Extiendo la mano y rozo el dorso de la suya con la punta de mis dedos. Una caricia tan íntima me hubiera resultado absolutamente impensable hace apenas unos meses.
Ella se gira, me dedica una sonrisa coqueta y entrelaza su mano con la mía sin dudar. Después vuelve a perderse en el azul del acuario, y le sigue la pista a una enorme tortuga marina.
Me percato de que nunca he visitado este tipo de lugares, supongo que forma parte de la experiencia de crecer demasiado rápido. Mi infancia fue caótica, viajando continuamente, huyendo de cobradores y enemigos de mis padres. Mi adolescencia fue aún peor. Ryu y yo no paramos de cambiar de instituto, hasta que finalmente abandonamos todo intento de continuar nuestros estudios. Y después llegó la poza, y nos hundimos en ella hasta el fondo.
Las oportunidades de disfrutar de placeres mundanos suelen ser escasas, porque simplemente nunca lo eché en falta. Ver peces no debería ser divertido, sólo una pérdida de tiempo, y sin embargo aquí estoy, alucinado.
—¿Has visto ese? ¡Es enorme! —digo con la cara prácticamente pegada al cristal, un niño de menos de cuatro años hace exactamente lo mismo que estoy haciendo yo, con el mismo entusiasmo, miramos pasmados a lo que supongo que será el padre de todos los peces del océano, inmenso, como un círculo con ojos. En la placa pone que es un pez luna.
Akane ríe a mi lado y señala más arriba, sobre nuestras cabezas.
—¡Mira! —dice sonriente, y yo alzo la mirada siguiendo el arco que traza su dedo. Un tiburón de cola afilada y arañazos cicatrizados en una aleta pasa a dos metros de nuestros ojos. Ella sonríe plena, con el tipo de sonrisa que me hace volver a caer rendido a sus pies.
Estamos rodeados de gente, pero es como si en todo el acuario solo estuviéramos nosotros dos, envueltos en luz mortecina y millones de litros de agua. Agarro con más fuerza su mano sintiéndome más feliz que nunca de haberla conocido, y de que milagrosamente ella me quiera.
Compramos dos helados y después de un día agotador regresamos al apartamento y vemos la televisión hasta que se queda dormida con la cabeza apoyada en mi hombro, y yo con cuidado la llevo en brazos a la cama. Podría vivir así por siempre, inmerso en esta embriagante felicidad.
Vamos dos veces al cine, la primera vez a ver una película de enredos y la segunda una de terror. Descubro lleno de emoción que Akane es una miedosa, y eso hace que no pare de pegar brincos en su silla y de agarrarse a mí con su único brazo disponible. Termina escondiendo la cabeza en mi brazo, y casi me lo arranca cuando el monstruo aparece en pantalla y ataca a la protagonista.
Me muerdo la lengua para no soltar una maldición, ella me mira con los ojos llenos de lágrimas sin derramar, y sin poder evitarlo estallo en una carcajada que casi nos cuesta que nos echen de la sala.
Paseamos por el centro, vamos a las recreativas y le consigo un peluche enorme en la máquina de ganchos. Es de esa cosa que está de moda entre las chicas, la mascota de la estación de policía: Un cerdito negro al que llaman P-chan. Es tan grande que Akane no puede con él y lo termino cargando debajo de un brazo mientras ella me mira con una sonrisa tierna y da saltitos de felicidad de regreso al apartamento.
Hacemos la compra en el supermercado y hago la comida una y otra vez: Caballa con soja, pollo karaage, ensaladas, huevos cocidos, sopas de algas… Hace días que ni siquiera toma un analgésico.
Ryu deja de tomarme el pelo, o al menos no lo hace verbalmente, se limita a mirarnos con sonrisas llenas de pretensiones y suele pasar poco tiempo en casa. Está entrenando y se lo está tomando en serio, pelea en apenas dos semanas.
Le acompaño unas cuantas veces, pero invariablemente termino mirando los relojes de la sala, nervioso por si se me hace demasiado tarde para preparar la comida, o por si se siente sola. Ryu se ríe de mí diciendo que Akane sabe cuidarse, y que el único peligro que corre es el de engancharse a un nuevo reality.
Ella sale un par de veces con Akari y regresa con más bolsas de ropa. Parlotea acerca del nuevo chico que han contratado en el restaurante de ramen, un pobre estudiante al que su amiga mangonea sin compasión. Me río al pensar que la historia de ese sitio no deja de repetirse una y otra vez.
—¿Qué será lo primero que hagas cuando te quiten la escayola? —pregunto terminando de recoger los platos de la cena, mientras ella se estira perezosa y da un bostezo.
—Darme un baño larguiiiisimo —responde sin dudar—. Lavarme el pelo con las dos manos. Coger unos palillos, Pintarme las uñas, y… —Me mira reticente por un instante—, volver a entrenar.
Frunzo el ceño.
—El hueso estará débil, no deberías forzarte.
—Podemos empezar suave —dice con un mohín—, por favor, me muero por hacer ejercicio. No soporto seguir quieta, seguro que he ganado varios kilos.
—Sigues estando demasiado delgada —argumento en contra, aunque lo cierto es que si, creo que ha ganado ese peso que evidentemente le faltaba cuando la conocí, a punto de desfallecer de desnutrición.
—No puedo esperar —dice emocionada, porque es mañana cuando tiene la nueva cita con Tofu, y hasta yo me siento impaciente porque continúe con su recuperación.
—Iremos juntos.
—Ah, sobre eso… Puedo ir sola, solo es una cita y me encuentro perfectamente. No creo que haga falta que me acompañes —medita esquiva, y no puedo más que sentirme contrariado.
—¿Qué dices? No me lo perdería por nada del mundo.
Es el turno de Akane de fruncir el ceño. Aprieta los labios y asiente leve, repentinamente tensa, con la mente en otro lugar. Decido no darle importancia aunque me resulte extraño, porque lo cierto es que llevamos unos días tan calmados, llenos de intimidad y cariño que no puedo más que pensar en que no quiere molestarme y que quiere manejarlo ella misma.
Akane se está dejando cuidar por mí, y yo pongo todo mi empeño en hacerlo lo mejor posible. Cocino, la acompaño a sus citas, intento que esté cómoda, y ella a cambio me responde con sonrisas, con besos largos mientras nos acurrucamos en el sofá, con abrazos íntimos mientras se hace un ovillo junto a mi, en la cama.
La observo mientras ella sigue con la mirada ausente, me aclaro la garganta.
—Había pensado que deberíamos celebrar tu recuperación.
Akane regresa en sí y me mira llena de suspicacia, sus mejillas se colorean ligeramente y su espalda se pone tensa.
—¿Celebrar? —pregunta sin embargo, yo me aclaro la garganta y los nervios me traicionan. No puedo evitarlo, miro hacia otro lado, como si lo que voy a proponer careciera de importancia, como si no llevara planeándolo semanas.
—Un viaje de un par de días: Hacer turismo, cenar fuera. Ya sabes, ese tipo de cosas.
El silencio llena el salón, la escucho tragar saliva.
—Creo que jamás he salido de Tokyo —confiesa con una inflexión inusual en su voz—. ¿A dónde iríamos?
—He hecho una reserva en un balneario termal, cerca del monte Fuji. Dicen que sus aguas son buenas para recuperarse de lesiones óseas y musculares —Y ruego para que ella no note el temblor en mis manos, el sonrojo de mis propias mejillas.
