Capítulo 12: Guerrera del amor.

Tengo un sueño recurrente.

Vuelvo a ser un niño, y escucho un llanto amortiguado. Renuente me asomo a una callejuela llena de barro, serpenteante y perpendicular a la avenida pobremente asfaltada de ese pueblo de montaña. Me aproximo cauto, siguiendo el sonido, y escondido tras unos cubos de basura encuentro a otro niño, alguien muy parecido a mi. Está llorando muy bajito, tanto que me resultaba extraño haberlo escuchado con todo el barullo de la calle principal. 

Se seca las lágrimas con la manchada manga de un jersey viejo, y tiene un golpe feo en la frente. La sangre le gotea por la sien y no hace la menor intención de limpiarla. Está solo, y en este lugar hace mucho frío. Le tiendo la mano, y él me observa lleno de sospecha. Se lo piensa durante demasiado tiempo, tanto que la mano empieza a pesarme, y cuando amenazo con claudicar él se ancla a mí con desesperación. Sus ojos se ven oscuros y vidriosos desde la lejanía de su rostro torturado. Me agarra con la fuerza de la vida, como si yo fuera la única persona en el mundo que le ha brindado ayuda jamás. La sensación de bienestar me sobrepasa, me llena de una manera sobrenatural, me siento enorme, invencible. Por un instante soy lo que siempre estuve destinado a ser.

Solo que no es un sueño. 

Dejo que el recuerdo me acaricie y me abandone, agradecido. Hace tiempo que no pienso en ello, y un suspiro llena por completo mi pecho, me inunda de dicha mientras la aprieto solo un poco y siento su cuerpo pequeño contra mí, todo su calor, su terrible extenuación, su vida palpitante entre mis brazos.

No hay hombre en el mundo más afortunado que yo. Está viva y está conmigo, sólo eso es demasiado. 

Tengo pocas cosas claras en mi vida, pero esto es innegociable. Voy a quedármela como el pirado posesivo que soy. Voy a guardarla y protegerla con la furia de un dragón. 

Su respiración es tenue, y suspira ligeramente de vez en cuando, aún con restos de lágrimas secas en las mejillas. Se revuelve entre mis brazos y le dejo un poco de espacio, aprovecho el instante para estirarme porque me siento entumecido. Akane continúa durmiendo, y yo podría quedarme observándola el día entero, pero tomo mi teléfono y compruebo que son pasadas las nueve. Es tardísimo para salir a correr, y tampoco quiero que despierte y piense que me he ido sin avisar. Supongo que hoy es uno de esos días en los que saltarse el entrenamiento está más que justificado. 

Necesito una ducha y comer algo. Necesito que el terror cerval que he pasado en las últimas semanas abandone mi organismo, necesito abrazarla hasta que se acabe el mundo.

Me incorporo teniendo cuidado de no despertarla, y me siento súper orgulloso cuando consigo salir de la cama sin moverla. Abandono la habitación de puntillas y cierro la puerta a mi espalda. 

Camino hacia la cocina, donde Ryu está terminando su desayuno. Mi hermano alza la mirada y me dedica una sonrisa divertida.

—Hoy no has dormido en el sofá —indica alzando una ceja.

—Mmmmhhh… No —respondo absolutamente consciente de que debo llevarlo escrito en la cara, todo el maravilloso alivio que siento después de dos semanas apretando los dientes y golpeándome contra las paredes, en agonía. 

—¿Sabes el día cuando venciste a Txao-Mao “La bestia” de un K.O, pagaste casi una quinta parte de la deuda y fuimos a cenar a ese restaurante de sushi tan caro? 

—¿Si? —pregunto renuente, sin saber a dónde quiere llegar.

—Dijiste que era el mejor día de tu vida —Me observa divertido—. Y ni siquiera entonces tenías esa cara de bobo.

No era consciente de que no puedo dejar de sonreír, me muerdo el labio inferior sin que me importe lo más mínimo parecer alelado. Realmente siento que es el primer día de algo

—¿De veras? —digo esquivo mientras abro la nevera y saco media docena de huevos. Akane necesita proteínas para recuperarse. 

—Te conozco, hermanito. Tú no eres de los que saben soltar, tú cuando encuentras a una persona abandonada te la quedas. 

Ahora el que alza una ceja soy yo, enrojezco y me aclaro la garganta. 

—Supongo que sí —concluyó dirigiéndole una mirada cariñosa que hace que él niegue con la cabeza.

Entiendo que este momento de amor fraternal es demasiado intenso para los dos, así que Ryu decide volver a un terreno en el que se siente más cómodo: Reírse de mí. 

—Entonces… ¿todo bien? 

—¿Bien? 

—¿El viejo ya puede morir tranquilo? No me entiendas mal, prefiero que se muera en agonía, pero me daría pena por la parte que te toca. 

—¡C-cállate y métete en tus asuntos! —Casi grito con miedo de que ella escuche al idiota de mí hermano aireando mis intimidades—. ¡Tiene un brazo roto, una herida de diez centímetros en la pierna que por poco no le seccionó la femoral y una conmoción cerebral, pedazo de bestia!

Ryu pestañea queriendo aparentar una inocencia que desde luego no tiene. 

—Toda la poza la vio besarte, y diría que no era la primera vez.

—Deja de ser un entrometido —vuelvo a pedirle con las mejillas ardiendo e intentando poner en marcha la arrocera, pero sólo consigo darle golpes mientras me tiemblan las manos.

—No tengo que explicarte cómo funciona una chica, ¿verdad? Tienen un punto donde si mueves bien los dedos ellas… 

—¡Me niego a tener esta conversación contigo, cierra la jodida boca ahora mismo o te la parto!

—Bien, vale. Pero si quieres un consejo te diría que empieces centrándote en explorar más que en…

Hace un gesto grosero con los dedos y eso sobrepasa todos los límites que estoy dispuesto a tolerar. 

—¡¡Ryu!!

