Duele quererte.
Estoy seguro de que hay muertes menos dolorosas que esta tortura.
En los últimos días me he arrepentido de muchas de mis decisiones, quizás hasta de haber cruzado la puerta de su restaurante.
Lo peor de querer a alguien es lo expuesto que le dejas el corazón, y ella está jugando con el mío a un deporte de impacto, golpeándolo sin compasión.
Llevo días siguiéndola de regreso a su casa, y he estado a punto de mandarlo todo a la mierda varias veces: esa vez que se agachó y se dedicó a gimotear, o cuando estuvo secándose tercamente las lágrimas con su estropeada chaqueta, o el otro día, cuando directamente vomitó en la acera. No sé en qué demonios está pensando.
Esa chica va a volverme loco, o quizás lo ha hecho ya. Quizás me ha desquiciado hasta convertirme en un jodido stalker de pacotilla que se dedica a seguirla desde los tejados porque no puede mirarla a los ojos.
No quiero discutir por algo que sé que no puedo cambiar.
Las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida nos pesan, pero Akane no entiende que, en su caso, puede estar firmando una jodida sentencia. Es demasiado orgullosa para escucharme, es demasiado cabezota para echarse atrás.
Si no he conseguido que se replantee el combate con súplicas, mucho menos con amenazas. Es una guerrera, y le da igual si estoy a su lado o si debe caminar sola. Igualmente acudirá a la pelea con la cabeza alta.
Comprender eso me ha costado el orgullo y la razón, me ha dejado absolutamente vacío. No sé si le importo, no se si alguna vez le he importado, y aunque así fuera, toda esa carga que suponen mis sentimientos palidecen al compararse con sus sueños.
Akane tiene un objetivo, y va a luchar por ello hasta las últimas consecuencias, a pesar de sí misma. A pesar de nosotros. Siento cómo algo se retuerce en mis entrañas, noto cómo me aprieta y revienta el corazón.
Cuando Akane entra en la desastrosa casa de huéspedes me meto las manos en los bolsillos y regreso a casa. Los nervios me carcomen como gusanos sobre un muerto reciente, apolinillan mi carne fría para darse un festín. Ya no duermo, solo cabeceo al borde de la inconsciencia.
Ella se ha vuelto tan vital que siento que sin su luz me hundo en un pozo de sombras, sin su sonrisa y su determinación mi mundo se resquebraja asolado por un terremoto de grado diez.
Al menos tengo a Ryu, sin mi hermano ya habría perdido la puta cabeza.
Él es la única persona en mi vida que ahora mismo parece tener un plan, aunque no me guste lo más mínimo. Sé que la está entrenando, y lo hace por mí. No voy a colaborar, aparecer por allí sería equivalente a darle la razón, y por nada del mundo quiero que piense que consiento en lo más mínimo esta locura.
Aún tengo la tenue esperanza de que ceda y entienda, pero supongo que es demasiado esperar.
No puedo más que tomar cartas en el asunto, si no va a escucharme tendré que encontrar a alguien que sí lo haga. Es por ello que hago lo que nunca pensé que haría, lo que solo un loco desesperado haría en mi lugar: Voy a hablar con Shampoo.
Me planto en el restaurante donde trabaja una hora antes del inicio del servicio de comidas. Es sabido que Shampoo es camarera en un pequeño aunque colorido restaurante en la zona china de Tokyo, un lugar que bajo cualquier otra circunstancia podría resultar encantador.
Huele delicioso, pero no me dejo engañar por los sabores picantes ni los dulces, por los bollos recién horneados ni las carnes estofadas. Me dirijo a la barra, y el puñeterísimo Mousse me sale al paso, mirándome a través de sus gafas de culo de botella. Nos contemplamos en un silencio tan tenso que por un instante me parece que volvemos a estar dentro de la poza, sólo que ahora no tiene que esconder sus cuchillos.
—¿Está Shampoo? —pregunto tentativo, y él se sube las gafas sobre el puente de la nariz.
—No —contesta, yo suspiro cambiando el peso de un pie a otro.
—No quiero problemas, solo charlar.
—Ya te he dicho que no está, lárgate Saotome.
Hago crujir mi cuello, porque no he venido hasta aquí para irme sin más. Él se pone en guardia, yo avanzo un pie, y entonces escucho un grito agudo y la maldita reina emerge de la cocina vestida impecable, con un qi-pao y sus mejores joyas. Más que servir mesas parece que sirve copas en la azotea de la mejor coctelería de la ciudad. Me sonríe radiante, como si ella tampoco pudiera creer que estuviese en ese lugar.
—¡Ranma! —exclama emocionada echándome las manos al cuello, con una sonrisa pintada de rosa—. Has venido a verme —habla en Chino de forma fluída, sabe que lo entiendo a la perfección.
Mousse gruñe y aprieta los dientes, pero ella le desdeña con un gesto de la mano y le manda a limpiar mesas, el pobre diablo obedece agachando la cabeza.
Contengo el aliento sintiendo una punzada de lástima por el tipo, después me la quito de encima con manos prudentes mientras la miro severo.
—He venido a hablar —remarco, por si le queda alguna duda sobre mis intenciones, pero ella no desfallece y con su sonrisa de mil voltios me invita a seguirla a una zona privada del restaurante, una sala cerrada por hermosas puertas correderas decoradas con motivos de aves en blanco, rojo y dorado.
Seguro que este es uno de los lugares donde agasajan a las personas influyentes, quién sabe, puede que incluso Tarô se deje caer de vez en cuando por aquí.