Sí, llevo demasiado tiempo pensando en ello, en lo que necesito intimidad real con Akane. Y no es que Ryu no nos dé espacio, lo hace a su manera, pero en los últimos días no hemos hecho más que ver programas de televisión y desearnos buenas noches después de besos inocuos, sin caricias densas ni roces obscenos, y por supuesto que no he insistido en nada más. Al final resultó que sí se compró pijamas normales, pero ni aún así se calman las desesperadas ansias que siento por quitárselos. Por un instante me pregunto si Akane no estará perdiendo interés en esto. En nosotros.
Tengo tantas ganas de que Tofu le quite esa maldita escayola y que se encuentre bien, entera y fuerte que no puedo pensar en otra cosa. Supongo que eso me etiqueta oficialmente como un pervertido, pero no más que cualquier hombre en mi posición.
—¿Es una escapada romántica? —pregunta agrandando sus enormes ojos llenos de brillos, yo la miro y me aclaro la garganta intentando aparcar mi súbita timidez.
—Sip.
—¡Prepararé la maleta! —exclama emocionada, levantándose de golpe y saliendo disparada como una flecha hacia su cuarto. No puedo hacer más que reír, divertido, y sobre todo aliviado.
Supongo que todos mis miedos son infundados.
.
..
…
—Y ya estaría —dice Tofu terminando de retirar los restos de vendaje de su brazo, Akane parece más que feliz, está eufórica.
Mueve el brazo y le da vueltas como si fuera la primera vez que lo ve. Su sonrisa es tan amplia que se le sale de la cara, y yo también sonrío sin reprimirme lo más mínimo.
—El hueso se ha soldado bien, pero debes ser comedida con los esfuerzos hasta que recuperes masa muscular.
—Si, si. Tendré cuidado —dice ella, aunque tengo serias dudas de que realmente le esté escuchando o vaya a atender a las recomendaciones médicas.
—La inflamación y el dolor… —continúa Tofu intentando explicarse, pero Akane ya se ha puesto en pie y abre y cierra su mano, emocionada.
—No haré esfuerzos —incide, creo que con la única intención de que el doctor la deje ir.
—Akane —interrumpe Tofu, repentinamente serio y llamándola al orden. Ella lo observa tensa, adivino que casi furiosa, y no alcanzo a entender qué es lo que me estoy perdiendo—. Recuerda el consejo que te di, ¿de acuerdo? —concluye de forma críptica, y ella toma aire lentamente.
—Muchas gracias por ocuparte de mis heridas, Tofu —dice con una inclinación respetuosa antes de abandonar la consulta caminando rápido, airada.
—Oye, ¿qué ha sido eso? —pregunto sin poder evitar la vista atrás, hacia la puerta cerrada en el consultorio, mientras Akane pone todo su empeño en poner distancia.
—Nada, cosas de familia. No lo entenderías.
—Ah, ¿no? —continúo escéptico, y no puedo hacer más que atrapar su mano para que se detenga, para que me mire. Agarro su mano derecha, libre por primera vez en semanas, y se siente suave y delgada.
Akane no puede evitar el gesto de dolor, chasca la lengua y me mira con enfado.
—Ten cuidado —sisea intentando reanudar el paso y recuperar su mano, pero yo planto los pies firmes en el suelo y no la dejo ir.
—Yo siempre tengo cuidado contigo, eres tú la que se empeña en hacer las cosas a lo bruto y no escucha. ¿Qué pasa con Tofu?
Sus labios se vuelven una línea fina y blanquecina.
—Nada que deba preocuparte.
Ahora el que aprieta los labios soy yo.
—¿Seguro?
Akane hace un gesto de molestia y la suelto de inmediato, se mira el brazo y parece un poco contrariada.
—Está flojo —gruñe cambiando de tema, mueve una y otra vez los dedos, como si quisiera mostrarme que vuelven a ser suyos al cien por ciento.
—Es que te lo has roto —razono escupiendo las palabras según salen de mi boca, intentando ocultar la molestia que me carcome, esa especie de inquietud al fondo de mis pensamientos.
—Ranma, ¿crees que podríamos…?
—De ninguna manera.
Pero sus ojos suplicantes me hacen ceder demasiado rápido. Así que menos de una hora después entramos en uno de los gimnasios clandestinos de Tarô, y Akane parece tan contenta que no puedo más que sacudir la cabeza ante mi patética debilidad.
—¡Voy a cambiarme! —exclama metiéndose en el vestuario, y no se si me sorprende más su velocidad o que tenga ropa de cambio dentro de su bolso.
Desde luego que estaba esperando este momento con toda su alma.
Akane sale del vestuario con mallas y una camiseta amplia y cómoda, enseguida comienza a dar saltos en el sitio a modo de calentamiento.
—¡Salgo a correr diez minutos en los alrededores, no tardo! —dice escabulléndose del gimnasio antes de que me dé tiempo a tan siquiera abrir la boca.
Miro perplejo hacia la puerta que me azota en la cara y decido que bien puedo aprovechar el tiempo yo también. Caliento saltando un rato a la cuerda y después comienzo una serie de flexiones.
Se me pasa por la cabeza que puede que Ryu esté al llegar, o quizás para hoy eligió otro de los gimnasios.
Akane regresa al poco tal y como prometió, con el pecho agitado y la sonrisa enorme. Lleva tiempo sin ejercitarse y pequeñas gotas de sudor le corren por la sien. Dijo que se lo iba a tomar con calma, pero ahora mismo sólo parece un cachorro al que al fin sueltan de la correa y se dedica a correr por el parque como un desquiciado.
—¿El brazo? —pregunto preocupado, ella lo mueve en respuesta sin perder esa expresión de triunfo.
—Se siente raro, pero no es “dolor”. Creo que está bien —dice, y para mi absoluta indignación se dirige a la caja de guantes de boxeo.
—Ah, no. Ni pensarlo.
Pierde la sonrisa y me devuelve una mirada ceñuda.
—Lo haré suave.
—¡Haz katas!
—Pero quiero probarme.
—¿Y qué tiene eso de “suave”?
—Bien —rechina los dientes mientras cede y se dirige al tatami, donde inicia los movimientos suaves y controlados de una kata aprendida a la perfección, en este instante Akane es pura memoria muscular. Intento seguir a lo mío, con esa serie de flexiones que he dejado a medias cuando ella ha regresado de su carrera, pero me es imposible concentrarme. Estoy embelesado en sus movimientos, en lo mágico que resulta verla con ganas de volver a pelear.
—Metes demasiado la punta del pie derecho —digo con la única intención de molestarla.
—No es cierto —rebate sin detenerse, pega un pequeño gritó y empuja su puño hacia delante, directo y letal, contenido.
—Y no aprietas bien los abdominales. Lo mismo es verdad que has ganado peso.
—¿Pero a ti qué te pasa? —inquiere, esta vez sí, deteniéndose fastidiada.
—Estas sexy cuando entrenas —sonrio pillándola desprevenida y aprovecho el impás para colarme en su guardia y darle un beso breve y casto en los labios.
Akane reacciona rápido, agarra mi camiseta con ambas manos, arrugando la tela bajo sus puños y antes de que pueda hacer nada por detenerla me da la vuelta y estoy en el suelo. Me ha realizado una zancadilla perfecta, estoy a punto de quejarme cuando se sienta sobre mi, a horcajadas.
—Sigue funcionando —dice con superioridad, abriendo y cerrando su mano, fascinada por poder usarla de nuevo.
—Aún puedes tumbarme —admito poniéndome cómodo.
—Podía tumbarte hasta cuando tenía el brazo roto —continúa presumiendo.
—Es porque te dejo.
—¿Seguro?
