Capítulo 9: Le quiero.

Le quiero.

La cabeza me va a estallar, y el corazón también. 

Lo he besado, eso he hecho. Lo he besado y él me ha besado a mí. 

Y por todos los dioses, eso sí que ha sido un beso.

Recordar sus enormes brazos asiéndome contra él me hace gemir de una necesidad febril y desconocida. Recomponer sus palabras en mi cabeza me hace arder de furia. 

Estoy hecha una ruina, con la ropa empapada y descolocada, con mi pelo revuelto como si acabara de hacer exactamente lo que acabo de hacer. Solo hay una certeza en mi cabeza, solo existe una esperanza que va contra toda lógica y sobre todo, contra sus deseos. No va a convencerme de lo contrario, ni con sus palabras ni con sus caricias.

Voy a luchar contra Shampoo. 

Camino durante el suficiente rato como para olvidar el enfado y el deseo, decidida. Cuando llego al puerto, el sol brilla en lo alto del cielo y mi ropa casi se ha secado. 

No podría perdonarme jamás si no lo intento, no viviré con esa carga, con la incertidumbre de lo que pudo ser y no fue a causa de mi cobardía.

Trago saliva mientras me abro paso hacia la entrada de la poza, llamo a la puerta normalmente abierta, lo vuelvo a hacer una y otra vez, hasta que lo que parece una agotada limpiadora me abre la puerta con malos modos y un cigarrillo en la boca. 

Entro sin preguntar, debe haber alguien con quien pueda hablar. Me dirijo hacia ese lugar en lo alto, la sala que ocupa Tarô, aunque no sé qué demonios iba a hacer ahí un domingo en la mañana. Me encuentro a un tipo ordenando papeles en un escritorio amplio al fondo del todo, alza una ceja y me mira con interés. 

—¿Querías algo? 

—Quiero luchar contra Shampoo —declaro, él sonríe y toma su teléfono. 

—Espera aquí —dice señalando uno de los cómodos sofás y saliendo por la puerta.

Me quedo sola dentro del espectacular espacio. No pienso sentarme porque no he dormido en toda la maldita noche y seguro que me quedo inconsciente, y ya he hecho suficientes tonterías. 

Quizás estoy a punto de cometer la peor de todas. 

Espero dando vueltas, arreglándome el cabello en los espejos, admirando la colección de objetos raros colgados en las paredes: máscaras hannya, lanzas naginagas, katanas, sais y kunais. 

Hay una gran armadura en mitad de la sala, montada en un pequeño pedestal para ser admirada. Es roja y de factura impecable, parece revestida de escamas y su casco se me antoja enorme, con una máscara de demonio pintada igualmente de rojo, amenazante. 

Creo que transcurre más de una hora, y mientras me desespero me da tiempo de sobra a rememorar una y otra vez los besos de Ranma, su cuerpo duro contra el mío, sus manos recorriéndome exigentes. Me escondo de mis propios actos, de la vergüenza de mi descaro. 

Yo lo he provocado, yo he pedido arder y él me ha prendido fuego. 

No sabía que se sentiría tan bien, el torso de Ranma, sus deliciosos labios, sus brazos amarrándome fuertes como cuerdas. Tan hipnótico y atractivo, tan indiscutiblemente demoledor. Me muerdo el labio inferior sin poder negar que me he quedado con ganas de muchísimo más. 

Justo en ese momento Tarô hace acto de presencia. Lo cierto es que ni siquiera esperaba encontrarlo a estas horas. Luce un traje de evidente manufactura y mientras entra en su despacho se desabrocha de forma casual los botones de su carísima chaqueta. Me observa con curiosidad y toma asiento tras la mesa imponente. 

—Akane Tendô, ¿a qué se debe tu visita? —pregunta alzando una ceja y rebuscando en uno de los cajones del escritorio. Después saca una libreta y comienza a pasar páginas de forma metódica.

—Quiero luchar contra Shampoo —repito por enésima vez, Tarô detiene su tarea y suspira reclinándose en su silla.

—Ya veo —dice desapasionado, parece contrariado. Saca del cajón una calculadora, un elemento viejo y anacrónico, tiene botones grandes y naranjas, y una pantalla verde cuyas cifras comienzan a ascender mientras él teclea enfervorecido —. En tres meses quizás, aún necesito que te luzcas un poco —comenta pensativo, y eso me hace arder la sangre. 

Avanzo y doy un golpe con las dos manos en la mesa, y lo observo llena de una ira sorda que me palpita en las sienes y en el cuello.

—La semana que viene —declaro sin ceder un ápice, él alza una ceja.

—¿Necesitas dinero urgentemente? ¿Es eso? —adivina sin problemas, y yo tiemblo un poco sin querer perder ni un ápice de la seguridad que me llena y poseo, de mi plan kamikaze.

—Puedo con ella —digo de nuevo, y él sonríe de medio lado.

—Dame una cifra, quizás pueda hacerte un préstamo —comenta de forma casual, suave, me tiende una hoja y una pluma estilográfica. Acepto el objeto y lo miro con reverencia, es dorada y evidentemente carísima. Nunca he escrito con nada parecido. Apoyo la punta en el blanco papel y la tinta se acumula en su punta, haciendo un pequeño charco negro antes de que yo escriba esa gigantesca cifra, la que me persigue y atormenta.