Y él se ríe, porque le encanta avergonzarme. Y lo sigue haciendo mientras le agarro de la camiseta y cargo un puñetazo con toda la intención de partirle los dientes.

—Esa chica tiene muchísima suerte contigo —dice con una sonrisa manipuladora, maldito sea, ahora no puedo golpearlo sin sentirme culpable. 

Suelto un gruñido de frustración y le bufo como un gato erizado. 

—¿Quieres ser útil? Ayúdame a vaciar la habitación de los trastos. 

—¿Para qué?

—Será la habitación de Akane. 

Sus cejas bajan y me observa sin entender.

—¿Para qué quiere una habitación? 

—Porque quiero que esté cómoda.

—Está super cómoda en tu cama.

—Necesita espacio, y un armario.

—Vais a parecer compañeros de piso, es ridículo, y además, ¿qué pretendes que haga con mi banco de pesas?

—Véndelo de una vez, nunca lo usas.

—Pensaba usarlo hoy.

—¡No es verdad!

—No entiendes a las mujeres en absoluto.

—Con entenderla a ella me basta.

La boca de Ryu se vuelve una línea recta, a juego con sus cejas. 

—Vas a morir virgen. 

—Y tú imbécil.

Suspira profundamente y claudica, a los cuarenta minutos tenemos una buena colección de cajas y trastos inútiles amontonados por el salón, y es increíble que con todo el ruido que hemos metido ella siga durmiendo. La habitación al fondo del pasillo tiene una pequeña ventana y necesita una capa de pintura, pero cabe una cama de tamaño mediano y un armario de dos puertas. 

Cuando dan las doce comienzo a preocuparme, Akane debería despertar al menos para comer y tomarse sus analgésicos. Ryu me alza las cejas en un gesto lleno de pretensiones y yo le indico que se largue.

—Me voy a entrenar, poneos cómodos —canturrea mientras sale por la puerta, y yo termino de amontonar las cajas y el maldito banco de pesas y me dirijo hacia mi habitación. 

Abro la puerta de forma cauta, y la encuentro profundamente dormida. No es como si quisiera interrumpir el que debe de ser el mayor tiempo que ha pasado en cama, pero lleva durmiendo quince horas y comienzo a preocuparme.

Me acerco expectante y no puedo evitar sentarme al borde y pasar mis dedos sobre su rostro sereno, con esa marca amoratada que comienza a ceder en tonos verdes y amarillos.

—Dormilona, deberías comer —susurro retirando los cabellos de sus mejillas, y ella abre apenas un ojo y me observa, se alza sobre su mano escayolada y ahoga un quejido. 

—¿Qué hora es? —pregunta somnolienta y adorable, perdida dentro de mi enorme camiseta.

—Bien pasado el mediodía. Te hice el desayuno, pero hace más de tres horas. 

—Ah, lo siento. He dormido genial —dice sonrojándose, o al menos así me lo parece en la ligera oscuridad de mi habitación. 

—Come algo, instálate y sigue durmiendo.

—Por un instante pensé que lo había soñado todo —dice con un suspiro—. El combate, mis heridas, mi dojô… Y tú.

Mi corazón se dispara en una décima de segundo, porque cuando dice “tú” me mira a los ojos de forma interrogante. 

—Necesitas analgésicos, y si quieres puedes asearte. Me temo que tu habitación aún tardará unos días en estar lista, pero si te encuentras bien podríamos ir a encargar los muebles antes de la cena. 

—Debería pagarte por todo lo que estás haciendo por mí. Es demasiado, siempre ha sido demasiado.

—No quiero tu dinero —respondo, que lo insinúe siquiera me pone de mal humor. 

—Tengo veinte millones —dice, tras lo cual no puedo más que guardar un silencio absolutamente sepulcral.

—¿Cómo?

—Veinte millones, y ahora ni siquiera sé qué hacer con ellos.

—¿Has conseguido ahorrar veinte millones tú sola? —pregunto con los ojos desorbitados e intentando hacer piruetas mentales para saber con cuánto ahínco ha tenido que guardar cada uno de esos yenes.

Ella se yergue en la cama con cierto orgullo y yo niego mientras sonrío.

—Nunca vas a dejar de sorprenderme, Akane Tendô —digo levantándome y tendiéndole una mano que ella toma sin pensárselo dos veces. 

Sale de la cama con esas divinas piernas adornadas de apósitos, tiritas y un grueso vendaje sobre el muslo. No me escondo mientras le echo un vistazo, y ella tampoco se siente intimidada cuando al fin alzo los ojos para encontrarme con los suyos.

Siento que es superior a mis fuerzas, que por más que lo intente tira de la boca de mi estómago hasta hacerme caer a sus pies.

—¿Me prestas una toalla? —pregunta pasándose los dedos por ese mechón que hace un instante he metido tras de su oreja.

—¿Vas a… necesitar ayuda? —pregunto yo sintiendo cómo mi propia boca me traiciona y revela la más baja de mis pasiones.

Akane parece divertida pero niega con esa melenita preciosa que sacude sobre sus mejillas. 

—Quizás después —dice, y yo me apresuro a buscarle una toalla y la ayudo a acomodar sus enseres en el baño. Y si, ese jabón de olor a vainilla está ahí, como siempre sospeché.

Tarda más de una hora, y cuando regresa he descongelado un poco del montón ingente de comida que preparé hace semanas: un guiso de curry con muchísimo pollo, las proteínas son buenas para regenerar huesos y músculos. 

Me siento bastante orgulloso de mí mismo al pensar que en mis peores momentos al menos hago cosas útiles. 

—Tienes que comer —dijo mientras aparece en el quicio de la puerta, con la misma camiseta que ha usado de pijama y con el pelo húmedo. 

Si va a vestir así todo el tiempo voy a necesitar salir a correr para despejarme, aunque sea de madrugada.

—Ahora sí necesito tu ayuda —dice señalándose a la pierna, con su herida expuesta después de retirarse las vendas para la ducha. Me quedo sin palabras al ver esa piel mármolea atravesada por un camino de grapas quirúrgicas muy apretadas. 

