplica. No hay nada malo en hablar, ¿verdad?
—Solo diez minutos.
Shinnosuke sonríe y me hace un gesto para que le siga hacia la callejuela donde está la puerta trasera de la cocina. Damos la vuelta al restaurante y yo me cruzo de brazos mientras él mira hacia los lados, como si temiera que alguien fuera a aparecer en cualquier instante.
—Ese chico no es trigo limpio, he estado investigando, y creo que está metido en cosas ilegales —ataca directamente, mirándome a los ojos y tomándome por los hombros, como si quisiera dar énfasis a sus palabras. No me río en su cara de puro milagro.
—Lo tendré en cuenta.
—Puede que tenga asuntos con la ya-ku-za —silabea, marcando la palabra.
—Gracias por el aviso, pero sé cuidarme sola —intento no sonar muy condescendiente por su súbita preocupación por mi vida y mis compañías.
—¡No lo entiendes! Te echará a perder.
—¿Echarme a perder? —repito, porque me cuesta entender la expresión, Shinnosuke asiente con rigidez y sus dedos se clavan en mis hombros mientras se inclina sobre mí.
—Eres una buena chica, simpática y alegre. Siempre estás dispuesta a ayudar a los demás, y de un tiempo a esta parte ya no te reconozco. A mí… a mí me gustaba más la otra Akane.
Sus mejillas se colorean, y siento que las mías también. Si solo hubiera dicho eso hace unas semanas me hubiera desmayado entre sus brazos, rogando por el destello de una caricia. Pero ahora toda esta situación se me antoja estúpida, porque hay algo más importante en mi vida que gustarle o no a Shinnosuke. Por primera vez en años me siento mejor que nunca conmigo misma.
—Shinnosuke eso no es…
—Te quiero —jadea de repente, haciendo que alce la vista absolutamente lívida—. Te quiero —repite, por si no me ha quedado claro la primera vez.
Mi corazón galopa desbocado mientras Shinnosuke se cierne sobre mí, dispuesto a terminar lo que empezó el otro día. Siento mi espalda chocar contra la pared mientras sus dedos se encarnizan más y más en mis hombros, podría librarme fácilmente y sin embargo me siento paralizada.
Fui popular en mis años de secundaria, querida por mis compañeras, idolatrada por los chicos, pero todo cambió cuando mi familia cayó en desgracia. Se corrió la voz de los problemas de mi padre, de las miserias de mi casa, y de repente todas mis amigas me dieron la espalda, todas las cartas de amor dejaron de llegar a mi taquilla. El mundo pareció ignorar mi presencia, hasta hoy.
Hoy es la primera vez que alguien me dice que me quiere en mucho tiempo, y se siente extraño. Un revoltijo en las tripas, un clavo en el cerebro.
Siento sus labios sobre los míos antes de poder reaccionar. Los pensamientos vuelan mientras me quedo rígida y la sangre se congela en mis venas. Lo aparto de un empujón y él me observa desconcertado, como si la que se hubiera vuelto loca fuera yo.
Tiemblo entera y echo a correr sin mirar atrás.
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Me planto delante de la mansión Kuno antes de las siete. El plan inicial era subirme a un autobús, pero he corrido tanto que ahora estoy aquí, agotada y confundida.
No soy una tímida chica de instituto, soy una mujer adulta que no debería salir huyendo de una declaración de amor y de un beso. Un beso.
Me llevo la mano a la boca sintiendo la gravedad tirar de mí, sus labios eran rígidos, su boca tensa y caliente. Aún puedo sentir sus dedos clavados en mi piel, el olor a comida del callejón, la desconexión conmigo misma en cuanto entramos en contacto.
No me pidió permiso, lo hizo sin más esperando una respuesta positiva por mi parte. Eso me enfada, mi primer beso debería haber sido algo mucho más tímido y suave, se debería haber sentido muy diferente.
Nunca me habían besado, ¿Ranma habrá besado a muchas chicas? Seguro que sí, seguro que él sí sabe besar.
El estómago me da un vuelco al imaginar que el chico de la trenza pudiera haberme encontrado en semejante situación. ¿Se habría enfadado como el otro día? ¿O se habría dado la vuelta? En todo caso no puedo ni expresar el alivio que siento por haberle dicho que no viniera hoy.
Se preocupa demasiado, pero no como Shinnosuke. Él lo hace de una manera enternecedora, resulta hasta demasiado bueno para que sea real, para que me esté pasando a mí.
Llamo al timbre de la mansión y espero intentando dejar de lado mis muy recientes problemas con hombres, y besos, y revolcones en colchonetas.
Me responde la voz aséptica de uno de sus muchos criados.
—Soy Akane Tendô, quiero ver a Kuno Tatewaki ahora mismo —anuncio, y la verja se abre ante mí con un chasquido eléctrico.
Entro furiosa, es la segunda vez que me meto en la cueva del lobo, la primera sucedió hace más de siete años, cuando apenas estaba terminando el instituto y embargaron nuestra casa. En la entrada principal me recibe una mujer que me indica que la siga, y por supuesto que lo hago, pero no me conduce hacia su despacho como aquella vez, si no que me lleva por los intrincados pasillos de la planta baja hasta lo que parece un edificio anexo. Es muy parecido a mi dojô, pero está equipado con grandes focos y suelo de tatami nuevo, equipos de ventilación y máquinas de musculación de primera categoría. Y allí encuentro a ese chicle que tengo siempre pegado al zapato. Kodachi me sonríe mientras deja una de las máquinas, lleva puestas sus odiosas mallas de gimnasia y parece más que encantada de volver a verme.
—La plebeya ha venido de visita —ronronea mientras se pasa una toalla por el cuello—. Tatewaki está de viaje unos días, pero puedes tratar cualquier asunto conmigo.
—¡No podéis vender mi casa! —suelto sin andarme por las ramas, ella sonríe con esos labios pequeños perpetuamente pintados en carmín.
—¿Ah, sí? Disculpa, tendrás que ser más específica, tengo demasiados inmuebles, ¿de qué casucha estamos hablando?
