Cuando abro los ojos me doy cuenta de dos cosas:
La primera: Sigo viva.
La segunda: Estoy en problemas.
El dolor lacerante del brazo derecho, o que apenas pueda abrir un ojo es lo de menos, lo peor es que estoy en un lugar que conozco bien, y eso no es bueno. Para nada.
Supongo que todos los hospitales se parecen, pero sería demasiada casualidad. Estoy en la clínica de agudos de mi cuñado, y eso solo puede significar que me he metido en un buen lío.
Intento incorporarme y enseguida me doy cuenta de mi precaria situación. Llevo un horrible camisón verde, mi brazo derecho está escayolado, y la pierna me arde. Siento la garganta seca, y la cabeza me da vueltas. Tengo un apretado vendaje alrededor de la frente y del ojo izquierdo.
¿Quién ganó la pelea? Debo saberlo de inmediato. Levanto las sábanas con mi mano libre y descubro el vendaje en mi muslo, eso me va a dejar cicatriz. Aprieto los dientes y trato de incorporarme, pero algo tira de mi brazo. Tengo un montón de goteros enganchados a varios puntos de mi agujereada extremidad.
Debo haber estado mucho peor de lo que imaginaba.
De repente algo se agita en mi visión periférica, me percato de que hay alguien más en la habitación. Una figura enorme y masculina se arrebuja en un estrecho sillón, abre los ojos de golpe y salta sobre mí, poniendo sus manos sobre mis hombros y empujándome de regreso a la cama.
—¡No puedes levantarte! —exclama alterado—. Has perdido muchísima sangre.
Jadeo sorprendida al ver sus ojos azules atormentados, toda su asfixiante preocupación. No me suelta, se queda inclinado sobre mí, agarrando mis hombros y contemplando el destrozo que tengo ahora por cara.
Quiero decirle muchas cosas, llevo queriendo decírselo semanas, en todo momento, a todas horas he querido gritarle que le necesito más que a nadie, más que a nada. Quise decirlo antes del combate, pero fui una cobarde, y ahora siento que todo lo que salga por mi boca no puede ser más que una excusa, una súplica por su perdón.
—¿Gané? —pregunto sin embargo, y sus cejas se fruncen. Sus manos me abandonan y se queda quieto, observándome en pie desde el borde de la cama.
—No.
Mi estómago pega un vuelco y parpadeo con un único ojo. No es posible, ¡ella hizo trampas! Me envenenó y apuñaló, y a pesar de todo aguanté hasta el final.
Siento las lágrimas acumularse a borde de mis ojos, y escuecen como lava hirviendo. No es justo.
—Quiero la revancha —digo apretando los dientes, sintiendo mi orgullo tan herido y maleado como mi pobre cuerpo.
Él resopla incrédulo, como si pensara que he perdido la cabeza.
—¿¡Acabas de recuperar el conocimiento después de veinticuatro horas, y eso es lo primero que tienes que decir!? —grita contenido, y solo entonces me percato de su ropa arrugada, de su cabello desmadejado, de su piel cetrina y sus horribles ojeras.
Ranma me ha estado velando sin apartarse de mi lado, y además, seguro que fue él quien me trajo a este lugar.
Paso saliva y bajo la mirada, avergonzada. He perdido, me han dado una paliza, no tengo el dinero y estoy en la clínica de mi cuñado. La sensación de fracaso me traspasa y supera, me muerdo el labio inferior sabiendo que él tenía razón, y que nunca hice el esfuerzo de escucharlo.
—Lo siento —susurro conteniendo las ganas de llorar en su pecho, de rogar que me abrace fuerte.
Resopla sobándose las sienes, como si mi despertar trajera de vuelta sus peores dolores de cabeza.
—Voy a avisar al matasanos —dice girándose, no sin antes dirigirme una última mirada ojerosa al salir por la puerta.
Vuelve a estar enfadado, o quizás nunca ha dejado de estarlo y soy absolutamente culpable de todo ello. Un momento, ¿a quién ha dicho que iba a avisar?
No intento levantarme de nuevo, y no porque no me sienta capaz, si no porque no quiero lidiar con las consecuencias que eso me traería. Me siento al borde de la cama, evaluando los daños.
Shampoo me rompió el brazo, sentí el crujir de mis huesos, pero guardaba la esperanza de que los tendones hubieran aguantado. La escayola no llega hasta arriba, solo abarca mi mano hasta dos centímetros por debajo de la articulación del codo. Pruebo a doblarlo sintiendo el dolor húmedo y agarrotado de la inflamación, pesa, pero no está dañado. Menos mal.
Escucho dos golpes en la puerta, alzo la mirada y antes de que pueda decir nada veo aparecer a mi cuñado, su habitual gesto afable ha sido sustituido por uno ceñudo. Se acerca a mi cama, Ranma lo acompaña, pero se queda apoyado contra la pared observando en un hosco silencio.
—Akane, ¿cómo te encuentras?
Le miro con mi ojo sano, supongo que mi lamentable aspecto habla en mi contra.
—Me duele la cabeza —digo llena de congoja, porque sus labios apretados y su profundo disgusto chocan de frente con todo lo que es el Dr. Tofu: amable, comprensivo y paciente.
—Le diré a la enfermera que te administre un analgésico —responde tomando una carpeta y apuntando un par de datos, después me examina de forma metódica, revisa mis vendajes, me toma las constantes, me ausculta y observa mis moratones —. Podrías haber muerto —dice contenido, yo aparto la mirada solo para encontrarme con los atormentados ojos de Ranma al otro lado de la habitación.
Decido que mirar mi propio regazo es lo más adecuado.
—Estuve a punto de ganar —susurro, él niega y toma aire.
—Tienes fracturados el cúbito y el radio, milagrosamente no están cerca de las articulaciones, por lo que curarán bien siempre y cuando guardes reposo. La herida de la pierna tenía más de siete centímetros de profundidad, tuve que cauterizar varios vasos y antes de llegar aquí perdiste mucha sangre. Aparte de eso, tienes una contusión importante en la cabeza, y un pequeño derrame pulmonar. Yo diría que ese combate no mereció la pena.
