En el amor y en la guerra.
Una de las mejores inversiones que se pueden hacer en una casa es el bendito sofá, porque nunca sabes cuándo te va a tocar pasar la noche intentando dormir en él.
Ryu quería uno barato, pero yo insistí en que fuera amplio y de cojines cómodos, aunque costara más. ¿Quién ríe ahora? No seré yo, pero al menos no me duele la espalda, y lo considero una victoria.
Intento ahuecar un cojín, apenas amanece y habré dormido tres horas a la sumo. Me siento… inquieto.
Es una forma sencilla de nombrar un problema más complicado. Concretamente ese problema personal que está durmiendo en mi cama y no puedo sacarme de la cabeza.
Hago acopio de todo lo que he aprendido sobre meditación e intento dejar la cabeza en blanco y el cuerpo en calma. De veras que lo intento, pero la sensación de dulce euforia se escapa por los bordes, rezuma en todas mis esquinas.
Joder. Está durmiendo en mi cama.
Me llevo las manos a la cara intentando no pegar un grito como un párvulo emocionado al recordar cómo agarró mis manos, cómo se apoyó sobre mí mientras yo sentía que me explotaba el corazón.
Es inexplicable, casi un milagro. Creo que quizás le gusto.
Ese pensamiento me hace sentir febril, me hace imaginar que ella viene a buscarme al sofá y me pide que me orille a su lado porque me necesita y… Obviamente eso no ocurrirá, porque la última vez que pasé por delante de la puerta (hace quizás treinta minutos) y me detuve a escuchar solo oí su respiración leve y pausada, tiernamente dormida. Ya dijo que estaba agotada: Peleó, ganó y salió a beber.
Demasiadas emociones para un solo día, y para mí también. Casi sufro varios infartos: El primero al verla pelear, cuando su enemiga la agarró del cabello pensé que no podría librarse.
El segundo cuando mi maldito hermano le dio ese vestido y yo le deshice la trenza en el pasillo. La imagen de la piel de su espalda, su trasero y sus piernas desnudas en aquella penumbra me va a perseguir mientras viva.
El tercero cuando dijo que ese la había besado.
Debería haberlo hecho mucho antes y me habría ahorrado dolores de cabeza, pero intentaba ser civilizado. Cuando abra el restaurante vamos a tener más que palabras, ya lo creo. Aprieto la mandíbula.
Mi cuarto pseudo infarto fue cuando me pidió que la llevara a la cama.
Lo hice, la acompañé hasta mi cuarto, le dejé una camiseta para que usara de pijama y cuando cerró la puerta dedicándome una sonrisa hermosa y achispada yo me mordí el puño y me di de cabezazos contra la pared del pasillo.
Después tomé una larga ducha terminando con agua fría, y me tiré en el sofá para no dormir.
¿Quizás quería que entrara? No, lo hubiera dicho, ¿verdad? No estoy siendo un estúpido, debo agarrarme como un desquiciado a esa idea para no perder la cordura. Aguanto una hora más dando vueltas entre los cojines antes de que los nervios me superen y comienzo a preparar el desayuno, eso al menos me entretiene.
Pongo el hervidor de arroz a funcionar y comienzo a hacer una sopa de miso con algas y tofu. Saco encurtidos de la nevera, huevos y un poco de salmón que comienzo a asar en la rejilla del horno.
Una hora después tengo la mesa puesta con un desayuno perfecto que jamás me tomo el tiempo de preparar, miro el reloj y apenas son las ocho, ¿debería despertarla o dejarla dormir un poco más? Siento los nervios devorarme por dentro, no sé nada de estas cosas, si estuviera aquí Ryu sabría qué decir, me conformaría hasta con sus consejos de mierda.
Y hablando del diablo… Escucho la puerta de la entrada abrirse ligeramente y a mi hermano dar un traspiés mientras deja sus deportivas. Avanza en silencio por el salón, hasta que me ve en la isla de la cocina, sin camiseta y con un desayuno perfecto servido para dos.
La sonrisa curva sus labios de una forma lasciva y se me echa encima dando un aullido antes de que pueda darle explicaciones.
—¡Ese es mi hermanito! —exclama agarrando mi cuello bajo su brazo y frotando su puño contra mi cabeza en un gesto que supongo, encuentra cariñoso—. ¡No podía seguir resistiéndose al encanto Saotome!
—¡Ryu, para!
—¿Fue bien? ¿Te dejó dormir? Akane parece muy apasionada, seguro que estás destrozado.
—¡Qué pares! —digo librándome de su agarre con las mejillas encendidas, pero mi hermano no pierde la sonrisa ni las ganas de sacarme aún más los colores.
—Dime que cogiste preservativos de mi mesilla, me encantaría ser tío pero no tan pronto.
Gruño mientras me llevo las manos a la cara y después resoplo. No sé en que momento he invocado a este tonto del culo para darme consejos.
—Eso no ha pasado —digo apretando los dientes, Ryu arruga el ceño como si le estuviera explicando que la tierra tiene forma de cubo.
—¿Qué?
—Digo que eso no ha pasado —repito lentamente, y mi hermano vuelve a mirarme, y después a la mesa. Señala hacia la puerta rápidamente.
—Sus zapatos están en la entrada.
—Lo sé.
—Y le has preparado el desayuno.
—Sí.