—No te hagas la tonta conmigo, Kodachi. Tenemos un trato. Solo he venido a recordaros vuestra parte —digo furibunda, cruzándome de brazos y viendo a esa odiosa mujer comenzar a estirarse.
—Ah, pero hay un plazo, y según he visto cumple pronto. Yo solo intento buscar un comprador, porque como bien sabrás la propiedad se devalúa si no tiene un mantenimiento adecuado.
—¿Qué plazo? —inquiero sintiendo por segunda vez en el día cómo la sangre se me congela en las venas—. No te inventes cosas.
—Supongo que mi hermano ha estado haciendo la vista gorda contigo, pero yo no soy tan magnánima. Paga ahora, o despídete.
Si Kodachi piensa que puede intimidarme con sus palabras es que aún no ha aprendido con quién está hablando.
—Cuando vuelva dile a Kuno que quiero hablar con él —concluyo ignorándola y dándome la vuelta, no tengo tiempo que perder con esa pedazo de…
La escucho reír satisfecha, y es esa risa odiosa la que despierta algo dentro de mí. Las risas en el pasillo frente al vestuario de Ranma sonaban igual, todas esas bocas que me hieren y se burlan, todos aquellos que me ven incapaz. Kodachi no se va a volver a reír de mí. Aprieto los puños y la miro retadora.
—¿Quieres pelear?
Ella sonríe ladina y se pasa la lengua por los labios.
—Pensé que no me lo pedirías.
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…
Cojeo de camino a casa. Ese zorrón ha hecho trampas, pero a decir verdad creo que ha acabado mucho peor que yo. Me ha atacado con redes, me ha tirado cuchillos escondidos en mazas, me ha golpeado con una cuerda rellena de cadenas, el suelo se ha abierto debajo de mí, y casi me ahogo en una jodida piscina que tenía escondida bajo el suelo del gimnasio. Pero cuando he conseguido atraparla le he dado con ganas.
Sonrío sintiéndome ligeramente satisfecha.
Me gotea la nariz de agua sanguinolenta, y tengo el tobillo derecho dolorido. Además, he recibido un golpe en la sien y un corte en una pierna.
Debería ir a ver a Tofu, pero no quiero preocupar a Kasumi. Tengo vendas y tiritas en casa, y supongo que caer a una piscina puede considerarse casi como un baño, ¿no?
Mis preciosas zapatillas nuevas están empapadas y chasquean dejando pequeños charcos a mi paso. La semana no ha empezado demasiado bien.
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…
Ranma me mira perplejo, como si realmente no creyera lo que ven sus ojos.
—¿¡Pero qué mierda te ha pasado!? —grita frente a mi puerta.
Está ahí plantado, como si tuviera todo el derecho de esperarme en el pasillo. Supongo que alguien ha vuelto a dejar abierta la entrada principal.
Conseguí vendarme la pierna y he intentado tapar los golpes de la cara con tiritas y un poco de maquillaje. Lo que no he podido disimular de ninguna forma son los latigazos de las cadenas en mi espalda y contra uno de mis brazos. Me he puesto una camiseta de manga larga para entrenar hoy, y no tengo intención de quitármela. El tobillo también está vendado, y tengo los nudillos de la mano derecha bastante magullados, pero valió la pena.
Tomo aire intentando pensar en una buena excusa, pero tengo el cerebro en blanco.
—Me encontré con una amiga —digo agarrando mis zapatillas nuevas, las puse toda la noche a secar y aún están un poco húmedas, pero eso es mucho mejor que volver a usar las viejas.
—¿Esto es lo que tenías que hacer ayer? ¿Meterte en una pelea sin que yo me enterara? —Me acusa cruzándose de brazos, parece dolido.
—No creí que me fuera a pelear —respondo, aunque lo cierto es que nunca he tenido un encuentro con Kodachi que no haya terminado de forma violenta.
—Deberías tener más cuidado con tus amistades —dice entrecerrando los ojos, sabiendo que le oculto algo, y por un instante creo que va a insistir, pero no lo hace. Camina hacia fuera delante de mí, y entiendo por la tensión en su espalda, por sus puños cerrados y su mandíbula tensa que está molesto conmigo.
Me dirige una mirada furibunda antes de iniciar el trote habitual, yo le sigo como puedo, pero cuando apenas llevamos un kilómetro siento que el dolor del tobillo me va a matar. Me detengo con un quejido y me llevo la mano a mi inflamada extremidad. Él también se detiene a unos metros, ni siquiera jadea y me mira grave antes de regresar sobre sus pasos.
—¿Te has lesionado? —pregunta agachándose y mirando mi tobillo, después maldice y se alza cuan alto es con los dientes apretados—. ¡Tienes un esguince! ¡Y luchas en tres días!
Jadeo molesta, no sé por qué está tan enfadado si la única que se ha hecho daño soy yo.
—Mi cuñado es médico, iré a verle.
Ranma está que echa humo, se lleva las manos a las caderas y me atraviesa con esos ojos del color de las tormentas.
—¿Me vas a decir en qué estás metida?
Trago saliva, siento amargor en la boca. Tampoco es como si ganara algo ocultándolo, él ya conoce mi debilidad.
—Van a vender mi casa —digo en voz baja, y mientras se lo cuento se me quiebra la voz. De nuevo siento que voy a romper a llorar delante de él, y entiendo la congoja que me lleva acompañando las últimas horas, la desesperación.
Ranma me observa mudo, pero su ceño sigue profundamente fruncido, invitándome a continuar.
—La han puesto a la venta, así que ayer fui a ver al tipo con el que hice el trato, pero no salí muy bien parada —intento sonreír.
—¿Te puso las manos encima? —pregunta con voz de ultratumba, y todo su cuerpo vibra y tiembla a su compás.
—N-no. Me peleé con su hermana, siempre me peleo con ella. Si crees que yo estoy mal tendrías que verla a ella.
Mi sensei abre la boca incrédulo y la vuelve a cerrar, se aprieta el puente de la nariz con desesperación.
—Anularé la pelea —concluye.
—¡No! ¡Necesito el dinero!