—MUY seguro —Y giro. Akane pega un grito cuando agarro sus muslos, alzo la cadera y cambió las tornas. En un instante la tengo debajo de mi en una postura diabólica. Jadea, me mira con los ojos muy abiertos, desbaratada sobre el tatami. No es la primera vez que la tengo así y sin embargo siento que ahora todo es diferente.
Puedo sentir el pulso palpitando en mis sienes, el temblor de mis dedos ante su mirada implacable, miro sus labios y dejo salir el aire que no sabía que estaba sosteniendo.
El deseo se torna insoportable, y ella es toda tentación. Mi peso apoyado en sus caderas, nuestras respiraciones cada vez más rápidas y desordenadas. Akane alza las manos y siento sus dedos tras mi cuello, no sabía cuánto echaba esto en falta, que ella me tocara. Sus manos se prenden de mi cabello de forma ruda, y no puedo hacer más que besar su boca mientras mis dedos aprietan sus muslos tan fuerte que siento que voy a dejar marcas.
Es suave y al mismo tiempo exigente. Su boca se abre para mí y nuestros labios se mueven junto a nuestros cuerpos, su lengua en mi boca y la mía en la suya, ahogándonos en un beso denso y profundo. Inspiro mientras siento que voy a arder, que voy a morir de tanta necesidad.
Me restriego duro y ella arquea la espalda, con la ropa deportiva siente absolutamente todo. Gime necesitada mientras sus caderas se mueven como una ola contra las mías, sus piernas se anudan a mi espalda y yo me aferro aún más, respondiendo como me pide, hincándome contra su centro con una cadencia delatora.
Lanzó un gruñido cuando el roce se vuelve húmedo, cuando comenzamos a mecernos como necios y nuestros labios se sueltan entre resueltos. ¿Cuánto tiempo llevamos conteniendo esto? ¿Intentando aplazar esta tensión insoportable?
—Akane… Akane por lo que más quieras, dime que pare o juro… —Sus ojos son llama y deseo, puro brillo cegador. Ni siquiera la he desnudado, no la he venerado como merece, besando cada espacio, cada rincón de su piel, solo estoy comportándome como el hambriento animal que soy—, juro que vamos a hacerlo ahora mismo en este maldito tatami.
Mis manos arrugan la tela de sus mallas y comienzo a bajarlas a tirones. Y entonces siento su mano sobre mi pecho, toma aire y niega. Menos mal que a uno de nosotros dos le queda algo de cordura.
—Vamos a casa —jadea sonrojada.
Si por Dios, si. Aprieto los dientes y trago saliva. Me cuesta un par de segundos que mis manos suelten su culo.
—Recoge tus cosas —ordeno con voz ronca, y ella asiente y sale disparada de debajo mío en cuanto me echo a un lado. Tomo aire lentamente y lo dejo salir entre los dientes. Me quedo tirado sobre el tatami y me tapo la cara intentando regresar en mi, como ya he aprendido a hacer a fuerza de contenerme.
Es como si toda excusa se hubiera evaporado, como si el nudo que me ataba se hubiera aflojado al fin.
—Estoy lista —dice deteniéndose a mi lado. Alzo la mirada y veo sus piernas en esas mallas, su respiración agitada mientras retuerce el bolso entre las manos.
Rujo famélico y me pongo en pie. Agarro su mano y tiro de ella saliendo del gimnasio. Me tiemblan los dedos mientras cierro con llave. ¿Sería muy exagerado si la tomo en brazos y corro hacia el piso?
Akane ríe, ¡se ríe! ¡Ella riendo y yo absolutamente enfermo! Me giro y la arrinconó contra la puerta, amenazante y enajenado. Junto tu frente con la mía, inspiró su perfume, tiemblo entero.
—No te rías de mí —protesto.
—Es que eres demasiado… tú —concluye ininteligible, aún sin borrar su resplandeciente sonrisa.
—No sé qué demonios significa eso —respondo sintiendo que caigo, y que voy a besarla de nuevo ahí mismo, a la vista de cualquiera que pase por la calle y me dará igual lo que puedan pensar.
—Necesito un baño —susurra rozando mi aliento.
Eso puedo concedérselo.
.
..
…
Ya lleva ahí dentro una hora. Dijo que iba a ser largo, pero no sabía cuán infinito se me haría. Más de una vez estoy tentado de interrumpir su aseo para preguntar si yo también puedo unirme.
Tranquilízate. Cálmate ya.
Soy un artista marcial, y sé contenerme. Me lo repito hasta que comienza a carecer de significado. Puedo esperar lo que ella necesite, puedo seguir durmiendo a su lado, aunque me mueva inquieto, igual que sobre el colchón de un faquir.
Me tiro al sofá y enciendo la televisión intentando distraerme. No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando ella aparece, oliendo maravilloso y con una expresión plácida en el rostro hace ya un buen rato que he superado el calentón del gimnasio.
—¿Quieres bañarte tú también? —pregunta vistiendo uno de esos pijamas de tirantes finos, que a veces se deslizan por sus hombros.
Se me seca la boca, asiento. Creo que es lo adecuado.
—Dame diez minutos —digo con voz ronca, pasando a su lado y mirándola acechante.
—Puedo preparar algo para cenar —Se ofrece, y yo alzo cejas impresionado. Todos estos días me ha estado ayudando con tareas menores, pero la fractura le impedía hacer demasiado.
—Suena bien —Le sonrio sin ambages, probar la comida casera de Akane se me antoja el paraíso.
.
..
…
Ella sonríe nerviosa mientras le doy vueltas en la boca a lo que juraría que es un trozo de cartón. Si no tuviera la absoluta certeza de que es imposible diría que está tratando de envenenarme.
—¿Qué dijiste que era esto? —pregunto una vez más, Akane se apresura en responder.
—Un salteado con arroz, verduras y huevos.
—¿Puede que se te haya caído un poco de cáscara dentro?
—Traté de tener cuidado.
—¿Y que hayas quemado el arroz?
—Quizás se coció un poco de más…
—¿Qué salsa le echaste?
—La hice yo misma aprovechando cosas de la nevera, el ingrediente secreto te sorprenderá. Te daré una pista: También puede usarse como limpiador —concluye orgullosa, algo cruje entre mis dientes y siento que me pongo pálido, ella continúa mirándome, inquisitiva—. ¿Acaso… no te gusta?
Trago, y algo de infernal mejunje se escurre por mi garganta.
—Trabajaste en un restaurante AÑOS, ¿nunca entraste en la cocina?
—Entraba en la cocina a recoger los platos —dice sin entender el rumbo por el que intento conducir nuestra conversación. ¿Cómo puede ser tan bonita y tan absurdamente mala en esto?
Bien. Bien. En realidad no es un problema, solo debo asumir que en esta relación voy a cocinar yo para siempre.
—Akane, nuestro tren sale a las ocho de la mañana —continúo lentamente, sintiendo que camino sobre hielo quebradizo—. No me gustaría enfermar.
Me observa, sus ojos se agrandan comprendiendo al fin.
—¡No puede ser tan malo! —grita indignada.
—¿Pero lo has probado? —inquiero achicando los ojos, ella pierde parte de su indignación, me mira dubitativa y niega levemente.
Se lleva una cucharada a la boca. Tose y después escupe. Parece tan apenada que me dan ganas de comérmelo solo por no verla triste, pero no soy un suicida.
—El batido de fresa no le debió ir bien… —reflexiona.
—¿Que le pusiste QUÉ?
Vuelve a fruncir el ceño y yo levanto las manos en son de paz, intentando no parecer tan perplejo como en realidad estoy.