Alzo la mirada y le observo asustada, obvio lo sabe todo, y eso significa que…
—¿Lo sabe Kasumi? —pregunto retorciendo la sábana en mi mano.
—Sí, y está muy triste. Se encuentra profundamente decepcionada, y se culpa por lo que te ha sucedido. Quiere hablar contigo.
—Tofu… —susurro intentando invocar su piedad.
—Debes quedarte unos días, hasta que estemos seguros de que te encuentras recuperada de la conmoción y de que no tienes problemas para respirar. Tómatelo con calma —Me dedica algo parecido a una sonrisa y apoya su mano contra la mía —. Nos tienes muy preocupados, Akane. Aprovecha este tiempo para reflexionar.
Se levanta y se marcha, no sin antes intercambiar una mirada comprensiva con Ranma y darle un pequeño golpe en el hombro, ¿tan rápido se han hecho amigos? ¿Acaso todos han hecho frente común contra mí y estoy al borde de una intervención familiar?
Cuando la puerta se cierra el chico de la trenza se despega de la pared y avanza felino hacia mí, pero esta vez no se acerca al borde de la cama, se queda de forma prudente a unos pasos con el enojo bailando en sus pupilas.
—Ya lo has oído, no hagas esfuerzos y piensa un poco, maldita sea —dice, después apoya las manos en la cintura y suspira profundo, no me atrevo a mirarlo a la cara, y menos en este lamentable estado—. Voy a mi piso a buscar ropa y a darme una ducha, volveré más tarde.
—No es necesario —Me apresuro a interrumpir—. Tú también deberías descansar.
Lo escucho bufar de pura indignación y enseguida me arrepiento de haber hablado.
—Está claro que te recuperas rápido —dice desdeñoso, y en sus gestos adivino el dolor, el temblor del desprecio por rechazar su ayuda otra vez. No entiende lo avergonzada que me encuentro, todo lo que necesito es un espacio de callada soledad para poder purgar mi derrota lejos de su juicio.
Ni siquiera estoy segura de poder aspirar a su consuelo o sólo a ese enfado repleto de “te lo dije”.
—Luchaste por pura cabezonería, a pesar de que te rogué que no lo hicieras. Has estado a punto de perder mucho más que un combate. Necesito que lo entiendas —gruñe agarrando el pie de la cama hasta que sus nudillos se ponen blancos y sus ojos relampaguean de un color enturbiado—. ¡Casi derrochas tu vida a cambio de un puñado de dinero sucio! —repite, intentando que las palabras calen en mí. Arrugo el ceño, y hasta ese mísero gesto se me antoja doloroso.
—Eso no es así —respondo incontenible. Su indignación se condensa sobre la baranda metálica, que cruje bajo la brutal presión de sus manos. Él no lo entiende, no puede saber lo que se siente. Esta sensación ardiente, la necesidad de probarme algo a mí misma—. No lo hice solo por dinero —confieso mirándolo con mi ojo lleno de lágrimas sin derramar.
—¿De qué hablas?
Me muerdo los labios, porque no puedo decirle la vergonzosa verdad, no lo entendería. Él es el más fuerte de todos, por supuesto que no puede entender lo que sufre alguien como yo.
Ranma suelta el pie de cama ante mi muda respuesta y me observa lleno de estupor.
—Me voy.
Y siento que sus palabras tienen el poder de herirme más que mil golpes de Shampoo. Da un portazo al salir y yo me encojo dentro de mi deslucido camisón.
—Luché por ti, idiota —susurro quedo.

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..
…
La conversación con Kasumi ha sido aún peor de lo que imaginaba.
Pensaba que mi hermana me gritaría, que me zarandearía y me dirigiría palabras dolorosas, pero en lugar de eso se ha sentado en el sillón junto a mi cama y se ha echado a llorar.
Ha llorado incontenible durante más de media hora, y todos mis ruegos para que se detuviese no han servido de nada. Ha seguido llorando mientras no paraba de repetir que todo era culpa suya, que debería haberme obligado a entrar en la universidad, que tendría que haberse hecho cargo de mí.
Yo también he terminado llorando, y le he jurado que jamás volveré a hacerlo, que no volveré a exponerme de esta manera. Que mis días como luchadora callejera han llegado a su fin. Y no es una promesa vacía, realmente lo pienso. No quiero volver a hacer llorar a mi hermana, no cuando lleva toda la vida derramando lágrimas por culpa de las malas decisiones de los demás.
La charla me resulta reveladora y reconfortante, después me retiran los sueros y salgo a pasear por la clínica intentando que no se me abran los puntos de la pierna. Kasumi me ayuda con la comida y a asearme, y cuando se despide tengo la sensación de que nos hemos acercado de una manera que no sentía desde mi adolescencia, que su amor hace mella en todos mis escudos al dejarme cuidar.
Quizás es lo que ha estado intentando hacer todo este tiempo, solo que nunca se lo permití.
El día termina y Ranma no vuelve. Por la noche me cuesta dormir a pesar de los calmantes. Mis pensamientos regresan una y otra vez a la poza, al dolor, a sus gritos…
Quizás Ranma haya estado igual de asustado que Kasumi, sólo que él no lo demuestra llorando, si no con esa hosquedad fría con la que me ha tratado desde que desperté. Ni siquiera ha dicho nada de mi estúpido intento de confesión, cuando lo besé desesperada antes de enfrentarme a Shampoo.
¿Qué voy a hacer ahora? En este estado no puedo luchar, y tampoco trabajar. No puedo ganar dinero… No podré pagar a Kuno.
Abro los ojos en la oscuridad y los nervios se prenden de mis entrañas. Trago saliva mientras me pongo en pie y rebusco en el armario hasta encontrar la escasa ropa que me dejó Kasumi. Me enfundo en unos pantalones vaqueros que usaba de adolescente y una sudadera ancha, aunque me cuesta bastante pasar la manga sobre la escayola. Después maldigo cuando no encuentro nada parecido a unos zapatos, así que no me queda más remedio que usar las sandalias de la clínica.
Sé que está mal, y que no debería. Sé que todo el mundo va a enfadarse conmigo si se enteran de lo que estoy a punto de hacer.
