Me va a matar. No es una suposición, es una evidencia: Me va a matar de tanto amor.
Dormir desnuda sobre un hombre se me antojaba lejano, externo a mi, y ahora no puedo creer que no sea tan natural como respirar. Su presencia ocupa cada aliento, cada jadeo, me rodea con sus brazos enormes y protectores, y me siento tan intensamente feliz que podría morir sin arrepentimientos.
Hemos despertado agotados y enredados, y por fin conseguimos salir de la habitación. Paseamos por el bosque, y después terminamos comiendo en un restaurante bonito y caro, algo que ninguno de los dos debería poder permitirse. He insistido en pagar la cuenta y él me ha dejado a regañadientes.
Y después de regreso a la preciosa suite Ranma me besa suavemente, sus manos, capaces de partir huesos, de destrozar a sus enemigos son delicadas cuando me acarician. Todo él es un cúmulo de contención, tiembla un poco cuando comienza a quitarme la ropa, y yo finjo no darme cuenta, porque me resulta tan tierno que podría echarme a llorar.
Veo sus mejillas sonrojadas, su respiración rápida. Ahora somos esto, un descontrol, un fogonazo. Me siento incandescente.
—Qué bonita eres… —dice cuando comienza a besar mi cuello, y yo podría convertirme en un charco a sus pies, un montoncito de nada.
Me sonrojo hasta la médula, mi pie se eriza, mis dedos se corban en sus cabellos, agarrando esa trenza que ya he desarmado media docena de veces.
—Ranma… —repito su nombre con una exhalación vacua.
Sus manos son tan cálidas que me hacen sentir maravillosa mientras recorren mi piel, con tacto enlentecido, usando solo la yema de sus dedos. La falda cae al suelo, no se si se habrá fijado en toda la ropa bonita que me compré, a pesar de no haberme quitado esos hermosos ojos azules de encima.
Me recorre desde el trasero hasta la cintura, y aprieta fuerte en la curva de mi espalda para pegarme a él. No le digo que estoy agotada, que necesito dormir y quizás una bebida energética, porque lo cierto es que lo que más necesito es esto; A él todo el tiempo tocándome, sus manos posesivas arrugando mi ropa, reptando sobre mí.
Sus palmas suben hasta mi rostro y tira ligeramente de mis cabellos para poder besarme hondo, lo hace lento, con mimo, con una tranquilidad que hemos sido incapaces de encontrar en nuestros primeros y destartalados encuentros.
Su pierna se cuela entre las mías y en seguida me encuentro arrinconada entre su muslo y la pared, es tan apabullante, tan sexy que aún me cuesta creer que sea todo mío. Que toda esta delicadeza, este infinito deseo sea para mí.
Me quita la blusa y yo le desabrocho la chaqueta, me baja las medias y yo meto las dos manos por debajo de su camiseta, palpando esos abdominales perfectos, ese vientre esculpido en la pelea. Una mano se ocupa agarrándome el trasero y con la otra me baja las bragas. Jadeo mientras su muslo se clava más, se aleja apenas un palmo para tironear de mi ropa hasta mis rodillas y yo me recuesto contra la pared, rendida y ansiosa.
Se baja el pantalón un poco, lo justo para que su virilidad emerja ávida. Trago saliva ligeramente inquieta cuando regresa sobre mí y comienza a rozar de forma absolutamente deliciosa entre mis piernas, tan cálido y degenerado que creo que voy a arder.
Vuelvo a gimotear su nombre mientras su miembro duro me recorre sin entrar, volviéndome loca de necesidad, humedeciendose con mi propia excitación. Sé que le gusta eso, nuestra tierna piel encontrándose sin barreras. Lo beso mientras se agacha para que la diferencia de tamaños le permita seguir con este camino a la perdición, y yo tiemblo de puntillas queriendo que me llene entera, cada punto, cada forma.
—Vas a matarme —Se me escapa en un boqueo mientras me prendo.
Nuestras bocas se unen y me acalla mientras se separa de mí y caminamos de forma errática hasta la cama. No necesito ayuda para retirarme la ropa interior, y él no necesita instrucciones para hacer lo mismo. Agarra un preservativo y lo abre de un tirón con los dientes, debo decir que se ha vuelto un experto en eso en apenas un día. El gesto salvaje me hace ronronear, y en seguida lo tengo reptando sobre mí, con sus manos en mis caderas.
Se pone de lado y me mira a los ojos mientras agarra una de mis piernas y entra en mi, tan suave, tan dulce y lento que no puedo más que gritar apabullada, demasiado repleta, atravesada de forma deliciosa por toda su gloriosa magnitud.
Tiemblo entera, y en un ataque de locura giro sin permitirle salir de mí y me siento a horcajadas sobre su cadera, embestida por su potencia a un nivel que se me antoja irreal.
Ranma gruñe bajo mi peso, jadea mientras se acomoda y yo me muevo lenta y tortuosa, sintiéndolo más adentro, más profundo que nunca.
—Akane… —musita mientras me inclino para besarlo y nuestros cuerpos se sacuden en una danza que me recuerda a la marea. Toda yo soy mar y espuma, soy inconsciencia y viento. Soy esto con él.
Sus manos en mis muslos me empujan hacia abajo a la par que el se ondula hacia arriba, vuelvo a gemir mientras me muevo lenta y ominosa, mientras me siento más y más liviana.
Incremento la fricción, me muevo sobre Ranma entre pequeños jadeos imperiosos, y él también lo hace, convirtiendo el roce en una delicia. Entra y sale de mí mientras yo me impulso apoyada en su pecho, y el tormento se convierte en enérgicas sacudidas, en una necesidad efímera y urgente. Sus dedos se clavan con fuerza en mi trasero, su miembro entra limpiamente en acometidas duras y se le escapa un gemido que me sabe a triunfo y gloria, y que provoca que mi interior se repliegue en un placer tortuoso y anhelado. Me sube hasta la cima mientras él musita mi nombre acompañado de un quejido y una última estocada que me deja sin aliento.