—Hay ramen instantáneo en los cajones —concluyo en son de paz, y eso parece valer, porque Akane se deshincha y me ayuda a recoger el desastre que ella solita ha montado en el escaso tiempo que he tardado en darme una ducha.
—Lo siento, sólo quería ayudar —dice decaída.
—Necesitamos un libro de cocina —resuelvo, y eso parece animarla un poco ya que me dedica una sonrisa pequeña y menos pesarosa.
Terminamos nuestra improvisada cena y nos dejamos caer en el sofá, ella se apropia del mando.
—Deberíamos irnos a la cama—digo, sabiendo que lo más probables es que se quede dormida y que termine llevándola en volandas a la habitación, como ya tengo costumbre. Akane asiente mientras observa distraída a dos actores extranjeros en una de esas películas clásicas en blanco y negro.
—Ya hice la maleta —dice dando un bostezo, y acurrucándose contra mi costado, deliciosa y exhausta.
Los ojos se me van hasta sus largas piernas, y aterrizan indiscutiblemente sobre la cicatriz del muslo, una línea rosada y oblicua. Un recordatorio para los dos.
Intento descartar los pensamientos innecesarios que atraviesan mi cabeza. Me había hecho ilusiones sobre esta noche, pero… Puedo esperar hasta que ella esté lista, puedo esperar una vida entera si se trata de Akane.
Su calor me envuelve y corro el riesgo de quedarme dormido yo también, henchido de felicidad y calor, cuando se acomoda aún más contra mí, y en el estrecho espacio se hunde en mi cuerpo y apoya la cabeza en mi pecho.
Dormimos juntos siempre, y sin embargo esta postura es nueva. Siento sus piernas sobre las mías, toda ella perfecta y estirada sobre mi torso, cómoda y arrullada. La envuelvo con los brazos y paseo mis dedos ociosos por su figura, por sus hombros preciosos y esbeltos, por la curva de su espalda.
Akane alza un suspiro satisfecho y se retuerce contra mí, me sobresalto un poco porque pensaba que estaba dormida.
—¿Vamos a la habitación? —pregunto mientras ella repta sobre mi pecho apoyandose sobre sus dos manos, y me besa.
Me quedo muy quieto, dolorosamente consciente de que no es un beso de buenas noches, ni uno de esos pequeños y juguetones que me lanza a veces antes de dedicarse a otra tarea. Es un beso intencionado, profundo y necesitado.
Mis manos ya están sobre ella pero se prenden con más fuerza a su cintura, apretándola contra mí, sintiendo la tela arrugarse y dejar expuesta su piel tibia.
Akane pasea sus manos sobre mi ropa, tocando, sintiendo con sus dedos los marcados abdominales, mi cuello, mis brazos. La siento salvaje, incontrolable, sus labios abandonan mi boca y besan mi cuello, el cosquilleo en esa zona es tan delicioso que se me hace la boca agua.
—A-Akane… —jadeo sintiéndome un esclavo de sus caricias, mi polla pega un brinco dentro de mis pantalones, envarada y nada discreta.
Ella jadea al sentirla, sus labios se separan de mi piel solo para gemir y bajar su cadera, restregándose de forma divina.
Se mueve sobre mí como si me estuviera cabalgando, y yo no pierdo el tiempo ni el ritmo, aprieto los dientes para proferir un gruñido mientras mis manos se cierran sobre sus muslos y me recuesto intentando alcanzar una postura conveniente para los dos.
La beso mientras ella se mueve sobre mí, me resisto a soltar su lengua, sus piernas, su placer. Jadea imprimiendo más velocidad al movimiento, mientras traza círculos y su cadera se balancea una y otra vez, entregada y lastimosa.
Va a matarme aquí y ahora. Siento que puedo explotar en cualquier instante.
Me retrepo por el sofá antes de que continúe, necesito recuperar el control o soy capaz de correrme sin siquiera quitarme la ropa, lo cual sería mortificante de varias maneras.
—¿Ranma? —pregunta confusa, como si temiera estar haciendo algo mal, cuando lo que ocurre es justo lo contrario. Todo lo que hace ella está demasiado bien.
Vuelvo a colocarla sobre mi regazo, la beso duro y me atrevo a explorar más allá de lo que nunca he llegado, metiendo la mano por la cintura de sus pantalones de dormir, apartando la ropa interior y presionando más abajo, entre sus húmedos pliegues, Akane suelta mi boca y grita. Sonrío incontenible mientras no puedo dejar de ver sus mejillas ardiendo, todo el calor que desprende su piel mientras muevo los dedos y ella pega pequeños y celestiales gemidos, agarrada a mis hombros, apretando fuerte hasta clavarme las uñas.
No cedo ni un ápice de control, ni un mísero milímetro mientras ella comienza a respirar de forma superficial. Introduzco un dedo en su interior con suplicante lentitud y ella me aprieta en su ardiente terciopelo. Me muerdo los labios y suelto una palabrota, estar dentro de ella debe ser como estar en el cielo, como tocar el jodido cielo.
—¡Ranma… ! —exclama mientras me sumerjo más hondo y vuelvo a salir solo para entrar de nuevo. Se retuerce, gime intensa y la siento desbaratarse, apretarme en espasmos mientras yo continuo moviendo mi mano en esta locura desenfrenada. Sus uñas se entierran tras mi cuello, en mi pelo, su mano derecha presiona hasta que sus caderas dejan de mecerse y yo también resoplo, necesitado de resuello. Saco mi mano de sus braguitas y mi pecho se hincha de desmedido orgullo. Sus ojos vidriosos me miran, no sé si avergonzados o incrédulos. —Oh dios mío —dice apartándose el pelo de la cara, lleno de sudor, y me besa dulce, con gestos laxos.
—¿Eso significa que lo he hecho bien? —pregunto tan ufano y satisfecho que ella no puede más que golpearme un poco en el pecho, pero después alza sus ojos, muy seria.
—¿Puedo hacerlo yo también? —jadea, sintiendo aún mi erección insatisfecha entre sus muslos, la palpitante muestra de toda mi contención.
—¿Hacer el qué? —digo con el temor naciendo en mi pecho, pero su mano ya está en marcha, esa mano que está dispuesta a volver a poner en forma a toda costa me acaricia por encima de los pantalones y yo pego un respingo y trago saliva, grueso y nervioso.
—Quiero tocarte —dice con una voz áspera a causa de sus propios gritos, recorriendo toda la longitud de mi granítica erección. Si tiene reservas no las menciona, solo me acaricia una y otra vez hasta que baja la tela que me aprisiona, y mi miembro se yergue entre nosotros, impune y doloroso.
Me incendio de tal manera que siento que voy a arder, ella también parece abochornada
—Akane, no tienes por qué…
Y en respuesta me agarra desde la base y yo suelto una maldición, me muerdo los labios hasta que siento el sabor a sangre fresca entre ellos. Su manos se mueve despacio, recorriendo la sensible piel, y yo siento que los ojos se me van a salir de las cuencas, que mi cerebro se ha convertido en gelatina burbujeante.
—¿Se supone que esto debe entrar dentro de mí? No veo cómo —pregunta la muy desvergonzada mientras sigue moviendo su mano hacia arriba y hacia abajo en caricias devastadoras.
Pego un rugido y agarro sus mejillas entre mis manos, la beso antes de gemir rendido a sus atenciones y rodear su mano con la mía.
—Yo te enseñaré cómo —No sé si suena a amenaza o solo a declaración de intenciones, pero no me importa. Muevo mi mano envolviendo la suya y echo el cuello hacia atrás, extasiado, poseído por el momento.