Escondo el viejo camisón entre las sábanas y calculo que si me doy prisa puedo estar de regreso antes de que sirvan el desayuno.
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..
…
La mansión Kuno está en silencio, como cualquier casa respetable a las cuatro de la mañana.
No quiero montar un espectáculo y tampoco pretendo colarme como una vulgar ladrona, por lo que llamo al timbre y espero a que una perpleja ama de llaves salga en mi busca.
Me basta dar mi nombre para que me acompañe dentro. Recorro los amplios pasillos y en esta ocasión me guía hasta la puerta de la habitación presidencial de la segunda planta. Se retira apresurada en cuanto las puertas se abren de par en par y Kuno emerge tras ellas con un batín de seda y la más pura satisfacción pintada en su rostro.
—Akane Tendô, qué placer que busques mi compañí… —Detiene en su absurdo discurso cuando observa mi lamentable estado. Sus ojos se desorbitan ante mis vendajes y heridas.
—Dame mi dojô, Kuno —digo lo más firme que soy capaz de mantenerme—, no lo necesitas para nada, y yo puedo pagarte un adelanto hoy mismo. Seguir con este juego no nos beneficia a ninguno de los dos.
—No me digas que esto ha sido por dinero —dice señalándome incrédulo.
Alzo la barbilla y le miro con mi ojo muy abierto. Él se acerca y me acaricia la mejilla, el muy asqueroso aspira mi piel mientras se inclina sobre mí.
—Akane, no me gusta que te hagas daño. Sabes perfectamente que no necesitas llegar tan lejos, ¿por qué sigues negándote? Yo te trataría bien.
Al final todo se reduce a eso, siempre he podido ceder. Intercambiar mi cuerpo y mi alma a cambio de mi sueño. Estúpidamente pensé que podría luchar, que mis fuerzas serían suficientes, y que podría tenerlo todo sin renunciar a mí misma.
Pero me equivocaba. Ranma lo sabía, mi hermana lo sabía, todos se dieron cuenta excepto yo. Pensé que podría ser razonable, que quizás se compadecería de mí, aunque fuera como una obra de caridad. Pero no será así, él no soltará el anzuelo en el que me tiene atrapada, y yo no dejaré de retorcerme en su red.
—¿Y qué pasará si me niego? —pregunto sin moverme, con la mirada fija en el fondo de la habitación, en esa cama inmensa y desordenada. Kuno se inclina aún más sobre mí y siento sus manos acariciando mi cuello, su aliento contra la piel de mi mandíbula con un deseo incontenible.
—Lo destruiré —jadea cerrando los ojos, embebido—. Lo destruiré todo.
Supongo que es un ultimátum, estoy al borde del precipicio, balanceándome, a un paso de caer. No hay alternativa, ya no me quedan cartas en la mano, se ha terminado la partida. Le miro y doy un paso hacia atrás, y él entiende, sé que lo hace cuando aprieta los labios en una línea lívida de rabia.
—Te vas a arrepentir —dice extendiendo una mano hacia mí, tan tentadora, tan espeluznante—. No seas estúpida.
Niego, y sus ojos se oscurecen llenos de frustración y enfado.
—¿¡Y para esto me despiertas!? ¿Vienes a calentarme y después te marchas?
—¡Yo no he venido a…. !
—¡No mientas! ¡Siempre mientes! ¡Llevas años mintiendo, diciendo que puedes pagarme, que solo necesitas más tiempo, que no me deseas!
De pronto me encuentro desesperada por recordar el laberíntico recorrido de pasillos que me ha traído hasta este lugar. No podré con Kuno, no en estas condiciones. Apenas me tengo en pie, si echo a correr será mi ruina. Nadie me creerá cuando diga que he entrado en este lugar por propia voluntad, será mi palabra contra la suya. Un hombre rico, guapo, influyente… Y una pobre desgraciada que se presenta en su dormitorio de madrugada.
Retrocedo y echo a andar lo más rápido que me permiten mis piernas, esperando que no me siga, que no sea un miserable, que a pesar de todo no quiera acabar conmigo. No soy más que un insecto que aplastar con sus zapatos caros, no soy nada ni nadie a quien valga la pena codiciar.
Farfullo sudando del esfuerzo, y cuando llego a la escalera que da a la salida él me intercepta. Me agarra del brazo roto y yo pego un grito agudo mientras me arrincona contra la baranda.
—Akane Tendô, si sales por esa puerta no habrá vuelta atrás, ¿lo entiendes? Lo perderás todo. Todos tus años de miserias y esfuerzos habrán sido por nada, ¿crees que vale la pena a cambio de tan poco? Solo te pido una noche, lo que resta de noche…
Sus manos sobre mí me provocan náuseas.

No puedo entregarme a este hombre, no puedo prostituirme pensando que deseo esto por encima de cualquier otra cosa, que no hay solución ni salida. Que cuando lo haga seré feliz.
¿Siempre he estado así de ciega, siempre he sido tan miserablemente estúpida?
Soy una perdedora, ahora y siempre. Nunca he sido otra cosa, ni he merecido más. Las lágrimas bajan por mis mejillas, hasta las siento empapando el vendaje de mi ojo amoratado.
—Ojalá te partas el cuello, Kuno. Ojalá te mueras tras caerte de una escalera, o en un accidente en carretera. Ojalá te ahogues, ojalá te suicides. Ojalá no le estés haciendo esto a ninguna otra persona, puto desgraciado —jadeo sin aliento, y él me suelta al fin, estirando su bata y limpiando la mano que me ha tocado sobre su pecho, como si de repente le resultara asquerosa.
—Adiós, Akane Tendô —dice girándose en la oscuridad y regresando a su habitación.
Cojo aire pero lo siento rasposo e insuficiente, trago un grito y recorro el camino hacia la salida, cojeando y derrotada, pero aún así pudiendo vivir conmigo misma.
La clínica no queda lejos, y aún así la caminata se me antoja infinita. Cuando llego a la entrada el sol apenas despunta en el horizonte, y yo me cuelo a hurtadillas por uno de los accesos laterales. Subo hasta mi habitación por las poco transitadas escaleras, a pesar de que los puntos de la pierna me tiran como si fueran aguijonazos, hundiéndose una y otra vez en mi carne.