Estoy poseída por la ingravidez, Ranma jadea con sus mejillas ardiendo, con toda su piel enrojecida y sudorosa mientras poco a poco cede a la inercia hasta detenerse.
Nuestros corazones palpitan rápido, sincronizados, yo me tumbo sobre su pecho, agotada y desinhibida en mi desnudez.
—Te amo —atestiguo con un suspiro mientras él agarra mi rostro y me besa suave, plácido, sonriente.
—Te amo —musita como un eco de mi voz, y yo siento lágrimas de emoción bajar por mis mejillas, y me entrego al beso sin ambages ni dudas mientras él sigue clavado en mi, agudo y perfecto.
Y no puedo evitar pensar que este amor es demasiado hermoso para que me esté sucediendo a mi.
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…
El regreso a casa es una bofetada de realidad. De luna de miel pasamos a estar en un tren donde nos damos de la mano y nos dormimos inmediatamente.
No sé cuántas horas hemos descansado en todo el fin de semana, pero de seguro que no más de ocho, y ni siquiera consecutivas. Sé que conseguí meterme dos veces más en la bañera, que salimos a cenar a un sitio de curry y que regresamos corriendo, de nuevo entregados a la ardua tarea de memorizar nuestros cuerpos. He perdido la cuenta por completo de cuántas veces hemos… Siquiera pensarlo se me antoja irreal.
Regresamos al apartamento arrastrando el agotamiento, y yo cargo mi mochila y la dejo en mi habitación, parece que estamos solos.
—¿Vas a dormir ahí? —pregunta mi guerrero, mirándome desde su propia puerta.
—Estoy agotada. Me duelen músculos que ni siquiera sabía que tenía —Confieso deseando poder tirarme en la cama—. Y lo más importante, si me meto en tu cama quizás no podamos dormir.
—¿No te fías de mí? —dice con un mohín increíblemente sexy.
—No, de quien no me fio es de mí misma —digo con una sonrisa atrevida y él hace amago de avanzar, pero soy lo suficientemente rápida como para cerrar la puerta antes de que se atreva. Rio divertida cuando lo escucho rezongar—. Buenas noches, Ranma.
—¿Mañana duermes conmigo? —pregunta con voz grave, justo al otro lado, y yo no puedo evitar sonreír como la tonta enamorada que soy.
—Quizás lo haga en unas horas…
Le escucho gruñir necesitado, cosa que no me creo en absoluto, así que vuelvo a reír y le oigo alejarse, hasta que cierra la puerta de su habitación. Deshago la maleta con la cabeza en las nubes, como despertando de un sueño reconfortante y hermoso, y justo después me pongo un pijama calentito y me meto entre mis sábanas, donde me quedo dormida al instante.
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He dormido más de diez horas y aún así sigo cansada. Mi mano aún se siente un poco hinchada y aunque durante el viaje conseguí coger los palillos para comer, admito que me falta fuerza. Casi me siento normal de nuevo, creo que podría regresar al restaurante en los siguientes días.
Me doy la vuelta y agarro el teléfono perezosa, respondo a los mensajes que me ha ido dejando Akari, también tengo un par de Kasumi preguntando por mi estado, seguro que Tofu le dijo que ya me había quitado la escayola. Sonrío porque en estos instantes me siento tan maravillosamente dolorida como entusiasmada.
Salgo de la habitación y no puedo evitar buscarlo, abro discretamente la puerta de su habitación para encontrarme una cama deshecha y vacía. Me llevo una pequeña decepción pero no dejo que eso afecte a mi buen humor.
Voy hasta la nevera y la abro solo para descubrir que se encuentra absolutamente vacía. Eso explica la ausencia de Ranma, es él el que siempre se ocupa de la compra y las comidas, seguro que en nuestra ausencia Ryu devoró todo, tal y como está centrado únicamente en entrenar.
Suspiro y pongo un poco de agua a hervir, y entonces escucho a alguien llamar a la puerta. Me quedo quieta, porque aunque ahora viva aquí se me antoja un poco extraño abrir sin más, por lo que me acerco de forma cauta y los golpes se vuelven más insistentes.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —dice la voz de una mujer.
Abro la puerta ligeramente expectante, aún en pijama y con el cabello hecho un desastre, y ante mi veo a una mujer adulta absolutamente impecable. Viste un kimono de seda con adornos en plata en contraste con tonos azules ricos y profundos. Su peinado es exquisito, de un moño no escapa ni un cabello, y luce una peineta de plata y pequeñas joyas azules, a juego con su atuendo.
Me quedo pasmada, pero ella parece más sorprendida aún.
—¿Quién eres tú? —inquiere torciendo el gesto, y no puedo evitar tragar saliva mientras retuerzo las manos.
—Ah, yo… Vivo aquí —digo mientras intento alisar un poco mi desgreñado pelo de recién levantada, ese que Ranma no ha dejado de malear a consciencia durante todo el fin de semana mientras se enterraba en mí.
—Aquí vivían dos chicos, ¿qué ha sido de ellos? ¿Se han mudado? Deberían haberme avisado —dice poniendo un gesto de fastidio que me resulta tan familiar que pego un respingo.
Sus ojos azules y ese rostro hermoso la delatan, es imposible no notarlo, se parecen demasiado.
—¿Usted es la madre de Ranma y Ryu?
Sus ojos regresan a mi y esta vez se estrechan como rendijas.
—¿Eres la nueva novia de Ryu? ¿Y te ha dejado quedarte? Parece que ese chico al fin se ha tomado algo en serio… —reflexiona invadiendo el apartamento y retirándose sus sandalias de madera en la entrada.
Pasa delante de mí ignorándome por completo e inspecciona la casa con ojo crítico, como haría la suegra adinerada y malvada de un dorama, después se gira para mirarme y sus ojos me recorren de la cabeza a los pies. Doy gracias de que hoy al menos no llevo una de las enormes camisetas de Ranma.