—Necesitas seguir viva.
—¡Estaré bien, puedo hacerlo!
—¡Ese es tu maldito problema, crees que puedes con todo sola! Por eso has llegado hasta este punto, trabajando como una burra y metiéndote en peleas. Si sigues así vas a acabar desquiciada.
—Cuando consiga mi casa…
—Es demasiado dinero, Akane —dice dándome un golpe de realidad como no ha hecho hasta ahora, pronunciando mi nombre con una cadencia demasiado íntima.
Lo ignoro y comienzo a cojear hacia el gimnasio. Si no puedo correr, al menos puedo hacer pesas.
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…
Ranma lleva una hora enfurruñado en la barra. Hemos estado entrenando por separado, y después de vendarme de nuevo el pie he empezado mi turno en el restaurante. Él ha aparecido al rato y se ha quedado ahí, malhumorado y sin ordenar nada, siguiéndome con una mirada inquietante.
Lo peor es la actitud de Shinnosuke, el cual parece extrañamente confiado y de buen humor. Obvio no ha mencionado lo de ayer, aunque sí me ha mirado con algo de aprehensión por las nuevas tiritas en la cara.
Ha pasado varias veces delante de Ranma dedicándole una sonrisita, y eso no ha hecho más que cabrear a mi sensei. De nuevo la tensión entre esos dos podría cortarse con un cuchillo, y no sé cómo explicarle a mi compañero de trabajo que si llegan a las manos va a recibir la paliza de su vida.
Intento permanecer ajena al huracán de testosterona que tengo alrededor hasta que llega un nuevo cliente. Es un hombre alto y musculoso, y no llamaría tanto la atención si no llevara un uniforme de policía. Me yergo reconociéndolo de pronto. Es el mismo que nos persiguió hace días, entiendo que estoy metida en un lío, o al menos Ranma lo está.
Mi sensei lo mirá incrédulo, y el policía toma asiento junto a él en la barra. Intercambian unas cuantas palabras desdeñosas y yo no puedo más que acercarme como haría con cualquier otro cliente. Me pongo al otro lado de la barra y le dedicó mi mejor sonrisa.
—Buenas tardes, ¿qué deseas ordenar? —pregunto.
El policía me observa sin pestañear, y se pasa así más de diez segundos, Ranma le pega un codazo.
—Espabila, imbécil —Le dice aguzando los ojos sobre él, y el policía se aclara la garganta y veo sus mejillas sonrojarse, mientras yo ladeo la cabeza, confusa.
—Yo… yo… eh…. comida, sí. Quiero comer. He venido a comer —tartamudea sin quitarme los ojos de encima, después se afloja el nudo de la corbata—. Soy el inspector de policía Ryoga Hibiki —Se presenta con un formal cabeceo.
—¡A ella no le importa quien seas, pedazo de pirado! —protesta Ranma quien parece tan molesto como estupefacto.
—¿El especial del día? —Me atrevo a preguntar ante sus brillantes ojos castaños, él me sonríe y veo sus prominentes colmillos asomar por la comisura de sus labios, después suspira y asiente. Ranma le da un capón, y estoy a punto de protestar escandalizada por tomarse tantísimas confianzas con un inspector de policía.
Mantienen una discusión en susurros mientras me alejo de la curiosa amistad y llevo la orden a la cocina. Pido otro plato para Ranma porque no se va a pasar la tarde mirando sin comer nada, además, conozco bien su apetito, y después de la última vez no creo que tenga el valor para dejar su ramen intacto.
Regreso a los pocos minutos y pongo delante de cada uno de los hombres ramen de cangrejo y huevo, acompañado de una ensalada de wakame con pepino.
El inspector me dedica otra nueva sonrisa fulgurante y después siento su ceño arrugarse poco a poco mientras observa las tiritas en mi cara.
—Señorita, ¿se ha hecho daño? —pregunta interesado, y yo me recojo el cabello detrás de la oreja de forma tímida antes de mentir.
—Me caí por las escaleras.
—Ah, eso lo explica.
—¡Estás de broma! —grita Ranma indignado dando un golpe en la mesa que hace brincar a otros comensales. No sé qué está pasando entre esos dos pero debo detenerlo de inmediato.
—Puedes llamarme Akane, y por favor, os rogaría que no montéis escándalo —digo taladrando con los ojos al chico de la trenza, al cual le resbala mi regaño.
—Por supuesto, yo me encargo de este pandillero —dice el oficial señalando a Ranma, el cual no puede hacer más que rodar los ojos, como si estuviera implorando a una divinidad por un poco más de paciencia.
Les ignoro y sigo trabajando, retiro los platos de algunas mesas y se los llevo a Shinnosuke, el cual me sonríe pagado de sí mismo.
—¿Haces algo esta noche? —pregunta, y no puedo más que mirarle incrédula. Hoy todos los hombres a mi alrededor parecen haber perdido el juicio.
—Dormir —contesto rígida.
—Pensaba que quizás podría invitarte a cenar.
Definitivamente se han propuesto oirme gritar. No quiero dañar los sentimientos de Shinnosuke, pero en este instante sus muestras de interés no casan con mi agenda, y el beso fue horrible.
—Creo que es tarde para eso, y hoy me toca cerrar.
Me mira agraviado, pero no tengo paciencia para explicárselo, y menos si no es lo suficientemente inteligente para entenderlo solito.
Me dijo que me quería como quien quiere ropa nueva o un té, ¿cree que jamás he tratado con un manipulador emocional? Mi padre usaba esas mismas palabras de amor mientras empeñaba los electrodomésticos de la cocina. Me doy cuenta que en cuanto las pronunció algo cambió dentro de mí, fue como quitarme una venda de los ojos. ¿Qué tan jodida estoy que una confesión de amor se me antoja como el peor de los insultos?
Giro y regreso a la sala. Ranma y el policía se han enmarañado en una especie de lucha silenciosa para ver quien se acaba más rápido su plato, y de pronto tengo la terrible impresión de estar rodeada de varones que madurativamente no superaron la frontera de los ocho años.