Y siento que si vuelvo a tener delante a Shampoo la golpearé hasta que me sangren las manos. 

Me acerco veloz y sin que ella me dé permiso la levanto en volandas y la llevo de regreso a mi cama, jadea sorprendida pero no se queja. La dejó sobre el colchón y rebuscó el botiquín que guardó en el armario, cuando regresó sobre ella la encuentro riendo por primera vez en demasiado tiempo.

Es como si en mi mundo hubiera vuelto a salir el sol. 

—Eso no era necesario —dice con los labios curvados.

—Era completamente necesario —respondo muy serio mientras aplico antiséptico sobre gasas y comienzo de limpiar con esmero la herida.

Akane pega un respingo.

—¿Te duele?

—N-no, es sólo que… —Se detiene un instante—. Me pones nerviosa. 

Oh. OH. 

Trago saliva mientras me centro en mi trabajo. La herida tiene buen aspecto, la cubro con cuidado y la vendo con firmeza, y en el proceso posó la mano sobre su pierna, sobre la tierna piel de la cara interior de su muslo, y ella vuelve a agitarse. Es muy sensible. Eso me genera una sensación de caída libre, por eso retiro la mano y me levanto tras terminar de forma eficiente el trabajo. 

—Y ahora a comer —ordeno, y ella obedece, no sin antes mirarme un tanto indiscreta.

Akane se termina todo, y se queda muy sorprendida al saber que lo he preparado yo. No quiero presumir, pero es evidente que soy un fantástico cocinero. 

Sonrío mientras limpio los platos y ella se queda junto a mí quejándose por no poder hacer nada. 

—Vete a dormir —Le digo mientras termino de recoger la cocina.

—No tengo sueño, no puedes pedirme que me quede todo el día en la cama como si fuera una inválida. Quizás podríamos ir a entrenar… —aventura, y yo la miro espantado.

—Nada de ejercicio hasta que no se te cierren las heridas.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer aquí todo el día? ¿Qué hace la gente cuando no puede trabajar? 

—No sabes estarte quietecita, ¿verdad?

Ella niega efusivamente.

—No tengo ni idea de cómo hacer eso. 

Sonrío, porque es muy evidente que se encuentra mejor. La tristeza remanece en su expresión, y por nada del mundo quiero sacar a relucir el tema del maldito dojô, pero en el fondo… En el fondo es una liberación, aunque Akane ahora esté demasiado herida para entenderlo. 

—Entonces… ¿Salimos? 

.

..

Akane lleva una de mis sudaderas, no es que no tenga ropa, es que las mangas de sus chaquetas son demasiado estrechas para la escayola. Así que la pequeña guerrera se ha apropiado de mi armario, y me encanta. La prenda le cuelga por debajo de la cintura, y se ha enfundado unos leggins para que no le moleste la herida de la pierna. 

El look hace que se vea más pequeña de lo que es, también se ha puesto unas gafas de sol baratas para disimular los moratones de la cara. No sé si está graciosa o adorable. En todo caso camino a su lado por la calle comercial mientras los transeúntes nos dirigen miradas llenas de sospecha.  

—Si estás cansada… —sugiero inclinándome un poco para hablar con ella. Akane niega efusivamente. 

—No lo estoy.

Camina de forma ágil a pesar de que solo hace un día que ha salido del hospital. Es imparable, incontenible. Es una maldita cabezota.

Hacemos una parada en una tienda de muebles de oferta, y Akane no se lo piensa demasiado a la hora de pedir un armario grande y una cama con un colchón amplio y cómodo. Para mi sorpresa consigue regatearle al vendedor un descuento de casi un treinta por ciento. Sale del establecimiento orgullosa de sí misma y yo me acerco dispuesto a romper mi impresionado silencio.

—Tienes veinte millones, pagar quince mil más no te habría matado —digo con una sonrisa ligera, y ella me mira a través de sus gafas de sol de doscientos yens con la barbilla muy alzada.

—No me gusta desperdiciar el dinero, mi hermana Nabiki siempre dice que el mejor precio es el más justo, y yo creo que esos muebles estaban un poco desgastados en las esquinas.

—¿Fue ella la que te enseñó a regatear?

Akane tuerce la boca, pero no me engaña, está a punto de sonreír. Su otra hermana es un auténtico misterio para mí, solo sé que vive en el norte del país  y que está intentando construir un imperio lejos de las deudas de su familia.

Caminamos por la calle comercial, y me detengo en un puesto de crepes dulces, Akane me observa como diciendo: ¿En serio sigues teniendo hambre? Y yo me encojo de hombros y pido un crepê grande de fresa y nata.

—Eso es desperdiciar el dinero —Se atreve a decir con una superioridad moral del todo impostada, yo le doy un bocado enorme mientras seguimos caminando.

—Entonces no te pienso dar ni un poco, por mucho que ruegues —respondo con la boca llena.

Ella parece desinteresada, pero creo que la conozco lo suficiente para saber cómo despertar su curiosidad. Le doy un nuevo bocado y no me contengo al hacer un ruido de honda satisfacción, ella se gira de inmediato y yo le sonrío. 

—¿Ahora sí quieres un bocado? Te advierto que tiene un precio. 

—Umhh, bueno, tengo dinero. 

Le ofrezco el dulce y ella se acerca, se sube las gafas y le pega un bocado por la parte que aún no he mordido, mastica mientras sus ojos se agrandan al sentir el azúcar en la lengua y se aparta los restos de nata discretamente con los dedos de su única mano útil. 

Es tan absurdamente preciosa que solo tengo ganas de gritar.

—Ya lo entiendo —dice, sin percatarse de que yo estoy intentando que mi alma regrese  a mi cuerpo—. Por eso son tan populares entre las chicas. 

—¿Los… dulces? —pregunto, y ella asiente. 