La mujer resopla, camina llena de confianza y entra sin más en la habitación de Ranma, eso hace que en mi cabeza salten todas las alarmas.
—¿Qué está haciendo? —digo siguiéndola, viendo como abre el armario y comienza a sacar bolsas de deportes y cajas de zapatos —. No puede mirar ahí.
—Son cosas de familia, niña. No te metas en asuntos que no entiendes.
La incomodidad se instala en mi interior como un peso. Apenas sé nada de esa mujer, solo los retazos de conversaciones amargas sobre infancias difíciles, y aquella discusión que no debí escuchar, sobre cómo se aprovechaba de Ranma siempre que aparecía.
Deja el armario y comienza a hurgar en los cajones de la mesilla, y tanta invasión de la privacidad me hace saltar del sitio. Avanzo y cierro el cajón, ella aparta las manos que he estado a punto de pillarle y me mira consternada.
—¿Qué crees que… ? —pregunta, como si la que estuviera hurgando en cajones ajenos fuera yo.
—¡No soy la novia de Ryu, soy la novia de Ranma! —exclamo mientras me pongo roja de vergüenza y de rabia, ni siquiera lo hemos hablado apropiadamente, nunca lo hemos dicho en voz alta, pero eso es lo único que tiene sentido entre él y yo. Somos una pareja, y las parejas se defienden.
Ella pestañea y vuelve a barrerme con la mirada, esta vez de forma funesta.
—¿Tú y… Ranma?
Se le escapa una pequeña risa, y cuando me mantengo firme, aún con la mano sobre el cajón para evitar que vuelva a abrirlo se detiene de inmediato.
—¿Es en serio? ¿Ranma tiene novia?
Y no se que es más ofensivo, su absoluta cara de incredulidad o que vuelve a recorrerme con los ojos por tercera vez.
—Sí, y ahora debería irse. Que yo sepa no la estábamos esperando y no creo que él se alegre de que fisgonee sin permiso.
Se yergue firme, pero no es más alta que yo, sus ojos relampaguean llenos de malicia y sé que acabo de hacerla enfadar. No es una buena manera de iniciar nuestra relación, pero ella tampoco es que haya sido especialmente amable conmigo.
—Esperaré a que regrese Ranma —dice tomando asiento en la cama de forma inamovible, y yo no puedo evitar apretar los dientes sintiéndome superada por su actitud desafiante.
—Bien, pero no toque nada —concluyo igual de lapidaria, da un respingo como si la hubiera vuelto a ofender.
—Ranma no dejará que me hables en ese tono, ¿qué haces aquí, en todo caso? ¿No trabajas? ¿Vives de él sin contribuir en los gastos? Supongo que basta mirarte para darse cuenta.
—¿Qué? —inquiero confusa.
—Sólo te gusta porque gana dinero y es guapo. Suponía que había criado al menos a uno de mis hijos con algo de criterio —Menea la cabeza de forma terriblemente grosera, como si esas palabras se las estuviera diciendo a ella misma y no a mi—. Qué tonto. Él nunca se ha dejado llevar por una cara bonita, ¿puedo saber cómo lo convenciste?
Y me siento ultrajada de mil maneras, juzgada a base de apariencias, a pesar de que esta mujer no sabe nada de nosotros. Con semejante madre es un milagro que Ranma y Ryu sean personas decentes.
No solo me está insultando a mi, está suponiendo que su hijo es lo suficientemente estúpido como para enredarse con una aprovechada. Me doy cuenta que estoy hiperventilando, y que no me importa lo más mínimo quién sea esta mujer, hay líneas que no debería haber sobrepasado.
—Usted no conoce a Ranma, no tiene ni idea de qué clase de hombre es su hijo. Ranma es bueno, es cariñoso y atento. Se preocupa por los demás, cuida de su hermano y me ha estado cuidando a mi. Para él no hay nada más importante que las personas que ama, y usted se aprovecha de eso.
Ella me mira y su rostro se pone ligeramente blanquecino, se levanta de la cama deshecha donde se había sentado firme y parece enfadada.
—No te consiento que me hables así. Tú no eres nadie.
—Yo soy la que va a cuidarlo a partir de ahora, y no voy a permitir que venga aquí a robarle lo poco que tiene y que ha ganado a base de matarse en un ring, para lo cual tampoco tuvo más opción.
Resopla por la nariz, pero yo hago lo mismo. Me planto firme con mi peor expresión, la más intransigente, esa que usaba con los borrachos que se propasaban en el restaurante o con los clientes que se negaban a pagar la cuenta.
Ella alza la barbilla y camina fuera de la habitación, entendiendo que no voy a permitirle hacer lo que le plazca. La observo apartándome y la sigo hasta la puerta.
—Regresaré cuando estén mis hijos, quizás para entonces la que no esté aquí seas tú.
Podría carcajearme en su cara, pero en lugar de eso la mato con mi mejor sonrisa.
—Hasta entonces, señora Saotome —resuelvo con una dulzura envenenada, y esa mujer es lo suficientemente inteligente para saber que no puede ganar esta partida. Se calza sus sandalias tradicionales a juego con su hermoso kimono y sale por la puerta, airada y con todo su orgullo a cuestas.
—¿¡Mamá!? —La feliz casualidad hace que justo en ese momento Ranma aparezca con las manos cargadas de bolsas y mire a su madre con expresión de pasmo. La mujer le observa, luego me mira por última vez a mí y yo me cruzo de brazos, retándola a ponerme a prueba.
—En otra ocasión, Ranma —dice pretendiendo sonar dolida, y camina aún más rápido, abandonando la casa mientras el sonido de sus zapatos se pierde por el pasillo a toda velocidad.
Ranma se queda muy quieto, con los ojos clavados en el pasillo por el que su madre acaba de desaparecer, al cabo de unos segundos parpadea y su rostro con sus cejas alzadas de sorpresa cae sobre mí.