Sus dedos finos rozan todos y cada uno de los puntos que me gustan. Resoplo, me falta el resuello. Ella me mira, sus ojos curiosos desnudan más que mi cuerpo, explora todo mi ser.
Mi respiración arde en mis pulmones mientras mi mano se mueve más y más deprisa, y con la que tengo libre me deleito tocando de forma audaz la piel de su abdomen, y más arriba, subo por debajo de la tela hasta su pecho desnudo, lo aprieto sintiendo su pezón duro y de punta. Ella gime y me estruja, mis caderas se alzan en embestidas salvajes y la tensión se torna insufrible, absolutamente insoportable. Su mano me acaricia fervorosa y miro su boca, sus pechos, sus labios. La muevo más fuerte, más duro, echo la cabeza hacia atrás mientras el aliento caliente escapa en jadeos oscuros de mi garganta enronquecida y las maderas se mueven solas, poseídas de una necesidad que me llevo negando toda la vida. Quiero que sea ella, quiero estar dentro de ella, la deseo más que a nada. Quiero pedirle que se suba sobre mí y que me monte hasta que esté satisfecha, hasta que los dos lo estemos. La imagino así, desnuda y con mi polla dentro, gimiendo, mirándome.
Mi mano agarra sus cabellos y aprieto los dientes mientras nuestras manos friccionan de forma imposible mi miembro cada vez más hinchado.
—Mírame —ruego, y ella lo hace mientras también jadea, impresionada por mi empuje. Sé que lo está sintiendo todo, que puede verlo a través de mí, la necesidad, el deseo desatado. Embisto su mano una vez más y exploto, sacudiéndome sobrepasado en un espasmo imposible.
Resuello sin aliento, intentando que mi cerebro vuelva a funcionar y trago saliva al contemplar el desastre. Todo está sobre ella, sobre su abdomen, su pecho y la fina tela de su pijama, de repente me siento más abochornado que en toda mi maldita existencia.
—¡L-lo siento mucho! —exclamo soltando su mano, pegajosa entre la mía. Por todos los demonios, ¿qué acaba de pasar?
La puerta de la entrada se abre de repente, y solo entonces parece que ambos caemos en la cuenta de que hemos hecho esto en el salón, subidos al putísimo sofá.
Akane pega un grito y se baja de mi regazo, y yo me guardo la polla en los pantalones mientras Ryu entra y suelta las llaves y su bolsa sobre la encimera de la cocina, con los hombros hundidos y la cara reventada a golpes.
—Estoy molido —dice sin prestarnos atención, pasando de largo a su habitación, sin un jodido comentario.
Suspiramos al tiempo pensando que nos hemos librado, pero mi hermano vuelve a asomar la cabeza con el ceño fruncido y nos mira con más atención.
—¿Estábais haciendo guarrerías? —pregunta alzando una ceja, y al ver nuestra manifiesta incomodidad, y como Akane trata con toda su alma de escapar de su vista se percata de que ha dado justo en el blanco. —¡WOOOHUUUU!
Akane se levanta y huye, escuchamos la puerta del baño cerrarse de un portazo y me quedo en el sofá, masticando la vergüenza mientras mi hermano se descojona vivo. Cuando termina de reírse se aclara la garganta.
—Me alegro un montón por vosotros, de veras, pero yo también me siento ahí. El sofá es territorio neutral, Ranma —repone con voz que intenta ser seria.
Escondería la cara entre mis propias manos si no estuvieran llenas de fluidos propios mezclados con ajenos.
—Lo tendré presente—mascullo entre dientes, limpiándome de forma discreta en mis pantalones y huyendo humillado directo a mi habitación. No puedo decir que esta situación no sea culpa mía, al menos en parte, pero es un hecho que precisamos de intimidad tanto como respirar. Antes de encerrarme en un auto infligido castigo me detengo un instante en el umbral de mi puerta —. Por cierto, Ryu, Akane y yo nos marchamos mañana a una pequeña escapada, por si te preguntas dónde nos hemos metido.
Mi hermano sonríe con la boca llena, y eso solo hace que se le marquen más los golpes que algún tipo le ha dado en la cara. Me hace sentir… culpable.
—Pues disfrutad mucho, después de todo por lo que habéis pasado os merecéis un poco de sexo desenfrenado. No hagas nada que yo no haría —dice guiñandome un ojo, y ya no estoy en posición de negar la evidencia, o de decirle que deje de ser un metomentodo y que se largue de una vez. Sonrío de forma tímida antes de alzar la barbilla.
—¿Estarás bien?
—Por supuesto —contesta descreído.
—Es sólo que no estamos preparando juntos tu combate, me preocupa que entrenes con incompetentes.
—Hay incompetentes muy fuertes en los gimnasios de Tarô —responde sin perder su buen humor—. No te preocupes, entiendo que tienes entre manos otros asuntos mucho más interesantes.
Vuelvo a sonrojarme mientras mi hermano se ríe en mi cara y va hasta la puerta del baño donde da unos toquecitos con los nudillos.
—Akane sal de ahí, necesito darme una ducha —dice conciliador—. Eso se quita con un poco de agua y jabón, creeme, soy un experto.
Ahora sí lo mato.
—¡Ryu! —chillo, él me enseña el dedo de enmedio con gesto burlón y se mete en su habitación.
Doy unos pasitos nerviosos en el sitio y me acerco a la puerta cerrada del aseo.
—¿Akane?¿Estás… bien? —susurro en tono bajo y quejumbroso.
—Sí, solo dame un momento —responde con una vocecita fina y adivino que se encuentra casi tan avergonzada como yo.
Me quedo en silencio, esperando unos instantes y pienso que quizás es mejor tener un poco de espacio para regodearme en mi infamia, al menos por esta noche.
.
..
…
No he pegado ojo aún demasiado excitado, incrédulo y avergonzado. En algún momento fui levemente consciente de que Akane no iba a venir a dormir conmigo, y eso solo me hizo sentir peor.
Bruto. Bestia. Bárbaro.
A pesar de todo la he encontrado lista a las seis de la mañana, con la maleta preparada y moviéndose inquieta por la cocina. He intentado actuar con normalidad, pero no sé muy bien cómo sacar el tema o siquiera si debo hacerlo.
“Disculpa por la ducha de semen” no termina de sonar adecuado en ninguna circunstancia. Maldita sea.
Al menos no parece espantada, es más, en un par de ocasiones la encuentro mirándome con el atisbo de una pequeña sonrisa en los labios.
—Estoy un poco nerviosa —reconoce cuando ocupa su asiento y mira por la ventana—. Ni siquiera recuerdo la última vez que viajé, creo que fue con el instituto.
—Tampoco es un viaje muy largo —repongo intentando superar mi súbita timidez, el tren se mueve e inicia un traqueteo de lado a lado que me provoca un sopor incongruente. Doy un bostezo y parpadeo intentando recomponerme.
—¿No has dormido bien?
—No, ¿y tú? —pregunto, y me muerdo la lengua para no decirle que sin su presencia entre mis sábanas el espacio se me antoja demasiado grande y frío.
—Tampoco —responde apoyando su cabeza sobre mi hombro y dando un hondo suspiro de satisfacción. Y con eso me basta para saber que no hay nada raro entre nosotros, que no está molesta ni enfadada, y que me puedo limitar a dejarme llevar y ser yo mismo.
Contengo una sonrisa, me recuesto en el asiento y agarro su mano entre la mía. El viaje pasa en un instante, y antes de que nos podamos dar cuenta ya nos encontramos en la estación.