Shampoo me indica que tome asiento y yo acepto con un cabeceo. Se escabulle un instante y regresa con una bandeja y dos tazas de té, las cuales sirve de una manera tan pulcra que no puedo más que preguntarme si esta mujer es la misma que parte brazos en la poza uno de cada tres viernes.
Toma asiento de forma coqueta y sorbe su taza, me mira por encima del vapor con una sonrisa discreta en los labios.
—Qué agradable gozar de tu compañía, y qué inesperado. Si hubieras avisado te habría preparado algo de comer.
—No me entretendré —digo, tras lo cual me acerco la taza a los labios y un fuerte olor herbal golpea mis fosas nasales, tuerzo el gesto y vuelvo a ponerla en la mesa, solo por si acaso. —Necesito que hagas algo por mí.
—¿Tiene que ver con el combate que ha solicitado tu amiga?
Pensaba que el rumor tardaría un poco más en llegar hasta ella, pero las noticias vuelan, sobre todo las desafortunadas.
—Sí —respondo, y su sonrisa ahora es tan amplia que sé que me tiene justo donde quiere, donde siempre ha deseado que esté. Su dedo índice se desliza sobre la boca de la taza en un gesto hipnótico y aparentemente descuidado.
—¿Y en qué te puedo ayudar? —pestañea intentando parecer inocente, no sé por qué se molesta cuando sé perfectamente que es una auténtica flor carnívora, un ser venenoso y letal.
—No aceptes el reto.
Su dedo se detiene en el filo de la taza y sus ojos rojizos como hematomas me observan fijos.
—¿A cambio de qué?
Trago saliva, no soy tan estúpido como para venir con las manos vacías, debe haber algo que pueda hacer para satisfacer a esta mujer.
—Puedo darte dinero —digo, y ella se ríe como si acabara de contar un mal chiste—. Puedo trabajar en este restaurante, o darte las ganancias de mis combates.
—Sería interesante tenerte a mi servicio —dice con voz dulce, melosa—. Pero no, gracias. Ya tengo un hombre que hace eso, y me aburre profundamente.
Tengo la absoluta certeza que se refiere al pobre Mousse. Ese tipo podría llegar lejos si trabajara de funambulista en un circo ambulante, y con lejos me refiero a muy lejos de ella. Pero no, el triste imbécil dilapida su existencia a cambio de migajas.
—¿Y qué es lo que quieres? —inquiero prudente, balanceándome en mi silla mientras ella se aclara la garganta y juguetea con su largo cabello.
—No me harás decirlo —jadea con las mejillas arreboladas, y es aquí donde sé que nuestra escasa negociación ha terminado.
—Estás mal de la cabeza —digo levantándome del asiento.
—Quiero un marido fuerte —dice alzando el mentón aún sentada rígida y recatada, como si no acabara de pedirme sexo—. Y unos hijos vigorosos.
—Conmigo no cuentes —avanzo con paso firme hasta las puertas, ella no se mueve, pero justo antes de que abandone la estancia privada Shampoo vuelve a hablar.
—No voy a tener compasión, lo sabes.
Me quedo de piedra, todos mis músculos se congelan y le dirijo una mirada capaz de convertir en cenizas a cualquiera de mis enemigos, ella se mantiene recta en su silla, con una actitud tan indiferente y relajada que, no por primera vez, tengo ganas de estragunlarla.
Siento el estómago pesado y un grito contenido a ras de cuello. Si acabase con ella aquí y ahora todos mis problemas estarían resueltos. Mi corazón podría volver a latir. La boca me sabe a hiel.
—Ella es fuerte —susurro, y no es una especulación pretenciosa. Akane es fuerte de mil maneras diferentes, mucho más que Shampoo.
La amazona me dedica una sonrisa torcida y alza una ceja.
—Has venido a suplicar que no luche, sabes que va a perder.
El profundo gesto de disgusto se refleja en mis labios, ahora me siento sucio, un traidor. Shampoo se levanta cuando ve la duda aparecer en mis ojos, ronronea mientras posa un dedo en mi pecho y delinea un imaginario zig-zag hasta mi mentón.
—Tampoco te quiero encima todo el día, podríamos llegar a un acuerdo provechoso para los dos.
Me aparto de nuevo, ella se muerde la uña del dedo que acaba de deslizar sobre mi piel. Trago saliva, porque hay líneas que de ninguna forma puedo cruzar si quiero seguir mirándome en el espejo.
—Te daré unos días para pensarlo —tuerce la cabeza caminando hacia atrás, Shampoo no es tan tonta como para creer que cederé, pero supongo que esto es lo más cerca que ha estado nunca de mí.
Asiento como un imbécil, porque esta breve dilatación al menos me da tiempo y le da tiempo a Akane para reconsiderar sus opciones, para arrepentirse y pensar un poco.
Salgo cabizbajo del restaurante, con la sensación de derrota pegada a mi piel, igual que el aroma de la comida.
.
..
…
Cuento los días que llevo sin verla.
¿En qué invertía mi tiempo antes de que apareciera en mi vida? Suspiro pesado y arrastro los pies de regreso a mi apartamento. Ahora cuando quiera entrenar tendré que ir a alguno de los apestosos gimnasios de Tarô, porque sé que Akane estará en el que considero uno de mis pocos lugares seguros de la ciudad. Y Ryu con ella.
Me siento un desgraciado. Paso por el supermercado y compro demasiados ingredientes, llego a casa y me dedico a cocinar durante más de cuatro horas. Cuando acabo me doy cuenta de que he hecho comida suficiente para toda la semana, y ni siquiera tengo hambre.