—¿¡Qué ha sucedido!? —pregunta alterado. Suelta las bolsas de cualquier manera en la entrada y yo trago saliva, siento que acabo de meter la pata hasta el mismo fondo.
—E-ella se presentó aquí y comenzó a rebuscar en tu armario, así que yo…
—¿Ha cogido algo? —pregunta mientras su manos, sus enormes y cálidas manos se posan en mis hombros.
Niego de forma fehaciente.
—No, le pedí que se fuera.
Veo su nuez subir y bajar mientras traga saliva, todo él es una cuerda, un pulso.
—¿Has… echado a mi madre?
Algo me aprieta la boca del estómago mientras sus ojos me avasallan y mi resolución vacila, comprendo que no quiero que se enfade conmigo, pero también estoy segura de que tanto él como yo debemos hacernos respetar en este espacio, en nuestro lugar.
—¿Si?
Ranma toma aire y después lo suelta muy despacio, relajándose poco a poco.
—¿Se portó mal contigo? ¿Dijo algo inadecuado?
Y comprendo que no estaba molesto conmigo, todo lo contrario, estaba preocupado por mí.
Me muerdo el labio inferior porque no quiero mentir, pero tampoco quiero hablar mal de su madre justo después de conocerla, aunque debo admitir que es una mujer terrible.
—No se creía que fuera tu… novia —El sonrojo me sube por el cuello y hasta las mejillas, me invade entera mientras contengo el aliento y lo observo alzando solo los ojos, con la cabeza baja.
—Mmmhh —contesta pensativo—. Habrá sido una sorpresa para ella —Me sonríe de regreso, devolviéndome la confianza.
—Una no muy buena. No le he gustado para nada.
—Pues tendrá que aceptar a mi… novia —dice bajito, golpeando mi nariz con la suya. Cierro los ojos sabiendo que esto es una confirmación, una que anhelaba más de lo que podía imaginar. Estamos juntos, somos esto. Él de mí y yo de él.
—¿Suena raro? —susurro mientras oscilamos en un tentativo vaivén.
—Suena perfecto.
Sí, lo es. Es perfecto.
Pero no tengo tiempo de contestar cuando sus labios se precipitan sobre los míos y yo retengo un grito de estupor. Me besa duro, atrayéndome contra él mientras su lengua busca la mía y toda yo me convierto en un desastre desposeído de voluntad y entendimiento, me vuelvo maleable como la arcilla, una ruina de deseo y necesidad.
Sus labios arden y mi boca se abre, sus dedos se anclan a mi mandíbula mientras dejo de pensar y saboreo su entrega, su efusividad desatada sobre mí. Amo eso de él, cómo es todo furia y dulzura, cómo respira y jadea en mi boca, insuflándome de aliento y hambre. Soy una indigente de cariño, y hasta que no lo conocí no fui consciente de haber estado mendigando.
Ranma es pródigo en caricias y besos, es físico hasta la asfixia. Me sacia con su mera presencia, me colma y satura hasta que alcanzo a entender que jamás tendré que regresar a esos días grises de soledad y lágrimas agotadas.
Se separa de mí apenas unos milímetros y yo abro los ojos y agarro sus manos con las mías, resollando confusa, perdida en las neblinas del beso.
—Te quiero —ruge con sus pupilas negras como tizones, exigiéndome con su cuerpo de una forma que me catapulta a la febrícula.
La compra queda tirada y olvidada en la entrada mientras nuestros pies trastabillan, me aprieta y yo me prendo como combustible cuando lo siento contra mí y me encierra entre sus brazos, reteniéndome desquiciado. Somos prisa y gemidos, somos un iracundo tumulto de manos y labios y piernas.
Besa mi cuello y succiona fuerte mientras sus manos me alzan del culo y se empuja entre respiraciones vacuas y superficiales, y yo me muerdo los labios pero claudico miserablemente cuando en mi lengua se enredan y escapan las palabras impronunciadas, el deseo abriéndose paso en mis músculos y cerebro.
—¡Ranma! ¡Oh, por favor…! ¡Sí!
Y lo siento enloquecer, comienza a lamer allá donde estaba besando y lo hace de forma lenta y exquisita mientras sus pasos contradicen a sus actos y en un instante estamos en mi habitación, tirados en la estrecha cama mientras él me saca el pijama sobre la cabeza. No llevo sostén y creo que eso le complace enormemente, porque se abalanza sobre mis pechos con una voracidad desconocida, los toma, los mesa, pellizca tenuemente la punta del izquierdo mientras su lengua juega con el derecho y yo me retuerzo bajo su yugo. Soy suya de forma vergonzosa, imposible de entender con solo el pensamiento. Soy absolutamente débil a este hombre hermoso y posesivo, soy una con sus impulsos, soy el mismo centro del universo.
Siento su mano derecha abandonar sus atenciones y reptar suave, paseando tenue sobre mi abdomen, mi ombligo, y más abajo.
Gimo desquiciada cuando alcanza mi ropa interior y sus dedos se enroscan sobre ella, apartándola de su objetivo. La punta de su dedo me marca débil, ajena al ímpetu de su boca sobre mi pezón, a la electricidad que me recorre y él reclama.
Me contorsiono enardecida, y mis manos están en su pelo y en sus hombros, luchando por estar ocupadas, pero Ranma no me contenta, no tiene la piedad necesaria para darme lo que pido, solo lo que necesito. Su dedo baja sobre mi más sensible nervio y se detiene justo encima antes de empezar a pasearse en círculos lentos y convergentes. Rujo de furia, de anhelo. Él se alza y toma mi boca para acallarme y al fin consigo que mis manos le quiten la camiseta, sentir su piel caliente sobre mis pechos en un toque soberbio.