Ambos golpean a la vez la barra con sus tazones al tiempo y estoy a una tontería más de mandarlos a jugar afuera para que dejen de molestar, por suerte ambos se alzan tras intercambiar unas palabras. Ranma me hace una serie de gestos que no entiendo, el inspector se gira hacia mí y realiza una reverencia.
—Volveré todos los días, Akane —dice mirándome con las mejillas sonrojadas y ganándose un nuevo capón por parte de mi sensei, el cual lo agarra por la camisa y lo arrastra hacia afuera.
Con semejante falta de respeto a la autoridad espero que no termine detenido.
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…
No tengo más remedio que hacer una rápida visita a mi hermana y mi cuñado, porque el dolor del tobillo empieza a ser insoportable. Sé que necesito descansar, hielo y no pasarme ocho horas en el restaurante o entrenando, pero ahora no me puedo permitir nada de todo eso.
Tofu me atiende con paciencia y no hace preguntas, he conseguido tapar la mayoría de mis golpes con una capa de maquillaje. Era un poco caro, pero lo considero una inversión a largo plazo.
Kasumi me entrega algunos recipientes llenos de comida y se muestra preocupada por mis turnos de trabajo. No le digo nada sobre el dojô, en todo caso no haría más que preocuparla inútilmente.
Sé que puedo arreglarlo, estoy segura que esa pirada de Kodachi lo ha hecho todo a espaldas de Kuno aprovechando su ausencia, solo tengo que esperar a que regrese de su viaje para renegociar los términos de nuestro acuerdo, incluso podría pagarle un adelanto.
Los siguientes días pasan en un suspiro de rutina, trabajo y entrenos, vuelvo a tener un intensivo con Ryu y antes de que pueda darme cuenta ya es viernes.
Regresar a la poza me hace sentir ansiosa, inquieta y emocionada a partes iguales. Ranma ha estado extrañamente callado y ausente durante los últimos días, me ha dicho que no sabe quién será mi rival, pero sospecha que Tarô quiere un buen espectáculo.
Hago media jornada en el restaurante y salgo temprano ignorando el mohín de Shinnosuke. Agarro mi bolsa deportiva y tomo un autobús hacia el puerto. Mi sensei ha insistido en que esta vez entremos juntos y me parece bien, sobre todo porque no quiero volver a tener un desencuentro con Shampoo.
Me crujo los nudillos con la firme convicción de que esa china va a lamentar algún día haberme amenazado.
Cuando bajo del transporte Ranma está en la parada, esperándome. Me saluda con un cabeceo y un atisbo de sonrisa, pero parece ansioso. Creo que vuelve a estar preocupado.
—Lanza golpes rápidos y apártate —Me recuerda—, aprovecha la alambrada para moverte, y si tu rival usa armas procura que los golpes sean de largo alcance, nada de agarres.
—Lo sé —asiento mientras callejeamos por el puerto y la noche cae sobre nosotros con su manto de oscuridad. Antes de que me pueda dar cuenta atravesamos la entrada oculta y estamos dentro de ese agujero, con la música ensordecedora y el humo de cigarrillos abigarrando el aire.
Mi sensei me conduce hacia el pasillo de vestuario, pero esta vez entramos al camerino sin incidentes ni encontronazos. De hecho el lugar se encuentra extrañamente solitario y tengo el presentimiento de que Ranma ha tenido algo que ver en eso.
No quiero admitir que estoy temblando de nervios, dejo mis cosas a un lado y me quito la chaqueta, comenzando a mover mis músculos para calentar. Ranma me mira callado y se saca algo del bolsillo. Se aproxima a mi con un ligero titubeo, y le observo interrogativa.
—Había pensado que… —dice alzando los ojos con la cabeza gacha, y mostrándome los dos pequeños pasadores de colores que le puse hace justo una semana para su combate—. Me olvidé de devolvértelos —concluye, y con una delicadeza que nada tiene que ver con sus anchos hombros y sus enormes manos abre las pequeñas pinzas y las pasa suavemente por mi cabello, sujetándolas con un par de dedos antes de dejarlas ancladas.
El contacto se me antoja sutil, tenue. Se aleja y me envuelve una sensación cálida, un cosquilleo indeterminado.
Sonrío nerviosa mientras me llevo los dedos a las horquillas. Y entonces su expresión cambia, su ceño se arruga y pasa de la timidez a otra cosa. Se acerca a mí sin respetar el mínimo espacio vital y le veo hacer algo extraño. Su pulgar derecho se apoya en mi hombro izquierdo, con la otra mano hace otro tanto, y después posa sus dedos uno a uno sobre mi piel, de forma exacta y metódica.
No lo entiendo hasta que es demasiado tarde, y lo sé por sus ojos llenos de perplejidad, por la furia que adivino al fondo de sus pupilas. Aprieta las puntas de los dedos sobre los moratones que me dejó Shinnosuke y yo tenso la mandíbula mientras esquivo su mirada, avergonzada.
—Quién —ruge lento y peligroso. No me lo está preguntando, exige saberlo.
No debería haberme puesto una camiseta con los hombros descubiertos, pero pensé que apenas se atisbaba un reflejo amarillento con trazas de verde sobre la superficie. Ingenuamente creí que Ranma no lo notaría, pero por supuesto que lo ha hecho, él siempre está atento.
—Dime que no fue ese camarero medio gilipollas —jadea.
Pego un respingo involuntario, y eso es suficiente para confirmar todas sus sospechas. Ranma se inclina sobre mí, suelta mis amoratados hombros y entiendo que debo decir algo o de seguro que va a matar a Shinnosuke.
—Discutimos, pero estoy segura que él no quería…
—Oh, claro que sí quería —Me interrumpe.
—No estás escuchando.
—Pensaba que podías quitártelo de encima —Su voz es grave y suena como si la estuviera arrastrando entre piedras afiladas.
Trago saliva y le enfrento, tengo la certeza de que si le digo toda la verdad nos vamos a pelear, y estoy cansada de eso.