Ryu aparece por la puerta cuando la noche está bien entrada, me mira con los labios muy apretados, y después a todas las sartenes en la pila y la ingente cantidad de guisos que estoy metiendo en contenedores herméticos.
—Estás fatal.
—Dime algo que no sepa —respondo.
—¿Hablaste con Shampoo? —pregunta con reticencia, yo asiento lento mientras la lengua se me pega al paladar.
—No puedo darle lo que pide.
—Oh, ¿¡OH!? ¿En serio lo pidió?
—No se anda con rodeos.
Ryu silva impresionado.
—¿Se ha enfadado mucho?
—En realidad… No le he dicho exactamente que no.
Ryu me observa, o al menos eso supongo, porque me avergüenzo tanto de mí mismo que no puedo enfrentar su mirada. Trabajo de forma metódica guardando la comida y después comienzo a limpiar las sartenes.
—Ranma, dime que no te lo estás pensando —pregunta cauto.
—¡Por supuesto que no! ¿Pero de qué otra forma puedo ganar tiempo? —respondo ultrajado, afanándome en raspar los restos de la comida de la superficie metálica.
—Si le das esperanzas va a ser peor, la tomará con ella.
—¡Ya la tiene tomada con ella! Al menos he conseguido que prolongue el enfrentamiento a la semana que viene. Akane aún está a tiempo de echarse atrás.
—Sabes que no va a hacerlo —dice mi hermano muy despacio, como si le estuviera explicando un concepto complejo a un niño muy pequeño—. No puedes impedirlo.
Aprieto los dientes y estoy a punto de empezar a golpear todos los cacharros y tirarlos al suelo, la impotencia me posee con más fervor que en toda mi vida.
—Iré a hablar con Tarô, si Shampoo no quiere entender, quizás él lo haga.
Una risa áspera escapa de sus labios.
—¿Esperas que te haga caso el maldito rey demonio? ¿Y qué le darás a cambio, otros diez años de exclavitud en la poza? Has luchado con uñas y dientes para salir de ese agujero, no permitiré que vuelvas a meterte dentro.
Le miro de reojo, tenso, en un silencio tan ilógico entre nosotros que no puedo más que sentirme confuso.
—En todo caso, tampoco es como si supiera hacer algo más que pelear. No sería un gran cambio en mi vida —digo intentando que no note la vacilación en mi voz.
—No te consiento que hables así de ti mismo. ¡Tú no eres un pusilánime, Ranma!
—¡Haré lo que tenga que hacer, estuvimos años en la poza pagando la deuda de papá, y ella se lo merece mucho más que el viejo!
Ryu me agarra de la camiseta y me gira bruscamente, supongo que he terminado con su paciencia. Mentiría si dijera que no me muero por una buena pelea que me deje sin aliento y tan agotado que solo pueda pensar en seguir respirando, pero mi hermano me sorprende zarandeándome con los dientes apretados y con una amenaza salvaje en sus labios.
—¡¿Has perdido la puta cabeza?! ¡Ella va a pelear lo quieras o no! ¡Asúmelo de una jodida vez!
—¡No lo entiendes!
—¡Claro que lo entiendo! ¿Crees que no me he cagado de miedo mil veces mientras te veía ahí dentro? ¿Crees que no he rogado nunca por tu vida? ¡Eres la única familia que tengo, joder! ¡Piensa, maldita sea!
—¡Pero…!
—Va a pelear, y tendrás que apoyarla aunque no te guste. ¡Aprieta los dientes y déjalo estar! No vas a ofrecerte como carnaza a Tarô, ni a Shampoo como juguete. Eres un puto guerrero y tendrás que asumir que de todas las mujeres del mundo te has ido a enamorar de la maldita horma de tu zapato.
La boca me sabe tan amarga que soy incapaz de tragar mi propia saliva, me arde el pecho, siento las mejillas hirviendo mientras mi hermano me suelta ceñudo, preparado para enfrentarse a mí.
—No puedo… —digo con una voz exasperada que apenas reconozco como mía.
—Podrás. Te conozco y sé que estarás a la altura, aunque ahora te estés comportando como un pedazo de gilipollas —responde rotundo—. Akane se está esforzando, lo está dando todo. Te necesita, Ranma. Está mucho más sola de lo que hemos estado jamás tú y yo.
Nos observamos en un silencio tenso como la cuerda de un violín, y dentro de mí reverbera la lúcida comprensión de que él es el hermano mayor, y no es por nuestra ínfima diferencia de edad. Ryu no está jugando, me mira con la misma severidad cariñosa que siempre esperé inútilmente de una figura paterna.
No temo al dolor, ni al sufrimiento, pero temo a su dolor, temo a su daño, a sus huesos rotos, a sus golpes y heridas profundas.
Él también debe haberse dado cuenta, que lo único que me hace débil es el amor que siento por mi familia, y por ella. Y odio ser débil. Odio amarla tanto, hasta convertirme en un egoísta.
—Yo también te quiero, tonto del culo.
—Lo sé —responde con el más ligero atisbo de sonrisa, pero mi temor es tan vasto que siento cómo me rompo desde dentro, mis costillas estallan en pedazos como vidrio contra el suelo.
Quiero abrazarla, quiero que me ame de manera profunda y densa, como las últimas capas del océano. Quiero que sienta las heridas que me causa su actitud, y que se apiade de mí.
¿Es esta unilateralidad lo que me termina por destruir?