Se la tiendo, la mira sorprendido, después me mira a mí.

—Puedo conseguirte este dinero, pero vas a tener que hacer algo mucho más interesante que luchar, y durante mucho más tiempo.

Trago saliva y niego.

—¿No? ¿Segura? Podrías elegir a tus propios clientes, al menos al principio…. Y pagarían bien, aún más si fueras virgen. 

Doy un paso atrás, es tal y como Ranma me advirtió, una espiral de codicia y corrupción. No sé qué esperaba viniendo sola a este lugar, pero está claro que no me están ofreciendo lo que pido. 

—Sólo quiero luchar este viernes.

Él me analiza y atisbo una sonrisa victoriosa en su rostro. Sabe que estoy desesperada, yo misma se lo acabo de gritar a la cara. Es como una araña esperando en su red, sabiendo que los insectos terminarán por caer en la trampa, que solo es cuestión de tiempo. Me retiro lentamente de la mesa, poniendo un poco de espacio entre ambos, y me encuentro echando un vistazo sobre mi hombro para localizar la puerta por la que he entrado, solo por si acaso.

—Hablaré con Shampoo, y si acepta tendrás tu combate. Pero es una pena, esperaba que pudiéramos divertirnos un poco más.

Él también asume que voy a perder, pero no soy tan estúpida como para reafirmar mi punto en una pelea verbal, con que acuerde el combate tengo más que suficiente.

Comienzo a caminar hacia atrás, reconociendo la amenaza que representa, el maldito peligro al que me acabo de exponer. Él me dedica una sonrisa que no llega a sus ojos, y me deja marchar. No puedo más que suspirar de alivio cuando alcanzo la puerta y la cierro a mi espalda, después avanzo a pasos rápidos por el pasillo, deseando llegar al exterior.

.

..

El turno en el restaurante está siendo un auténtico infierno.

Shinnosuke ha renunciado, y en la puerta hay un cartel que reza: “Se busca nuevo empleado”, por el cual aún nadie ha preguntado. No es como si a los clientes les interesara especialmente que ande como una desquiciada entre las mesas o que no haya nadie que lave los platos. 

La señora O. tampoco parece contenta, me ha dedicado varias miradas llenas de pesar y me ha prometido una paga extra por las molestias. Eso en cualquier otro momento sería música para mis oídos, pero empiezo a entender que diez mil yenes más en mis bolsillos me sirven de poco. 

Me deslizo entre las mesas y atiendo como puedo a los clientes, y al borde del mediodía veo entrar por la puerta una cara conocida. 

El policía me sonríe, viste un perfecto uniforme azul y se quita su gorra, poniéndosela bajo el brazo e inclinándose hacia mí, en señal de respeto. Después toma asiento en la barra, cerca del taburete que suele ocupar Ranma.

—¿Qué va a ser? —pregunto intentando que no note mi cansancio y el sudor que resbala por mi sien. 

—Lo que comí la otra vez estaba delicioso —señala con una sonrisa, y está a punto de continuar cuando yo me doy la vuelta para llevar la orden a la cocina. En cualquier otra circunstancia me encantaría pararme a charlar unos instantes, pero estoy teniendo un turno de mierda. 

Llevo la orden y me pongo a limpiar platos, la puerta vuelve a abrirse y en su marco se encuadran unos hombros anchos y su figura portentosa. El corazón me sube a la garganta cuando Ranma barre con la mirada todo el pequeño restaurante y su vista se posa en mí, severa, anhelante.

Siento cómo me tiemblan las piernas y me duele el pecho, trago saliva mientras bajo la mirada hacia mi tarea. No necesito más malditas distracciones en estos momentos, y sobre todo, no puedo enfrentarlo con normalidad.

Sin embargo él no parece sufrir de la misma forma que lo hago yo, deja su bolsa en la barra y me mira interrogante.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta, y estoy a punto de gritarle que no, y que no se acerque más, que se vaya por donde ha venido, y que deje de ser tan malditamente amable y perfecto.

—Estoy bien.

Chasca la lengua mientras su mirada se pasea de nuevo por los comensales inquietos, por las órdenes que se acumulan en la barra de la cocina. Se quita la chaqueta deportiva y casi dejo caer la mandíbula cuando sus brazos quedan expuestos con esa camiseta de tirantes amplios, se dirige al vestuario y sale al poco, con un delantal y una determinación inquebrantable.

—Déjame a mí, tú ocúpate de la sala.

—¿Trabajas aquí, Saotome? —pregunta el policía, el cual no ha perdido detalle de toda nuestra conversación.

—Come y calla, Hibiki —ataca mordaz, tomando mis caderas y empujándome con delicadeza, lejos de la pila de platos sucios. 

Podría oponer resistencia, podría protestar, y sin embargo no lo hago. Cierro la boca y tenso los labios hasta que forman una línea blanquecina.

No voy a discutir con él de nuevo, no delante de todo el mundo, así que acepto su ayuda y continuo sacando platos a las mesas. 