—Seguro que a Akari le gustan —continúa pensativa saliendo de la calle principal, y yo tras ella. La alcanzo en menos de dos segundos, necesito hacer esto antes de que me vuelva a invadir el sentido común o pierda el valor.

—Ey, no me has pagado —declaro, y ella se gira con cierto interés en sus ojos, sus cejas se inclinan por encima de las gafas de sol. No llega a hacer preguntas, porque cuando va a abrir la boca hago algo absurdo y atrevido: Me inclino sobre su oreja como si quisiera susurrale un secreto, pero en su lugar pego un pequeño mordisco a ese cartílago tierno y expuesto.

Akane da un grito, y varios transeúntes se giran para mirarnos, pero yo ya me he alejado, rápido e inocente. Ella se lleva la mano a la oreja y tiembla abochornada. Me mira como si realmente no acabara de creer lo que acabo de hacer. Quizás yo tampoco lo creo.

—¡Ranma! —exclama con toda su piel hirviendo, y yo sonrío y le tomo la delantera por la calle, silbando como si no acabara de morderla. 

Escucho sus pasos airados dándome caza.

—¡No puedes hacer eso! —jadea hablando entre susurros, mirando hacia los lados, yo alzo una ceja, magnánimo.

—Un mordisco por otro mordisco. 

—Yo no soy una crepê.

—Sabes cómo una.

Y eso parece dejarla sin palabras, porque abre la boca y la cierra varias veces antes de rendirse, sin nada que objetar. Supongo que es un 1-0 a mi favor.

Antes de que me pueda dar cuenta estamos delante del familiar restaurante, y no puedo más que mirarla con suspicacia.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto afilando las palabras, y ella, que aún no se ha recuperado del sonrojo, no puede más que mover los pies con cierta incomodidad.

—Es que estoy preocupada —admite, yo suspiro y ruedo los ojos, abriéndole la puerta como todo un caballero, y Akane sonríe agradecida.

El sitio está a rebosar. Akane se mueve entre las mesas como pez en el agua y saluda a su amiga efusivamente, la cual parece más que ocupada. 

Frunzo el ceño porque lo cierto es que no conozco a esa chica, pero quizás debería darle las gracias. Ha estado apoyando a Akane desde que se conocen, hace apenas unas semanas. Me siento en mi lugar habitual de la barra cuando la puerta se abre de nuevo, y veo aparecer otro de mis dolores de cabeza.

El maldito inspector de policía, el estupido de Ryoga Hibiki es capaz de perderse entre dos cruces, pero no le cuesta para nada encontrar este restaurante. Toma asiento a mi lado y me observa como si al que le fastidiara encontrarme aquí fuera a él.

—¿No se te ha hecho un poco tarde para comer, Hibiki? —pregunto consultando el reloj, él me mira afilando la mirada.

—Hago turnos de veinticuatro horas, Saotome. Además, Akari dijo que Akane estaba indispuesta, y sólo quería… —Alza la mirada a tiempo de observar a mi pequeña guerrera, y se queda quieto, con los ojos muy abiertos.

Paso por alto el hecho de que se tome las confianzas de utilizar los nombres de las dos mujeres, sin formalidades. El inspector pasa saliva y sin mediar palabra se pone en pie y va directo hacia ellas.

Le sigo entendiendo que algo no va bien. Ryoga se detiene frente a las dos chicas, ellas dejan de conversar y le miran de inmediato.

—¡Inspector! Bienvenido —Le sonríe Akari de forma cálida, y él cabecea, pero sus ojos están fijos en Akane y en sus gafas de sol, en su brazo enyesado.

—Akane, ¿te hiciste daño? —pregunta evidentemente preocupado, y ella me mira un instante antes de sonreír tranquilizadora. 

—No es nada, sólo me tropecé —Se excusa.

—Ya veo. 

Hibiki se gira hacia mí, y siento la tensión en sus hombros, su mirada tornándose acero.

—Saotome, ¿podemos hablar fuera? 

Asiento inquieto. Hibiki es un imbécil, y no me da ningún miedo, pero hay algo en su expresión que me llena de una aprehensión fría y real. Camina varios metros hasta que estamos lo suficientemente alejados del restaurante, resguardados en una pequeña calle solitaria. Se gira hacia mí con la peor mirada que me ha dirigido jamás.

—¿Cómo se ha hecho Akane esas heridas?

—Ya te lo ha dicho, tuvo un accidente —respondo, pero no soy tan estúpido como para no darme cuenta de su postura rígida, de los puños apretados.

—Quizás estás pasando por alto un detalle importante, Saotome: Soy policía, y eso significa que estoy bastante acostumbrado a ver el tipo de accidentes que les ocurren a las buenas chicas cuando tienen amigos violentos.

Es como si me acabara de tirar una jarra de agua helada encima, mi estómago da un vuelco a la vez que me invade un súbito mareo. La indignación hace que apenas me salgan las palabras.

—No estarás insinuando…  —jadeo, y en respuesta Ryoga se tensa aún más y lleva su mano al cinturón donde siempre tiene colgadas las esposas.

—No insinúo nada, pero vas a acompañarme a comisaría para responder unas preguntas.

—¡No me jodas Ryoga! ¡Me cortaría las putas manos antes de ponérselas encima!

—A mi tampoco me parecías ese tipo de hombre, pero estoy acostumbrado a que las personas me decepcionen —concluye sacando las esposas y abriéndolas de un golpe seco—. Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. Tú decides, Saotome.

La incredulidad me golpea como una bofetada. ¿Es eso lo que parece? ¿Es eso lo que veía la gente cuando caminábamos juntos, por la galería comercial? Nunca me he sentido incómodo en mi piel, jamás me he hecho el tipo de preguntas que quizás asaltan a otros, sobre las apariencias o qué pensarán los demás de mí. Pero ahora, mientras Ryoga me pone las esposas (y yo lo apuñalo con los ojos) siento que he debido olvidar algo importante, y que atañe directamente a la persona que intento proteger. 

Soy un apunte en los márgenes sociales. Soy un artista marcial con una vida de mala muerte, que subsiste con dinero negro. Soy una mala compañía. 