Suspiro cuando alcanzo la puerta y me escabullo dentro, cierro a mi espalda soltando todo el aire que estaba conteniendo, a salvo al fin.
—¿¡Dónde estabas!?
Parpadeo en la escasa claridad solo para encontrarme de frente con la última persona que querría que me atrapara. Ranma está desquiciado y me mira como si no acabara de creerse del todo lo que está viendo.
Mis labios tiemblan intentando encontrar una excusa creíble.
—Quería dar un paseo.
—¡Y una mierda!
—Baja la voz —ruego, temiendo que el escándalo avise a alguna enfermera y me pillen con la ropa de calle, después de haber huído a pesar de todas sus severas advertencias.
—¿Dónde has ido? ¡Casi me da un infarto!
De nuevo me invade una insólita y terrible vergüenza, el sabor a la más baja de las traiciones. ¿Cómo siquiera he podido considerar la oferta de Kuno? No quiero seguir mintiendo, no quiero esconderme más de él. No quiero que sigamos enfadados pero… Pero…
¿Cómo se lo explico sin que me odie? ¿Que a pesar de todo me he vuelto a poner en peligro? ¿Que soy un desastre, sin nada que ofrecer?
—Ah, ¿es así como lo hacemos ahora? ¿Yo hablo y tú te callas? —pregunta indignado, y entiendo que de todas maneras, lo quiera o no estamos teniendo otra pelea.
—Tenía un asunto del que ocuparme.
—¿¡Un asunto de madrugada!? ¿Un asunto que no puede esperar a que te den el alta del maldito hospital? —señala, no sin razón.
Siento la venda de la cabeza apretada y mojada, lucho por retirarla y la dejo caer al suelo frente a mí, mientras parpadeo con mi ojo hinchado, intentando enfocar.
—Lo he perdido todo —admito al fin, sin fuerzas ni lugar al que huir, dejando que las lágrimas corran libres—. Se acabó.
—¿Dónde has ido? —repite la pregunta, que se siente aguda y filosa, como una espada.
—He ido a ver a Kuno —susurro alzando la mirada hacia él, su portentosa altura se recorta contra la puerta, una sombra mortal llena de un horror tan clamoroso que espanta a la propia oscuridad.
—¿A Kuno? ¿¡Te has metido en la casa de ese tipo que te advertí que solo quería una cosa de ti!?
Su incredulidad es tan desesperante que me paraliza, apenas alcanzo a tragar saliva mientras aparto la mirada e intento que entienda mis razones.
—Pensé que si se lo pedía de nuevo, si veía que estaba dispuesta a reunir el dinero quizás consiguiera un poco más de tiempo, pero él…
—Te pidió que te acostaras con él —adivina, su tono baja una octava, contenido, peligroso
El estupor que me provoca su afirmación hace que pegue un respingo. Pero él ni siquiera se mueve, está tan quieto que no parece seguir respirando.
Me muerdo el labio inferior, no puedo mirarlo a la cara. Ranma resopla y comienza a dar vueltas por la habitación, con pasos pequeños y erráticos mientras se lleva las manos a la cara.
—¡Te lo dije, y tú sabías que lo haría y aún así fuiste! ¡Nunca escuchas, no sé ni por qué me molesto en seguir hablando contigo! Te expones continuamente y no te paras ni un segundo a pensar en las consecuencias. Podrías haber muerto en la poza, esa china pirada podría haberte dejado parapléjica, y aún así luchaste, a pesar de que te rogué que no lo hicieras. Y ese cerdo rico… ¿¡De verdad no sabes lo que le hacen los de su calaña a las mujeres como tú!? ¡No puedes ser tan ingenua! ¡No puedes seguir anteponiendo todo a tu propia seguridad, a tí misma!
Quiero hablar, quiero que de mis labios salga una excusa, pero descubro que lo único que puedo hacer es temblar avergonzada, terriblemente consciente de mí misma. Las lágrimas se me agolpan en los ojos mientras él continúa con los ojos espídicos, lanzándome miradas incrédulas y dolorosas.
—¿No te das cuenta de que estás gravemente herida? ¿¡De que podría haberte pasado CUALQUIER cosa!? ¡Hay más cosas que esa jodida casa! ¡Hay personas en tu vida que se preocupan por ti! ¡Si no quieres hacerlo por tí misma al menos piensa un poco en eso, maldita sea! ¿Sabes qué, Akane? Esto es agotador.
Es cierto que lo es. Es absolutamente agotador, este doloroso amor.
Le veo jadear mientras espera una respuesta que no puedo darle, lo veo hundido, destrozado. Lo veo perdido, y aún así quiero que me deje en paz, revolcándome en mi miseria. Merezco que me olvide, y él merece librarse de una mujer tan absolutamente problemática como yo. ¿Quién lo hubiera dicho? El pandillero ha resultado ser mucho más confiable que la chica trabajadora.
No se me ocurre mejor regalo que romperle el corazón.
—Nadie te pidió que te preocuparas, ¡yo no te pedí esto! —replico mientras las pulsaciones se disparan y siento el aire incapaz de entrar en mis pulmones, mis duras palabras no concuerdan con mis torpes lágrimas—. Si solo vas a molestar vete de una vez —ruego conteniendo las lágrimas.
A los pocos segundos se mueve, lento pero firme. Escucho la puerta cerrarse, y esta vez tengo la seguridad de que es definitivo. No volverá por mí, no me buscará.
Ha terminado conmigo.
.
..
…
El Dr. Tofu me da el alta dos días después. Al final me confiesa que me trajo él mismo a la clínica, que Ranma me metió en la parte trasera de su coche y corrieron por la autopista a mucha más velocidad de la permitida. Era él desde el principio, el médico de la poza.
No deja de ser irónico. Si hubiera ido a verle habría terminado enseguida con cualquiera de mis intentos por rendir un combate, le habría bastado con decírselo a mi hermana y ella se habría encargado de quitarme la idea de la cabeza.