De camino al hotel nos detenemos a dar un pequeño paseo por el pueblo, curioseamos las tiendas tradicionales de venta de obsequios y nos permitimos una vuelta amplia que nos lleva hasta templos tranquilos rodeados de árboles. Todo transmite tanta paz que parece que nos hayamos transportado a otro mundo, y no solo a unas escasas horas en tren de la capital.
Agarro su mano, la contengo en mi palma y la alzo con un deje de preocupación.
—Está hinchada —digo contrariado.
—Apenas, y el doctor Tofu dijo que era normal.
—Te excediste mucho ayer —continúo, sonrojándome al recordar ese momento vibrante en el que dejamos de pensar con claridad.
—No escuché quejas —concluye con una sonrisa traviesa, mis labios se tornan en una línea blanquecina y fina. Si quiere jugar con fuego está a punto de quemarse. Consulto una vez más la dirección del hotel y caminamos hacia allá.
Akane contiene una exclamación cuando llegamos a la puerta de un establecimiento tradicional. Todo el pueblo huele a aguas termales, pero allí es más penetrante. Apenas unos minutos después ya estamos registrados y el personal nos acompaña a nuestra habitación.
He invertido algo de mis ahorros, pero todo precio se me hace barato cuando veo su cara de absoluto asombro, sus ojos vibrantes.
—¡Ranma! —exclama girándose hacia mí—. ¿Cuánto te has gastado?
—Te he dicho que íbamos a celebrarlo —repongo muy orgulloso de mí mismo, con los brazos cruzados en el quicio de la puerta, sin poder despegar mis ojos de ella, que me mueve agitada como una polilla sobre una luz
—¡Hay una bañera! —dice internándose en una pequeña terraza con vistas al bosque, el vapor llena el aire y se condensa en el ambiente—. Y la cama es… enorme.
—Mmmhh —ruedo los ojos sabiendo que nadie nos va a oír ni interrumpir, que en este lugar estamos solo nosotros dos, y que he pagado dos noches completas—. ¿Quieres darte un baño?
Akane se muerde el labio inferior y el gesto me enciende, creo que lo sabe, porque su voz baja una octava y se acerca hasta donde estoy de forma sinuosa.
—¿Quieres dártelo conmigo?
Me saco la camiseta por encima de la cabeza en menos de una décima de segundo, y al siguiente ya la estoy besando. Ella ríe sobre mi boca, y después se cuelga de mi cuello firme y decidida. La alzo y la llevo a la cama, sin más dudas ni vacilaciones, solo nosotros, hambrientos y desesperados el uno por el otro.
La tumbo sobre el cómodo colchón y ella se retuerce, se quita la chaqueta y la tira sin miramientos, yo la ayudo con el resto de la ropa. Todo sobra, todo es demasiado. La tela me molesta sobre su piel. Le quito los pantalones de un tirón y ella jadea impresionada antes de que me vuelva a echar encima suya.
Estoy desquiciado pero no quiero apresurarme, lo quiero lento, largo y agotador. Lo quiero dulce y salvaje, la quiero a ella ahora y siempre. Intento invocar algo de calma en mis actos y profundizo el beso, me deshago entre sus labios sintiendo su saliva, su respiración rápida y acompasada. Acaricio lentamente toda la piel a mi alcance, está prácticamente desnuda a excepción de la ropa interior, expuesta y gloriosa, solo para mis ojos.
No me pasa por alto que lleva un conjunto especialmente sexy, algo sofisticado y de encaje que pienso quitarle pronto. Ronroneo al comprender que debe haberlo escogido para mí.
Sus manos me agarran del pelo, se entierran con dedos como garras y yo gruño excitado, consciente del deseo que también corre por sus venas. Se prende de mi cuello y después acaricia mi espalda con lentitud, explora y se deleita con cada uno de los músculos, con los hombros, con el pecho. Los perfila con los dedos y se desprende del beso, cruelmente necesitada.
—Eres enorme —declara, como si a estas alturas eso fuera una novedad, con sus manos en mis muslos aún enfundados en los pantalones.
—Tendré cuidado.
—No, no lo hagas —pide la muy salvaje, está hecha de fuego y determinación. No hago caso a semejante propuesta, le beso el cuello mientras mis manos se prenden de sus muslos y ascienden por su abdomen, hasta meterse dentro de su sostén.
Gime bajito, complacida, y yo no puedo evitar saborear el momento, mientras mi boca reparte besos húmedos y cálidos por sus clavículas, por sus costillas, sobre sus pechos.
—Voy a cuidarte, Akane —declaro, por si no ha quedado claro mi punto—. Y voy a esforzarme en hacer bien esto—concluyo bajando mi boca hasta el terso pezón, lamiéndolo despacio hasta que caigo en la tentación de meterlo en mi boca y succionar.
Grita, es un chillido de puro gozo, ahogado, mojado. Sus caderas se ondulan bajo mi peso y no puedo más que moverme aceptando el ritmo. No me detengo, su espalda se arquea, toda ella se retuerce mientras mi mano libre baja hacia su vientre y se aventura entre sus piernas.
La encuentro mojada, impaciente, pero yo no tengo ninguna prisa. Este instante es tal y como lo soñé, y quiero disfrutarlo hasta el último segundo. Reparto besos por todo su torso y bajo hasta su vientre, repasando la trabajada línea de su abdomen, toda su musculatura digna de admiración. Beso su ombligo, mi lengua se entretiene a explorarlo mientras el sabor de su piel me llena la boca.
Jadea impaciente mientras mi mano se mueve intentando alcanzar el ritmo que necesita, aplacar la necesidad que la carcome.
—Ranma —gimotea agarrándose a las sábanas, sonrosada, descolocada—. Ranma, por favor…
Y es la pura necesidad de su voz lo que me rompe, cómo se retuerce con la piel caliente y enrojecida, regreso a sus labios y me recibe dichosa con un beso tortuoso y anhelante, sus manos vuelan al cierre de mis pantalones y lo abren mientras pego un suspiro de placer al sentirme liberado.
—¿Has traído… eso? —pregunta, y yo pestañeo intentando entender, hasta que caigo en la cuenta de lo que me dice.
—Sí, si. Están en mi mochila —digo mirando de forma lastimera hacia el bulto que no ha pasado de la puerta, me levanto de la cama a toda prisa y rebusco en los bolsillos, ¿dónde puse la dichosa cajita? Tiro el equipaje por el suelo mientras Akane se incorpora en la cama, con sus cabellos cortos revueltos, mirándome atenta, con una ligera tensión en su espalda. Finalmente los preservativos aparecen al fondo del todo, trago saliva mientras regreso a la cama y termino de bajarme los pantalones, ella se desabrocha el sostén y se recuesta sin romper en ningún momento el contacto visual, y la miro, vaya si lo hago.
Las he tocado varias veces, ¿pero mirarlas sin más? Suspiro de pura felicidad y me tiro sobre sus pechos perfectos, tersos y sonrosados, los tomo con ambas manos y les doy lengüetazos lentos y sedientos.
—Eres tan hermosa… Me vuelves loco, lo sabes, ¿verdad? sabes que estoy loco por ti —balbuceo mientras Akane clava los dedos en mi trasero y se mece con deleite, es un volcán, es mi incendio privado, es mi mujer.
Alcanzo a bajar mi ropa interior y quedar desnudo, ligeramente mortificado por encontrarme tan expuesto ante sus ojos curiosos. No tengo frío a pesar de la temperatura fresca, ardo entero mientras nos miramos y busco un preservativo a tientas sobre la cama.