Y eso no es lo que ella merece. Entenderlo me hace sentir un auténtico perdedor. Un hipócrita al haber tenido la osadía de decirle que iba a cuidarla, que yo le enseñaría a vivir, cuando está claro que tampoco tengo ni idea. 

—¡Inspector Hibiki! ¿¡Pero qué estás haciendo!?

Alzo la cabeza para encontrarme con esa chica de pelo verde con Akane a su lado, las dos boquiabiertas y escandalizadas. 

Mi guerrera avanza hacia nosotros y mira mis muñecas, perpleja.

—¿Pero qué le has dicho para que te detenga? —pregunta a voz en grito. 

—¿¡Por qué demonios piensas que soy el culpable de esto!?

—No os preocupéis, Saotome y yo solo vamos a hablar —dice Ryoga mientras me empuja sin compasión, haciendo que pegue un traspiés. Me siento ridículo, y más mientras ella me mira, con sus ojos inquisitivos.

—¡No puedes llevártelo! Por favor, Ryoga, seguro que es un error —Se adelanta Akane, interponiéndose en nuestro camino. Unas cuantas personas se detienen a ver el espectáculo y de repente tengo muchas ganas de llegar a la comisaría solo para que todo esto termine.

—Sólo voy a hacerle unas preguntas —responde él, pero no le sonríe como siempre hace, le mira serio, furioso.

—¿Sobre qué? —inquiere de nuevo, la muy cabezota.

—Sobre… sobre… —tartamudea, y es esa chica de pelo verde la que frunce el ceño y parece percatarse del asunto.

—¿Crees que esas heridas se las ha hecho él? —pone el maldito dedo en la llaga. 

Akane pega un grito incrédulo.

—¡No puede ser! No creíste eso, ¿verdad, inspector?

Las mejillas del idiota de Hibiki palidecen, pero se mantienen firme a pesar de que las dos mujeres lo rodean y nos impiden el paso.

—Eso es exactamente lo que cree —respondo  moviendo las muñecas y haciendo sonar mis nuevas y resplandecientes pulseras. 

—En todo caso Saotome va a acompañarme.

—¡No, de ninguna manera! —Akane alza sus gafas de sol y mira a Hibiki directamente a los ojos—. ¡Todo esto me lo hice yo, me metí en una pelea en la poza, y perdí!

Siento al idiota contener el aliente a mi espalda, me suelta, dejándome esposado en mitad de la calle y se dirije a ella atónito.

—Repítelo —ordena.

—Me metí en una pelea en la poza, lo hice por voluntad propia para conseguir dinero. Ranma no tiene nada que ver en todo esto.

—Llévame allí —dice él, y ella traga saliva y me mira de reojo.

—Sólo si le sueltas.

Gimo incrédulo, se lo acaba de decir todo sin más. Solo tengo ganas de golpearme contra la pared, ahora este policía se va a convertir en mi puta peor pesadilla. Ryoga me quita las esposas y yo le miro lleno de rencor, mientras que Akane se vuelve a colocar las gafas de sol.

—Te llevaré hasta la puerta, pero no pienso entrar.

—Bien.

—¿Tiene que ser ahora? Estoy en mitad del servicio, y si solo quieres ir a ese sitio también te puedo llevar yo —dice Akari despreocupada, todos nos giramos para mirarla y ella se lleva las manos a la cintura, llena de impaciencia—. ¿Ya habéis terminado de montar un drama? Entra a comer de una vez Ryoga, se te enfría el ramen —dice antes de volver al restaurante, y el inspector se colorea hasta las orejas, se rasca la nuca y se ríe como un estúpido, después me mira de repente, como si acabara de recordar que sigo aquí.

—No he terminado contigo, Saotome. Tenemos mucho de lo que hablar.

—Yo ya no tengo nada que ver con ese sitio, y Akane tampoco. Ten cuidado y no te metas ahí dentro con el uniforme, pedazo de estúpido. 

Él alza una ceja y vuelve a mirarla discretamente, como si le costara asimilar el hecho de que se encuentre tan malherida, o de que ella también sea una luchadora. 

—¿Has dejado las peleas?

—Voy a buscarme un empleo, quizás hasta te pida referencias.

—Eso me gustaría verlo —dice incrédulo mientras menea la cabeza—. Pero lo digo en serio, necesito información de ese lugar, podrías ser mi informante.

—¿Un chivato? No gracias. 

El inspector frunce el ceño.

—Me da la impresión de que algo ha cambiado, y quizás ahora algo te importe lo suficiente como para dejar de vivir al margen —Me tiende su tarjeta, esa que ya he tirado más de una docena de veces—. Llámame cuando estés listo. 

Y me avergüenza un poco guardarla en el bolsillo, aunque no descarto tirarla a la basura en cuanto llegue a casa. Akane me observa en silencio y hace una reverencia profunda y agradecida a Hibiki.

El inspector vuelve al restaurante, siguiendo a Akari como si fuera un perrito bien enseñado, le falta menear el rabo. Vaya cerdo. Suspiro de alivio en cuanto se pierde de vista. 

Y entonces me enfrento a sus ojos, Akane vuelve a retirarse las gafas y veo las lágrimas brillando en sus escleras, ese moratón enorme y que no le hace justicia a su belleza, sus dientes apretados de frustración.

—Ha sido culpa mía —dice, y de nuevo tengo ganas de ponerme a gritar—. Yo insistí en salir y no me di cuenta de mi estado, cuando es obvio que me han golpeado. No puedo culpar al inspector Hibiki por preocuparse, pero sí por pensar así de mal de tí. 

—No estás encerrada y puedes salir cuando quieras. En todo caso es culpa mía —confieso—. No parezco una buena compañía.

—¡Eso no es verdad! Tú eres… eres mucho mejor de lo que creen todos, eres incluso mejor de lo que tú mismo crees. 

Sus palabras, su fé en mí me deja sin aliento. Akane vuelve a colocarse las gafas decidida y toma aire.