Mi cuñado lleva años allí, en ese oscuro y retorcido mundo, ganando dinero negro que le ha permitido abrir varias clínicas en tiempo record. No creo que esté arrepentido, aunque diría que sí algo avergonzado. Mi hermana no sabe nada, y aunque él no me ha guardado el secreto sí que me ha pedido que le guarde el suyo.
Dice que alguien debe encargarse de todos esos pobres muchachos, y que le ha salvado la vida a Ranma y a Ryu varias veces. No me cabe duda de que así ha sido, y aunque sea solo en agradecimiento guardaré silencio. No seré la culpable de una crisis matrimonial. Si Kasumi quiere enterarse de dónde saca su marido los ingresos extra estoy segura de que encontrará la manera.
Ya puedo abrir el ojo, aunque está de un feo color morado, así que lo primero que hago al salir de la clínica es comprarme unas gafas de sol en un combini. También un par de onigiris y varias chocolatinas.
Maldita sea, tengo más de veinte millones y el corazón hecho pedazos, puedo permitirme gastar tres mil yens. Durante mi ingreso no dejé de recibir mensajes de Akari, creo que le debo una visita y algunas explicaciones, seguro que está muerta del susto después de acompañarme a la poza. No debí llevarla allí, pero Ranma no estaba, y realmente pensé que no iba a venir. Necesitaba desesperadamente poder tomar las manos de alguien. Ahora puedo ver que fue muy egoísta por mi parte.
Me dirijo hacia el restaurante, con mi brazo en un cabestrillo y masticando mis chocolatinas. Lo encuentro tan reconfortante como decadente.
Entro en el restaurante cuando aún no es hora de apertura, tanto Akari como la señora O. acuden a recibirme y me cosen a preguntas.
Se muestran preocupadas por mis heridas, pero yo les resto importancia, y es cierto que si no muevo la mano apenas duele. Con los analgésicos que me ha recetado Tofu podré apañármelas las semanas que restan hasta que me quite la escayola.
—Por supuesto que no vas a venir a trabajar —dice la señora O. cruzándose de brazos, espantada, yo no me he quitado las gafas, pero aún así supongo que mi cara hinchada es difícil de esconder.
—Puedo encargarme de la caja o de tomar notas —respondo solícita, Akari también niega efusivamente.
—Debes descansar, y recapacitar —sugiere la señora O. y menos mal que tengo las gafas de sol porque acabo de poner los ojos en blanco, ¿a todo el mundo le ha dado por lo mismo?
—¿Dónde has dejado a tu novio? —-inquiere Akari por lo bajo, y esa parece ser la señal para que la jefa se marche de regreso a la cocina. Yo me aclaro la garganta, incómoda.
Me ahorro la perorata sobre que él no es mi novio, ya hemos pasado por eso y no consigo convencerla de lo contrario.
—Hemos terminado.
—¿Qué? —pregunta confundida.
—Hemos terminado —repito intentando mantener mi fachada de una pieza.
—¿Por qué? —inquiere espantada.
—Porque es lo mejor.
—¿Lo mejor para quién?
—Lo mejor para él.
Mi amiga se cruza de brazos, nos conocemos hace apenas dos semanas, no me encuentro precisamente cómoda mientras airea mis intimidades sin compasión y me expone como si supiera lo que estoy pensando.
—Imposible, ese hombre te quiere.
Siento sus palabras como un disparo en el pecho, me arden mientras me quito las gafas, mostrando mis horribles moretones e intentando limpiar las lágrimas delatoras del daño que me causa pensar en Ranma.
—No le convengo.
—No me digas… —dice descreída. Yo vuelvo a ponerme las gafas de sol, ahora solo tengo ganas de salir de este lugar—. No eres una cobarde, Akane. ¿Por qué huyes?
—No lo hago.
—Estaba absolutamente desquiciado en la poza, tú no lo viste, pero yo sí. No se merece que lo apartes porque te sientas triste.
Guardo silencio mientras intento pensar, y siento que llevo corriendo demasiado tiempo, que en la vorágine en la que tan sólo perseguía mi objetivo he perdido demasiadas cosas, quizás hasta a mí misma.
No tengo nada que ofrecer, no sé por dónde continuar. Estoy absolutamente desorientada, y he apartado de mi lado a la única persona que me ha tendido la mano, que ha pretendido cuidar de mí.
—Seguro que es tarde —digo mientras me muerdo los labios, inquieta—. Está cansado de mi actitud. No me perdonará.
—¿Lo has intentado siquiera? ¿Has ido a hablar con él?
Akari se inclina sobre la mesa y me mira llena de un furor airado e imperioso.
—Ve ahora mismo, o te arrepentirás el resto de tu vida.
—Pero…
—¡Ve! —exclama dando un golpe en la mesa —. ¡Ve a buscarlo YA!
Me pongo en pie y siento que los puntos me tiran, que el rubor acrecenta la inflamación de mi rostro, que ardo de vergüenza y congoja. No soy una cobarde, no le temo a un reto, no le huyo a la pelea, ¿entonces por qué no puedo enfrentar a Ranma?
Salgo del restaurante y camino como una autómata hacia nuestra sala de entrenamiento, ese lugar en el que hemos pasado las horas conociéndonos, analizándonos, mirándonos a instantes robados, tan sutiles como intensos.
No sé qué voy a decirle, pero sé que merece algo mucho mejor que lo que soy ahora, este despojo lleno de ira y enfado. Él merece alguien que le cuide, que no le espante, alguien digno de su confianza.
Encuentro la puerta abierta y entro de una, pisando el tatami sin preocuparme por ensuciarlo. Caminando hasta el fondo de la sala mientras me quito el cabestrillo y tiro las gafas al suelo, sin control.
Y ese hombre portentoso detiene sus ejercicios y me mira sin verme, jadeando, con la camiseta empapada de sudor.
—¿Qué quieres? —pregunta con una voz desapasionada, esquivando mis ojos, hastiado de mí.
—He comprado dos chocolatinas, y me las he comido —confieso con las mejillas sonrojadas, sintiendo los pies anclados al suelo, el corazón en la boca y un peso absurdo sobre el pecho. Le veo alzar una ceja, sin entender. Para mí tampoco tiene sentido lo que estoy diciendo. —Es la primera vez que lo hago en años, y no dejo de sentirme culpable.