El placer me envuelve y eleva, a su dedo pronto se le une otro y yo no puedo más que responder haciendo que mis manos palpen por encima de sus pantalones hasta encontrarle erecto y preparado. Sufro del mismo descaro que él cuando comienzo a acariciarlo sobre la ropa y se frota sobre mi palma, repleto. Mi mano derecha explora bajo sus pantalones y le escucho referir una queja, un gruñido mientras se balancea contra mí y me desquito de la distracción que suponen sus dedos comenzando a penetrarme, su polla en mi mano deslizándose sinuosa. No lo aguantaré mucho más, siento que voy a explotar en torbellinos de vapor.
Pego la lengua al paladar y ahogo un gemido al tiempo que combo la espalda como un arco, y él es mi cuerda, estirando, estirando…
Su dedo grueso entra en mí y me encuentro resollando inalcanzable.
—Ranma, te necesito —ruego, como jamás pensé que haría. Caliente y entregada, bajo sus pantalones con empujones firmes y lo libero de su envoltura en telas, guiándolo hacia mi entrada.
Y él apenas se resiste mientras me besa y empuja, famélico, como si llevara años sin probarme y no escasas horas.
Termina de arrancarme la ropa y se pone de rodillas sobre la enclenque cama que cruje lastimera, como estoy a punto de hacer yo.
—Dame un segundo —dice lleno de un dolor urgente, sale de encima mío y regresa en apenas un pestañeo con protección. Se lo agradezco enormemente, porque yo apenas estoy pensando, no tengo la mente lo suficientemente clara, solo estoy invadida por el deseo y el calor.
Sus brazos me rodean y todo él me avasalla mientras termina de quitarse los pantalones y me mira urgente, con su tez morena sonrojada y sus manos vacilantes mientras suben por mis muslos.
Mío, Ranma es mío, y quiero gritarlo a quien quiera escuchar, y quiero reclamarlo de esta vida y de todas las que vendrán. Quiero unirme a su espíritu con una cadena indeleble, quiero arder y arder y arder en este incendio.
Nos besamos mientras nuestras cajas torácicas se inflaman, y sus rodillas se hincan en la cama cuando me toma de los muslos y alza mis caderas. Mis hombros se apoyan en el colchón y mi cintura queda en el aire mientras él se inclina apenas y entra en mí, lento, tan lento que me martiriza y se me escapan pequeñas lágrimas de la comisura de los ojos mientras mi boca se abre en una “O” perfecta.
Sus manos se afianzan y me estrella contra su centro mientras sus poderoso muslos me hacen de colchón y lo siento llegar adentro, a lo más profundo, lo más intenso mientras grito desgañitada, loca de placer, y él se mueve y poco a poco la fricción se convierte en desmesura.
Arrugo las sábanas junto a mi cabeza, me retuerzo como un gusano ensartado en un anzuelo, y su miembro y sus caderas me empujan voraces, consumiendo mis gemidos cada vez más altos, alimentándose de mí sin compasión.
Las sensaciones giran y se desmigajan, me convierto en un desastre jadeante mientras él marca el ritmo y desfallezco cuando todo converge, cedo a la vorágine, mi cuerda se suelta y me posee el placer del orgasmo, tan ansiado, tan extraordinario en sus manos. Escalo esa plenitud y bajo de un golpe, estrujandolo en mi interior en espasmos rítmicos y fuertes. Las maderas vuelven a crujir cuando Ranma se detiene al sentirme terminar, sus poderosas piernas se clavan en el colchón y protesto cuando sale de mí y cambia la postura. Ni siquiera sé qué pretende, y descubro desconsolada que me es igual, que puede hacer lo que quiera conmigo porque soy suya hasta la locura.
Me agarra las manos y las pone sobre mi cabeza, reteniéndolas con sus dedos pétreos, mientras que con su mano libre me agarra por el muslo y sube mi pierna hasta su hombro entrando en mí de un embate duro y asolador. Resuello desquiciada y él embiste con jadeos inciertos y delatores de su propio y cercano orgasmo.
Escucho los crujidos del mueble, los muelles rechinando adoloridos por su potencia, escucho como gruñe, el sonido obsceno de nuestras humedades colisionando rápidas e inexorables, de nuestros cuerpos exhaustos y devastados recorriendo la senda de la perdición.
Me empujo contra él, haciendo aún más profunda la penetración y siento que voy a partirme en miles de pedazos, que voy a chillar de puro gozo.
—¡Maldita sea! —gime aferrando su mano más fuerte en mis muñecas, mientras la otra insiste en anclarse a mí por la fuerza de sus embates—. Akane… Akane… ¡Voy a… !
Sus ojos azules me buscan codiciosos, posesivos. Lo sé sin palabras, me está reclamando, está grabando a fuego este momento en su alma y en la mía. Se empuja apoyando una rodilla en la cama y yo ni siquiera sabía que fuera posible hacerlo tan fuerte y rudo, tan extraordinariamente bárbaro.
Quiero decirle que no se detenga, que no me voy a romper, que puedo caer en esta enajenación y llevarlo conmigo tantas veces como queramos.
Veo estrellas detrás de mis párpados y me entrego por completo al placer que me provoca, gimo incrédula ante mi segundo orgasmo y Ranma clava los dedos en mi muslo mientras sus cabellos se empapan de sudor, todo él resplandece de un deseo imposible, ígneo y brutal.
La cama cruje de forma funesta, y siento que algo se abre en mis entrañas cuando el colchón cede y se comba, toda la estructura deja de aguantar el peso y el empuje salvaje de nuestros cuerpos y se hunde bajo nosotros, arrastrándonos hasta el suelo. Grito asustada cuando caemos y rodamos en un ángulo extraño, Ranma me agarra fuerte por la cintura sin consentir que el incidente le prive de mí, y lo siento rugir desahogado mientras se vacía por completo, con sus brazos alrededor de mi cintura y su cadera empujándome, clavado muy adentro mientras intento entender en qué postura hemos acabado.