—Nunca vuelvas a hablar así de tí mismo, no te lo consiento —dice furiosa, y comienza a recorrer la calle con paso firme, y yo la sigo con una sonrisa pequeña y apretada en los labios.

.

..

A pesar de toda su terquedad puedo ver su cansancio, la convenzo para hacer el resto del camino en taxi y ella accede. Suspira cuando se sienta al fin y creo que por hoy ya hemos tenido demasiadas aventuras. Antes de entrar en el piso compramos unas bandejas de comida para llevar, incluida una para Ryu. 

—Tómate la cena y te vas a la cama —ordeno mientras entramos en la cocina, ella asiente mientras se alza intentando alcanzar un vaso de agua. Vamos a tener que replantearnos la organización de los armarios. Lo hago por ella, cojo un vaso y se lo lleno de agua, y Akane me sonríe agradecida, podría acostumbrarme muy fácilmente a esto.

—¿Dónde estábais? —dice Ryu, apareciendo sin camiseta y ganándose una mirada reprobatoria de mi parte—. Akane, me alegra verte entera… Más o menos. 

—Gracias, Ryu. Disculpa por todas las molestias y por dejar que me quede unos días —dice tímida, y yo arrugo las cejas, ligeramente ofendido por no seguir acaparando toda su atención. 

—Ey, no te disculpes, le diste una buena paliza, estoy muy orgulloso. Dicen que todo el dinero que ganó se lo va a gastar en arreglarse los dientes que le arrancaste —dice señalando las paletas centrales, y eso hace que Akane abra la boca atónita.

—¿Le arranqué los dientes?

—Oh, ya lo creo. Tienes un gancho de derecha temible —sonríe dándole unas palmaditas en el hombro de forma cómplice, y ella tiene la decencia de parecer avergonzada.

—Bueno, ahora ya no.

—Te recuperarás.

—No va a luchar más en ese sitio —interrumpo la conversación—. Y ahora cena y a la cama.

—Míralo, se ha convertido en un papá gruñón… O en un novio sobreprotector. 

—¿N-novio? —pregunta ella, y yo siento que las mejillas me arden y me atraganto con mi propia saliva.

—Ryu, ya te he dicho que te metas en TUS asuntos. 

—Pero es que meterme contigo es mucho más divertido.

—Voy a… Voy al baño —dice Akane huyendo de nosotros y yo estrecho la mirada sobre mi hermano, que rebusca en las bolsas de la compra

—Oh, me has traído la cena, graciaaaaas —canturrea.

—¡Ten cuidado con lo que dices delante de ella, pedazo de capullo!

—No aprecias nada de lo que hago por ti: Despejé toda la entrada de cajas y vendí mi banco de pesas, y ahora voy a meterme en mi cuarto y a ponerme tapones en los oídos.

—¡Eso no es necesario!

—Y además te dejé una caja de preservativos en tu mesilla. Extrafinos —dice alzando las dos cejas en un gesto lleno de intenciones.

—No hiciste eso… —balbuceo palideciendo.

—Oh, ya lo creo que sí.

Nos giramos al tiempo que escuchamos un pequeño grito procedente de mi habitación, y siento que voy a morir de combustión espontánea. Me llevo las manos a la cara e intento tomar aire despacio y no estrangular a Ryu. De veras que lo intento.

—¡Estás muerto! —grito, y mi hermano huye hacia su cuarto con su comida, mientras yo lo persigo por el pasillo. 

Me da con la puerta en las narices y yo golpeo la madera lleno de un bochorno que me carcome hasta los huesos. Me giro frustrado, respirando fuego, y cuando regreso sobre mis pasos me detengo en el marco de mi habitación, ella está ahí, esquivando mi mirada.

—Ryu es un imbécil —digo entrando tembloroso y viendo la maldita caja justo donde ha dicho que la había dejado—. Siempre está con bromas.

—Tengo hambre —dice Akane sin embargo, saliendo de la habitación y dejándome la suficiente intimidad para guardarla en el cajón de la mesilla, donde también dejo la tarjeta que me ha dado Hibiki. 

Me sudan las manos, así que froto las palmas contra los pantalones y me aclaro la garganta mientras intento juntar los pedazos de mi maltratada dignidad.

La cena transcurre tranquila, le vuelvo a buscar a Akane un tenedor y una cuchara, y la veo desenvolverse con cierta torpeza que solo la hace parecer más adorable. Infla los mofletes frustrada cuando se le cae dos veces un pedazo de verdura, y después se toma sus analgésicos y se mete en el baño. Emerge con la misma camiseta que le presté ayer, y no tengo quejas, pero sí algunas preguntas.

Me muerdo los labios y me encierro en el baño para darme una ducha fría, pero eso no mejora demasiado las cosas. Voy a tener que hablar con ella y explicarle algunos términos de convivencia. En lugar de mi pijama me pongo ropa deportiva y decido salir a correr, como un auténtico cobarde.

—Necesito hacer ejercicio, duérmete, volveré tarde —digo frente a la puerta de mi cuarto medio abierta, y la escucho revolverse entre las sábanas en el interior. 

—Ah, vale… —dice con una voz fina y anhelante, tanto que tengo que controlarme para no entrar ahí dentro y mandarlo todo al carajo.

—Dormiré en el sofá, así que no te preocupes. Descansa. 

Y salgo de casa con un suspiro hondísimo. Sé que actúo de forma correcta, y eso es suficiente, así que corro por las calles como si me persiguiera el mismísimo diablo, y cuando regreso al piso, sudoroso y agotado, me meto derecho en la ducha mientras el nudo de mi pecho se aprieta más y más. 

El sofá es cómodo, y pasar unas cuantas noches ahí no me matará… Lo que acabará conmigo es algo muy diferente. Es pasada la media noche, arrastro los pies deseando poder dormir un rato cuando la puerta de mi cuarto se abre de golpe, y la miro asustado pensando que algo malo le ocurre cuando su rostro se alza ceñudo hacia mí.