—No va a volver a hacerlo, ya me he encargado de ello —digo saliendo del vestuario y dando el asunto por zanjado, pero él se pega a mi espalda y continúa hablando.
—¿¡Qué quieres decir con eso!?
—¡Que tenías razón! —me giro bruscamente y él casi choca contra mí, mi pelo le golpea de tan cerca que iba—. ¡Tenías razón, se estaba aprovechando! Cuando me negué a hacerle favores pensó que era tan estúpida como para caer en sus mentiras y me dijo… Me dijo…
La sombra de Ranma me cubre mientras el ruido de la poza se filtra a nuestro alrededor. Sus ojos están abiertos y todo él está anormalmente quieto, pendiente de mis palabras.
—No importa —concluyo mordiéndome la lengua e intentando alcanzar el ring, pero él me agarra de la mano y me gira de golpe, y prácticamente me estrello contra su enorme pecho. Huele herbáceo con notas de madera.
—Qué dijo —De nuevo no pregunta, este hombre es un maldito peligro para todos mis sentidos; Para mi ego, para mi orgullo… Para mi corazón.
—Dijo que me quería, pero no es cierto —sonrío triste, y Ranma parece temblar mientras me mira con ojos desorbitados—. Estoy acostumbrada a eso, a que me digan que me quieren antes de hacerme daño. No soy tan ingenua, ¿sabes?
Su expresión parece ablandarse durante un instante.
—Akane… —empieza, pero siento que si le dejo continuar va a descubrir algo que me he esforzado mucho en ocultar. No quiero que vuelva a verme llorar, mucho menos antes de un combate. Niego y avanzo hacia la poza, soltándome de su mano, abandonando la seguridad de su enorme cuerpo, todo su clamoroso y apabullante calor.
Bajo las escaleras y él me sigue, pero esta vez permanece callado y se lo agradezco. En todo caso tampoco podría escucharle con todo el alboroto. Cuando llego al fondo de la poza le dirijo una última y acuciante mirada. La sensación es completamente diferente a la de la primera vez, esta vez se siente todo mucho más real.
—Es más grande que tú —dice cruzándose de brazos, alzando la barbilla en un gesto que denota absoluta seguridad—. Pero puedes con ella.
Le sonrío en respuesta, entiendo que eso es todo lo que necesito, que él confíe en mí.
Entro a la lona y mis oídos se llenan de gritos. Tarô nos presenta, es una luchadora enorme y musculosa, y por supuesto que tampoco habla japonés. Trago saliva y me pongo en posición de defensa.
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..
…
Cinco minutos después estoy jadeando pero intacta. No ha logrado alcanzarme con ninguno de los golpes que ha lanzado, y en algún lugar por encima de mi cabeza escucho los berridos del viejo Happosai que me jalea orgulloso. Los focos me impiden ver más allá de mi enemiga, pero estoy segura de que mi sensei no me pierde ojo, y que él también tiene razones para sentirse satisfecho.
Me echo el cabello hacia atrás, que a causa del sudor se me pega a la espalda y a la cara. Ella vuelve a lanzarse sobre mí, con toda su potencia torpe y lenta. Realizo un giro, pero cuando ya he conseguido zafarme tira de mi cabeza, y comprendo llena de pavor que acaba de agarrarme por la coleta. Hago lo peor que puedo hacer en estos casos, intento zafarme agarrando sus manos, pero ella se sabe con ventaja y me jala como si fuera una muñeca e intenta estrellarme contra la alambrada.
Consigo apoyar las piernas a tiempo y girar sobre mí misma, pego un grito porque la condenada no me suelta, si no todo lo contrario. Mi largo pelo da una vuelta completa sobre su mano y me quedo completamente pegada a su puño, el cual sacude intentando golpearme en la cara.
Escucho a Ranma gritar algo, pero estoy demasiado ocupada intentando no quedarme sin dientes. En un descuido consigo asestarle un brutal pisotón y al fin me suelta. Jadeo y creo que debo tener un aspecto más parecido a una gallina desplumada que a una persona. La muy bruja afloja la mano y veo que me ha arrancado un puñado de pelo, eso se lo voy a hacer pagar.
Aprieto los dientes frustrada, debo terminar con esto cuanto antes. Sé que está cansada de perseguirme, así que aprovecho la alambrada, tomo carrerilla y le trepo sobre la espalda hasta que enredo mis piernas en su cuello, y desde ahí giro y la llevo conmigo al suelo, donde cae, y tras apretar con mis muslos durante unos segundos finalmente se rinde y deja de forcejear.
Me alzo jadeante, agotada y victoriosa. No tengo ni una herida aunque me duelan hasta las pestañas a causa de la tensión. La jaula se abre y corro hacia Ranma, no estoy pensando bien, solo sé que me arrojo sobre él desprovista de toda inhibición, llena de adrenalina y regocijo.
—¡Ni te ha tocado! —ríe mientras me alza y gira en el aire, y yo también rio como una desquiciada, como no recuerdo haber hecho en años, quizás en más de una década. Todo gira y él me tiene, vaya si me tiene.
Se detiene al sexto o décimo giro, ni siquiera lo sé, y me observa con la sonrisa más hermosa que he visto jamás. Yo también sonrío hasta que me duele la cara, y él me baja de regreso al suelo, entre la multitud de brazos y extraños. Ryu me alcanza y me abraza de forma amistosa, dice algo que no entiendo y yo asiento henchida, invencible. Los dos me escoltan de regreso al camerino donde sé que me espera mi ansiada recompensa.
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Me he dado una ducha pero los oídos aún me zumban. Tengo el cabello enredado hasta lo imposible, he intentando manejarlo, pero finalmente lo he anudado en una trenza y he conseguido desenterrar las horquillas de colores de entre toda la maraña morena.
Tarô aparece al rato junto con el abuelo Happosai, y me tiende una bolsa que yo tomo con un cabeceo agradecido. Dice algo sobre que espera verme más a menudo, pero Ranma le gruñe como un perro guardián, y él se marcha por donde ha venido, con el viejo y su guardaespaldas. No quiero parecer desesperada, pero en cuanto se marchan cuento el dinero y observo decepcionada que no hay tanto como la primera vez. Ryu y Ranma se inclinan sobre mis hombros como dos viejas chismosas.