A la hora puedo sentir que la dinámica en el trabajo cambia, todo fluye de forma fácil. El policía ha estado interrogando a Ranma y después se ha despedido de mí, serio y efusivo, antes de irse para continuar trabajando. 

La sala se va vaciando, y la señora O. casi besa al chico de la trenza cuando se entera de que se encuentra ayudando, creo que hoy le pagará un poco más que la última vez. 

Me encuentro recogiendo mientras él hace lo propio en un silencio tenso que no me atrevo a romper. 

—Espero que la señora O. no tarde mucho en encontrar camarera —comenta de manera casual mientras sube unas sillas sobre las mesas con una facilidad insultante.

Yo asiento distraída mientras paso un trapo por la barra.

—Creo que ya tiene una candidata, la conoceré mañana —respondo en voz baja.

—Me alegro, es demasiado trabajo para ti sola —continua. 

Nuestra conversación pendiente queda en el aire, a la espera de que alguno de los dos tenga el valor para enfrentarla. Le miro de forma discreta y lo encuentro terminando de fregar, concentrado, se gira y me captura en el acto, sus mejillas se encienden y se aclara la garganta.

—Akane, yo… No quería que te enfadaras —dice dejando lo que está haciendo y viniendo hacia mí, mirándome desde el otro lado de la barra.

Asiento, entendiendo su punto, pero intentando hacer valer el mío.

—Me duele que creas que no puedo vencer —digo mirando hacia mis pies, sintiendo que me tiemblan las manos y me escuecen los ojos.

—Puedes hacerlo, pero aún no. Necesitas entrenar más y ganar experiencia en combates reales, solo te pido que esperes, yo te diré cuándo estás preparada —Sus ojos azules están llenos de sinceridad y desesperación, el corazón se contrae en mi pecho y me agarro las manos, sintiendo que es inútil engañarlo o tratar de ocultar lo que inevitablemente va a suceder.

Alzo los ojos y lo miro, compungida.

—Le he pedido a Tarô que arregle el combate, si Shampoo está de acuerdo nos enfrentaremos en cuatro días.

—¿¡Que has hecho QUÉ!?

Su rostro se torna blanquecino y su mandíbula cae ligeramente mientras yo alzo la barbilla y junto mucho los labios, intentando no temblar ante su estupefacción. Ranma me mira como si fuera la primera vez que lo hace, sus cejas se juntan en un gesto de confusión absoluta.

—Te has… ¿Te has metido en ese puto sitio y has ido a hablar con ese demente?

—Sí.

Toma aire y lo suelta muy despacio, como si estuviera intentando tranquilizarse, cuando sus pulmones se quedan vacíos y sus ojos me perforan llenos de muda rabia solo tengo ganas de encogerme y desaparecer.

—No lo hagas —dice sin embargo, todo él tiembla mientras sus manos se apoyan en la barra y se inclina sobre mí—. No lo hagas.

—Ya está hecho.

—No vas a escuchar nada de lo que yo te diga, ¿verdad? Solo pretendes que me quede ahí, mirando mientras te destroza —Su voz se rompe y me rompe a mí en pedazos, salgo de detrás de la barra y lo miro mientras mi determinación se tambalea.

—Tienes que entenderlo.

—Una casa no vale tu vida, un sueño no se puede comparar con todo lo que eres —resopla—. Si crees que voy a apoyarte en esta locura, te equivocas.

Se quita el delantal lleno de rabia y me esquiva en el estrecho pasillo, escucho la puerta del vestuario a mi espalda, y sé que está agarrando sus cosas. Apenas un minuto después sale ya vestido y con su bolsa al hombro.

—Ranma… —intento de nuevo, pero él me mira, y a la vez no lo hace. Está enfadado conmigo y eso me duele más que cien puñetazos de Ryu.

—Haz lo que te dé la gana, pero no esperes que te apoye. No voy a ver cómo te machacan, Akane, y no te voy a entrenar más. 

Las palabras me golpean, bajo la mirada, aceptándolas a pesar de todo. No puedo evitar que las lágrimas resbalen por mis mejillas mientras escucho la puerta cerrarse tras él. ¿Esto es una despedida? ¿Terminamos así, antes siquiera de haber empezado? Lo veo todo borroso, me obligo a arrastrar los pies hacia la salida, echo la llave y camino sonámbula hasta la casa de baños.

Me sumerjo en la solitaria bañera, deseando que todos mis problemas se terminen y disuelvan, que Ranma me vuelva a sonreír como después de mi último combate.

Emerjo al borde del ahogo y me permito llorar ahí, en la quieta soledad, rodeada de agua caliente. Me golpeo las mejillas y me doy ánimos. Nunca he necesitado a nadie, así que perder a mi único apoyo, mi único amigo no debería dolerme tanto. Puedo con esto y mucho más, yo puedo con todo. 

Me lo repito como un mantra, pero sé que no es verdad. Ese estúpido se ha vuelto un pilar en mi vida, un faro al que mirar, una mano en la que apoyarme. Siento que me falta el aire, que no sobreviviré sin él. 