—No puedo seguir así —acepto al fin. Soy un guerrero, y si algo no me gusta peleo por cambiarlo. Si ni mis puños ni palabras hacen mella en su pared, si mi voz se resquebraja de gritar a la nada, si no va ni a girarse para mirarme, siquiera con condescendencia, no puedo hacer más que dejarla ir—. Necesito despejarme un poco.
Ryu asiente sucinto.
—Te ayudaré con la mochila.
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..
…
A veces me gustaría vivir escondido del ruido y de la gente, a salvo en mi soledad.
El pequeño claro donde he clavado la tienda de campaña se encuentra escondido entre árboles centenarios, cuyas copas de caducifolio empiezan a despuntar con los tempranos brotes de la primavera. Huele a musgo y a humedad, a capas viejas de hojas en descomposición, a tierra y madera.
Hace mucho tiempo que no salgo de acampada, y la última vez fue con Ryu. Nos tomamos unas semanas de vacaciones y nos dedicamos a entrenar alejados de la sociedad. El muy idiota en sus momentos de absuelto se dedicaba a cazar conejos y a intentar reconocer setas comestibles, por su culpa terminamos con una indigestión que casi nos lleva al hospital.
Desde entonces solo peces y alimentos envasados, gracias.
Saco el teléfono de mi bolsillo y reviso los mensajes que intercambié con Akane, hace ya tantos días.
A pesar de estar inmerso en esta densidad aún tengo una pequeña rayita de cobertura, muestra de que en Japón no queda un solo milímetro de tierra a salvo del ser humano. Me pregunto por qué no me escribe, si ya me habrá olvidado, si he sido relegado al mismo lugar en su mundo que ese triste imbécil que tenía por compañero de trabajo.
Si ella me lo pidiera, si diera la más mínima muestra de duda lo dejaría todo e iría a buscarla. Pero no, lo único que sé de Akane es por los mensajes de mi hermano, el cual me manda actualizaciones diarias de sus entrenamientos.
Hace demasiados días que no la acompaño a casa, o que sale tarde de trabajar y no estoy allí para preocuparme por si ha comido o no. ¿Se estará cuidando, o por el contrario habrá regresado a ese estado lamentable de restricciones y esfuerzos?
Supongo que tampoco tengo derecho a preocuparme.
Lleno el día con ejercicios agotadores, pero a pesar de todo el devenir del tiempo me carcome hasta los huesos. Hago fogatas, cocino arroz, trepo árboles, escalo peñascos.
La semana transcurre inexorable y antes de que me de cuenta es jueves y tengo un mensaje de mi hermano con una sola frase.
[Ryu:
Más vale que mañana aparezcas]
El día ha amanecido templado y amenaza tormenta, no puedo huír más. Realmente va a suceder y no puedo impedirlo.
El orgullo se lo ha comido todo, y mi enfado ha destrozado mis nervios hasta acabar con cualquier sentido que quisiera darle a esta lejanía autoimpuesta que no puedo mantener por un segundo más.
Desarmo la tienda en menos de treinta minutos, me echo la mochila al hombro y empiezo a correr de regreso a la sobreestimulante urbe de Tokyo.
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…
Miro la hora nervioso, sé que llego demasiado justo. No calculé bien el tiempo que tardaría en regresar, con las largas esperas en desiertas paradas de autobuses y trenes infinitos, cuyo traqueteo terminó por darme dolor de cabeza. Creo que podría haber llegado antes de haber venido andando.
Avanzo por la conocida calle portuaria, el sol cae despacio, es noche de pelea y la poza debe estar hasta arriba.
No me cuesta nada entrar ni escurrirme entre el gentío a pesar de mi gruesa mochila. Siento el ambiente saturado y el ruido en mis oídos me hace ensordecer en contraste con la tranquilidad del bosque.
Siento como si hubiera algo atorado dentro de mi cabeza, un peso, un tirón, una bomba de demolición en mi pecho en lugar de corazón. Me dirijo como un jodido poseso hasta mi camerino, donde tengo la absoluta seguridad de que la encontraré a ella. Antes de que pueda siquiera pensar en un discurso, o soltar una de las mil mierdas que quiero gritar y que he ensayado mil veces en mi autoimpuesta soledad, me encuentro girando el picaporte y abriendo la puerta de una vez, jadeante y frenético.
Tres cabezas se giran para mirarme.
La más alta y conocida es la de mi hermano, él cual suspira de puro alivio al verme la cara, la segunda, una chica que no reconozco, con el pelo tintado en un llamativo color verde con mechas rosas. Y la tercera, mi vida y mi muerte; Mi principio y mi fin, la mujer que acabará conmigo sin haberme tocado.
Diría que puedo escuchar el silencio, pero en realidad la algarabía exterior lo engulle todo, mandando a tomar por culo el ambiente. Ryu agarra a la desconocida, intercambia con ella dos palabras y se la lleva del camerino, cuando pasa a mi lado me da una fuerte palmada en un hombro y me guiña, dándome ánimos. Cierra la puerta y nos deja a solas.
Akane no me quita los ojos de encima, no sé si es el tiempo que ha transcurrido lejos de su presencia, o todo lo que la he echado en falta, pero de pronto me parece que ha crecido, que se ve mucho más real de lo que la he visto jamás.
Alza la barbilla llena de orgullo, y siento que ese espíritu ardiente que nace en su interior y toca benevolente a todo aquel que se aproxima a su órbita me habla, me llama. Está imponente, con un sostén deportivo que deja sus hombros y músculos abdominales expuestos, y a la cintura su pantalón de kárate, que cae sobre sus caderas y permanece firmemente atado con un cinturón negro lleno de rivetes dorados. Sus enseñas, su disciplina, su rango como artista marcial a la vista de todo el mundo.