—Ranma Saotome —dice con voz cavernaria, apoyando las manos en la mesa. Tiene el cabello despeinado y huele a colonia de mujer, es evidente que a mi hermano le ha ido bastante bien la noche—. ¿Me estás diciendo que Akane está metida en tu cama, y no… ?
—Sí, eso es lo que estoy diciendo —Le interrumpo, su boca se abre de estupor —. Y no quiero más comentarios al respecto —amenazo, pero obvio Ryu no puede dejar las cosas tal cual.
—Me esforcé muchísimo para que tuvierais una noche romántica, ¿sabes?
Eso me cabrea, acerco mi frente a la suya, siento la sangre hervir por las ganas de pelea, o quizás sea toda mi frustración sexual, pero tengo unas ganas locas de golpear a alguien.
—Estaba bebida y agotada, y ni siquiera sé si quiere algo conmigo —mascullo temiendo que el alboroto termine por despertarla, Ryu jadea incrédulo.
—¡Os vi abrazados desde el cristal, toda la maldita taberna os vio!
—Pero eso no significa nada.
—¿Cómo puedes ser tan lento? ¿De verdad somos hermanos?
—¿Quieres que conteste a eso? —pregunto enfadándome, y Ryu da un paso atrás ligeramente dolido. —Perdona, no quería decir eso.
Baja los hombros, me he pasado. Un silencio pesado se extiende entre nosotros hasta que Ryu lo interrumpe con voz queda.
—Deberías habérselo dicho.
—El qué —murmuro mientras me invade un sentimiento de culpabilidad.
—Que estás enamorado de ella.
El estómago me da un vuelco y de nuevo tengo ganas de cerrarle la boca de un golpe, miro de forma nerviosa hacia la puerta entreabierta del pasillo.
—¡Cállate! —jadeo con la mirada espídica—. No es tan fácil.
—¿Por qué no?
—Porque tiene demasiados problemas de los que ocuparse, no puedo hacerla cargar con uno más.
—No sabía que eso pudiera ser un problema —Se cruza de brazos y alza una ceja, descreído. No puedo creer que tenga que explicarle las cosas más básicas.
—Lo es si no siente lo mismo. Podría decir que no quiere volver a verme, ¡podría dejar de querer entrenar conmigo! Podría ponerse en peligro —discuto haciendo movimientos bruscos con las manos, mi hermano pone los ojos en blanco de aburrimiento.
—Di la verdad, te faltan huevos.
—Ryu, me estás jodiendo.
—¿Quieres pelea?
—Por supuesto.
Ambos nos ponemos en posición de defensa y nos acechamos en el espacio entre la isla de cocina y el salón, y justo en ese momento la puerta de mi habitación se abre y una aparición avanza hacia mí.
Akane tiene el pelo revuelto, viste una de mis camisetas, y nada más. Sus pies descalzos y sus piernas desnudas me cortan la respiración, Ryu también parece haber perdido el súbito interés por partirme la cara.
Se despereza, y la camiseta sube un poco, apenas al borde de mostrar su ropa interior.
—Buenos días —saluda bostezando, después se frota los ojos y nos observa confusa—. ¿Os estáis peleando?
—Entrenamiento matutino —Se apresura a decir mi hermano, rodeándome el cuello con un brazo y sonriendo, enterrando el hacha de guerra. Akane asiente adormilada.
—¿Podría coger un vaso de agua? —pregunta aclarándose la garganta.
—Claro, sírvete —dice Ryu señalando hacia el mueble de la cocina, y Akane se gira, abre la puerta de la estantería superior y alza la mano, se pone de puntillas, la camiseta se eleva y se resbala sobre su cadera.
De pronto me encuentro ladeando la cabeza, intentando alcanzar un ángulo muy concreto de visión, y mi hermano replica el movimiento con exactamente la misma intención.
—¿Qué estás mirando? —cuchicheo lleno de tensión.
—Lleva solo una camiseta, y no soy de piedra.
—Cierra los ojos ahora mismo.
—Ranma, quiero que sepas que si algo te ocurre yo cuidaré de Akane. Puedes estar tranquilo.
—¡Eso no me tranquiliza en absoluto! —grito dándole un capón.
Akane termina de alcanzar el vaso después de mucho esfuerzo y se sirve agua. Suspira después de beber y nos observa mientras nos tiramos de los pelos. Después mira hacia el desayuno y le rugen las tripas, se aclara la garganta con las mejillas sonrosadas.
Yo doy un paso al frente y siento el instante demasiado extraño, lleno de una tensión que no estaba ayer.
—Había pensado que tendrías hambre —señalo, invitándola a sentarse. Ella me observa y se sonroja aún más, se muerde el labio inferior y juega con el dobladillo de la camiseta.
Me estoy aguantando las ganas de decirle que me encanta cómo le queda, que si quiere puede vestirse con todo mi armario. Que podría ser feliz si sale todos los días desperezándose de mi habitación.
—Siempre te tomas demasiadas molestias —dice, y después me dedica una pequeña sonrisa. Ryu resopla desde algún lugar a mi espalda y se va a su habitación, escucho la puerta cerrarse. Supongo que sí sabe cuando sobra.
Akane toma asiento pero yo me quedo de pie, viéndola comer con una sensación victoriosa.
—Quería agradecerte lo de anoche —dice, y yo siento la presión en mi pecho, la tensión en mis músculos—. Creo que dije muchas tonterías.
—Algunas —secundo tomando mi bol de arroz, sin dejar de mirarla—. Aunque no todo.