Tomo uno con dedos nerviosos y lo ajusto bien sobre la dolorosa erección en medio de mis piernas, estoy jadeando más intensamente que después de cualquier carrera, el sudor comienza a perlar mi piel. Ella alza las manos, exigiéndome sobre ella, y yo no puedo más que cumplir su petición, termino de bajarle las bragas y dejo que nuestros sexos se rocen en un toque febril y endiablado. No quiero aplastarla, sé que soy demasiado grande, por lo que me apoyo sobre un brazo a la par que siento su entrada caliente y receptiva, pulsando contra la punta de mi pene. Ardo demasiado concentrado, demasiado avergonzado de este delirio.
—Ranma, te necesito —ruega bajito, moviéndose con animosidad, tentándome una y otra vez—. Te necesito tanto.
La beso suave, dejando que mi lengua se abra paso en su boca al mismo tiempo que mi miembro dolorosamente pulsátil recorre apenas dos centímetros de su interior. Es aún más cálida, cien veces más suave y apretada. Me siento enloquecer mientras transito el delirante espacio de forma dolorosamente pausada, terminando de hincarme en ella con un resoplido agónico que Akane acompaña con un eco de dientes apretados, con sus uñas clavadas en mi espalda.
Nadie me tiene que explicar cómo se hace esto, soy un experto en leer a la persona que tengo enfrente, en adaptarme, en soportar. Sostengo su cuello mientras la beso duro, y mi pelvis se despega de la suya y vuelve a entrar hasta el fondo, hasta que todo yo me encuentro gloriosamente sumergido entre sus pliegues.
Sí que se siente como el cielo, es nuestro propio paraíso, íntimo y terrenal. Me muevo a un ritmo lento y candente, la escucho gemir en cada una de mis embestidas, hondo y cada vez más gutural. Quiero que se desinhiba, quiero que goce, necesito sentir cómo se corre conmigo en su interior.
Su boca se abre mientras los tendones de mis piernas se contraen, cambio el ángulo, alzo ligeramente su cadera y la atraigo hacia mí mientras aún me muevo dentro de ella. Bajo mi mano hasta su entrada y comienzo a hacer las dos cosas al mismo tiempo, estimularla y penetrarla, se retuerce, jadea rápido y gime aún más fuerte mientras sus pechos se mueven contra mi torso, y el roce es tan degenerado, la escena es tan absolutamente perfecta que no puedo más que gemir yo también, acercándome al borde del precipicio.
Akane solloza mientras se agarra a mis hombros, la siento contraerse, estrangulandome en su interior en espasmos acompañados de un lamento largo y maravilloso, y yo bufo sin dejar de moverme, sintiéndola tan resbaladiza que me puedo permitir embates más bruscos y profundos. Agarro uno de sus muslos, abriéndola aún más para mí, haciendo de las penetraciones algo salvaje y descontrolado. Me muerdo los labios intentando que dure más, solo un poco más, pero me siento desfallecer, me siento descontrolado mientras sus ojos marrones me miran colmados de deseo, con sus mejillas adorablemente sonrojadas y su cuerpo entregado por completo.
Me entierro profundo, me permito un instante de insana desmesura y me pierdo a mí mismo mientras termino agonizante con aguijonazos certeros y besos llenos de gemidos. Nos quedamos unos instantes más así, doloridos, avergonzados, satisfechos.
Ronroneo besando su cuello, repasando con mi lengua los pequeños puntitos de su piel henchida.
—Eso ha sido… Waoh —concluye a falta de encontrar una palabra mejor, y yo me río, porque estoy absolutamente de acuerdo.
—Sí —resuelvo acomodándola contra mi pecho, demasiado feliz de estar entre sus piernas, sin ninguna gana de romper el contacto. Akane se retuerce incómoda y yo salgo de ella aguantando un quejido de pena.
Se ausenta para asearse y regresa a la cama, yo hago otro tanto para no dejar los restos de nuestra pasión tirados de cualquier forma por el impecable suelo de la habitación. Nos arrebujamos entre las sábanas, agotados, ella divinamente desnuda se amolda a mi cuerpo y yo la beso en la sien y le susurro palabras de amor que no sabía que se encontraban dentro de mí. La abrazo y me dejo llevar por el sopor, por el cansancio, olvidando todos nuestros instantes de dudas y angustia, dejando que sanen todas las heridas.
La acuno entre mis brazos y me quedo dormido al instante.
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..
…
No sé qué hora es, y descubro que tampoco me molesta. Akane gime bajo mi peso, colmada entera por mi dureza dentro de ella, y eso es lo único que importa; Sus gritos apasionados, sus manos en mi espalda, sus piernas cerradas como un candado en mi cintura mientras nos balanceamos sin descanso ni final.
Presentía que esto me iba a gustar, presentía que se nos daría bien, pero hemos sobrepasando cualquier expectativa. Al fondo de mi pensamiento algo primitivo me advierte que en algún momento debería comer, pero lo ignoro mientras resbalo en sus paredes suaves, mientras ella se retuerce alcanzando un nuevo orgasmo y yo la sigo a los pocos segundos sintiéndome poderoso e imparable. Jadeo volcando sobre ella, sintiendo sus pechos hincados contra mis pectorales, nuestras respiraciones calientes colapsando en besos eternos.
No hemos conseguido salir de esta cama, y así es perfecto.
—Necesito un baño —Se lamenta muy débilmente.
—Yo te baño —Me ofrezco voluntario en un instante mientras mi lengua juguetea con el lóbulo de su oreja.
Lo hemos hecho tres veces seguidas, su pelo es un desastre, el mío un nido de aves. La trenza pasó a la historia en el segundo asalto, las sábanas están tiradas por el suelo y estamos sedientos. Supongo que es un buen momento para tomarse un descanso.
—¿Cuántos van en la caja? —pregunta Akane intentando librarse de mis atenciones con poca efusividad.
—Ni idea, pero espero que muchos. Muchísimos —digo dándole un pequeño mordisquito y provocando que ella ponga un poco más de interés a tratar de escapar de mí, entre risas.
Finalmente se escabulle de mis brazos y se pone en pie desnuda, tal y como vino al mundo y con piernas temblorosas. Mi sonrisa de macho orgulloso no podría ser más amplia.
—No digas nada —Me advierte cohibida, caminando de forma graciosa hacia el baño y cerrando la puerta. Yo espero unos minutos antes de encontrar en nuestro desastre algo de ropa, y salir al pueblo en busca de cualquier combini o 7eleven, en realidad me va bien cualquier cosa donde vendan comida.
Tenía planeado agasajarla con una buena cena en un restaurante de la zona, pero ya ha anochecido, por lo que eso tendrá que esperar a mañana.
Regreso a la habitación con un pequeño botín y la busco con la mirada. La encuentro al poco, metida en la bañera vaporosa, apoyada sobre el borde con una toalla anudada al cabello y una expresión serena en el rostro, contemplando el bosque nocturno.
—No me has esperado —digo fingiendo molestia, ella gira y me mira de soslayo, divertida.
—En esta bañera caben dos.
Dicho y hecho, me quito toda la ropa y ella me contempla con ojos oscuros y afilados. Sé que le gusta lo que ve, todo lo que tiene a su completa disposición. Me doy la vuelta caminando hacia la ducha anexa, y ya de paso le ofrezco una perspectiva perfecta de mi trasero y de todos los arañazos que luzco como trofeo. La escucho contener el aliento, no sé si alarmada o complacida por las vistas.
Me limpio, aprovecho para lavarme el pelo y lo dejo suelto, no me seco, solo camino hacia la bañera y la acompaño dentro, el agua me envuelve y templa mis doloridos músculos después de horas de ejercicio intenso.
Me recuesto con un suspiro y ella viene a mi, etérea, anhelante.