—Novecientosmil —anuncio con media sonrisa en la boca, ellos asienten, ya se lo esperaban.
—Sigue siendo casi un millón de yenes por una pelea —dice Ryu, Ranma parece coincidir en la conclusión.
—Necesito mucho más —suspiro—. Bueno, creo que es hora de…
—Un momento —Ryu alza la mano e interrumpe lo que fuera que iba a decir, me mira agraviado—. Vamos a celebrarlo, lo has prometido.
—¿Que he hecho qué? —repito pasmada.
—Cuando se gana una pelea hay que celebrarlo, ¿no estás de acuerdo, hermanito? —dice echando un brazo sobre los hombros de mi sensei, y Ranma resopla como si hubiera escuchado demasiadas veces esa cantinela.
—Si está cansada no deberías obligarla —Me apoya completamente.
—¡Tonterías! Akane, ¿cuánto hace que no sales de fiesta? —pregunta muy serio, y yo pestañeo y esquivo su mirada.
—¿De… fiesta? Siempre tengo que trabajar a la mañana siguiente así que…
Ahora los dos me miran, Ryu ha empezado a frotarse las sienes y Ranma menea la cabeza.
—¿Sabes que no es pecado divertirse? ¿¡Vivir!? —inquiere agraviado—. Debemos arreglar esto ahora mismo. Vamos a celebrarlo y tú vienes.
Antes de que pueda seguir protestando Ryu me arrastra fuera de la poza y Ranma nos sigue a regañadientes. Sin que pueda hacer nada por evitarlo el hermano de mi sensei detiene un taxi que nos lleva hasta el apartamento que comparten.
Me quedo parada en la entrada, momentáneamente cohibida. Ryu prácticamente me empuja dentro y yo me quito mis resplandecientes zapatillas nuevas y las dejo en el recibidor. Camino a pasos pequeños examinando el lugar.
Es un apartamento amplio y limpio. Entre la cocina y el salón no hay paredes, todo forma parte del mismo espacio. Hay un sofá occidental y en lugar de un konatsu solo hay un espacio de sillas altas junto a la barra de la cocina. Huele a limpio, el suelo brilla. No puedo evitar pensar en que a pesar de las apariencias esos dos son muy ordenados.
Lo examino todo con ojos ávidos, Ryu se apresura por el pasillo y Ranma se sitúa detrás de mí, callado y cambiando su peso de un pie a otro. Me giro para mirarlo y lo encuentro sonrojado, evitando hacer contacto visual.
—No es gran cosa, pero es cómodo —dice, y está siendo extremadamente modesto, porque en comparación con mi habitación en la casa de huéspedes esto es un palacio.
Poder extender los brazos sin chocar con una pared se me antoja todo un lujo. Ojalá un día pueda tener mi propio apartamento, me parece algo realmente admirable. Estoy a punto de hacérselo saber cuando Ryu reaparece por el pasillo y me pone entre las manos un amasijo de ropa.
—Algo de eso debería de servirte, puedes cambiarte en el cuarto de Ranma.
—¿Qué? —pregunto confundida.
—¿¡Qué!? —estalla el chico de la trenza detrás de mí.
—Pensaba donarla o algo, es toda la ropa que Suzuka se olvidó cuando me dejó —Se encoge de hombros y después parece pensativo—. ¿O fue Azusa?
—¿Le estás regalando la ropa de tus ex-novias? —interrumpe Ranma perplejo.
—No puede salir a beber en leggings cortos, quiero decir, podría, pero yo no se lo recomiendo —razona, y yo enrojezco por el comentario.
—¿Dónde dices que puedo cambiarme? —interfiero con la pelota de ropa entre las manos, desprenden un perfume floral, quizás demasiado intenso para mi gusto.
—Ranma estará encantado de que uses su habitación, ¿verdad, hermanito?
—Voy a estrangularte.
Ryu se ríe y se dirige a la nevera, le veo tomar una cerveza de forma despreocupada mientras Ranma me guía sutilmente por el pasillo, y yo, con el corazón galopando a toda velocidad y la cabeza en las nubes, le sigo.
Es un piso grande, me enseña el aseo y el baño (¡con bañera!), y después me hace pasar a su habitación. Me siento abrumada cuando su olor invade por completo mis fosas nasales y recorro con ojos ávidos todos y cada uno de los rincones de esa habitación.
Tiene una cama grande con un cabecero de cuero oscuro, hay estanterías con algunos pequeños trofeos y varios libros, adivino que sobre artes marciales, aunque me parece ver otros sobre orden y cocina. Tiene un armario que ocupa la totalidad de una de las paredes, con puertas de madera forradas en color negro. Hay un gran espejo de cuerpo entero que se mantiene de pie en una de las esquinas, y también una mesita de noche con una lámpara demasiado grande, y una pequeña caja con algunos aros para sus orejas. Solo en su habitación cabrían tres como la mía, y la mantiene limpia, sin adornos excesivos, austera.
No puedo evitar pensar que este espacio es un poco como él, posee un atractivo salvaje, ligeramente disuasorio, pero también es cálido, tranquilo. La cama parece llamarme de forma insistente para que me deje caer en ella y pruebe, por primera vez en años, un colchón de verdad en lugar de mi roído futón.
Contengo el aliento mientras él me observa claramente nervioso por mi juicio.
—Tienes una cama muy grande —señalo de la forma más absurda posible.
—Sí —asiente cauto—. Lo es.
—¿Puedo tumbarme?
Ranma se atraganta con su propia saliva y tose desesperado, suelto la ropa y mi bolsa sobre la cama y me acerco para ayudarlo con unos golpecitos en la espalda.
—¿¡Quieres matarme!? —pregunta con voz estrangulada cuando termina de toser, me mira con los ojos agrandados, alterado.
—Sólo digo que parece muy cómoda, y yo llevo años con el mismo incómodo futón —trato de explicarle, y él gruñe como si le estuviera provocando dolor de cabeza.