Sus labios permanecen juntos, al igual que sus cejas, yo me acerco un paso más. Nunca he sentido este tipo de terror antes de un enfrentamiento contra un enemigo, jamás he experimentado este sentimiento cerval, de auténtico y primitivo miedo. Aquí delante de él siento más que nunca que estoy mostrando mis más oscuros y feos rincones a quien menos quiero que sepa de ellos.
—¡No sé cómo continuar, no tengo ni la más remota idea! Llevo tanto tiempo sobreviviendo, pensando en mi objetivo que ahora ya no sé vivir. No lo entiendo, no sé qué puedes haber visto en mí que te haga desear acercarte a este desastre, yo… Yo… ¡Ni siquiera sé dejarme cuidar! Soy lo peor, solo quería alejarte para que no vieras lo bajo que he caído, lo patética que resulto en este estado: No puedo pelear, no puedo trabajar, ya no me queda nada.
Las lágrimas fluyen irritantes, las seco con rabia usando mi mano izquierda, mientras siento la derecha cuelga pesada de mi hombro a causa de la escayola. Él no se mueve, sólo me mira y contiene el aliento.
—Tenías razón, ¡tenías razón en todo! No podía con Shampoo, y Kuno jamás quiso mi dinero. Llevo siendo una imbécil tanto tiempo que no puedo más que sentir vergüenza de mí misma. He hecho sufrir a mi hermana, y te he hecho sufrir a ti. No te merezco, y tú no mereces que te trate como lo he hecho. Fui cruel sin motivo, sólo puedo decir que quería salvarte de esto —digo apuntándome devastada, agarrando mi escayola, ocultando mi rostro—. Mereces algo mucho mejor, Ranma.
Y después de todo mi discurso me siento extrañamente vacía, cálidamente en paz. Él no se mueve, pero yo tampoco aspiraba a su perdón. Le dedico una sonrisa triste mientras busco mis cosas por el suelo, no debí tirarlas en un ataque de dramatismo, ha sido patético.
—¿A qué te referías ese día? —pregunta de pronto, aún sigue en pie al fondo de la sala, y no ha hecho la menor intención de moverse ni un palmo —. Cuando dijiste que no habías luchado sólo por dinero, ¿a qué te referías?
La garganta me duele de tragarme las lágrimas, pero no puedo ocultar lo que siento por él. Ya no tiene ningún sentido hacerlo.
—Luché para demostrar que era digna de ti —respondo mientras me encojo de hombros, con una risa sofocada y distante—. Otra tontería más, ¿verdad?
—Estúpida —pronuncia masticando las sílabas—. ¿Cómo puedes ser tan… ?
Sus dedos se arrugan como garras y después los encoge en puños, supongo que es complicado mantener la compostura después de tantas confesiones.
—No quería incomodarte —concluyo recuperando el cabestrillo y las gafas, que por suerte son de plástico, demasiado baratas para romperse por más golpes que se lleven. Me dirijo a la salida alzando la barbilla, intentando aunar algo de dignidad, y él se interpone en medio en menos de medio segundo, sus pupilas miran mi ojo morado, toda mi debilidad.
—Si no sabes como vivir yo puedo enseñarte —dice sin dejarme avanzar—. Si no sabes hacia dónde caminar, yo te lo puedo mostrar. Si crees que no tienes nada que merezca la pena, te equivocas.
Dejo caer la mandíbula de pura incredulidad mientras su expresión se me antoja acelerada. Me sonrojo hasta lo imposible y él hace lo mismo, sus mejillas se tiñen de carmín y después se aclara la garganta, inquieto.
—¿Y bien? —pregunta muy bajito, y solo entonces me percato de que estaba esperando una respuesta.
—Eso me gustaría.
Y sus ojos se relajan, todo él parece expulsar el aire contenido y dejar los músculos laxos, hasta su boca llega la más tenue de las sonrisas y me pregunto cómo he podido subsistir sin esto las últimas semanas. Él es como el aire que respiro, es mi impulso y mi fuerza, es la única mano que quiero tomar.
Me resisto como la desdichada que soy a arrullarme contra él y rogar que me abrace, que me recuerde cómo eran sus manos en contacto con mi piel.
—¿El matasanos te ha dejado salir? —inquiere con un deje de sospecha, y yo vuelvo a secarme las lágrimas y asiento.
—Sí, aunque tengo revisión en unos días.
—¿Y cuando te quita la escayola?
—Tres semanas.
—¿Te duele?
—Apenas, esta vez estoy tomando analgésicos, y son lo mejor —sonrío un poco, sintiendo como el ambiente se descarga poco a poco.
—Más te vale —gruñe acercándose un paso y pasando la yema de su índice sobre la inflamación de mi pómulo—. Tengo una crema que te iría bien, y deberías ponerte hielo.
—Comparé compresas frías de camino a casa.
—Si vuelves a ese lugar no podré ayudarte.
—No necesito ayuda—frunzo el ceño y aplaco una ramalazo de dolor—. Soy capaz de ocuparme de mis asuntos.
Ahora quien frunce el ceño es él.
—No puedes usar el brazo derecho, y has dicho que ibas a obedecerme.
—No recuerdo haber dicho nada parecido.
—Lo hablé con tu hermana y estuvo de acuerdo, así que llegados a este punto solo tienes dos opciones.
—¿¡Desde cuándo hablas con mi hermana!? —pregunto alarmada, él levanta un dedo y lo pone muy cerca de mi cara, extremadamente serio.
—Recoges tus cosas con mi ayuda o las recojo yo por ti.
—¿Y dónde se supone que voy a vivir?
—En mi casa.
Hago una pausa dramática mientras intento no entrar en combustión.
—¿¡Qué!?
—Necesitas descansar, estás herida y no te puedes alimentar a base de chocolatinas. Me sobra un cuarto, es el más pequeño, pero caben una cama y un armario.