En vez de regresar a mi casa hago una locura, algo que llevo demasiado tiempo sin hacer. Regreso al dojô Tendô y, sin atender a las advertencias de Kuno, me cuelo dentro del terreno, asalto el jardín y trepo hasta la ventana de mi antiguo cuarto. Es vieja y cede con facilidad, los cierres de aluminio hace ya mucho tiempo que están rotos por falta de mantenimiento.  

Me cuelo en el polvoriento espacio que fue mi morada durante toda mi infancia. Ya no hay muebles, ni camas, apenas hay restos de los que vivimos aquí. Papá lo vendió todo antes de que nos echaran. Camino sobre las viejas maderas que crujen a mi paso, y la casa vacía no me insinúa viejos y alegres recuerdos, de repente el espacio se me antoja inerte, extraño. 

Los días de risas terminaron cuando yo era aún demasiado niña para entender que era feliz. La muerte de mi madre lo consumió todo. Ahora no escucho su voz resonar entre estas paredes, ahora solo escucho a Kasumi llorando, rogando a nuestro padre porque parara de jugar o de beber. 

Hablando con esos hombres que se llevaban las cosas de nuestra casa mientras yo refulgía llena de odio y Nabiki sufría un ataque de pánico. Niñas, solo éramos niñas. 

No deberíamos haber pasado por todo aquello, lo sé, las tres lo sabemos, solo que yo aún continuo anclada a este terco deseo, a una tenue esperanza. 

Visito la habitación de mis padres sin saber qué estoy buscando, y encuentro un espacio vacío en el que resuena mi respiración. Está lleno de polvo posado, y hay una humedad en el techo. 

La pena me consume, no sé qué demonios estoy haciendo aquí. Si pudiera elegir, si fuera sincera conmigo misma elegiría estar entre los brazos de Ranma, mientras él me arrulla con su enorme cuerpo, con su asfixiante calor. La extrañeza hace que mis pasos se tambaleen, que me sienta a punto de derrumbarme. Regreso a mi habitación y salto por la ventana, no sin antes echar un último vistazo a mi antiguo hogar, sintiendo que ahora ya no puedo decir que lo siga siendo.

.

..

Después de mi carrera matutina mis pasos me llevan inevitablemente a la sala de entrenamiento. No sé qué cara poner, ni siquiera sé si va a querer mirarme.

Su indiferencia me duele demasiado, pero tiene que entenderlo. No me queda otra salida, debo vencer a Shampoo, con o sin su ayuda. 

Empujo la puerta y la encuentro abierta, eso me hace suspirar aliviada porque al menos no está tan enfadado como para no venir. Tomo aire y abro de un golpe, y me encuentro con Ryu, cruzado de brazos en mitad de las lonas, esperándome.

—La has jodido —dice con el ceño profundamente fruncido y más enfadado de lo que lo he visto jamás. Cierro tras de mí y camino hacia él, sintiendo la ansiedad agarrarse a la boca de mi estómago mientras compruebo que Ranma no está por ninguna parte.

Alzo la mirada sabiendo que me va a caer una buena bronca, pero no voy a huir. He tomado una decisión y estoy dispuesta a asumir las consecuencias. 

—Ya me estás explicando qué mierda le has dicho para que esté así de desquiciado, ¡ni siquiera ha dormido! Le he tenido que meter somníferos en el agua para que se estuviera quieto, y ni con esas. Habla rápido, porque al parecer ahora tengo un bebé de ochenta kilos de músculo que cuando se despierte de su “siesta” va a tener ganas de reventar cráneos. 

Trago saliva, saber eso hace que me ardan las mejillas, que se me acelere el pulso y tenga ganas de arrancarme el corazón. Ahora que le miro de cerca Ryu tiene profundas ojeras, y parece extremadamente cansado.

—Voy a pelear con Shampoo —digo por enésima vez, mi interlocutor guarda silencio y después resopla incrédulo.

—No quería creerlo, pero al parecer estás completamente chalada. 

Le miro ceñuda y él avanza con las manos en los bolsillos y mortalmente serio.

—¿Sabes que puedes morir, verdad? Hay gente que nunca sale de la poza —susurra cerca de mi oído, haciendo que se me congele la sangre en las venas, alzo la mirada cargada de un miedo cerval y primitivo, los ojos de Ryu son oscuros y nada tienen que ver con los azules de Ranma, son profundos como un abismo, su iris se confunde con la pupila—. Y si eso pasa, si te ocurre algo… Mi hermano enloquecerá. 

Nunca imaginé que nuestra conversación pudiera volverse tan afilada, las palabras de Ryu se me clavan como un maldito puñal.

—Necesito el dinero —Ahora mis razones suenan demasiado pobres, casi miserables. Él resopla malhumorado. 

—¡Todos necesitamos dinero, pero debes saber medir a tus rivales pedazo de cabezota! Esto ya no va solo contigo, hay personas a las que les importas de verdad, y deberías hacerte responsable de eso. 

Mis ojos se cuajan en lágrimas, no es justo. Ellos llevan años combatiendo sin reglas, sin piedad. Arriesgando sus vidas a cambio de gloria y dinero sucio, y al parecer yo no puedo aspirar a lo mismo. No estoy equivocada en mi empeño, y si pierdo… Y si muero al menos habré dado lo mejor de mí.