—¡No puedes entrar en la habitación de un hombre y proponer eso! —dice intentando hacer valer su punto, y yo le miro confundida.
—¡Es mi primera vez en la habitación de otra persona, disculpa si desconozco el protocolo!
—¡Eres una bruta que no se entera de nada! —gime llevándose las manos a la cara—. ¡Cámbiate de una vez!
—¡Eso haré!
—¡Bien! —exclama tomando la puerta y saliendo por ella, dando un portazo tras de sí.
—¡Perfecto! —respondo sin saber por qué demonios estoy gritando, o por qué me acaba de llamar bruta. Camino de regreso a la cama y deshago el gurruño de ropa, descartando varias camisetas y lo que supongo serán unos pantalones, pero atenta directamente contra el concepto de la decencia japonesa. Me decido a probarme un vestido de color verde militar, de punto ajustado. Le echo un furibundo vistazo a la puerta antes de desnudarme y enfundarme en la prenda. La última novia de Ryu debía llevar una talla muy similar a la mía. Me asomo al espejo para descubrir a una chica despeinada, con un vestido entallado que marca demasiado mi trasero y cuya longitud apenas me tapa la mitad de los muslos. Al menos no tiene escote, se extiende hasta el cuello dejando al descubierto mis brazos y un triángulo amplio de piel en la espalda .
Por un instante tengo la sensación de haber rejuvenecido diez años, de estar en mi casa, robándole ropa a Kasumi y a Nabiki (aunque ninguna de las dos llevaría ni muerta este estilo). Me observo ligeramente sonrojada, he visto chicas vestir así por la calle, pero nunca me consideré parte de ellas. Siempre he estado demasiado ocupada para hacer cosas tan banales como salir por la noche, divertirme… Tener amigos.
Me siento al borde de la cama y compruebo que el colchón es tan cómodo como parece, pero me resisto a revolcarme como una niña pequeña escapándose al cuarto de sus padres. Necesito cepillarme el pelo, y además todo mi escaso maquillaje se encuentra en mi habitación, por lo que tendré que prescindir de él.
Deambulo tímidamente por el pasillo hasta que regreso al salón, y ahí encuentro a esos dos hablando entre susurros, Ranma parece indignado mientras Ryu se ríe. Cuando se percatan de mi presencia ambos se ponen rectos, como dos perfectos soldados esperando a que su sargento les pase revista.
Me miran, Ryu le da un codazo a Ranma, este le devuelve un pisotón. Vuelven a susurrar algo y yo me meto tímidamente un mechón extraviado detrás de la oreja.
—Necesito cepillarme el cabello, ¿No tendrás un… ?
—Sí —dice Ranma, y veo sus ojos moverse nerviosos sobre mí, deteniéndose unos instantes de más en mis muslos expuestos, y eso hace que me sienta bochornosamente complacida—. Sí —repite con voz gruesa, yendo hacia el baño, yo le sigo y me quedo cerca de la puerta. Me tiende un cepillo (¿su cepillo?) y yo comienzo a luchar con la apretada trenza para deshacerla.
Ranma chasquea la lengua y se sitúa detrás de mí.
—Espera, espera. Te vas a hacer daño —dice agarrando mi cabello y tirando ligeramente para empezar a deshacer el enredo, de pronto se detiene y juraría que le escucho musitar “maldita sea”, pero tan bajo que no puedo más que pensar que lo he imaginado. Vuelve a tirar de mi cabello, lo separa en mechones y pasa sus dedos desenredando los nudos de forma firme y suave. Cierro los ojos un instante, arrastrada por el bienestar que me provoca el gesto. Ni siquiera recordaba lo bien que se siente cuando alguien te toca el pelo.
No puedo evitar sonreír ligeramente y que un delator suspiro escape de mis labios, él se detiene ipso facto.
—Q-quizás deberías cortarlo —Le escucho decir, se aparta de mí y se apoya contra la pared contraria. Tengo la vaga sensación de que si pudiera hasta haría un agujero para alejarse aún más.
Agarro la gruesa mata de pelo y lo echo sobre mi hombro, comenzando a pasar el cepillo de forma pensativa.
—¿Te gusta más corto? —pregunto, el pasillo está oscuro, y aún así estoy bastante segura de que se ha sonrojado.
—¡Lo que me guste a mí no importa! Lo digo por los combates, hoy estuviste a punto de perder solo por eso.
Sé que tiene razón, pero no puedo evitar hacer un mohín mientras termino de desenredarlo con el cepillo. Siempre he tenido la absurda concepción de que me veía más femenina así, de que quizás de esta forma pudiera gustar a la gente un poquito más.
—¡Vosotros dos! ¡Si ya habéis terminado de poneros ojitos os recuerdo que estoy muerto de hambre! —grita Ryu desde la entrada, y yo pego un respingo consternada, aunque no más que mi sensei, el cual sale disparado. Escucho risas y alguna especie de pelea mientras dejo el cepillo y salgo a su encuentro. Ryu pone los ojos en blanco mientras me señala—. Ranma, ¿cómo puedes ser tan desconsiderado? Haz el favor de dejarle una de esas chaquetas enormes de tu armario, va a pasar frío.
Y el chico de la trenza mira a su hermano y sé que le dice mucho más con esa mirada de lo que haría con simples palabras. Camina a su habitación de forma energética y regresa con una sudadera de cremallera de color rojo oscuro que me tiende sin ceremonias.
—Listos entonces —sonríe Ryu, finalmente satisfecho.
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..
…
La gente a nuestro alrededor ríe y bebe. Hay música, aunque no tan alta como para molestar en la conversación. De hecho, lo más molesto es el grupo de salaryman que hay junto a nosotros, cantando y subiéndose a las mesas. Hace un momento uno de ellos ha comenzado a menearse como un gusano por el suelo, mientras otro simulaba que le azotaba con un látigo imaginario. Las dos mujeres que están con ellos (y que estoy bastante segura que son pobres y sufridas compañeras de oficina) han dejado de reírles las gracias hace un buen rato, y no paran de echar miraditas en nuestra dirección.