Akane se aclara la garganta y vuelve a observarme de reojo antes de echarse a la boca un trozo de salmón, solo entonces caigo en la cuenta de que tengo el pecho expuesto, y ella parece haberlo notado muy bien.
—Tengo que ir a trabajar, pero quizás podríamos entrenar después.
Y eso me recuerda algo, niego con la cabeza y acabo mi bol de arroz de dos bocados, me trago mi sopa y la miro serio.
—Necesitas descansar, te mereces quedarte en la cama un día entero.
—¡Pero tengo que…!
—Yo haré tu turno —Me ofrezco con una sonrisa tranquilizadora—. Tú descansa, date un baño, recupera fuerzas.
La propuesta parece pillarla completamente desprevenida. Niega pero yo insisto. Ella no lo sabe, pero tengo algo personal que hacer en ese restaurante, y preferiría que no estuviera presente. Vuelve a protestar, y lo continúa haciendo desde el otro lado de la puerta mientras me visto, después me sigue por el pasillo y hasta la entrada.
—No me obligues a cargarte de nuevo, vuelve a la cama —ordeno, y ella, con esas sexys piernas y su adorables mejillas sonrosadas finalmente asiente como una niña buena. Le sonrío, pero todo gesto de alegría desaparece en cuanto cierro la puerta a mi espalda y me crujo los nudillos.
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..
…
Diría que la señora O. no está tan sorprendida como debería. Cuando le informo que hoy ocuparé el lugar de Akane asiente y continúa removiendo sus caldos. No tengo ni la menor idea de cómo llevar este sitio, pero decido emplearme a fondo. Coloco las mesas y las sillas, o al menos lo intento. Abro la puerta, anclo la cortina de fuera y busco un delantal y una libreta para los pedidos. Espero.
Los primeros clientes en entrar me miran completamente impactados y se van. No puedo decir que no sienta cierto alivio. Miro el reloj para comprobar que mi “compañero” de trabajo no llega a su hora. Los siguientes clientes sí que se sientan, aunque me observan llenos de dudas. Supongo que este lugar y sus habituales están tan acostumbrados a la pequeña guerrera que su ausencia se siente como una bofetada.
Puedo entenderlo.
Comienzo a llevar las comandas a la señora O. las sirvo sin equivocarme demasiado e intento ser eficiente. Cuando llevo más de una hora de servicio y más de cinco mesas atendidas aparece él.
Nos miramos, sus ojos se desorbitan y yo sonrío.
—Hola, pedazo de mierda con patas —saludo en un susurro cuando pasa junto a mí.
Shinnosuke se detiene un instante y me fulmina con la mirada, después se mete en el vestuario. Sale al rato intentando aparentar una tranquilidad que sé que no siente. Comienza a trabajar sin prestarme atención, toma los platos y los mete en el fregadero. Yo me entretengo un rato con la máquina registradora, intentando cobrar a unos clientes. Cuando se forma cola él me empuja hacia la sala.
—Aparta, inútil —dice mientras presiona una serie de códigos que memorizo en seguida.
La sala se llena, al fin y al cabo es sábado, así que trabajamos en una tensa calma llena de silencios y miradas asesinas.
—¿Dónde está ella? —pregunta en algún momento de la tarde, justo después de que yo me tome un descanso.
—Estaba muy cansada, así que la he dejado dormir un rato más en mi cama —sonrío con todos los dientes mientras él palidece.
—En tus sueños… —murmura incrédulo, negando con la cabeza y volviendo al trabajo.
Pero sé que me cree, o al menos duda. Lo que no sabe es que no estoy aquí con la intención de torturarlo mentalmente, lo mío siempre ha sido el plano físico.
La noche cae y me siento agotado, eso no hace más que exacerbar el sentimiento de admiración que guardo para ella. Que haya conseguido tanto con su escaso tiempo y sus fuerzas es más que admirable, es inaudito.
A última hora se presenta en la puerta un tipo elegante, y barre con la mirada el local como si todo fuera demasiado mediocre para su pulcra presencia. Lleva zapatos brillantes y un traje a medida, y arruga la nariz como si el simple aire le insultara. Se queda unos instantes quieto, esperando, y no me queda más remedio que acudir a atenderle, aunque espero que mi presencia le disuada de comer.
—¿Mesa para uno? —pregunto mientras retuerzo un trapo entre las manos.
Él me observa sucinto y tuerce la boca con disgusto.
—Quiero hablar con Akane —dice, y siento cómo me erizo, cómo algo dentro de mí se retuerce alarmado. Es su nombre, pronunciado por esa boca sin formalidades, es el aura oscura que apesta a colonia cara y a poder. Es la forma en la que no pide, si no ordena.
Entiendo sin una palabra más que ese tipo es su verdugo, el que la tiene atrapada en un eterno préstamo sin esperanza que la muy boba piensa que puede saldar a base de peleas y un sueldo de camarera.
—Hoy no trabaja —respondo con voz cavernaria y disuasoria—. ¿Quieres que le deje un recado?
Él suspira, como si de veras esperara hablar con ella y ahora se enfrentara a una terrible contrariedad.
—Volveré en otro momento —dice, y sale del restaurante sin dar las gracias, dejando la puerta abierta tras de sí.
Y lo estaré esperando.
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…
Cuando todos los clientes se marchan y la señora O. termina de guardar los cazos al fin me quedo a solas con el soplapollas.