Mi mandíbula inferior tiembla mientras intento articular alguna palabra coherente, una buena excusa para no aceptar refugiarme bajo su techo en un completo alarde de vulnerabilidad. Pero él está aquí plantado, firme y decidido, como si me retara a debatir su aplastante lógica.
—¿Y a Ryu le parece bien? —Me aventuro a preguntar, alzando la mirada llena de timidez.
—Por supuesto —responde, tan seguro y firme que me parece una broma que hace solo un momento estuviera enfadado conmigo.
Me balanceo indecisa, tan tentada de aceptar su ayuda, y a la vez tan temerosa de ser una auténtica molestia.
—Solo unos días, hasta que me quiten la escayola.
—Hasta que puedas valerte y encuentres un lugar mejor que ese hostal lleno de borrachos.
Sus ásperas palabras contrastan con su voz baja y su tono grave, con esa dulzura entretejida en sus intenciones.
No sé dejarme cuidar, no tengo ni idea de cómo hacerlo, pero él sí sabe cómo tratarme. Puedo poner mi corazón a salvo entre sus manos sabiendo que lo va a guardar con infinito cuidado.
—¿Te importa si antes vamos a otro lugar?
.
..
…
Ranma se ha dado una ducha después del entrenamiento, y su champú huele a menta y a madera, a algo profundamente envolvente y sexy. Es por eso que me he alejado casi dos metros, y me he esforzado muchísimo por dejar de cojear, aunque los puntos de la pierna tiren como mil demonios.
Nos dirigimos hacia la casa de huéspedes, pero justo antes de llegar giro a la izquierda y continúo por ese camino, conocido y familiar. Seguro que él ya se ha dado cuenta de hacia dónde nos dirigimos, pero tiene la discreción de seguirme en silencio.
Puede parecer una tontería, pero necesito despedirme. Quiero entrar a mi dojô una última vez. El pensamiento hace que mis ojos se llenen de lágrimas, en los últimos días no he hecho más que llorar.
Tengo los ojos inyectados en sangre y las mejillas me arden, pero al menos con las gafas he conseguido disimularlo un poco. Llego hasta la verja del canal jadeando del esfuerzo, y Ranma se pone a mi altura, preocupado.
—Deberías descansar, estás caminando demasiado —dice intentando detenerme, pero yo niego e intento dedicarle un gesto tranquilizador.
—Ya llegamos.
—Al menos deja que te lleve.
La oferta se me antoja tentadora e imposible.
—Está ahí —señalo al fondo de la calle—. Apenas…
Y en ese instante llega hasta nosotros el sonido atroz. La ansiedad se apodera de mi. Comienzo a caminar rápido, y después a correr. Escucho a Ranma proferir una maldición a mi espalda mientras sale tras de mí. Para cuando llego a la esquina de mi dojô ya no siento el dolor de la pierna, ni el ardor de mis pulmones. No me pesa el brazo ni me da arde la cara, todo lo que siento es un vacío arrollador mientras veo que Kuno hablaba absolutamente en serio.
Lo ha destruido todo.
Tres grúas altas y espigadas trabajan sin descanso en la que era mi casa, ancladas cruelmente en mi bonito jardín. El muro, alto y hecho en piedra está semiderruido, y una excavadora está echando abajo pedazo a pedazo los restos de la fachada.
Aprieto los dientes pero me siento extrañamente débil, tanto que me fallan las piernas y me dejo caer al suelo, quedándome tristemente sentada en mitad de la calle, incapaz de apartar mis ojos del derrumbe, de la muerte definitiva de todos mis sueños y aspiraciones.
Ya no me quedan lágrimas, las he gastado todas, o al menos eso pensaba. No puedo respirar, el aire no entra, y no puedo apartar la mirada mientras los operarios trabajan diligentemente en derruir el que fuera mi hogar.
Ese cabrón orgulloso y vengativo quería que lo viera, quería hundirme hasta el fondo.
La cabeza me da vueltas, me siento tan perpleja como abandonada. Es una pesadilla, si cierro los ojos me despertaré, y será otro día de trabajo. Esto no puede ser verdad, no está pasando.
Unas manos grandes y cálidas me levantan del suelo. Lo hacen como si no pesara, como si acabara de caerme después de corretear por el parque, tal y como hacía mi madre cuando yo era una niña llena de energía.
Ranma me alza, pasa una mano bajo mis rodillas y la otra la posa en mi espalda, da la vuelta y no dice una palabra mientras me aleja de aquí.
Reacciono revolviéndome, llena de una ansiedad que me carcome hasta los huesos.
—¡Espera, espera un momento! ¡Es un error! ¡Tiene que ser un error! —digo sintiendo esas lágrimas calientes, que parecen haber trazado surcos permanentes en mi piel.
Pero su regio perfil no da opción, simplemente no me escucha. Es como un soldado con una misión, dispuesto a cumplir su papel le pese a quien le pese.
Me alzó sobre su hombro, agarrándolo con el brazo sano y miro hacia el final de la calle, hacia la nube de polvo que levanta un nuevo golpe de destrucción.
Me inunda una ira primitiva, una tristeza infinita. Me muerdo los labios hasta que saboreo mi propia sangre en el paladar.
—No es justo —murmuro entre hipidos—. No es justo.
Y me quedo mirando impotente, mientras siento que los cimientos de mi vida se tambalean bajo mis pies.
.
..
…
Ranma salió a la calle principal y detuvo un taxi. Yo no estaba en condiciones de oponerme ni protestar cuando dio la dirección de la casa de huéspedes y me llevó hasta allí.
Me dejó sentada en el pasillo y se ocupó de todo, de absolutamente todo.
Tardó menos de una hora en tener mi vida metida en dos bolsas. Qué lamentable. Ahora que ha hurgado en los cajones de mi ropa interior no puedo sostenerle la mirada. Si hace un rato daba lástima, ahora no soy mucho más que un cúmulo incontenible de pena, llanto y mocos.
Una comitiva de hombres con resaca me despiden desde la puerta y me desean suerte, y el luchador que me guía de forma inflexible me mete en un nuevo taxi sin pedirme opinión. Tampoco es como si me quedaran fuerzas.