—¿Akane?

—Tu cama es grande —susurra en la oscuridad—. Caben perfectamente dos personas.

Trago saliva sin querer admitir que estoy absolutamente acojonado, esta chica no sabe hasta el punto que me tiene, y eso me da miedo de una forma que ni yo mismo comprendo. 

—¿Te molestó que te pidiera que durmieras conmigo? —pregunta bajando los ojos hasta sus pies, y yo siento que voy a explotar.

—¡Por supuesto que no! Es… maldita sea Akane, estoy intentando controlarme

Ella alza los ojos de nuevo, el moratón ya no está hinchado, pero no puede evitar seguir viéndose como si estuviera a punto de romperse.

—¿Y si no quiero que lo hagas?

Bien, el cerebro se me acaba de convertir en vapor haciendo que la presión me reviente el jodido cráneo. NO puede estar hablando en serio, las manos me tiemblan y se me seca la boca. No me salen las palabras y debo parecer un auténtico imbécil ahí plantado, sin saber qué mierda hacer. 

Akane me agarra de la mano y tira de mí cerrando la puerta a nuestra espalda, y me lleva a la cama. A estas alturas me siento poco menos que ajeno a mis propios actos mientras ella se mete entre las sábanas y yo hago otro tanto, sin dejar de mirarla, tan inquieto como ansioso. No voy a ponerle las manos encima cuando lleva apenas cuarenta y ocho horas fuera del hospital, no voy a…

El corazón se me sale por la boca cuando hace algo tan absurdo como inaudito. Trepa encima mío y se mantiene sobre sus rodillas, con las piernas abiertas en equilibrio a ambos lados de mi cuerpo. Trago saliva, vuelvo a tragar hasta que siento la garganta árida y llena de espinas.

Solo lleva esa camiseta, y tengo una visión apocalíptica de sus muslos desnudos y su cara de enfado.

—¿Te parezco frágil? —pregunta.

—Estás herida.

—Me encuentro bien.

—Eso es… cuestionable. 

No puedo más, agarro sus muslos con ambas manos y de un golpe de cadera la hago rodar por la cama hasta que la tengo debajo de mí. Da un grito, y me detengo cuando entiendo que mi mano está sobre la herida de su muslo, y que la mano escayolada se ha retorcido haciéndola apretar los dientes. 

Tomo aire porque va a volverme loco, no me puedo creer lo que me está obligando a hacer. 

—¿Qué les ha pasado a tus pijamas? —pregunto intentando sonar controlado.

—Están horribles.

—Pues cómprate pijamas nuevos, no puedes ir por toda la casa así vestida —susurro a su oído mientras una de mis manos asciende hasta su cintura y la otra se clava en su trasero, ella jadea y se retuerce bajo mi toque. Aspiro el aroma de sus cabellos mientras sigo subiendo más. Siento sus costillas mientras su piel se revela ante mis avances, y entonces veo los hematomas bajo mis dedos, me detengo con un gruñido gutural—. Maldita sea, estás hecha mierda.

Ella me mira con la respiración agitada, con sus mejillas arreboladas y ya sin rastros de enfado, solo de una ansiedad cálida y obnubilada. 

—No me duele.  

—Vamos a dejar una cosa clara —digo bajando de nuevo la camiseta hasta tapar su abdomen, con un autocontrol que haría sentir orgulloso al mismísimo Buda. Quizás esta noche logre alcanzar la omnisciencia—. Cuando grites en esta cama quiero estar seguro de saber por qué. 

Sus ojos se abren más y se queda callada y muy quieta, ahora la que traga saliva es ella y asiente lentamente. 

—Vale, y ahora si me disculpas voy a tirarme de cabeza al canal —jadeo liberando su maravilloso y suave cuerpo de debajo de mi peso. 

—Espera —dice reteniéndome, y yo le dedico una mirada fugaz y febril. Aún sigue estando en bragas, prácticamente desnuda en mi cama, ahora mismo no sé si soy el tipo más afortunado o más desgraciado del mundo—. ¿Y sólo… besos?

Y hasta este punto es donde llega mi autocontrol, que alguien rece una plegaria por mi alma. Me abalanzó sobre ella sediento y apreso sus labios con los míos mientras agarro su rostro y Akane me echa las manos al cuello, o al menos lo intenta con la pesada escayola. No me puedo creer que le sea tan fácil, que yo sea tan simple. Le bastaría con chasquear los dedos, con una mirada larga y un pestañeo coqueto para tenerme a sus pies en cualquier momento.

La tumbo con delicadeza sobre el colchón intentando acomodarnos sin presionar su cuerpo, sin hacerla daño, sin apretarla contra mí con desesperación, como realmente necesito. Mis manos están en su pelo, en sus mejillas, y su lengua está en mi boca, jadeando y jugando con la mía. Tan curiosa y enloquecedora. Gime alto cuando comienzo a besar su cuello, y espero que Ryu de verdad se haya puesto los putos tapones.

Mis manos bajan a su cintura mientras sigo besando el delicado arco de su mandíbula, y succiono sobre esa piel blanca haciendo que se retuerza y se agarre a mí con ansiedad, haciéndome sentir poderoso, sediento, imparable. Me separo intentando recuperar el aliento, serenarme, y miro un instante la marca que he dejado, el rastro de mi falta de contención. Paso los dedos por su nuevo moretón, pequeño y delator.

—Solo… besos —repito asfixiado en su perfume, en su fiereza. Los ojos de Akane relucen cuando sus labios se cierran en mi cuello y siento lo mismo que he provocado en ella, el dolor, el placer mientras me marca y yo aprieto las sábanas debajo de ambos, a los lados de su cuerpo, tragándome una exclamación, intentando serenarme hasta que termina y mira su obra. Y después vuelve a besarme en la boca, y siento que me pierdo, que no voy a poder separarme de ella por mucho que lo intente, que voy a terminar siendo justo lo que me he propuesto no ser: un jodido animal, un bruto, una bestia. 