No he terminado de limpiar las mesas cuando se da la vuelta a la barra y me enfrenta.
—Ahora dime la verdad, ¿qué has hecho con Akane? —pregunta alterado, y sé perfectamente que lleva horas pensando en lo que le dije, sonrío más que satisfecho conmigo mismo, aunque sea con ese pequeño embuste.
—Tenía moratones en los hombros, y supuse que debería dejarte unas cuantas cosas claras —digo alzándome en tensión, igual que antes de un combate.
—¿Moratones? ¡Todos esos golpes se los haces tú!
Eso sí que me cabrea. Le agarro de la camiseta, lo alzo y lo acerco a mí, mientras clavo en sus ojos poco a poco consumidos por el miedo mis iris azules, mis pupilas como agujas.
—Me cortaría las manos antes de hacerla daño, y si le vuelves a poner un puto dedo encima vas a lamentarlo toda tu vida.
Intenta zafarse, lo consigue a duras penas y solo porque yo le dejo. El cuello de su camiseta se ha dado de sí y me observa de forma afilada, lleno de ira y rencor.
—¿Te dijo que se me tiró encima como una desesperada? No es que sea exactamente mi estilo, pero es mi amiga y…
—Creo que no me he explicado bien —farfullo, y esta vez le agarro directamente del cuello, no quiero escuchar su berrinche ni sus mentiras, este pedazo de gilipollas piensa que puede manipularme como hace con todo el mundo, pero voy a demostrarle lo equivocado que está.
Lo suelto y ejerzo una llave sencilla, agarro una de sus manos y la retuerzo sobre su espalda mientras le estrello la cabeza sobre una mesa, y después dejo caer todo mi peso contra él.
—Vas a dejar este trabajo, vas a presentar tu renuncia y no vas a volver a hablar con ella, ¿ahora sí me entiendes? —pregunto, y hasta el tono frío escapando de mi garganta me genera una especie de peso, una culpa. Son métodos de extorsión que he presenciado muchas veces, solo que creí que yo era mucho mejor hombre que mi padre. Gruño mientras él se retuerce debajo de mí, porque es obvio que no termina de pillarlo, así que hago lo que tengo que hacer. Agarro uno de los dedos de su mano derecha y lo retuerzo en un ángulo imposible hasta que lo escucho gritar—. Voy a volver a preguntarlo, ¿lo has entendido, pedazo de mierda?
—¡Voy a denunciarte!
Le retuerzo otro dedo, y creo que ese lo necesitaba para coger un lápiz. Chilla mientras yo aplasto aún más su cabeza contra la lisa superficie de madera.
—Si lo haces te encontraré, y no te escaparás sólo con un par de dedos rotos.
Durante unos instantes en el restaurante solo se escucha su respiración atormentada, hasta que finalmente deja de forcejear.
—¡Vale, entendido! Ahora suéltame de una vez —termina con un tono lastimero, y yo lo dejo lentamente porque no quiero que haga una tontería, y yo tampoco quiero hacerla. Al menos no más que esta.
Ese tipo se lleva la mano al pecho y me observa atragantado antes de largarse por la puerta, sin mirar atrás. Espero que no vaya a la policía, de veras que lo espero. Me sacudo los hombros y sigo recogiendo. Por algún motivo que no termino de comprender esto se ha sentido penoso, porque ese jodido infeliz ni siquiera podía contestar a mis golpes.
No es como si no se lo mereciera, recordar los moratones en la blanca piel de Akane hace que vuelva a arder de pura furia. Debería haberle roto algún dedo de la otra mano, para que no pudiera limpiarse el culo.
Cuando estoy terminando la puerta del establecimiento se abre, y por ella aparece mi felicidad y perdición. Su piel brilla descansada, y creo que lleva parte de la escandalosa ropa que le regaló Ryu, a falta de cualquier otra muda. Tampoco me habría importado que siguiera vistiendo mi camiseta.
Akane observa el interior del restaurante, admirada.
—Lo has recogido todo… ¿No te ha ayudado Shinnosuke?
Al escuchar ese nombre gruño y aprieto los dientes, y creo que Akane se percata porque pega un respingo.
—Ha tenido una emergencia, quién sabe, lo mismo ni siquiera vuelve.
—No le has hecho nada, ¿verdad? —pregunta tensa, no quiero mentir así que agarro dos sillas y continuó recogiendo—. ¿Verdad? —repite con tono urgente, y me cabrea que a pesar de todo se piense que yo puedo aguantar los malos modos de ese niñato. La miro grave, Akane traga saliva y se lleva una mano a la cara—. Oh dios, Ranma… —dice mi nombre en tono lastimero.
—Se lo merecía.
—¡Pero tú eres más fuerte!
—Por eso mismo, debería haberse dado cuenta de que hay personas con las que no puede jugársela. No va a volver a faltarte al respeto, de hecho espero que no vuelva.
Ella deja escapar el aire de sus pulmones lentamente, como si se deshinchara. Después niega, yo me quito el delantal, habiendo terminado de recoger. Tampoco es como si supiera dónde guardan la llave de este sitio. Para ser su propio negocio, la señora O. resulta bastante negligente.
—Siempre estás haciendo cosas innecesarias.
—¿Innecesarias? —pregunto airado, la pelea con Shinnosuke me ha dejado los nervios de punta, por lo que justamente ella venga a echármelo en cara me empuja hasta las compuertas del embalse que contiene de forma precaria mi cordura.