Sentía que había caído bajo, pero ahora estoy tan hundida que puede que en cualquier momento me olvide de respirar. Cuando llegamos a su piso tengo la impresión de que han pasado un millón de años y demasiadas cosas. Llevo todo el día sin comer, y ni siquiera sé qué hora es. Tampoco he tomado mis analgésicos y el brazo me duele como si lo taladraran.
—No tenía planeado que vinieras hoy. Puedes instalarte en mi habitación, yo dormiré en el sofá —dice solícito, llevándome hacia su cuarto, donde recoge algunas prendas que tenía por el suelo y me hace hueco en la mesilla de noche. Después deja las bolsas contra una de las paredes y me observa como si de pronto se planteara todas sus decisiones vitales, empezando por la de haber metido a una chica en su cuarto.
—Estoy cansada —susurro con voz estrangulada.
—Entonces deberías dormir —propone.
Asiento y miro las bolsas, abstraída, aún sin procesar que toda mi vida ocupe tan poco espacio. Si hubiera muerto en la poza Kasumi habría tenido que sacar mis cosas de la casa de huéspedes. Al menos me queda el consuelo de que habría terminado rápido.
—Gracias por ocuparte de todo.
—Has tenido un día muy duro.
Le dedico la más triste de las sonrisas. Él me deja espacio, abro las bolsas y encuentro ropa, enseres de aseo, cepillos de pelo, coleteros que ya no tiene sentido que conserve y algunos cuadernos. También está mi libreta del banco, con la astronómica cifra de mi inútil dinero ahorrado, incluidas las ganancias de los combates de la poza.
Si no puedo tener lo único que he querido siento que toda esa enorme cifra no significa nada. Rebusco hasta que doy con mi viejo pijama, pero se me antoja demasiado estropeado, casi translúcido de tantos lavados.
—¿Puedo usar una de tus camisetas? —pregunto asomándome discretamente a la puerta, escucho un estrépito en la cocina antes de que su voz resuene por el pasillo.
—Sírvete —dice en un grito un poco brusco. Abro su armario y elijo una camiseta negra de un grupo de música antiguo, ancha y cómoda, y después tomo mis analgésicos y salgo a la cocina en busca de un vaso de agua.
Lo encuentro preparando un par de botes de ramen instantáneo, que piense en mis necesidades hace que me emocione de nuevo.
—Ey, no llores. Me puedo comer los dos —dice intentando arrancarme una sonrisa.
—No puedo usar los palillos, bobo —Le recuerdo, y él rebusca un tenedor con el que me meto los fideos en la boca de forma torpe y desarmada.
—¿Y así pensabas arreglártelas sola? —comenta meneando la cabeza, mientras yo llego a la conclusión de que no tengo más hambre, aunque apenas haya probado bocado—. Métete en la cama, te llevaré hielo y crema para moretones.
No debo ser una compañía grata en estos instantes, más bien la antítesis de una conversación estimulante. Me sumerjo entre sus sábanas suaves y cálidas, aspirando su embriagador perfume masculino en la almohada. El brazo me pincha, la cara me arde, me duele respirar, la pierna tira, y todo gira a demasiada velocidad.
Elevo un hondo suspiro, casi una plegaria, y en ese instante él ingresa en la habitación y se sienta a mi lado.
—Puedes estar enfadada, y también triste —susurra mientras desenrosca poco a poco la tapa del bote con la crema, la toma con un dedo y comienza a pasarla tenuemente sobre mi ojo amoratado, con una paciencia y delicadezas infinitas—. Aunque… tan dócil no pareces tú, me gustas más cuando me llevas la contraría —añade con un pequeño gesto de humor que cae en saco roto. Después apoya una compresa fría sobre ese lado de mi cara hecho papilla y me observa en silencio, en la reconfortante oscuridad del cuarto.
¿Cómo puedo haber tenido tanta suerte? Haberlo encontrado se me antoja un milagro, uno del que no me siento digna. Sus iris azules me evalúan astutos, y yo no puedo más que desear que no me deje nunca, que me consuele con sus brazos y su calor.
En los últimos días no he dejado de perder y perder… Pero cuando él me mira no me siento una perdedora, siento que valgo algo, que le importo a alguien.
—Quédate conmigo —ruego con voz estrangulada, mientras sus cejas se alzan y su boca se abre de estupor—. Por favor —concluyo temiendo que me niegue lo que más falta me hace, su presencia arrullando mi pena.
Pero no tengo que pedírselo dos veces porque Ranma se mete en la cama insultantemente rápido y no tarda ni un instante en rodearme con los brazos.
Acomodarme con la escayola es complicado, pero descubro que si apoyo la cabeza en su pecho (amplio, enorme) puedo dejar la mano ahí, inerte, y apenas duele.
Suspiro de absoluto placer, de descanso infinito mientras él posa una mano en mi cintura y pasea la otra sobre mi espalda. Sus labios contra mi frente susurran palabras que se me antojan suaves y calmadas. Se me escapan más lágrimas que manchan su camiseta, pero estas no son de tristeza ni frustración.
En este rincón, entre sus brazos, me invade una maravillosa paz.

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ANUNCIO PARROQUIAL.
Muchas Gracias a Shojo por apoyarme en este capítulo con las ilustraciones, y sacarme de apuros.
Bueno, lamentablemente me di cuenta que me es imposible seguir ilustrando este proyecto que inicié y que amo tanto. Mi trabajo ha acaparado todo mi tiempo y no es justo seguir posponiendo los capítulos hasta que yo esté libre. Así que los capítulos, a partir de hoy, serán sin ilustraciones. Seguiré subiendo el FF aquí en esta página (y también en el ff.net de Lum) igual seguiré avisando por medio de mi instagram cuando suba los capítulos. Me pesa un poco no haber podido dibujar nada en este capítulo antes de despedirme de las ilustraciones… pero pues ni modos, mi trabajo tiene prioridad.
Me he divertido mucho en este proyecto, muchas gracias a todos por sus bonitos comentarios. Pueden seguir viendo mis fanarts rankane random en mi instagram y twitter. Y de seguro algún fanart de Akane y Ranma DLF de escenas random (más allá del FF) algún día que me desocupe :p
Isa.



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