Me detengo con un jadeo roto y anhelante, mirándola lleno de deseo, me quema las venas, me palpita en las sienes. Me hace querer arder, hasta prendernos fuego.

—Ahora sí que voy a tirarme al canal de cabeza —digo sobre sus labios, y ella sonríe y me desmonta pieza a pieza, no la suelto, no puedo, estoy absolutamente pegado a su cuerpo.

—Umh, supongo que podemos dormir.

—Por favor —suplico cerrando los ojos e intentando que todas las partes de mi anatomía colaboren en acabar con este suplicio. 

—Ranma… —dice mi nombre suave, y entiendo que quiere decirme algo, abro los ojos y la encuentro mirándome, directa y sin dudas—. Cuando te fuiste, cuando desapareciste toda esa semana —traga saliva—, pensé que moriría. De veras pensé que me moriría sin tí. 

—Estoy aquí —respondo apretándola sólo un poco más, lleno de una emoción incandescente.

—¿Dónde fuiste?

—Me fui al bosque para no pensar en tí, y no pude hacer otra cosa —sonrío de forma lastimera—. Te has adueñado de todos mis pensamientos, estaba por pedirte que me los devolvieras, vivir así es una tortura.

—¿Pensar… en mi? —dice bajito, acariciando despacio mis labios con los dedos de su mano izquierda. 

—Tanto que siento que me vuelvo loco.

—Yo también pienso en tí —responde un poco avergonzada.

—Ah, ¿si? —sonrío sin poder evitar sentirme halagado, ronronear ante sus caricias, su atención.

—Tanto que… —Se detiene—. No importa, vamos a dormir.

Alzo una ceja, expectante.

—Quiero saberlo.

—No, es privado. 

—Bien, pues guárdate todos tus pensamientos privados sobre mí, pero si quieres saber algo, aquí el único que ha estado a punto de morir he sido yo; casi me asesinas, pensé mil veces que me mataría si te pasaba algo.

Akane me mira con las cejas fruncidas, a punto de llorar.

—Lo siento, lo siento muchísimo.

—Aún tengo una camiseta llena de tu sangre, no esperes que me recupere fácilmente de verte golpeada y al borde de la muerte. Pórtate bien, come bien, duerme… Déjame respirar, por favor. 

—Sí, lo prometo.

—Bien, gracias. Es un alivio —suspiro sintiendo que finalmente mis músculos piden paz y que me relajo, lánguido e insatisfecho.

—Ranma…

—¿Sí? —pregunto sintiendo como el sopor me consume, como todo se vuelve lento y suave. Bostezo con los ojos cerrados, sintiendo sus caricias mecerme de forma deliciosa.

—Creo que… quizás me he enamorado de tí.

Abro los ojos de golpe y la miro. Akane me devuelve una mirada firme y decidida, si por un instante se me había olvidado que es una guerrera, ahora me lo acaba de recordar con creces. Ella no le teme ni a la guerra ni al amor, se entrega con una pasión valiente que me deja sin aliento.

Tiemblo entero, algo se sacude dentro de mi pecho con un fervor embravecido. Me alzo asombrado, queriendo brincar, queriendo gritar, queriendo besarla como un loco.

—¿Quizás? —pregunto posesivo, con un ronroneo sordo mientras mis manos agarran su rostro alzando sus ojos en busca de respuestas, como el egoísta inquisitivo en el que ella me está convirtiendo. 

—Quizás.

—¿Y cómo podrías salir de dudas?

—No lo sé, deberíamos pensar en algo. ¿De cuántas chicas te has enamorado? ¿Se sentía así?

Sonrío lleno de petulancia.

—¿Cómo quieres que lo sepa? En toda mi vida solo te he querido a ti.

Aguanta un resuello incrédulo y yo la beso, lo hago hasta que siento que voy a colapsar, a ahogarme en mis propios pulmones, hasta que ella jadea y vuelve a gemir cuando mis manos buscan por encima de la ropa y aprieto solo un poco sus curvas, sintiendo sus pechos hincarse contra mí mientras mis manos los rodean, tentativas.

—Solo besos —Me recuerda temblorosa.

—Solo besos —respondo con un quejido lastimero, como un perro apaleado. Miro el reloj y son las malditas tres de la mañana—. Espero te traigan pronto esa cama, porque esto es una tortura. 

—¿No quieres dormir conmigo? —pregunta acurrucándose en mi pecho con un suspiro.

—Tú no me dejas dormir.  Llevo horas intentando dejar de besarte.

—¿Y… no puedes parar?

Vuelvo a capturar su boca y ella responde con una risa que me provoca, así que le muerdo el labio inferior y después nos fundimos en un largo beso que amenaza con volver a encenderme entero.

—No…

—Es un problema.

—Sí, lo es. 

—No tengo ni idea de como solucionarlo. 

—Ni yo.

Y por pleno agotamiento al final nos quedamos dormidos, y tengo la absoluta certeza de que nunca he sido más feliz.

———————-

Nota de la autora: 

¡Hola de nuevo!

En este punto nuestra historia comienza a adquirir otro tono, y encaramos los acontecimientos que desembocarán en el final. Nos esperan momentos dulces, picantes y espero que emocionantes. Ojalá y os guste.

También me alegra poder informar que el ritmo de publicación va a aumentar, ya que la mayoría del fic está prácticamente escrito y en pleno proceso de traducción.

Agradecer su colosal trabajo a Dani con la traducción y a mis betas por su implicación, a pesar de todo lo que tienen encima. 

Gracias por el amor que le dais a este pequeño fic.

Besos.

LUM

NOTA DE ILUSTRADORA:

No estoy dibujando pero aquí sigo. Gracias por todos esos bonitos mensajes sobre DLF! Y gracias por siempre esperar. Igual gracias por comprender las razones del por qué ya no habrán más ilustraciones 😦 y por los bonitos mensajes que me dejaron.

¡Sigan disfrutan la lectura!

Los tqm.