—No hace falta que te preocupes por mí, sé cuidarme sola. Puedo comer, puedo entrenar, y puedo enfrentar mis problemas. Lo hacía antes de conocerte y puedo seguir haciéndolo.
Sus palabras se sienten como si acabara de colocar una verja de espinas sobre toda su piel para evitar que la toque, se sienten como una puñalada directa al corazón.
Pensaba que estaría agradecida, que quizás se mostraría accesible después de descansar y de que yo me deshiciera de la basura, pero Akane me mira con las cejas contraídas, y por algún motivo que no entiendo, parece a punto de echarse a llorar.
—Por favor —gime con los hombros hundidos—. No te metas en más problemas, no por mí.
Me acerco lentamente, inexorable, y Akane baja la mirada como si se arrepintiera de lo que acaba de salir de sus labios. Quiero abrazarla, necesito que vuelva a apoyarse en mi pecho y sentir su suave respiración, pero ella se mantiene tensa junto a la puerta y yo no puedo más que inclinarme y susurrar una verdad que puja por salir de mí con todas sus fuerzas.
—Quizás eso es lo único que he hecho en mi vida que valga la pena —Ella alza la cara con las mejillas sonrojadas y cuando me mira siento el pulso en la garganta, turbado, poseído por la necesidad.
—Ya te persigue un policía —dice preocupada, y que saque al gilipollas de Hibiki en este momento revienta mis nervios.
—Ese asunto no tiene que ver contigo —gruño.
—¡Pero…!
—Y si me quiero preocupar por ti es mi puto problema —continúo sintiendo lava en el estómago y un hambre insufrible, los pensamientos rápidos bloquean por completo cualquier juicio. Está acorralada contra una de las mesas, y yo respiro contra su mejilla de forma errática.
Jadeo y me aparto, Akane también jadea con los ojos entornados, apenas puedo soportar esa mirada suya, llena de preguntas.
—Me voy a casa —declaro.
—Vale —dice a mi espalda, con voz estrangulada. Cojo la sudadera y salgo del restaurante, agradeciendo el aire fresco. Enseguida me arrepiento de haberla dejado ahí dentro, sola. No quiero que vuelva a su casa sin compañía. Así que me siento en un tejado cercano como un completo imbécil, y espero.
Tarda mucho más en salir de lo que pensaba, y cuando lo hace camina con pasos pequeños y erráticos. Tiene los hombros hundidos y la cabeza gacha, me duele lo indecible verla así, cuando ella es todo sonrisa y energía, un torbellino vibrante que me encandila.
Es culpa mía, por haberle roto la mano a ese capullo, y por haberle hablado de forma áspera con tal de no decirle la verdad: Que estoy absolutamente obsesionado con ella. Que es lo mejor que me ha pasado, que mi mundo ha mejorado por su presencia. Que por ella tengo el estúpido impulso de convertirme en una persona mejor.
Vigilo desde la distancia, saltando entre los tejados, trepando a muros y ocultándome patéticamente tras cubos de basura.
Hasta que un coche negro, caro y enorme se detiene junto a ella, y de él baja ese tipo, el del traje y la peste a perfume.
Se me erizan todos los vellos del cuerpo de pura tensión, siento un ramalazo de adrenalina cuando Akane se para y lo mira. Toda su pesadumbre se evapora, se yergue orgullosa y vuelve a sacar su genio a relucir mientras le espeta que se vaya a la mierda.
Eso me arranca una sonrisa.
Me acerco intentando captar su conversación.
— …entender que no quiero seguir perdiendo dinero, la propiedad se devalúa a cada año que pasa, y mientras tanto debo seguir pagando impuestos —dice el tipo, todo su cuerpo se inclina sobre ella como si fuera una ola que amenaza con tragársela. Akane se ha cruzado de brazos y le mira como si quisiera despedazarlo.
—Eso no entraba en el trato que hicimos, Kuno —espeta arrugando los labios—. No puedes romper tu promesa.
—No estoy rompiendo nada.
—Te daré un adelanto. Diez millones en efectivo, mañana mismo, ¿qué me dices?
El tal Kuno suspira y niega.
—Podrías acabar con esto en cualquier momento, y lo sabes —Se acerca aún más, agarra uno de los mechones que lleva sueltos y lo enreda parsimoniosamente entre sus dedos.
Akane da un paso atrás y él la deja marchar, anhelante, contenido.
Me enciendo como una llama al entender exactamente lo que le está pidiendo, y a cambio de qué.
—Si cambias de opinión ya sabes donde encontrarme, aunque deberías darte prisa, tengo varios compradores interesados —suspira encogiéndose de hombros—. Ah, y Kodachi te envía saludos.
Se mete en el coche y se larga sin más, dejando a mi pequeña guerrera temblando. Intento calmarme, abro y cierro los puños intentando aliviar la tensión que se extiende por todo mi cuerpo.
Si al cacho de mierda del restaurante le he partido dos dedos, a este tendré que partirle las piernas.
Akane está demasiado quieta, inusualmente estática.
Me debato entre la idea de descubrirme o permanecer al acecho, y cuando quiero darme cuenta ya ha comenzado a caminar. La sigo hasta que entra en la casa de huéspedes, donde hoy los divorciados parecen tener otra de sus juergas alcohólicas. Me quedo un rato más en la calle, mirando hacia su ventana, hasta que apaga la luz.