Sobre nuestras cabezas se acumula una nube de polvo, que cede poco a poco, y sobre mi mente nublada y el sudor de mi piel se elevan nuestros jadeos mutuos. Ranma me besa con una sonrisa, al fin satisfecho, feliz, ¿divertido?
—Hemos… roto tu cama… —dice entre respiraciones agitadas, exhalando una carcajada incrédula, y me doy cuenta de que así es, que este pobre mueble ha sido víctima de un uso muy indebido. Sale de mí para besarme más lento, y yo protesto desnuda y con dolor de espalda, me separo y me incorporo un poco, apenas logro envolverme en el cobertor para observar el desastre.
Me sonrojo y me cubro la boca con una mano, pero Ranma solo parece estúpidamente ufano.
—De todas formas no la ibas a usar —dice con un suspiro exagerado, poniéndose cómodo entre los restos y yo lo miro con el ceño fruncido.
—Te has vuelto un pervertido demasiado rápido.
—Mira quién habla —responde alzando una ceja, y no me encuentro con ánimos de negarle la verdad, así que me agacho y le doy un beso breve dedicándole una sonrisa astuta.
Ranma ronronea como un gato inmenso cuando echa los brazos a mi alrededor con la intención de abrazarme, pero el colchón está caído y volcado, hay restos de maderas por el suelo y él está desvergonzadamente desnudo. Aún así se las ingenia para pegarse a mí y tejer sus dedos entre los míos mientras me mira obnubilado.
—Entonces… Eres mi novio —confirmo, y él me sonríe alzando una ceja, como si le hiciera muchísima gracia que lo vuelva a repetir.
—Soy tuyo, Akane. Soy todo lo que tú quieras que sea; novio, amigo, amante… —Está a punto de seguir, pero se detiene de pronto, siento que tiene otra palabra en la punta de la lengua, una que atrapa y traga de golpe—. ¿Quieres desayunar? —pregunta cambiando de tema, y yo no puedo más que asentir sonrojada.
.
..
…
Ryu lleva riéndose de seguido diez minutos, y no parece que vaya a parar. Tengo escondida la cara entre mis manos porque estoy tan avergonzada que no creo que pueda enfrentarlo. Esto es casi peor que lo del sofá. Casi.
Recogimos la mayor parte del desastre, pero obvio se ha enterado de todo en cuanto ha entrado por la puerta y ha visto las lamas de la cama rotas y astilladas. Ni que fuéramos animales salvajes.
—Entonces sólo estábais ahí sentados, ¿no? Y la cama explotó —inquiere mientras yo intento desaparecer y Ranma se queda muy quieto, paseando la vista por el techo como si estuviera pensando en que necesita una mano de pintura.
—Necesito ayuda para llevarla afuera, Akane aún no debe hacer esfuerzos con el brazo —rezonga tímido y con voz tenue. Y por primera vez sí que me parece el hermano pequeño, buscando ayuda para esconder una travesura.
—Ah, pero por lo demás sí que puede hacer ejercicio —añade Ryu mientras le propina un golpe con el hombro y vuelve a carcajearse. Ranma no se mueve ni niega nada, solo se aclara la garganta.
—¿Me vas a ayudar o no?
—Oh, sí, si, pero solo si después puedo invitarte a una cerveza y celebramos.
—¿Y qué vamos a celebrar? —pregunta con el ceño fruncido, con un pequeño atisbo de aburrimiento poco disimulado.
—¡Vamos a celebrar que mi hermanito se ha hecho un hombre! —exclama limpiándose unas ficticias lágrimas de emoción—. Akane, ¿te está cumpliendo?
Ah ya, voy a morir de combustión espontánea. Creo que había un episodio de Expediente-X que trataba de algo así.
—¡No le preguntes eso! —grita Ranma propinándole un capón, pero Ryu está demasiado entusiasmado para que le moleste.
Ambos terminan sacando la cama y tengo que aguantar como Ryu me mira moviendo mucho las cejas, o hace comentarios sobre la fuerza que hay que ejercer para romper así la madera. La Ranma se aclara la garganta una y otra vez mientras sus mejillas se colorean y no puedo evitar pensar que se ve adorable, tan enorme y avergonzado.
Les doy el espacio necesario a los dos hermanos, siento que desde que estoy en esta casa hay muchas cosas que no se dicen, muchas conversaciones que no tienen por culpa de mi presencia. Ranma se aleja de mí a regañadientes, y ambos salen a cenar y regresan tarde. Mi guerrero se cuela entre las sábanas pasada la media noche y me hace el amor de forma dulce, aún con reminiscencias a alcohol en su aliento. Yo intento gemir bajito, me muerdo los labios y acallo todo sonido llenando su piel de besos mientras mis manos se prenden de su trasero y todo oscila en un vaivén desasosegado. Después me quedo dormida, arrullada por su infinito calor, relajada tras nuestro éxtasis. Me dedica palabras susurradas al oído, caricias íntimas bajo las colchas y yo respondo con el corazón henchido que lo amo, y que no voy a apartarme nunca de su lado. Me aferro a esta felicidad con uñas y dientes.
…
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Al día siguiente salgo a correr sola por primera vez en semanas, y mis pasos me llevan invariablemente hasta el que fue mi hogar. No puedo evitarlo, simplemente corro y me detengo frente al terreno baldío, como si allí jamás se hubiera alzado orgullosa una antigua casa de planta japonesa. El cartel que anuncia la venta es nuevo, inmenso y demasiado moderno. Me consume una rabia sorda que no alcanza salida, me encojo un poco y aparto las lágrimas antes de continuar con mi carrera.
Ahora tengo un nuevo hogar, uno al que no me atan cimientos ni recuerdos, si no amor y promesas de futuro. Regreso a los brazos de Ranma a toda velocidad.
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…
La semana pasa volando, y apenas puedo juntar tiempo para ir al restaurante a una visita rápida.