—Entréname hoy, voy a pelear os guste o no —digo con los ojos brillantes y los dientes apretados. Ryu me mira y siento la inevitabilidad de su ira cernirse sobre mí, la misma que vi en Ranma, pero con una intensidad diferente.

—Intentaré que no te mate ni te deje paralítica, ¿te parece suficiente? —gruñe, y yo trago saliva sin querer reconocer que no, no es suficiente, yo aspiro a muchísimo más. Mi determinación no conoce límites, y la desesperación que siento tampoco. Estoy dispuesta a apostarlo todo, hasta mi vida.

—Vamos —digo firme, poniéndome en guardia, y entonces mi segundo sensei me pega la peor paliza de mi vida. 

.

..

No voy a poder luchar en este estado, lo sé bien. 

Si la primera vez que peleé en la poza tuve que vendarme las costillas, de este enfrentamiento he salido peor. No ha parado de arrinconarme ni de tirarme golpes sin piedad mientras señalaba mis puntos débiles. He tratado de esquivar y bloquear, he respondido, pero su experiencia y su fuerza me superaban por mucho. Si hubiese querido habría terminado conmigo, me habría causado una lesión lo suficientemente grave para que cejara en mi empeño y así se habría salido con la suya.

Sin embargo Ryu ha respetado mis articulaciones, no así a mis pobres músculos. Creo que tengo moratones hasta en los dedos de los pies. Escupo restos de sangre en el lavabo del gimnasio, que está extrañamente limpio desde la última vez que lo usé.

Me duele la mandíbula y hay un hematoma que se extiende por mi sien. Me siento mareada y apenas puedo levantar los brazos. No sé si esto ha sido realmente útil, pero desde luego que he aprendido a esquivar golpes duros, aunque sea a base de otros tantos. 

Me dejo caer con un gemido en el suelo del baño e intento respirar con normalidad. Siento una presencia sobre mí, Ryu me observa cruzado de brazos, serio y rudo.

—Ella es más rápida que yo, pero no pega tan fuerte —dice con un tono extrañamente didáctico.

—Vale, gracias —digo levantándome, más por puro orgullo que porque pueda hacerlo.

—Deberías entrenar musculación, fortalece los hombros y los codos, no dejes que te haga eso

Asiento agarrándome el costado, tampoco es como si tuviera mucho tiempo, pero mis años de descargar cajas en el mercado juegan a mi favor. Con eso debería bastar. 

Ryu vuelve a fruncir el ceño y siento que quiere decirme algo más, algo importante, pero se muerde la lengua y se despide con un cabeceo. Aún está enfadado, pero agradezco que a pesar de todo haya consentido entrenarme. 

Me ducho rápidamente con agua fría, y después salgo del gimnasio intentando no renquear. Cuando llego al restaurante estoy al borde de la extenuación. 

Atravieso la puerta, y me encuentro frente a una desconocida. Una chica de sonrisa alegre y cabello teñido de verde da un paso hacia mí.

—Tú debes ser Akane —dice con ojos brillantes e ilusionados. Lleva mechas rosas y un semirecogido que por un instante me hace anhelar mi cabello largo. Asiento, y entonces sus ojos se posan en los golpes recientes de mi cara, en mi postura encorvada, en el sudor que perla mi frente. —Vaya, ¿te encuentras bien? —pregunta inclinándose hacia mí, y no tengo el valor de quitarle importancia a mi estado, porque creo que me voy a desmayar aquí mismo, en el pasillo del restaurante, entre las mesas y la barra.

—No mucho —jadeo palpando una silla y tomando asiento con un suspiro lleno de dolor. Ella me examina meditabunda y después parece tomar una decisión. Sale disparada hacia el vestuario, y solo entonces comienzo a entender que esa chica debe ser mi nueva compañera de trabajo. Regresa con un vaso de agua y una tableta de pastillas. 

La miro como si fuera un ángel que acaba de descender del cielo. 

—Tomátelo, es un analgésico fuerte. Te garantizo que en un rato estarás como nueva —dice guiñandome un ojo, y desde luego que no estoy en posición de rechazar su amabilidad. Hago lo que me dice, ella me observa y me sonríe de regreso—. Por cierto, soy Akari Unryu. A partir de ahora trabajaré aquí.

—Encantada Akari, discúlpame, no llevo un buen día… semana… —jadeo poniéndome en pie y dirigiéndome hacia el vestuario, ella me sigue con gesto preocupado.

—La encargada ya me dijo que haces artes marciales, eso es admirable, pero peligroso —continúa mientras me deshago de mi fina chaqueta y me pongo el delantal—. En todo caso no te preocupes, ya he trabajado en otros restaurantes, creo que puedo encargarme del primer turno. Tú descansa.

—¿Qué?

—Échate una siesta, y cuando te encuentres mejor vienes a ayudarme —dice mientras me guiña un ojo. Estoy a punto de abrazarla y echarme a llorar. 

—P-pero es tu primer día, no puedo consentirlo.

—Somos compañeras, es lo normal. Un día por ti, otro por mí.