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..
…
La espero en el pasillo de la casa de huéspedes, ligeramente avergonzado por mi comportamiento de ayer, aunque no arrepentido. En todo caso no dejo que esos pensamientos me estorben demasiado.
Es domingo y debe entrenar, y yo también necesito desgastarme un rato, porque tengo demasiadas cosas en la cabeza.
Además, creo que deberíamos hablar. Quizás si la llevo a comer algo se le suelte la lengua, como le suele pasar. Muevo los pies impaciente, y saco el teléfono de mi bolsillo.

Espero oír el aviso al otro lado de la puerta, pero pasa un largo rato y no suena nada. Pego la oreja de forma descarada, ahí dentro todo está demasiado silencioso. Me aclaro la garganta y encuentro el valor de dar un par de golpes en el marco de la puerta.
—¿Akane? —pregunto dubitativo, pero nadie responde.
Miro la hora para estar seguro, aún no son ni las siete de la mañana.
Agarro la puerta y la abro apenas una rendija, aguantando la extraña sensación que me come por dentro. Termino de mirar adentro para encontrar un cuarto estrecho pero bien ordenado. Escueto, con pocas cosas, y vacío.
Cierro la puerta intentando entender por qué ha salido tan temprano y sin mí. Comienzo a correr por nuestra ruta habitual, esperando encontrarla y fracasando nuevamente.
Mis pasos me llevan jadeante y alterado hasta la puerta de nuestro gimnasio clandestino. Y la encuentro abierta. Alzo una ceja, porque juraría que Ryu hoy no iba a venir, y menos tan temprano. Entro dubitativo y me acerco cauto hacia una persona que no reconozco.
Machaca un saco y me da la espalda, su pelo corto se sacude lleno de sudor.
—Disculpa, ¿quién…?
Se gira, y me quedo sin habla.
La cara de Akane se enmarca entre mechones cortos y oscuros. Su rostro es pura determinación, pétrea y brutal. Está cubierta de sudor y me observa alzando el mentón, orgullosa.

No espera mi respuesta y vuelve a golpear el saco.
Trago saliva en seco. Me acerco cauteloso y le sujeto el saco, ella da un par de brincos en el sitio y comienza a lanzar patadas altas. Busco sus ojos, pero solo le interesa golpear sin descanso.
—¿Cuándo?
—Uno de los residentes era peluquero.
—¿Te cortó el pelo un borracho de madrugada? —pregunto estupefacto—. ¿Acaso has dormido?
Akane no contesta, pero deja de golpear y toma aire, agotada.
—Te queda bien —susurro conciliador, ella se aleja del saco y se dirige al muk yan cho para practicar su rutina de wing chun, empieza a realizar el ejercicio de forma concienzuda y condenadamente rápida. Es buena, está mejorando a un ritmo endiablado y con el entrenamiento adecuado podría ser la mejor. Su problema es la falta de paciencia.
—Eso da igual, lo importante es que no moleste —contesta entre jadeos, ignorando por completo mi halago.
Entiendo su ansiedad enfermiza, la determinación que la arrastra hacia su meta imposible. No me hubiera fijado en ella si no fuera por esa furia ardiente, ese espíritu salvaje. Pero aún así…
—Tampoco es como si fueras a luchar pronto, puedes tomártelo con calma —No se detiene, sigue con su ejercicio implacable, hasta temo que se haga daño golpeando al muk yan cho tan fuerte como lo hace, extiendo un brazo, agarro su puño, en sus ojos hay puro fuego.
—Voy a retar a Shampoo este viernes —gruñe entre dientes, y mi pulso se acelera mientras mis pupilas se desorbitan.
—No. No vas a hacerlo.
—Trata de impedirlo —dice dando un paso atrás y alzando la barbilla, poseída por una inquebrantable voluntad.
Mi corazón da un brinco y una sensación anómala me atraviesa. No puedo consentirlo, esta cabezota no lo entiende, es imposible que lo consiga.
—¡No vas a luchar contra ella! ¡Es una orden de tu sensei!
—¡Necesito luchar contra ella! —responde dirigiéndose a la lona, y yo la sigo dando zancadas sintiendo la inquietud abrirse paso en mis entrañas.
—¡Aunque sucediera un maldito milagro y le ganaras no conseguirías tanto dinero! ¡Es imposible!
—¡Eso no lo sabes!
—¡Akane, joder escúchame! —La giro descontrolado, y ella me mira un instante antes de tirarme un puñetazo, está desquiciada, atrapada como un animal demasiado tiempo encerrado en una jaula. La esquivo, y continua atacando, la furia envuelve cada uno de sus velocísimos golpes, cada gesto. Quiere demostrar algo, pero yo también.
Es culpa de ese tipo, ese prestamista que la ha puesto entre la espada y la pared.
Me barre, levanto una pierna, se lanza contra mí con un grito que sale desde el fondo de su garganta, que la araña y retuerce. No es consciente de cuánto ha mejorado en tan poco tiempo, de lo extraordinaria que es, de cómo puede mandarlo todo a la mierda si se deja llevar por ese violento impulso. La agarro del brazo y la lanzo de un empujón al otro lado de la lona, rueda y se recompone.
Suspiro, esperaba que se quedara quietecita, pero si no no sería Akane.