Akari le dedica un aplauso a mi mano al fin liberada, y varios halagos a mi nueva ropa, esa que me ayudó a elegir con tanto cuidado. Intento ayudarla con los pedidos pero me expulsa rápidamente, con la promesa de tener otro día solo de chicas la semana que viene. Al menos el restaurante parece que puede sobrevivir bien a mi ausencia, y creo que eso me hace sentir un poco prescindible.
Pero no permito que el pensamiento me envenene, comienzo a reflexionar sobre qué debería hacer. Ahora que tengo la libertad de elegir, ¿qué será lo que haga primero?
No tengo demasiado tiempo de darle vueltas porque cuando cruzo la puerta de casa me encuentro con un aura extraña. Es una tensión que reconozco.
Ranma y Ryu están terminando de alistarse, es viernes de pelea. Trago saliva mientras cierro la puerta a mi espalda y los miro terminar de armar dos bolsas de deporte, de forma eficiente y bien aprendida.
—¿Has cogido los polvos para las manos? —pregunta Ryu.
—Si, los llevo —responde Ranma mientras me echa una mirada de reojo, sé lo que está pensando antes de que lo diga.
—Yo también voy —sigo dando un paso hacia delante, y me gano un gesto reprobatorio de mi novio cuando frunce profundamente el ceño.
—Akane… —comienza soltando un bufido frustrado.
—¡Yo también voy! —exclamó retándolo a contradecirme, Ryu me sonríe y no sé si se están divirtiendo o solo me agradece la compañía.
Ranma gruñe pero no dice nada más y yo corro a mi habitacion (la habitacion donde tengo mi ropa, porque nadie ha vuelto a hablar de comprar una cama), agarro una chaqueta y los alcanzo cuando están saliendo por la puerta.
El camino aprendido hacia la poza se me hace más ligero y relajado mientras Ryu cuenta chistes y presume de su racha invicta. Nunca lo he visto luchar, y eso hace que tenga grandes expectativas al respecto, no por nada Ryu ha sido también mi maestro, uno paciente y bueno. Ranma se mantiene taciturno, y aunque no lo dice por sus miradas afiladas puedo intuir todo.
No me quiere de regreso a la poza, él solo me quiere proteger, pero ya le he dicho y demostrado de mil formas diferentes que no es tan fácil romperme.
Caminamos adentrándonos en el puerto, y yo alzo la barbilla y contengo un leve estremecimiento cuando atravesamos la conocida entrada hacia ese lugar donde hemos dejado tanto y nos ha devuelto tan poco.
Ranma se yergue mientras avanzamos hacia esa sala que siempre han usado ellos dos de camerino, y yo no puedo más que suspirar cuando cierra la puerta a nuestra espalda.
—No me has dicho contra quién luchas —dice Ranma estrechando los ojos sobre su hermano, el cual se ha quitado la sudadera que llevaba y se encuentra estirando los brazos. comenzando a calentar.
—Es que aún no lo sé —confiesa Ryu despreocupado.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Tarô ha estado muy misterioso últimamente.
Aquello no parece agradar lo más mínimo a Ranma, el cual frunce el ceño y lo mira lleno de aprehensión.
—Pues en ese caso voy a echar un vistazo —-dice dirigiéndose hacia la puerta—. Akane…
Sé lo que me va a pedir antes de que lo diga, ruedo los ojos con aburrimiento.
—No quieres que salga de aquí, y no quieres que me meta en líos —suspiró negando con la cabeza—. Puedes quedarte tranquilo, sé cuidarme sola.
—Yo le echaré un ojo, hermanito —dice a mi espalda Ryu lleno de sorna, como si en vez de una mujer adulta fuera una niña que precisa de supervisión para no tirarse de boca contra la primera escalera que encuentre.
Ranma nos mira a ambos, bufa lleno de fastidio y toma la manija de la puerta.
—Regreso en diez minutos —Me advierte, y sé que lo hace porque me mira severo. Le dedico un asentimiento, pero en cuanto cierra a su espalda yo me ajusto el bolso y me dirijo a la puerta.
—Ryu, si vuelve…
—Ah, no. No me metas en una pelea de pareja, tú sabrás lo que haces, pero lleva cuidado —Me guiña un ojo con una sonrisa, eso es que lo que más me gusta de Ryu, da igual la locura que se me pase por la cabeza, a él seguro que ya se le ha ocurrido mucho antes, y no tiene intención de impedírmelo.
Atravieso el pasillo con cuidado de que Ranma no se percate de mis movimientos, debo darme prisa. Enseguida me veo rodeada del gentío, del ambiente caldeado de personas en diferentes estados de embriaguez que comienzan a ocupar poco a poco sus asientos. Camino resuelta hacia la enfermería, queriendo echar solo un ligero vistazo.
Tofu me prometió que se lo pensaría, insinuó que abandonara a Ranma si el tema de la poza se volvía demasiado peligroso, ¿pero qué hay de él? ¿De veras habrá sido capaz de renunciar a su gran fuente de ingresos en aras de la seguridad personal? No me lo creo.
Y no es que quiera tener un as en la manga que echar en cara a mi cuñado, pero poder comprobar su propia hipocresía haría que me sintiera más tranquila, que no me pesara tanto regresar a este lugar, que todo lo que dijo sobre Ranma fuera realmente una sucia mentira.
Camino decidida, y cuando alcanzo el pasillo me detengo a un lado al ver salir a esa mujer de la consulta. Shampoo se gira rápidamente y me recorre con la mirada como si ella tampoco se creyera mi presencia en ese lugar.
—¿Tú? ¿Has regresado? —-resopla incrédula se cruza de brazos, lo que menos me apetece es tener un enfrentamiento verbal cuando estoy tan ocupada.
—Hola Shampoo, ¿ya te pusieron los nuevos dientes? —pregunto de forma venenosa, sus ojos carmesíes se vuelven una rendija en la oscuridad del pasillo, y se cruza de brazos, a la defensiva.