Es una declaración de intenciones, y no puedo evitar sonreír. Tiene los ovarios de acero puro. Por supuesto que no puedo detenerla, es tan imposible como apagar el sol.
—Volviste —dice con una voz fuerte y fría, como la campana de un templo en mitad de alta montaña, yo suelto la mochila sin apartar los ojos de toda su portentosa pose. Siento su enfado, sus ganas de lanzarme reproches.
—No podía dejarte sola —susurro acercándome un paso, y su ceño se frunce de forma profunda y molesta.
—No estoy sola.
Se cruza de brazos, de veras que no he venido a discutir. Suelto el aire que contienen mis pulmones y decido que no hay discurso, nunca lo ha habido, entre ella y yo en este espacio solo queda la descarnada verdad. La mía al menos.
—Yo sí me he sentido solo, no podía soportar no tener noticias tuyas, o que la última vez que nos viéramos solo peleáramos.
Sus ojos se abren, expectantes, yo trago saliva intentando elegir mis siguientes palabras. No me da tiempo, Akane se abalanza sobre mí y de pronto toda su fuerza y determinación se desmoronan sobre mi pecho, me agarra de la chaqueta con dedos apresurados, entierra la cara en ella, y tiembla.
Mis nervios se ponen de punta, y quiero ser débil, quiero dejarme ir en esta corriente de alivio y consuelo. Mis brazos se extienden de forma dolorosa y me permito solo un instante de fragilidad mientras aprieto su cuerpo, una respiración antes de agarrar sus hombros y alejarla. No tenemos tiempo para esto, es nuestro último instante.
La miro con el corazón a mil, sus ojos están llenos de lágrimas y boquea como si quisiera decir millones de cosas y todas se agolparan a la vez en su boca, sin dejar que nada emerja al exterior.
—Ryu dice que has mejorado en equilibrio y velocidad. La fuerza te sobra, igual que la potencia, úsalo en tu favor.
Akane parece aturdida, yo me alejo y busco por las mesas hasta que encuentro un rollo de vendas, extiendo una mano y ella me ofrece su izquierda, comienzo a vendarla con más cuidado del que he empleado jamás en la tarea.
—Sus golpes son cortantes y precisos, va a buscar tus puntos vitales: articulaciones, tendones, cuello, tráquea… No los dejes nunca al descubierto ni le des la espalda, es capaz de jugar sucio si se ve atrapada.
Akane asiente mientras termino de envolver sus nudillos y aprieto las vendas con fuerza. Tomo su otra mano sin que ella me la tienda y repito el proceso, su piel blanca poco a poco se oculta con la tela tupida.
—Concéntrate en romper su guardia, patadas altas y puñetazos directos. No seas tonta, dentro de la lona no hay cabida para la nobleza, si ves un hueco, aprovechalo, y sobre todo… —termino de apretar la venda, orgulloso de mi trabajo y con el corazón desquiciado, con el miedo mordiéndome el estómago, voraz e insaciable—. Por lo que más quieras, no dejes que te mate.
Una gota cristalina cae sobre mi mano mientras ato el último nudo, alzo la mirada y veo la emoción en sus ojos, desbordándose incontrolable.
—Creí que no volvería a verte, que no querías saber nada de mí —susurra con el ceño fruncido y un gimoteo en su pecho.
Me olvidaré de ella el día que el infierno se hiele, el día que me entierren y mi fantasma se extinga en años de soledad y desconsuelo, después de vagar exangüe en su busca.
—Eso es imposible —respondo bañándome en sus iris perlados, en la profundidad de ese sentimiento de pena y dicha.
Justo en ese instante escuchamos unos golpes rápidos en la puerta. Akane se suelta de mis manos, como si estuviéramos haciendo algo indebido, y eso me molesta profundamente. Se seca las lágrimas, sus mejillas están sonrojadas y respira agitada, igual que esa única vez cuando se encontraron nuestras bocas.
Debería estar concentrada, sólo pensando en la pelea. Y yo también, maldita sea, no debería desear sacarla de aquí en volandas y besarla hasta que me duelan los labios.
Va descalza y se ve imponente mientras desentumece el cuello y los hombros. La secundo mientras la puerta se abre y el abuelo aparece, con su pipa en una mano y una mirada apresurada.
—Chica, te toca salir —dice mientras sus ojos se posan en mí, y por un instante creo ver comprensión en esa monstruosa cara. Debo estar fatal si hasta el viejo reseco se apiada de mí.
Recorro el pasillo mirando su espalda, su cuello que con el nuevo corte de pelo se ve blanco, delgado y hermoso. Sus brazos marcados por el ejercicio, su fina cintura al descubierto.
Tengo la absoluta seguridad de que voy a sufrir, que, mientras camino por este sendero aprendido, los pedazos de mi alma y corazón caen poco a poco a mis pies, y cada una de las personas que la jalean, gritan y animan los pisotean sin compasión.
No lo entienden ni quieren hacerlo, solo desean ver sangre, su sangre y sufrimiento. Y por primera vez después de tantos años tomo un decisión: No quiero regresar a este lugar. Hoy saldré de aquí con Akane, y nunca miraré atrás. La serenidad que me invade después de entenderlo es leve, y rápidamente vuelve a ser opacada por el terrible sentimiento de advenimiento de la pelea.