Sus manos apartan mis cabellos mojados de mi cara y me besa suave, tomándome de las mejillas, mientras yo rodeo su cintura y la subo a mi regazo.
Es un beso suave, solo labios lentos, colmados y pesados. Siento su agotamiento, su corazón palpitando rápido, su paz.
—Te quiero —susurro a su oído, una verdad que solo ella puede escuchar, pues para ella es y nadie más—. Te quiero, Akane.
—Y yo a ti —responde muy seria, mirándome con una declaración firme en sus ojos, como una mujer que en lugar de su corazón entrega su alma—. No sabes cuánto, Ranma.
—No puedes amarme más de lo que yo te amo, es imposible —prosigo mientras mis manos se mueven solas y agarran sus caderas. Debería haber tenido suficiente, pero algo ahí abajo tiene otros planes.
—Ah, ¿es una competición? —bromea con un ronroneo que termina de encenderme, mi mano derecha resbaja hasta alcanzar su sexo desde ese ángulo, y comienzo a mover los dedos en círculos, haciendo que ella se alce ligeramente para darme mejor acceso—. ¿Aquí? —gime estrangulada, cruzando sus brazos tras mi cuello.
Yo gruño de placer y deseo.
—No tengo suficiente de ti, siento que no podré saciarme por más que te tenga.
—Ah, lo haces tan bien… —confiesa arrancándome una sonrisa feroz—. No pares.
Y la penetro con mis dedos ahí mismo, chapoteando en el agua caliente, entrando y saliendo, suave y después más rápido, más duro, hasta que sus suspiros se vuelven gemidos, toda la piel se le sonroja de calor y la siento apretar mis dedos en un delirio palpitante hasta se desploma entre mis brazos, gimoteante y rendida. Entonces la saco de la bañera y sin darle tregua siento su trasero desnudo al borde, abro sus piernas y poniéndome de rodillas meto la cabeza entre sus muslos, dejando que mi lengua la acaricie a lametazos lentos.
—¡Oh, Dios! —exclama y yo sonrío mientras exploro con la punta, paseándome por sus pliegues de forma consistente, atendiendo a sus exclamaciones hasta que encuentro el punto exacto, ese donde consigo que grite apretando mi lengua encima y comienzo a hacer círculos pequeños. Succiono suave, descubriendo cuánto le gusta, con qué facilidad se entrega completa al placer, a todo lo que le doy—. ¡Ranma!
Al alzar la vista la encuentro superada, avergonzada, preciosa. Su piel mojada crea un efecto estroboscópico a la escasa luz del baño, haciendo que las pequeñas gotas que bajan por su abdomen, sobre sus pechos, hasta su ombligo brillen como diamantes. Sus mejillas arreboladas, sus cabellos húmedos, su respiración superficial… Su delicioso sabor.
Me alzo de la bañera embrutecido y ella me recibe con un beso duro y exigente mientras mi miembro palpita desatendido. Salgo del agua y la tomo entre mis brazos, aprieto su trasero mientras doy pasa erráticos hasta que consigo aplastarla contra la primera pared que encuentro y entro en ella profundo y henchido, tan suave, tan húmeda para mi que no puedo más que gemir mientras se me nubla la visión.
—Joder, Akane… —farfullo clavándome de nuevo en su apretado interior, sintiéndolo todo. El maravilloso calor, el roce real de su coño, su humedad lubricándome gloriosa. Gime alto, con su espalda envarada contra la pared, la cabeza apoyada en mi pecho, sus talones en mi trasero, sus brazos en mi cuello. Siento que se me va la cabeza.
Esto debe ser la felicidad, las más absoluta y completa que voy a sentir jamás.
—No te has puesto… Eso —Me recuerda, y yo gruño sabiendo que tiene razón. Salgo con un dolor palpitante y le doy un pequeño beso en la punta de la nariz.
—No te muevas —ordeno ronco mientras camino hacia la cama con pasos fuertes y pesados; encuentro uno de esos sobrecitos y lo tomo entre los dedos. Regreso al baño donde ella me espera apoyada contra la pared, con sus cabellos agitados, desnuda, obediente y hermosa. Mía y solo mía. Ni en mis más atrevidas ensoñaciones eróticas llegué a imaginar semejante imagen, la bebo sediento, la memorizo reverente mientras me acerco y la beso con pasión.
Jadea con sus pechos desnudos subiendo y bajando, con los labios hinchados. No tardo más que un instante en enfundarse el preservativo y seguir exactamente por donde lo habíamos dejado, penetrándola contra la pared. La alzo por los muslos y después de un beso hondo me abro paso despacio, comenzando una cabalgada de pasos lentos y profundos. Clavo los dedos en sus muslos, la abro más y empujo duro, quiero que me sienta, quiero que lo entienda. Con todo mi ser necesito que se grave este momento en su alma, indeleble, a fuego y calor. Que me ame, que me ame de la forma desquiciada que la amo yo.
Akane se agarra con más fuerza, sacudida por la marejada descontrolada en la que me he convertido. Me fundo con su cuerpo, ya no distingo dónde empieza ella y dónde acabo yo. Quiero vivir en esta agonía, quiero estar siempre y por siempre haciéndole el amor. Las puntas de mis dedos se clavan con alevosía en su blanca piel, y ella protesta de dolor y placer.
La siento compungida, hambrienta. Es mi deidad de la pasión, la única a la que voy a rendirme y adorar. Beso su cuello y capturo las gotas de agua y sudor mientras las embestidas me poseen, las ganas se me agolpan en las caderas, en la punta enhiesta, soy nervio puro, solo sentido y necesidad.
—Ranma… Ranma… —solloza mi nombre con un tono elevado, cada vez más agudo. Mi nombre y nada más. Quiero decirle que me vuelve loco, que no pare, que me encanta estar tan dentro de ella que no hay espacio en su cabeza y en su cuerpo para otra cosa. Me he convertido en un egoísta posesivo, Akane me ha hecho esto, soy un pobre demente, un adicto a su piel.
Gruño sacudiéndome contra ella a un ritmo infernal, su culo en mis manos se golpea contra la pared en cada embestida y sus pies se aflojan de mi cintura mientras clava las uñas en mi cuello y abre la boca dejando escapar de sus labios el grito de satisfacción más profundo que le he escuchado hasta el momento. Siento su orgasmo derramándose caliente sobre mi polla, capturándome con contracciones fuertes y delirantes. La siento, la saboreo, no me detengo. La follo como un salvaje contra la pared, perturbado e imparable. Me desvivo en rudos y violentos embates acompañados de gemidos, gruñidos, mordiscos en su cuello… Cuando me corro en su interior estoy tan exhausto que casi me desplomo, me mantengo en un precario equilibrio, mareado, con sus muslos aún alzados en mis manos, intentando recuperar el resuello, sintiendo que me arde la garganta, que nos van a amonestar por escándalo sexual.
Alzo la mirada, absurdamente tímido después de todo y me encuentro con una sonrisa cansada y exultante. Me inclino hacia sus labios hinchados por tantos besos.
Esto es perfecto. Ella es perfecta. La vida por primera vez se me antoja maravillosa.
.
..
…
Nota de la autora:
¿Este ha sido un capítulo de lo más acalorado! Siento que se tenían demasiadas ganas esos dos que su encuentro no podía más que estar lleno de ese calor.
De nuevo espero que os esté gustando y no haber herido la sensibilidad de nadie.
Gracias a todos por continuar con este fic. Gracias a Dani por su traducción maravillosa de tan tórridas escenas (me da vergüenza/risa imaginarte traduciendo tantas guarradas hahahahaha), y gracias a mis maravillosas betas.
Besos
LUM


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