Vuelve sobre mí, bloqueo sus patadas, avanzo lentamente hasta que veo un nuevo hueco en su brutal ataque, me agacho y la alzo sobre mi hombro, ella grita y me pega puñetazos en la espalda, duelen joder. La llevo hasta el vestuario, corro la cortina de la ducha y abro a tope el agua fría, la empujo hacia el cubículo sin compasión y ella grita y se revuelve.
Aprieta los dientes y me los enseña como si estuviera a punto de despedazarme con ellos, como si pudiera arrancarme los ojos con sus uñas.
—¡Tranquilízate de una puta vez! —digo intentando contenerla, y ella resopla intentando apartar mis manos que la retienen contra la pared, apretando sus hombros, allí donde estaban las marcas dejadas por ese pedazo de cabrón.
—¡Tú no lo entiendes! —grita empapada y jadeante, con las mejillas rojas y los ojos aguados.
—¡Lo entiendo mejor que nadie! —respondo, yo también estoy empapado, el flequillo me chorrea sobre la camiseta—. ¡No puedes ganar, asúmelo!
—¡No soy una cobarde!
—Eso ha quedado muy claro, pero ahora tranquilízate —Su pecho sube y baja mientras el agua fría cala su ropa y hace que note la rigidez de sus pezones, toda la tensión en mis manos se disuelve y me alejo un poco, saliendo de la ducha, ella se queda ahí unos instantes más, con la cabeza gacha y pegada a la pared.
Apaga el agua, se echa hacia atrás el pelo y me mira resentida.
—No he pedido tu opinión, solo te estoy informando —dice abandonando el baño, su ropa gotea el suelo y sale del vestuario, la sigo mientras toma una toalla de su bolsa de deporte que se pasa por el pelo y los brazos. Está despeinada, empapada y absolutamente hermosa.
Su terquedad me enerva, su salvajismo me incendia. Tomo aire y lo suelto lentamente: Me va a matar, va a acabar conmigo sin siquiera inmutarse.
—Te lo estoy rogando —mascullo acercándome de nuevo a ella y quedándome a un escaso metro. Akane me observa como si me estuviera perdonando la vida pero un instante después niega y se muerde el labio inferior.
—No tengo alternativa —susurra.
—Claro que la tienes, puedes dejarlo estar.
Contiene un gemido lastimero y vuelve a negar, esta vez de forma más enérgica.
—No, no puedo. Sin el dojô no me quedará nada.
—Akane… —Me gustaría que entendiera, que se viera tal y como la veo yo, como una persona extraordinaria, llena de posibilidades. Una mujer atrapada por su pasado, ahogándose por el peso que arrastra a sus espaldas —. Has hecho lo que has podido, déjalo.
Alza la mirada, llena de renovadas fuerzas a causa de mis palabras.
—No me rendiré sin pelear.
—¡Serás terca!
—Puedes ayudarme o no, me es indiferente.
Vuelve la mirada hacia el saco, agarro su brazo antes de que siga reventándose las manos de forma absurda.
—Pues no estoy de acuerdo.
—¡Entonces lárgate!
—¡No puedo! —gruño apretándola más, atrayéndola hacia mí con un ímpetu nacido de la ira, de la devastadora frustración—. ¡Yo tampoco puedo dejarlo estar!










Nos enredamos de nuevo en un mar de besos histéricos antes de que la cordura me asalte, porque al parecer soy el único de los dos al que le queda un poco. Ralentizo el beso hasta la tortura y siento un hueco en el estómago cuando me separo de ella para tomar aire. Akane parece abstraída, poseída por las caricias, como si el contacto humano le fuera ajeno y acabara de descubrir un nuevo universo de sensaciones agradables. La aprieto fuerte porque por un instante temo que se tambalee y caiga a plomo, apoyo su cabeza contra mi hombro y suspiro con un anhelo sofocante, con una dicha ensordecedora.
Nos balanceamos apenas sobre nuestros pies, intento terminar de saborear el momento. Intento no repetirlo ahora mismo. Descubro que no sé qué decir, de hecho cuando el silencio llena mis oídos me pongo rojo, a punto de hervir.
Akane se separa un poco, sus pestañas negras y espesas parpadean como si estuviera recuperándose de un sueño, uno bastante tórrido. Me sonríe tímida, yo me aclaro la garganta.
—Supongo que… Entiendes lo que… —Las palabras se me atragantan, porque soy una mierda con todo lo que tenga que ver con los sentimientos. Sus ojos fijos me ponen tan nervioso que preferiría estar partiéndome la cara en el ring en lugar de tener que explicar nada de lo que acaba de ocurrir.
Ella ladea la cabeza de forma adorable y deja caer las manos, que se quedan en mis brazos.
—¿Te gusto? —pregunta, yo asiento como un imbécil y ella me responde con otra nueva sonrisa que me desarma.
—Por eso no puedes luchar contra Shampoo —continuo muy serio, pegando mi frente a la suya, sintiendo sus dedos crisparse y todo su cuerpo entrar en tensión. Entiendo demasiado tarde de que hay algo que no va bien.
—¿Me has besado para convencerme de que no luche? —cuestiona sin embargo.
—¿Qué tipo de pregunta es esa? —respondo incrédulo.
—¿Lo has hecho?
—¡Eres tonta!
—¡Y ahora me insultas! —exclama apartándose de mí, de nuevo enfadada—. No me lo puedo creer —dice tomando su bolsa de deporte tirada por el suelo y matándome con la mirada.