Lo peor es que Ryu parece más que encantado con su atención.
Estamos en una taberna típica japonesa, barata, atestada, caótica y absolutamente deliciosa. Me he bebido una cerveza y ya siento que estoy mareada, aunque he intentado compensarlo devorando todas las raciones que Ranma me pone delante.
—Podemos marcharnos cuando tú quieras —dice por segunda vez, y creo que quiere ser amable, pero me lo estoy pasando tan bien que ahora mismo solo me parece un pesado. Uno guapísimo.
—Deja de ser un aguafiestas —protesta Ryu pidiendo una segunda ronda de bebidas, cuando la camarera me planta delante una enorme jarra de cerveza no puedo más que sentir una ligera punzada de pavor, que acallo rápidamente cuando mi estómago gruñe y me meto un trozo de pescado frito, caliente y blandito en la boca.
Después vacío mi bebida casi a la mitad y Ryu grita enaltecido.
—¡Esa es nuestra chica! —dice brindando con su propia jarra y dando él mismo un hondísimo trago.
—¿Nuestra? —pregunta el chico de la trenza mientras yo agarro un pedazo de pollo y me lo como con los dedos, a saber dónde he dejado los palillos.
—La entrenamos los dos, es nuestra alumna. ¿Podrías dejar de ser un psicópata posesivo durante siete segundos y relajarte un poco?
Me chupo los dedos ajena a su conversación, con la cabeza en las nubes y el estómago lleno.
—Hace calor —suspiro quitándome la chaqueta y comenzando a abanicarme con las manos.
—Has bebido demasiado —Se queja Ranma, Ryu se aclara la garganta, toma su jarra de cerveza y sin ningún reparo se sienta en la mesa de al lado y comienza a hablar con las dos chicas aburridas.
Busco una servilleta porque tengo los dedos pringosos y sonrío mientras miro al hermano de Ranma y le apunto con la barbilla.
—Ryu es un ligón —Creo que mi forma de hablar debe ser ligeramente graciosa, o quizás sea la desposeída desinhibición que me provoca el alcohol, el caso es que la afirmación hace que Ranma se ría.
—No le va tan bien como puede parecer.
—¿No tiene suerte con las mujeres?
—Siempre le gustan las que menos le convienen.
—¿Y a ti? —pregunto sorprendiéndome a mí misma. Mi corazón se desboca mientras él baja la mirada, amenazante.
—A mí… No creo que estés en condiciones de entenderlo.
Parpadeo, porque creo que me acaba de llamar estúpida, pero de forma muy sutil.
—Yo me parezco a Ryu, siempre me voy a fijar en los hombres que no me quieren —digo apoyándome sobre la mesa, sintiéndome agotada. Estoy hablando de más, y en algún momento debería detenerme, pero he perdido las riendas de la razón, y mi cerebro y mi lengua han tomado senderos irreconciliables—. Primero fue mi cuñado, lo cual es una tontería, porque era mi cuñado. Pero era tan amable conmigo…
Ranma me observa en un silencio anormal, quieto como un cazador en la maleza, pendiente del más mínimo ruido.
—Después pasó todo aquello de las deudas y… Bueno, mi adolescencia se volvió una mierda. La policía se presentó un día en el instituto y circularon muchísimos rumores. Hasta entonces tenía montones de pretendientes y todos se largaron. T-O-D-O-S. Y los que no, trataron de aprovecharse.
—Ummh —Ranma bebe de su cerveza y aprieta la mandíbula, está tenso como la cuerda de un arco, pero yo no puedo parar, me he tirado por una pendiente de la que solo puedo esperar terminar revolcada en millones de capas de autocompasión.
—Y ese cerdo de Shinnosuke… —levanto la cabeza indignada—. ¿Qué tipo de primer beso fue ese?
Ranma escupe la cerveza y la mitad de la taberna se gira para verlo, porque está tosiendo como si se fuera a morir. Hasta yo me asusto y por segunda vez en el día comienzo a darle golpecitos en la espalda, se tranquiliza poco a poco y se seca la barbilla. Se levanta y ni me mira.
—Voy a tomar el aire —dice con voz estrangulada, yo me quedo donde estoy haciéndome paulatinamente consciente de que quizás no me he explicado bien, y poco a poco un peso horrible se apodera de todo mi ser. La ansiedad me sacude mientras me pongo en pie y voy en busca de Ranma. Me abrocho su chaqueta y salgo afuera, donde encuentro al gigantesco guerrero mirando hacia el cielo, pensativo.













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NOTA DE AUTORA:
Pobre Ranma, quizás está mal que lo diga, pero me resulta muy divertido hacerle sufrir. Este capítulo me gusta especialmente, sobre todo porque el flirteo entre ellos se vuelve muy intenso al tiempo que Akane comienza a verse con el agua al cuello en más de un sentido. Espero que lo hayáis disfrutado. Isabel ha hecho unas ilustraciones MARAVILLOSAS, llenas de color y detalles, tan descriptivas y perfectas que parece haberlas sacado directamente de mi cabeza. Nunca podré expresar lo mágico que me sigue resultando haberme embarcado en este proyecto con ella.
Gracias también a mis betas, a las cuales les sigo dando una cantidad de trabajo ingente que no creo que pueda compensar jamás, ni invitándolas a comer y a varias rondas de mojitos… Pero lo voy a intentar. Y por supuesto gracias a Danisita, que con su maravillosa traducción hace que este proyecto llegue a muchísimas más personas. Me gusta mucho leer el fic en inglés, me da la impresión de que lo ha escrito otra persona, alguien con más talento que yo. Gracias, gracias, gracias.
Y por supuesto, gracias a todos por apoyarnos y seguir leyendo.
NOTA DE ILUSTRADORA:
Regresamos después de un largo Hiatus… y regresamos con este capitulazo. Esos dos al final UUUUFFF fuego fuego.
Esperamos sus comentarios aquí en la página QUE NO LES CUESTA NADA DEJARLOS (recuerden que es nuestra única paga) y gracias por leernos :)))


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