La poza se abre ominosa ante nosotros, y su figura resalta contra las luces cegadoras. El ruido es ensordecedor, pero por unos instantes tengo una vívida alucinación en la que todo está en silencio, ella se gira, me mira y sonríe, pura y radiante.
No, no estoy alucinando, me sonríe de verdad.
Trago en seco mientras Akane pasa sus manos detrás de mi cuello y empuja sus labios contra los míos en un beso tan breve como maravilloso. Toda ella huele a vainilla y a la sal de las lágrimas, es dulce y suave, ruda y temblorosa. Es mi más anhelada contradicción.
El contacto se rompe cuando se gira y camina resuelta hacia la jaula, y mi corazón cabalga agónico contra mis tímpanos mientras veo impotente cómo sus pies tocan la lona. Un instante después Shampoo pasa a mi lado, empujándome ligeramente, airada como una tempestad.
—Un beso de despedida —sonríe malévola—. Recuérdalo, porque no dejaré nada de ella.
Mi estómago se retuerce y se me cierra la tráquea mientras la amazona entra en la lona y la jaula se cierra a su espalda. El público ruge y yo me agarro como un desquiciado a la valla, queriendo arrancarla del suelo, temblando como nunca en mi vida.
Siento una mano en mi hombro y la voz de mi hermano suena irreal y lejana.
—Confía en ella —dice, pero yo no quiero oírlo, no cuando todos mis instintos me gritan que esto no debería estar sucediendo.
El viejo me flanquea del otro lado, y también está esa chica, que imagino que será el nuevo ligue de Ryu, ¿cómo se le ocurre traerla aquí, y precisamente HOY? En todo caso no le presto la más mínima atención.
La voz de Tarô suena ufana por los altavoces, anunciando el que será el combate del año, mientras ellas se miran desafiantes, quietas como estatuas de alabastro.
Cuando saque a Akane de aquí voy a tener más que palabras con ese puto cabrón. Voy a partirle las piernas así envíe contra mí toda la mafia china.
La campana que anuncia el inicio del combate resuena cruel, y las ganas de vomitar me suben por la garganta mientras mi respiración se vuelve superficial. No puedo pestañear, y siento que apenas me tengo en pie, la mano de Ryu se aprieta sobre mi hombro hasta clavarme las uñas como un ancla de hierro.
Akane y Shampoo comienzan a acecharse, sus pies se posan deliberados y suaves mientras se miden por primera vez. La amazona se le echa encima en un ataque directo y Akane la esquiva con una finta hacia su derecha, poniéndose en guardia inmediatamente, con los brazos altos cubriendo todos sus puntos vitales.
Bien, buena chica.
Un pie delante de otro, Akane avanza un paso y Shampoo retrocede. En un instante la amazona dirige una patada hacia su sien, pero ella la detiene con el antebrazo e intenta aprovechar para capturar su pierna y ejecutar una llave que se sabe de maravilla, lamentablemente Shampoo lee sus intenciones y se aparta rápidamente.
Es su momento de atacar, Akane encadena dos prodigiosas patadas que Shampoo detiene mientras camina hacia atrás, las descarta con movimientos rápidos. Akane hace exactamente lo que le pedí, lanza golpes con los brazos a corta distancia, poderosos y precisos. Su práctica del wing chun ha provocado que sus puños sean ágiles y escurridizos, apenas le veo las manos mientras encadena un golpe hacia abajo a la par que eleva su codo y consigue propinarle el primer golpe a Shampoo, pero su contrincante no desfallece, se echa hacia atrás y da una voltereta, consiguiendo propinarle una patada en la mejilla.
Ninguna de las dos cae, se miran como si los golpes dados y recibidos no les dolieran en absoluto.
Por primera vez en todos estos días mi corazón hace hueco a la esperanza.
Ahora caminan en círculo, pero ya no son cuidadosas, lo hacen rápido, calculando su siguiente golpe.
En un instante todo se vuelve caótico, Shampoo se lanza sobre Akane con sus mejores movimientos, el intercambio es rapidísimo, mis pupilas se mueven espídicas mientras veo los golpes y las paradas, los bloqueos y el derechazo seguido de la brutal patada que recibe mi pequeña luchadora y que la manda directa contra la valla. Shampoo intenta aprovechar el momento pero Akane no se deja, pelea desde el suelo y la arrastra con ella intentando una llave de sumisión.
Shampoo aprieta los dientes mientras trata de sacársela de encima, pero Akane la abraza con las piernas en un nudo que implica sus codos y tobillos, y la escucho jadear, finalmente atrapada.
Es entonces cuando Shampoo saca algo de dentro de su camisa. Es un movimiento tan leve que pasa absolutamente desapercibido, pero en un instante está en el suelo y al siguiente y tras “soplar” sobre la cara de Akane, consigue liberarse y rodar fuera de su alcance.
Akane se pone en pie, agarrándose a la alambrada, juraría que le cuesta enfocar la mirada.
—¿¡Qué mierda has hecho!? —grito intentando que la amazona me escuche por encima del ruido, y lo consigo. Sus ojos de un marrón casi rojizo, como la arcilla, como el barro mojado me miran llenos de burla.
Esa sensación de fatalidad inminente vuelve a apretarme las entrañas mientras Akane se tambalea y sacude la cabeza, pestañeando demasiado rápido. Y entonces Shampoo vuelve a caer sobre ella, y esta vez Akane no puede bloquearla, es más, recibe casi todos los ataques sin piedad.
Un rodillazo en el estómago le hace boquear en busca de aire, pero su oponente no la deja, no la suelta ni un instante mientras encadena golpes en su maltratado rostro, en sus sienes, en su boca.