Su mirada cálida e inocente me desarma, asiento avergonzada y acepto el trato. Vuelvo a colocarme la chaqueta y me acurruco en uno de los pequeños sofás que solo se usa para dejar ropa o para comer rápidamente en mis escasos descansos. Suspiro aliviada y caigo rendida, me duermo en menos de dos minutos. 

.

..

—Akane —alguien me mueve el hombro, ese en el que Ryu me ha dado una patada lateral y he acabado rodando como un balón sobre la lona. Hago un gesto de dolor mientras abro los ojos, y me encuentro con la limpia mirada de Akari, la cual suspira aliviada cuando me froto los ojos.

—¿Qué hora es? —pregunto dando un hondo suspiro, ella saca su teléfono del bolsillo posterior de sus pantalones.

—Las tres, has dormido cuatro horas.

—¿¡Qué!? —Me levanto de golpe y me fallan las rodillas, caigo de morros y me amortiguo con los brazos con un gemido. Esta chica debe estar pensando lo peor de mí. Me quedo un humillante instante a los pies del sillón y ella estalla en una carcajada sincera y libre de todo juicio.

—Estás hecha una pena —señala lo evidente, tendiéndome una mano que acepto más que encantada. Me pongo en pie y sacudo el polvo del suelo, me siento más descansada, aunque estoy segura de que los moratones solo han ido a peor.

—Discúlpame por favor, esto no es para nada habitual —digo avergonzada, pero ella niega y señala hacia la mesa de la zona de descanso.

—La señora O. ha hecho onigiris, te ha guardado varios. Come y sal afuera cuando termines, hay alguien preguntando por ti.

El corazón me da un vuelco y se me incendian las mejillas, me retuerzo las manos cargada de una súplica interna, una muda esperanza.

—¿Un chico? —pregunto sin poder evitarlo, con los nervios atándose como sogas alrededor de mi estómago.

Akari sonríe llena de sospechas.

—¿Tienes novio?

—¿Novio? No, él… No puedo decir que sea mi novio —concluyo bajito y llena de timidez, pero mi nueva compañera de trabajo es lista, sabe leer entre líneas.

—Luego me lo cuentas, pero no se trata de un chico, es una mujer, ¿una amiga, quizás?

La observo confundida y doy un paso hacia la puerta, la abro apenas una rendija y espío la sala.

—Yo no tengo amigas, solo enemigas mortales —susurro mientras mis ojos se posan en la última persona que esperaba ver aparecer en el restaurante. Contengo la respiración mientras observo a Shampoo sentada en una de las mesas, olisqueando un bol de ramen de forma grosera.

Mucho me temo que mi día de mierda no ha hecho más que empezar. Trago saliva y abro la puerta, me dirijo hacia la mesa y tomo asiento frente a Shampoo, la cual está sorbiendo los fideos de forma analítica.

No me hace ningún caso hasta que le da un buen sorbo a la sopa y deja el bol sobre la mesa.

—Ser mejor el mío —dice para nadie en particular, pero sigue comiendo contradiciendo sus propias palabras.

—¿Me buscabas? —pregunto impaciente, la luchadora china me lanza una mirada perforante con sus ojos maquillados.

—Dar asco —aporta tras mirarme a la cara medio segundo—. ¿Tan mal ir el último combate?

—No, fue genial. Gané casi sin esforzarme, pensaba que estarías más atenta a mis avances.

—Shampoo tener cosas más importantes que hacer que presenciar combate de dos perdedoras —dice mientras agita una mano, restándole importancia. Su japonés es bastante mediocre, pero tampoco soy quien para opinar porque yo no hablo ni una palabra de chino. Un par de clientes pasan junto a la mesa y se quedan mirándola estupefactos, ella les sonríe de forma venenosa—. Me han dicho que querer luchar.

Me envaro en la silla, como si estuviera en una maldita entrevista de trabajo.

—Así es —asiento—. Este viernes.

Shampoo remueve su plato de ramen con los palillos, pensativa.

—¿Tener ganas de morir? —pregunta con un tono gélido, pero con un deje de diversión. Aprieto los puños sobre mis muslos, arrugando la tela de mis pantalones.

—Tengo ganas de enseñarte a cerrar esa bocaza.

Alza una ceja y deja los palillos flotando en la sopa, se cruza de brazos. Ahora hemos comenzado a hablar de verdad.

—Estar muy segura, ¿querer apostar algo?

—¿Apostar? ¿Tú y yo?

Ella se inclina y me mira sin pestañear.

—Si Shampoo gana tú nunca volver a hablar con Ranma.

La propuesta me pilla con la guardia baja, jadeo incrédula.

—Esto no tiene nada que ver con él, déjalo al margen —respondo poniendo ambas manos sobre la mesa y golpeando ligeramente la madera, ella también pone las manos en la superficie y se inclina más.

—¿Querer a Ranma solo para ti?

—Quiero luchar contigo, ni sueñes que voy a prometer nada absurdo.

—¿Tener miedo a perder? —pregunta dulcificando su voz, llenándola de ponzoña. Sé que trata de engañarme, pero no soy tan estúpida como para caer en un juego tan evidente. 