—Te gané.
—Porque hiciste trampas.
—¿Quieres la revancha? ¿Acaso se te ha curado el brazo?
—No voy a volver a luchar.
—Cobarde —sonríe, y efectivamente, vuelve a tener todos los dientes.
—No voy a volver a luchar en este sitio, si quieres enfrentarme de nuevo tendrá que ser en un tatami y con un juez. Nada de trucos, Shampoo, a no ser que seas tú la que me tiene miedo.
—¿Miedo yo a ti? —Se carcajea, pero yo no sonrío, solo alzo una ceja aburrida con sus bravuconerías.
—Si me disculpas tengo prisa, y le prometí a mi novio que estaría de regreso pronto —Y ahora sí sonrío, de veras que no tengo tiempo de lidiar con ella y sus estupideces, prefiero echar un rápido vistazo y regresar cuanto antes.
Camino por el pasillo dándome cuenta que siquiera me he interesado por sí Shampoo lucha hoy o qué, solo espero no se le ocurra ponerle un dedo encima a Ranma, porque entonces… Entonces lo besaré mientras me aseguro que nos vea bien y lo arrastraré a un rincón donde haré muchísimos ruidos obscenos.
Sonrío satisfecha de mis planes de venganza personal mientras me asomo a la enfermería, y pestañeo incrédula cuando veo a un nuevo médico que no reconozco. No me quedo mucho rato, solo lo observo desde la lejanía unos instantes antes de asumir que Tofu sí que me hizo caso, y que ha cerrado este capítulo de su vida. Bien por él, supongo.
Con mi curiosidad satisfecha me propongo regresar cuanto antes al camerino, pero otra persona me sale al paso.
—¡Akane-chan! —exclama el abuelo, saltando sobre mí con intención de abrazarme, pero le paro en seco con una mano, regresándolo al suelo.
—Abuelo Happosai —saludo cordial, él me barre con ojos expertos y me sonríe con confianza.
—Ya sabía que eras una chica dura y que te recuperarías bien, ¿qué me dices? ¿Volverás a luchar?
Yo niego con confianza, sintiéndome en paz con esa decisión.
—Ni Ranma ni yo volveremos a la poza. Solo estamos aquí para apoyar a Ryu.
Happosai me mira con el ceño fruncido, saca su pipa y comienza a encenderla, le da una honda calada, pensativo.
—Ahora Ranma está hablando con Tarô, en su despacho.
—Ah, bueno. Supongo que quiere dejar las cosas claras.
—Mmmh —Happosai rueda los ojos, pero después de unos instantes la sonrisa regresa a su arrugada cara.
—Me alegra saludarte, Akane-chan, nos veremos.
Estoy a punto de contestarle que no va a ser así, pero el anciano no parece atender a razones. Suspiro y me encojo de hombros rogando porque esta vez sí consiga regresar al vestuario antes de que Ranma se alarme con mi ausencia. Cruzo por la parte de arriba de la poza y veo como las apuestas están subiendo como la espuma. La gente está expectante.
—Dicen que es uno de los luchadores más poderosos del continente, pertenece a un clan de guerreros que viven sólo para entrenar. Es básicamente un asceta enajenado.
—¿Un clan de hombres que entrenan solos en las montañas de China?
Las conversaciones se superponen unas con otras, y no puedo evitar prestarles atención. Trago y siento arena en la garganta al entender que Ryu se va a enfrentar a un hueso duro. Niego con la cabeza, mi sensei es fuerte, de eso estoy absolutamente convencida. Al fin consigo abrirme paso hasta el vestuario, y al entrar no encuentro desoladoramente vacío.
No me he ausentado tanto tiempo, y aún es pronto para la pelea de Ryu. Un mal presentimiento se me entierra en las tripas al ver las bolsas tiradas por el suelo de cualquier forma, la ausencia total de los dos hermanos.
Cierro a mi espalda y empiezo a correr, los asientos de la poza están a reventar y los gritos del público son ensordecedores.
—¡Akane! —Me giro, y parpadeo llena de congoja y sorpresa cuando Akari se echa sobre mí y me abraza, temblando y con lágrimas recientes en los ojos—. ¡Akane, ayúdame!
—¿Akari? ¿Qué haces aquí? —inquiero intentando tranquilizar a mi amiga, pero ella se sorbe los mocos y habla entre hipidos, nerviosa y sin dejar de temblar.
—Ryoga quería venir a ver una pelea y ahora no puedo encontrarlo, no coge el teléfono. Oh, Akane, ¿y si le ha ocurrido algo malo?
—No te preocupes, el inspector Hibiki es inteligente, seguro que está bien —intento razonar, pero ella niega de forma efusiva.
—Quería conseguir pruebas a toda costa, ¿y si lo han descubierto?
Me muero la lengua por no decirle que ella jamás se debería haber prestado a algo tan peligroso, y que este no es un lugar apropiado, pero sería pecar de hipócrita, porque la primera vez que vino la traje yo de forma egoísta a mi pelea.
—Te ayudaré a encontrarlo —Le sonrío queriendo sonar más confiada de lo que me siento.
Agarro su mano y comenzamos a descender por la poza, fijándonos en los espectadores, intentando encontrar una cara conocida, pero la gente nos empuja, los gritos se vuelven ensordecedores.
El ring se ilumina y la voz alegre de Tarô anuncia el primero de los combates.
Y Akari me clava las uñas en el brazo cuando dos hombres empujan a Ryoga dentro de la lona.
—No puede ser… —jadeo con voz ronca, corremos, nos abrimos paso hasta las filas más próximas, y solo allí me percato de la gravedad del asunto. Ryoga está golpeado y tras soltarlo otro hombre entra al tatami y la verja se cierra tras él.
Contengo la respiración sin entender lo que estoy viendo, boqueando llena de premura.
Parece que todos sabían algo que yo me negaba a comprender.
Ranma va a luchar.


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