Akane escupe saliva sanguinolenta mientras intenta regresar a su posición de guardia, pero la vista se le oscurece y por un instante tengo la fatal certeza de que va a desmayarse.
—¡Aguanta! ¡Pelea! ¡AKANE! —Pero mis palabras suenan absurdas desde el mismo instante en que salen por mi boca. Me busca con su mirada enturbiada y su cara comenzando a hincharse, y después se envara como un junco, llenándome de un orgullo estrangulado.
Yo también estoy jadeando. Ryu se inclina sobre mí.
—Puede aguantar golpes mucho más duros que esos, creéme —dice, y yo asiento de forma automática, oyéndolo escasamente, sin terminar de procesarlo.
Akane grita furiosa y ataca, ahora es Shampoo la que está a la defensiva, intentando hacerse cargo de sus velocísimos golpes, sus manos pican como cobras, colándose por los huecos de sus codos, subiendo hasta la cabeza, dándole un golpe en la barbilla con la raíz del pulgar y aderezándolo con un golpe seco en el cuello. En un instante es Shampoo la que escupe saliva sanguinolenta, la que salpica la lona con su sangre.
La amazona corre contra la jaula, la escala con el impulso y da un mortal hacia atrás en un movimiento que creo que me ha copiado. Se alza a la espalda de Akane, quien intenta barrerla adivinando sus intenciones, pero lo que sea que ha usado contra ella le hace ir un segundo por detrás, y eso a Shampoo le vale.
La intercepta justo cuando se está girando y le agarra el brazo. Mis nudillos se ponen blancos de agarrar la alambrada mientras la furia me recorre entero. Quiero entrar ahí dentro, quiero detener esto.
—¡Shampoo! ¡Jodida tramposa…!
Akane se tira al suelo y la arrastra con ella, en un instante forcejean intentando imponerse la una sobre la otra, rodando por la lona, enseñándose los dientes con sus cabellos maltrechos. La amazona gruñe frustrada cuando Akane vuelve a recuperar la posición y le sacude una portentosa patada en el hombro, rezo porque se lo haya fracturado y esto termine de una vez.
No voy a tener tanta suerte, Shampoo grita pero el dolor solo parece cabrearla aún más, escupe sangre y enseña sus dientes manchados de rojo, agarra los cabellos cortos de Akane con el brazo sano y la estrella contra el suelo, intentando reventarle el cráneo.
Mi corazón deja de palpitar y lo veo todo demasiado nítido, a cámara lenta. La escucho gemir y debatirse, quiero pensar que no he escuchado ningún hueso crujir de forma irreparable.
Tengo que parar esto. Ahora.
Me giro hacia el palco que ocupa Tarô, y el muy cabrón está sonriendo, mirando absorto el baño de sangre.
—¡Tarô, páralo! ¡Ya es suficiente! —grito, y él me observa lobuno y se ríe con esa puta cara que he aprendido a odiar. Parece querer decir: “Vamos, tu mejor que nadie sabes cómo funciona este lugar”.
Voy a hacérselo pagar, todas sus heridas, todo su dolor. Se lo devolveré multiplicado por mil. Vuelvo a girarme ante el jadeo del público, y veo a mi pequeña guerrera de nuevo en pie como el milagro que es. Se agarra a la jaula para mantenerse, y tiene un ojo tan hinchado que prácticamente está cerrado.
La escucho maldecir entre dientes un “sucia zorra”, mientras perfora con su único ojo sano a su rival.
Shampoo no tiene mucho mejor aspecto, ha debido recibir un soberano golpe en las costillas y se palpa la zona como si sospechara que las tiene rotas. Es obvio que le duele al respirar.
Y aún así no se detienen. Ambas vuelven a acecharse cojeando, sangrando, sufriendo.
Me deshago en una súplica que no encuentra consuelo ni destino. Shampoo le tira un golpe bajo, y después algo brilla en su mano, algo que acaba de sacarse de entre las vendas, en un instante está entre sus dedos y después desaparece, enterrado en la pierna de Akane.
Grita y cae, con una hoja clavada en su muslo hasta la empuñadura.
Sabía que podía pasar, se lo advertí y no me hizo ningún caso.
—¡No te acerques tanto, puede tener más armas!
Pero no me escucha, por supuesto que no lo hace. Akane está apostando su futuro en esta pelea, su sueño imposible, su propia vida.
Gruñe como una leona y consigue impactarle una patada en la rodilla a Shampoo, la cual se retuerce cojeando, incrédula. Sonrío sabiendo que le está plantando batalla como nadie en su vida, en un combate justo podría tenerla contra las cuerdas.
Pero esto es la poza, no un ring con un árbitro y normas. Esto es el maldito coliseo romano y ellas están para servir espectáculo, la amazona lo sabe bien.
Ataca y golpea sobre la hoja, en su pierna herida, escucho a Akane proferir un quejido lleno de un dolor tan quejumbroso que me sacude hasta el tuétano de los huesos, apoyo la frente contra las rejas, siento que me mareo, Ryu me pasa una mano por la cintura intentando sostenerme.
—Voy a matarla, voy a desollarla viva.
—Ranma… —jadea, y sé que no puede hablar, claro que no, ¿qué podría decir?
El sudor me empapa la camiseta mientras Shampoo aprovecha el impás para agarrar su brazo y hacer eso que se le da tan bien. Tira y gira, intentando romperla.