Balbuceo sin entender nada cuando Akane sale por la puerta, y pestañeo como si me acabara de dar un puñetazo en el estómago.
—¡Pedazo de terca! ¡Espera! —grito saliendo tras ella, Akane se gira y se cruza de brazos. Está claro que no me he explicado bien, o ella no ha querido entender lo que le estoy diciendo—. Esto no tiene nada que ver, pero NO vas a luchar.
—No puedes impedirlo.
—Oh, ya lo creo que sí.
La idea de secuestrarla se me pasa por la cabeza, pero la descarto tan rápido como llega. Podría hablar con el viejo, podría intentar razonar con Tarô, pero creo que los dos estarían más que felices con la idea de presenciar esa pelea. No va a destrozarse delante de mis ojos, no lo voy a consentir.
Nos miramos serios y enfadados, aún con la ropa hecha un desastre y el tacto de nuestros cuerpos muy presente. No entiendo por qué me tengo que pelear con esta mujer, cuando lo único que quiero es meterla en mi cama y colmarla de caricias.
Akane resopla por la nariz, huraña y llena de animadversión.
—No quiero volver a entrenar contigo, dile a Ryu que venga mañana.
—Díselo tú —ataco cruzándome de brazos—. Dices que no eres una cobarde pero ahora estás huyendo de mí.
—¡No estoy huyendo! Es que me pones nerviosa y no puedo pensar cuando estás cerca. Tengo que luchar contra Shampoo para recuperar mi dojô, y no quiero que me convenzas de lo contrario.
Alzo una ceja, porque esta conversación no nos conduce a nada, solo a más y más frustración. Maldita sea, debería haber seguido besándola en lugar de pretender hablar, como las personas coherentes que obvio no somos.
—Ese es el truco, ¿no lo ves? Es un juego amañado, nunca has tenido ni la más mínima posibilidad de recuperarlo. ¡Ese tipo no quiere tu dinero! ¡Nunca le ha interesado! Te quiere rota para poder hacer contigo lo que le venga en gana, quiere tenerte y después destrozarte como a un juguete.
—¿Qué? ¿Cómo sabes…?
—¿Crees que te iba a dejar ir sola por la calle, aunque estuviera enfadado? Te seguí y lo escuché todo.
Akane traga saliva, y parece a punto de echarse a llorar. Se acerca a mí con las cejas fruncidas y los dientes apretados.
—No es de tu incumbencia —Una lágrima rueda por su mejilla, sé que en algún lugar en el fondo de su mente cree en mis palabras desesperanzadas. Entiende que ha perdido antes de poder jugar.
—Yo diría que es completamente de mi incumbencia —respondo con severidad, porque no me va a hacer cambiar de opinión de ninguna manera.
Intento limpiar esa lágrima, y ella retrocede, me observa un instante antes de echar a caminar, furiosa. Supongo que necesita tiempo para pensar en ello, para renunciar después de tantos años persiguiendo un sueño. Suspiro y regreso al gimnasio, está todo hecho un desastre.
Hoy es un día igual de malo que cualquier otro para ponerme a limpiar.
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NOTA DE LA AUTORA:
Me hace especial ilusión este capítulo, me gusta mucho la narrativa de Ranma (creo que ya he dicho esto demasiadas veces) y más si hablamos de romance. Creo que es algo así como uno de los asuntos pendientes que nos dejó el manga, pensamientos introspectivos y románticos, pero claro, Ranma no es un shojo.
Este capítulo también marca un antes y un después en su relación, ya sabemos cómo son nuestros protagonistas, dan un paso hacia delante y dos hacia atrás.
Gracias a Isabel por no desfallecer a pesar de estar todo el dia (auto)explotada, como siempre sus ilustraciones son demasiado bonitas y sexys. Amo como los retrata, sus manos, sus expresiones…
Gracias como siempre a mis agotadas betas y a sus consejos, y por supuesto a Dany por su hermosa traducción.
Y a ti por leer ❤️
NOTA DE LA ILUSTRADORA:
*nota: todas las onotmatopeyas en japonés: inicia con gemidos suaves y luego termina con intensos y duros uwu
Mi culpa que nos hayamos atrasado tanto en publicar, pero los proyectos que tengo ahorita son demasiado demandantes. Pero justo tuve un par de días libres y aproveché a ponerme con el capítulo, lamentablemente no pude dibujar tanto como hubiese querido (quería dibujar a Akane con la playera de Ranma y esos dos bobos viéndola, creo que lo haré después) pero espero les gusten estas ilustraciones, dibujar gente besándose NO ES NADA FÁCIL.
Este capítulo es una joya, se siente la tensión entre ellos, y los POV de Ranma siempre son mis favoritos, creo que es esa necesidad que tenemos de leer los sentimiento de Ranma al 100%
Y bueno, da la casualidad que estamos publicando justo después del beso de Romeo y Julieta. Aquí les va otro beso, pero AU y sin cinta uwu
Esta última semana recibimos MUCHOS nuevos lectores y reviews, muchas gracias nos hace muy feliz que les guste esta historia y las ilustraciones.
Y como siempre les digo:
Esperamos sus comentarios aquí en la página QUE NO LES CUESTA NADA DEJARLOS (recuerden que es nuestra única paga) y gracias por leernos :)))
Los tqmmm, besitos, bye.


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