—Él no es algo sobre lo que pueda apostar. Ranma es una persona, jodida psicópata.

Shampoo vuelve a apoyar la espalda sobre el respaldo de su silla y se balancea con los brazos cruzados, apretados en un nudo fuerte bajo sus pechos. Ignora mi insulto y sonríe de forma cínica.

—Si luchar Shampoo matar y quedar con Ranma de todas formas.

—Bien, veamos si puedes —acepto su bravata, no me achanto ni cedo un centímetro. No debe estar acostumbrada a que le planten cara, porque veo caer la sonrisa en sus perfectos labios hasta que su boca se convierte en un punto arrugado como el culo de un gato.

—Combate en dos semanas, Shampoo no lucha contra despojos —dice apuntando al desastre de mi cara, casi suspiro de alivio al entender que ha aceptado mi reto. Vamos a tener una pelea de verdad.

La excitación invade mis células, todo mi cuerpo tiembla ante la promesa del enfrentamiento, 

—Bien —asiento firme, aceptando sus condiciones. 

No se molesta en terminar su tazón de ramen, se pone en pie con ese desdén suculento que parece poseer sus movimientos, varios hombres la siguen con la mirada mientras ella se echa hacia atrás los cabellos en un gesto estudiado y embriagador.

—Poner en orden tus asuntos, Shampoo no tener piedad —declara como quien da las buenas tardes, y yo me muerdo el labio inferior porque sé que quiere provocarme.

—Le daré recuerdos a Ranma de tu parte —sonrío con la misma falsa dulzura que ella me ha dedicado, y eso la enfurece. Siento sus ojos asesinos sobre mí, como si se estuviera planteando hacerlo aquí y ahora.

—No molestarte, Shampoo ya haberlo saludado en la mañana —responde sin embargo, y ahora la que me pongo lívida soy yo, intento aparentar una tranquilidad que no siento mientras ambas nos apuñalamos con los ojos.

Finalmente la luchadora se marcha airada, dando un portazo, sin molestarse en pagar por su comida. Siento todas las miradas de los clientes posadas sobre mí, y tengo la sensación de que nuestra conversación ha sido mucho más pública de lo que me hubiera gustado. 

Me levanto de la mesa, intentando tranquilizarme y centrarme en trabajar. Es el primer día de Akari, la he dejado completamente sola y para rematar su opinión sobre mí acaba de presenciar mi intercambio de arengas con Shampoo. 

Debe pensar que soy una aprovechada, y que ando metida en un buen lío. 

Al menos con una de las dos cosas no se equivoca.

Recojo el bol asumiendo que tendrá que salir de mi sueldo. Ni siquiera lo ha terminado, pedazo de cabrona. Lo que ha dicho sobre saludar a Ranma seguro que no es verdad, solo una forma de hacerme dudar. Es experta en esas cosas, en explotar las inseguridades de los demás. Parece que tenga un jodido radar.

Tomo los platos terminados de otras mesas y me dirijo al fregadero, Akari se cruza conmigo y me arrastra hasta una esquina mientras yo intento equilibrar los platos.

—Akane, eso ha sido…

—¿Lo has escuchado? —pregunto con pesar, porque el restaurante no es tan grande para simular lo contrario.

— …increíble! ¡Eres la mejor!

—¿Eh?

—La forma en la que le has plantado cara y la has echado, yo hubiera estado temblando todo el rato.

—No la he echado, se ha ido.

—No te quites mérito.  

Quizás la que se ha hecho una idea equivocada de Akari soy yo. Sus ojos brillan llenos de resolución, de un fervor que roza la adoración.

—¿Gracias? —aventuro sin saber muy bien qué decir.

—Cenemos juntas en cuanto acabe el turno, por favor —suplica con sus cejas muy juntas, y yo pestañeo descubriendo que soy débil ante la amabilidad, y más si viene de otra mujer. Asiento despacio y ella pega brincos en el sitio, emocionada. 

Supongo que tengo algo así como una cita.

.

..

Desde el restaurante nos dirigimos directamente a una de las pocas tabernas de alrededores que cierran tarde. Es un bar lleno de abuelos que fuman demasiado y apestan los platos, pero así me va bien. Akari me agarra las manos emocionada y me sonríe radiante mientras me tiende una cerveza.

—Supe que íbamos a llevarnos bien en cuanto vi tu teléfono.

—¿Mi teléfono? —pregunto confundida, sacando mi viejo móvil de uno de mis bolsillos. El maldito cacharro lleva todo el día callado, sin señales de Ranma, doy un hondo suspiro mientras repaso una vez más mis mensajes, como de seguro llevo haciendo todo el día en el trabajo.

—Es por P-chan —señala el pequeño llavero que llevo como adorno colgando de la carcasa, la mascota del distrito de policía de Nerima. Ni siquiera lo compré, lo conseguí de casualidad el día que anunciaron el diseño y regalaron merchandising—. Soy súper fan de P-chan —dice sacando su propio teléfono y enseñándome el mismo llavero, lo cual despierta en mí una inmediata sonrisa. 