Si el grito de antes me ha helado la sangre siento que ahora va a romper mi alma, Akane se sacude frenética por recuperar su extremidad, y la sangre cae a borbotones empapando con una rapidez inaudita sus blancos pantalones. Chilla mientras todos los espectadores rugen eufóricos.
—¡AKANE! —grito yo también, sacudiéndolo todo, hasta que siento que puedo sacar la verja de sus encajes, hundidos en el suelo.
Algo cruje, escucho un “crack” en dos tiempos, Shampoo la suelta y se aleja un paso pensando que todo ha terminado, pero a Akane aún le queda un brazo y una pierna, y no parece atender a lo que le grita su deshilachado cuerpo. Se apoya de forma precaria sobre la pierna herida y un nuevo prolapso sangriento le corre por la pierna hasta hacer un charco alarmante en el ring. Apenas ve, apenas siente. Su brazo derecho está hinchando y cuelga inerte desde su hombro, y aún así se las apaña para lanzar un puñetazo directo contra su cara, un izquierdazo descomunal que hace que los cabellos de Shampoo se sacudan hacia atrás, escupa un diente y que se tambalee contra la jaula.
Y las dos caen, y durante unos segundos de auténtico pavor ninguna se mueve. Me deshago del brazo de mi hermano y corro hacia la puerta, la sacudo trastornado mientras mis ojos no pueden despegarse de mi terca e inconsciente guerrera.
—¡AKANE! ¡AKANE DESPIERTA! ¡TARÔ! ¡ABRE LA PUERTA!
Y consigo que cedan a mis gritos desgañitados, alguien quita el candado que cierra la poza y yo me abalanzo como un desquiciado sobre ella. Ha perdido el conocimiento y respira renqueante, llena de golpes, heridas y luxaciones. Ha perdido demasiada sangre.
Solo tengo ganas de echarme a llorar.
A mi espalda Shampoo comienza a moverse, se alza poco a poco, mientras se tapa la boca con una mano llena de sangre e intenta recuperar el aliento.
—¡La ganadora es Shampoo! —anuncia Tarô por el altavoz, pero yo apenas le escucho. Recojo a Akane con un miedo primitivo nacido de la desesperación, apresurado, intentando no dañarla más, aunque eso se me antoja imposible.
La sostengo entre mis brazos desmayada, sangrante, y miro de soslayo a esa maldita arpía que tanto se ha esforzado por arrebatármela. No se ha salido con la suya, Akane le ha dado la pelea de su vida.
La miro odiándola más que a nadie ni a nada, con los labios fruncidos y la mirada nublada.
—Tú y yo arreglaremos cuentas, en esta vida o en la siguiente. Acuérdate de mis palabras, Shampoo —digo antes de salir de la poza.
Estrecho a Akane entre mis brazos mientras mis propias ropas se tiñen de sangre, Ryu me conduce porque yo apenas puedo ver.
—Aguanta Akane, aguanta por favor… —Le susurro con los labios lívidos.
Le sigo por el pasillo hacia la consulta del matasanos mientras intento ser fuerte y no pensar en que no responde, en que a cada momento que pasa la siento más fría.
La dejo en la camilla, le beso la frente y me derrumbo en un rincón, me llevo las manos a la cabeza rezando a un dios en el que no creo mientras el matasanos la examina.
Le escucho proferir una exclamación seguida de un insulto. Sé que eso no es bueno.
Me paso las manos llenas de sangre por el pelo, siento que vivo una pesadilla y que me estoy volviendo loco. Que no es real, que no está sucediendo.
Soy lo peor que le ha pasado, ella no debería haberme conocido. Debería haber seguido sirviendo boles de fideos mientras ese bueno para nada se aprovechaba de su trabajo. Al menos así estaría a salvo, al menos de aquella manera no estaría luchando por su vida sobre una camilla roñosa, en la consulta médica ilegal de un local de peleas.
—Necesita un hospital —declara de repente el matasanos, yo lo miro desquiciado.
—Lo pagaré todo, solo sálvala —ruego mientras se me rompe la voz.
Él asiente grave y me mira como nunca antes lo ha hecho, con sus ojos cínicos llenos de un interés que jamás me ha demostrado desde que nos conocemos, hace más de diez años.
—¡Por supuesto que voy a salvarla, es mi cuñada! —grita indignado.

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NOTA DE LA AUTORA:
Siento mucho todo el sufrimiento de este capítulo, sé que habrá muchas personas a las que tanta violencia les parezca desmesurada, o fuera de la temática ligera que quizás venían a buscar aquí.
Cuando planteé toda la trama planifiqué este capítulo como un punto de inflexión. A mi parecer, Akane NECESITABA caer para poder reconstruirse sin remordimientos, y quizás esta es la mejor lección que puede sacar del fracaso, una oportunidad para comenzar de nuevo.
Mis agradecimientos como siempre a mis betas por ser tan pesada con ellas, a Dani por su increíble trabajo de traducción y adaptaciones inglés (y cazar gazapos!) y por supuesto a Isa por todo su esfuerzo, sus hermosas ilustraciones, encargarse de la maquetación y edición de todo el texto a pesar de no tener tiempo ni para ella misma.
Gracias por leer y por todo vuestro apoyo. ¡Amamos vuestras reviews!
NOTA DE ILUSTRADORA:
Bueno, lo siento, no hay ilustraciones (y creo tampoco en el siguiente) Tengo muchísimo trabajo, me consumeeeeeee. Espero hayan disfrutado el capítulo y muchísimas gracias por los reviews.
NO OLVIDEN DEJARNOS SUS COMENTARIOS QUE ES NUESTRA ÚNICA PAGA.
lostqm.


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