—¡Es…

—¡Me parece…

— …adorable! —concluimos al mismo tiempo, y estallamos en una sincera y feliz carcajada. Akari tiene un aspecto un poco excéntrico, pero yo también. Ella no me juzga por estar absolutamente golpeada, no me ha hecho ni una sola pregunta incómoda, y eso es relajante, por no hablar de que trabaja de maravilla.

—¿Y de qué iba esa? ¿Quiere robarte el novio? —dice bajando el volumen a uno más confidencial, yo le doy un trago a mi bebida intentando encontrar las palabras adecuadas. 

—No es mi novio, pero… Sí, es exactamente lo que quiere.

—Vaya zorra.

La afirmación me pilla fuera de juego, la miro estupefacta y ella se encoge de hombros, como si no acabara de decir lo que llevo pensando demasiado tiempo, pero sin tener el valor de pronunciar en voz alta. Quizás no fuera falta de ganas, quizás era que no tenía con quien expresarme con tanta libertad. 

—¿Qué? Nadie le habla así a mi amiga —dice chocando con su botellín contra el mío, y dándole un largo trago

—¿Amiga?

—Amiga —sonríe—. Bueno, solo si tú quieres. 

—Sí —asiento intentando no parecer una maldita desesperada, agarrándome a ese salvavidas con las dos manos.

Intercambiamos los números de teléfono, hacemos bromas, Akari me habla sobre un policía guapísimo que ha venido a comer a mediodía. Para cuando me quiero dar cuenta es pasada la media noche y ambas estamos ebrias y felices. Nos despedimos unos metros más adelante, donde se separan nuestros caminos, y yo continuo riendo un rato, mientras Akari me envía mensajes absurdos de los que entiendo una de cada tres palabras. 

Ha conseguido hacerme olvidar mis preocupaciones con su cháchara alegre y desenfadada, y de pronto el mundo no me resulta tan hostil. Por primera vez desde mis años de instituto he salido a divertirme con una amiga, y se siente extraordinario.

El aire nocturno cada vez es más caliente y me mece de regreso a la casa de huéspedes. Me detengo un instante y miro hacia atrás mientras las risas y el barullo se disuelven poco a poco en mis oídos, y me quedo sola en la oscuridad. 

¿De veras lo estoy?

Él siempre me sigue, asegurándose de que regreso bien. Nunca he necesitado de nadie en todos estos años, pero aquí y ahora, mientras la alegría se apaga y las heridas comienzan a escocer, soy consciente de mi necesidad. 

—¿Ranma? ¿Estás ahí? —pregunto a la noche sin estrellas.

Nadie responde, ya me lo esperaba, aprieto el paso sintiéndome absurda y avergonzada. He hecho enfadar a Ranma, lo he llevado al límite. Quizás ahora me odia, quizás… Quizás se arrepiente de haberme besado.

Miro al frente intentando que no me afecte, pero siento el escozor al borde de los ojos, y esa sensación familiar que tantas veces he experimentado en el último día. La compañía de Akari no suple su falta, el hecho de que le he desobedecido, y él me ha abandonado. 

Eso es, Ranma me ha dejado. 

El pensamiento me sobreviene de repente, como una ola emergiendo del mar y arrasando la costa a su paso. El estómago me da un vuelco y me apoyo contra una farola, perdiendo el equilibrio y vomitando las escasas dos cervezas que he bebido. Termino de vaciarme con una última arcada, sintiéndome morir. 

Y ni en mi tragedia puedo dejar de pensar en cuánto lo necesito a mi lado, en el agujero que siento en el pecho, en lo que me duele el corazón.

Me repongo e intento caminar erguida. Necesito dormir y tomarme otro analgésico, así quizás por la mañana pueda pensar con más claridad y enterrar profundo eso que no hace más que llamar a las puertas de mi arrasada mente. 

Lo que ya no puedo ocultar de ninguna manera. 

.

.

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NOTA DE LA AUTORA.

¡Hola de nuevo!

Los que ya han leído otros de mis fics saben que adoro en drama, y DLF no puede ser una excepción, no iba a ser todo fácil y maravilloso con sus complicadas situaciones. Este capítulo no es especialmente revelador, pero sí ayuda a avanzar la trama hacia un punto muy concreto, espero que os haya gustado. 

Muchas gracias por los montones y montones de preciosos comentarios que nos habéis dejado en el anterior capítulo, ¡qué alegría saber que llegamos a tanta gente! Por supuesto que seguiremos esfozándonos por terminar este trabajo. Las ilustraciones de Isa siempre están llenas de sentimientos y colores, y siento que las he entristecido muchísimo con este capítulo… Gracias a nuestra infatigable traductora Dani por hacernos llegar de forma internacional a muchísimas más personas, y gracias a mis betas Sakura y Lucita por hacerme ver todos mis errores. 

Y sobre todo gracias a vosotros que nos dais difusión y nos hacéis llegar vuestro cariño en forma de comentarios.

Lum

NOTA DE LA ILUSTRADORA.

UUUH ¡Sorpresa de Año nuevo! Gracias a todos por los reviews y sus bonitas palabras en los últimos capítulos nos hacen muy felices.

Espero hayan disfrutado el capítulo y no olviden dejar sus comentarios :)) besitos.

Isa